Monterrey, N.L.Maestro de la Biblia · MDiv en curso, Talbot

Clases adaptadas · Orígenes (Estudio 12:2)

Números: la queja y los dos reportes

El pescado gratis de Egipto, la carga de Moisés, la murmuración de Miriam y los espías que mal representaron a Dios

Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.

Resumen

Ahora que el pueblo ya dijo sí al pacto, su labor es representar a Dios, y las consecuencias son más directas. El pueblo se queja y añora el pescado que comía gratis en Egipto, donde eran esclavos. Moisés se pone una carga que nadie le puso, y Dios reparte su Espíritu sobre setenta ancianos: ojalá todo el pueblo fuera profeta. Miriam y Aarón murmuran, y Dios defiende a Moisés. Al llegar a la tierra hay dos reportes: el de los diez nace del miedo; el de Josué y Caleb, de la fe. Uno representa bien a Dios; el otro lo mal representa.

Puntos clave

  • Tras el pacto, el pueblo debe representar a Dios; por eso las consecuencias son más directas.
  • «Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto» (Núm. 11:5): eran esclavos.
  • Moisés se puso una carga que nadie le puso; Dios reparte su Espíritu en setenta (Núm. 11:17).
  • Mal representar al Señor es el pecado principal; la murmuración divide comunidades.
  • Dos reportes: el de los diez nace del miedo; el de Josué y Caleb, de la fe (Núm. 13:32-33; 14:34).

Un nuevo desierto, una nueva respuesta

El pueblo se levanta, suenan las trompetas, la nube comienza a avanzar. El pueblo va hacia el desierto, y en el desierto se comienzan a topar con estas influencias, con estas dificultades. Vamos a ver un ciclo de varias cosas en donde el pueblo, o un representante, o una persona, cae en algún tipo de pecado, y cómo Dios luego contesta. Y en cada una de estas lo que vamos a ver es que Dios está protegiendo su santidad. Sobre todo, se comienza a enfocar en cómo es Dios representado o mal representado.

A diferencia del Éxodo, cuando la salida era de Egipto hacia el Sinaí, vamos a ver a Dios contestar un poco diferente. No es porque Él haya cambiado su carácter, sino porque ahora ya entró en un pacto con ellos, en el cual la labor de ellos es representarlo. Y debe mantener este balance entre su santidad y la responsabilidad del pueblo de mantenerse puro. La diferencia que vamos a notar en este nuevo desierto es que, aunque Dios no se va, aunque Dios sigue siendo fiel, aunque Dios sigue proveyendo, también empezamos a ver consecuencias mucho más directas.

En la primera parte del Éxodo vimos cómo Dios mostraba su fidelidad: cuando se quejaban dio el maná, cuando tenían sed salió agua de la peña, y los llevó a unos oasis. Hay todos estos ciclos en los que vimos cómo Dios fue enamorando al pueblo hasta el punto de que dijera sí. Ahora el pueblo ya dijo que sí. Por lo tanto, en este pacto de santidad, ellos deben recordar a Dios. Ya lo conocen, ya lo han escuchado, ya lo han visto. Por lo tanto, el caminar debe ser diferente. Dios va a hablar en estos momentos a través del pueblo de Israel de cómo Él es santo y lleno de gracia, y es fiel a sus pactos y sus promesas. Sin embargo, el hombre tiene la responsabilidad de representarlo correctamente.

El pescado que comíamos gratis

Comienza el capítulo 11 con algo que ya conoces: el pueblo comienza a quejarse en la adversidad, y el Señor se enciende en su ira, y el fuego del Señor arde entre ellos y consume una parte del campamento. Entonces en los primeros versículos ya nos da una idea. Empieza a haber queja. Y la queja, al final del día, es contra el Señor, porque la adversidad es aparente. El Señor está con ellos, los tiene caminando, les da de comer. Y ellos siguen quejándose. El resto de estos capítulos nos da los ejemplos de lo que estaba pasando. Versículo 4:

«El populacho que estaba entre ellos tenía un deseo insaciable; y también los israelitas volvieron a llorar, y dijeron: “¿Quién nos dará carne para comer? Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, de los pepinos, de los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; pero ahora no tenemos apetito. Nada hay para nuestros ojos excepto este maná”» (Núm. 11:4-6).

Gratis. En mi Biblia le puse un "jajaja". Me da risa, de alguna manera. Aunque también me da convicción de cómo podemos voltear a ver nuestro pasado y decir: estaba mejor antes. Ellos no comían pescado gratis. Eran oprimidos, eran golpeados y tenían un mal dueño. Eran esclavos.

Pero aun así se lo trataron de echar en cara a Dios, diciendo: pero tú solo nos das este maná. Empezamos a ver a un pueblo que, aunque Dios está en el centro, comienza a olvidarlo. ¿Qué es lo que empieza a guiar sus decisiones? Su deseo insaciable, su propia carne.

La carga que nadie le puso a Moisés

Y Moisés escucha llorar al pueblo. Y aquí empezamos a ver algo en Moisés que empieza a decaer, que eventualmente lo lleva a no entrar a la tierra prometida y a ser sustituido por una nueva generación. Es algo difícil de ver y de entender después de todo el caminar que había pasado. Pero desde aquí comenzamos a verlo.

Si tú has leído o has escuchado la historia de Elías y de Eliseo, verás que pasa lo mismo que con Elías cuando, después de grandes victorias, huye y se siente solo. Y el Señor le dice: no, no estás solo, todavía tengo siete mil en Israel (1 R. 19:18). Eso es un eco de esta historia. Es una repetición, de alguna manera, de esta misma historia. Moisés oye llorar al pueblo, por sus familias, a cada uno a la puerta de su tienda. Y le dice al Señor: ¿por qué me tratas tan mal? ¿Por qué pones estas cargas sobre mí?

«Y si así me vas a tratar, te ruego que me mates si he hallado gracia ante Tus ojos, y no me permitas ver mi desventura» (Núm. 11:15).

Igual que Elías, que huye a una cueva y dice: mejor me muero. Los dos se sienten solos. El problema grande con Elías es que él debió haber conocido esta historia. Con Moisés, esta es la primera vez que sucede. Así que Dios baja y le dice, de la misma manera que le susurró tiernamente a Elías:

«Entonces descenderé y hablaré contigo allí, y tomaré del Espíritu que está sobre ti y lo pondré sobre ellos, y llevarán contigo la carga del pueblo para que no la lleves tú solo» (Núm. 11:17).

Es decir: lo que te he dado a ti, la bendición que te he dado a ti, es momento de que se reparta en otras 70 personas. Dios está mostrando su fidelidad ante el pecado, ante la queja: yo seguiré siendo fiel y lo voy a extender.

Es lo que está pasando en Moisés. Comenzamos a ver esta raíz, digamos, de amargura. Se ha puesto sobre él la carga que nadie le puso. Si tú participas en algún ministerio, si eres staff en la iglesia, en la alabanza, predicas, das clase, hay veces que podemos ponernos sobre nosotros cargas que no nos corresponden. Moisés caminaba cara a cara con Dios y representaba a Dios. No era el responsable de alimentar al pueblo. Dios alimentaba al pueblo. Sin embargo, Moisés se tomó las quejas contra sí y comenzó a decaer, a quejarse en su interior. Y lo vamos a ver representado en la última cosa que hace, cuando Dios por fin le dice: no entrarás a la tierra.

Ojalá todo el pueblo fuera profeta

Esto sucede, y comienzan a profetizar los 70, las 70 personas sobre las que cae el Espíritu. Y Josué, el acompañante de Moisés, en su celo, dice: no, solo Moisés puede profetizar; Moisés, detenlos. Y Moisés dice algo hermoso:

«¿Tienes celos por causa mía? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta, que el Señor pusiera Su Espíritu sobre ellos!» (Núm. 11:29).

Moisés entendía lo que era habitar con Dios. Y aunque el Espíritu solo reposaba sobre él, y Moisés solo alcanzaba a comprender eso, él visualizaba el día en el que todos profetizarían. Y de ahí salen estos versículos: un día todos profetizarán. Son un eco de las palabras de Moisés, selladas en un pacto.

Codornices y murmuración

Vemos que el pueblo se queja. Vemos que Moisés comienza a caer. Y entran en una codicia muy mala. El Señor provee codornices. Y el pueblo, en vez de confiar en Dios como con el maná, todo el día y toda la noche empezaron a agarrar codornices y codornices, que no se les acabaran. Como si Dios les hubiera dado poco. Como si Dios fuera mezquino. Como si Dios les dijera: yo solamente te voy a proveer poquito, por quejumbroso. No, Dios es fiel. Y se había mostrado fiel.

Pero el pueblo lo estaba mal representando. Este es el problema principal y el pecado principal contra el Señor, lo cual el Señor eventualmente llamará blasfemia: una mala representación del Señor. Así que una plaga muy mala cae sobre el pueblo.

Y acto seguido, Miriam y Aarón, los hermanos de Moisés, comienzan a murmurar en contra de Moisés. Vemos cómo comienza la caída o la rebeldía del pueblo, la rebeldía de Moisés y la rebeldía del sacerdote y de Miriam. Hay una murmuración, y la murmuración es de lo peor que hay. El chisme, la murmuración, puede dividir y destruir comunidades completas. Esto es lo que comienza a suceder ahí. A Miriam eventualmente se le pone un castigo, una consecuencia que la hace cargar la vergüenza.

¿Por qué? Porque murmuran contra Moisés. El porqué es importante, porque a nosotros también nos habla. El Señor defiende a Moisés y les dice que a otros profetas, cuando les habla, se manifiesta en visión y en sueños. Pero con Moisés:

«Cara a cara hablo con él, abiertamente y no en dichos oscuros, y él contempla la imagen del Señor. ¿Por qué, pues, no temieron hablar contra Mi siervo, contra Moisés?» (Núm. 12:8).

Él contempla la imagen de Yahvé, la imagen del Señor. Así que vemos cómo la vergüenza cubre a Miriam. Ese es el primer ciclo del pecado. Vemos el pecado de envidia, de codicia, de murmuración, y empieza a arraigarse en el pueblo. Y el Señor presenta su santidad a través de plagas.

¿Qué es lo que pasa? No lo va a permitir. Hay veces que las personas dicen: ¿cómo es que Dios permitió? Dios no lo permite. Hay cosas que ha pedido a su pueblo, y les pidió que lo representaran. Y cuando ellos no lo hacen, es como si se envenenaran a sí mismos. Y caen plagas y cae la ira del Señor sobre ellos. Se han condenado a sí mismos, porque la santidad del Señor no puede ser rota, tergiversada o mal representada.

Pero Dios igual representa su santidad y su fidelidad. Porque en vez de desechar al pueblo completo y decir: las promesas que hice se acaban, vuelve y recuerda las promesas. Y dice: repartiré tu Espíritu. Está bien, no lo hagas tú solo; lo repartiré. Empieza a proveer. Empieza a hacer ciertas cosas.

Los dos reportes

Y todo esto que hay en el corazón nos lleva al momento en el que llegan a la tierra prometida. Y tú te sabes la historia. El Señor le dice a Moisés que tome a uno de cada tribu: espías que irán a reconocer la tierra. Y les pide específicamente: reconozcan la tierra, a ver si es buena, a ver qué tipo de habitantes hay, si son altos, si son chicos. Les pide hechos, para luego darles una estrategia.

Así que salen y van a la tierra, doce de ellos. Y cuando regresan, hay dos reportes. El primer reporte lo dan diez de ellos. Llegan diciendo: sí, es hermoso. Los frutos son increíbles. Incluso, entre dos personas cargan una vara con un racimo de uvas gigante. Dicen: esta es la mejor tierra; definitivamente es una tierra donde fluye leche y miel. Es increíble.

Pero después de esto, los diez dicen: no, no, pero… Versículo 28 del capítulo 13: empiezan a dar un muy mal reporte, lo que hace que el pueblo se queje. Ahora, hay dos de ellos que dan el segundo reporte: Josué y Caleb. En medio de escuchar todo esto que están diciendo, dicen: no, no, no; debemos subir y tomar posesión de ella, porque la conquistaremos. El primer reporte nace del miedo y de la vergüenza de perder. El segundo reporte nace de la fe, de la confianza en el Señor: Él nos la ha prometido; ciertamente, Él nos la dará.

Pero estos otros diez hombres, dice:

«Dieron un mal informe a los israelitas de la tierra que habían reconocido, diciendo: “La tierra por la que hemos ido para reconocerla es una tierra que devora a sus habitantes, y toda la gente que vimos en ella son hombres de gran estatura. Vimos allí también a los gigantes (los hijos de Anac son parte de la raza de los gigantes); y a nosotros nos pareció que éramos como langostas; y así parecíamos ante sus ojos”» (Núm. 13:32-33).

Hay dos reportes. Uno representa correctamente a Dios y uno mal representa al Señor.

Cuarenta años en el desierto

¿Qué es lo que hace el pueblo? El pueblo completo se empieza a quejar. Empiezan a murmurar una vez más. Y dicen: ojalá hubiéramos muerto en el desierto. Y se empiezan a rebelar. Es aquí donde el Señor les dice que ciertamente esta generación no pasará a la tierra prometida. Y por cada día que fueron a reconocer la tierra, se les aumentaría un año en el desierto:

«Según el número de los días que ustedes reconocieron la tierra, cuarenta días, por cada día llevarán su culpa un año, hasta cuarenta años, y conocerán Mi enemistad» (Núm. 14:34).

Es decir, 40 años en el desierto, hasta que todos aquellos que habían estado en edad militar, de 20 años en adelante, los que habían sido contados en el censo, no entraran. Excepto los levitas. Los levitas no fueron contados en ese censo y no participaron en esta misión. Por lo tanto, los levitas de esta generación sí entran a la tierra prometida, y se vuelven esta serie de abuelos que va a cobijar a la siguiente generación.

En la siguiente sesión vamos a ver cómo este pecado se extiende. Cómo Moisés y Aarón terminan de rebelarse o mal representar a Dios, y cómo esto los detiene de entrar a la tierra prometida. Y cómo el pueblo de Israel sigue escogiendo lo malo ante el Señor.

Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.

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