Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.
Resumen
En Éxodo 6 Dios se presenta por nombre y declara el motor del libro: yo los sacaré, los libraré, los redimiré y los tomaré por pueblo mío. Como un novio que corteja a su novia, Dios no solo habla: se demuestra. Con diez plagas vence a los dioses de Egipto, y en la Pascua la sangre de un cordero sustituye al primogénito. Faraón los deja ir, pero los persigue; Dios va delante en la columna de nube y de fuego, abre el mar y salva a Israel. En el desierto empieza a sacar a Egipto del corazón de su pueblo, proveyendo pan, carne y agua, rumbo al Sinaí.
Puntos clave
- Éxodo 6:6-7 es el motor del libro: yo los sacaré, los libraré, los redimiré y los tomaré por pueblo mío.
- «Los tomaré» es el lenguaje con que un hombre toma a una mujer por esposa: Dios corteja a Israel.
- Las diez plagas muestran que el Señor es mayor que todos los dioses de Egipto.
- En la Pascua, la sangre de un cordero sustituye al primogénito, como Dios proveyó un cordero en lugar de Isaac.
- Dios saca a Israel de Egipto y luego empieza a sacar a Egipto de Israel, proveyendo en el desierto.
Como un novio celoso
Bienvenido a esta segunda sesión, en donde vamos a ver el corazón del libro de Éxodo. Ya vimos cómo inicia la historia, como una transición que nos pone en contexto: Dios está por obrar para cumplir sus promesas por amor a Abraham, a Isaac y a Jacob. Promesas que inician al darles una tierra en donde se podían multiplicar, de tal manera que estuvieran listos para conquistar la tierra que Dios les había prometido.
Sin embargo, en la corrupción del humano, ellos son esclavizados. Pero Dios los ve. Dios escucha su gemido y se acuerda de su pacto. Y entonces, como un novio celoso, va a ir por su novia. Esta es la temática principal del libro de Éxodo. Está escrito de tal manera que nos revela la pasión de Dios por su pueblo. Él es un Dios apasionado que se mueve, que siente, que escucha, que ve y que obra. No solamente se sienta, habla y ejecuta, sino que viene, se acerca y camina junto con nosotros.
Todo esto lo entendemos mejor en Éxodo 6. Dios está a punto de confirmar su promesa, transfiriéndola ahora al pueblo de Israel a través de Moisés. La promesa que hizo a Abraham, a Isaac y a Jacob es una promesa que hizo a Israel. Y de este momento en adelante vamos a comprender que Israel es como esta mujer: es la novia, a la cual Dios ha puesto sus ojos y a la que está por conquistar para llevarla a una tierra.
Por mi nombre no me di a conocer
«Dios continuó hablando a Moisés, y le dijo: “Yo soy el Señor. Yo me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Todopoderoso, pero por Mi nombre, Señor, no me di a conocer a ellos”» (Éx. 6:2-3).
Yo soy Jehová, yo soy Yahvé. Este es el momento en el que me conocerán por nombre. Te había visto de lejos, pero ahora me puedes conocer. Me presento: me puedes ver, me puedes escuchar, me puedes sentir.
«También establecí Mi pacto con ellos, de darles la tierra de Canaán, la tierra donde peregrinaron. Además, he oído el gemido de los israelitas, porque los egipcios los tienen esclavizados, y me he acordado de Mi pacto» (Éx. 6:4-5).
El motor del libro de Éxodo
Y aquí inicia el motor del libro de Éxodo. Esto es lo que nos va a dar la estructura para entender el libro, la historia de Dios con Israel y lo que está por suceder:
«Por tanto, dile a los israelitas: “Yo soy el Señor, y los sacaré de debajo de las cargas de los egipcios. Los libraré de su esclavitud, y los redimiré con brazo extendido y con grandes juicios. Los tomaré a ustedes por pueblo Mío, y Yo seré su Dios. Sabrán que Yo soy el Señor su Dios, que los sacó de debajo de las cargas de los egipcios. Los traeré a la tierra que juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob, y se la daré a ustedes por heredad. Yo soy el Señor”» (Éx. 6:6-8).
De nuevo, se presenta por nombre. Y entonces les dice lo que está por hacer: yo los sacaré, yo los libraré, yo los redimiré y yo los tomaré.
Te tomaré
Esto se entiende mejor cuando te das cuenta de esta última palabra: «Los tomaré a ustedes por pueblo Mío, y Yo seré su Dios». Es una palabra llamada laqaj en hebreo, y se utiliza solamente en un contexto matrimonial. Es el lenguaje de quien dice: te tomaré como mía. Seremos uno: yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo. Somos una misma cosa, una misma parte. Ese es el contexto y ese es el lenguaje.
Así que tienes que imaginarlo como un hombre que ha puesto su mirada en una mujer y se ha enamorado profundamente. Y entonces se presenta: «Hola, mi nombre es Daniel» (inserta aquí tu nombre), y comienza a decirle: «Te vi, estás hermosa. Y quiero decirte que te voy a cortejar. Te voy a enamorar. Te voy a llevar a citas. Y te vas a enamorar de mí. Nos vamos a comprometer, nos vamos a casar y seremos felices para siempre». En esencia, esto es lo que acaba de hacer Dios con Israel.
Pero, por favor, mujeres si no están casadas, u hombres si no están casados: cualquier persona que se acerca a decir esto, si no lo demuestra, se convierte en un simple patán. Se convierte en una persona que solo habla, que te puede convencer con sus palabras.
Así que Dios está por demostrarse. Está por demostrar que Él es mayor que cualquier dios que ellos habían conocido a través de Faraón y de Egipto. Está a punto de hacer obras milagrosas, de atender y cortejar a Israel hasta llevarla a decir que sí. Porque, de nuevo, recuerda: Dios siempre nos da dos opciones. Hay un árbol de la vida y hay un árbol de la muerte. ¿Aceptas? Sí, acepto; o no, no acepto. Escoges el camino de la vida, que incluye la dependencia de Dios, estar en su presencia, deleitarte en Él; o escoges tus propios caminos.
Yo los sacaré: las diez plagas
Lo primero que Dios hace es la primera de las cláusulas: yo los sacaré. Es algo monumentalmente grande. Cuatrocientos treinta años habían estado los israelitas en una tierra que no era suya, esperando unas promesas (Éx. 12:40). Y ahora hay un Dios que se aparece y dice: yo te sacaré. La manera en que lo hace son las tan conocidas plagas de Egipto. A través de diez plagas Dios se va a demostrar mayor que todos los dioses de Faraón.
Recuerda, estamos en medio de una enemistad, de una guerra: entre la serpiente y la mujer, entre Egipto e Israel, entre su descendencia como Faraón y la descendencia a través de Moisés. Y cada una de las plagas tiene una intención práctica y también muestra, de manera espiritual, que Dios está venciendo a los dioses de Faraón y de Egipto.
La primera plaga, por ejemplo, es el río Nilo que se convierte en sangre. Había un dios asociado al Nilo, llamado Hapi, que lo hacía desbordarse, y al desbordarse hacía fértil toda la tierra. Ahora este río sería sangre, y en vez de vida traería muerte. Dios anuncia cada una de las plagas y luego las lleva a cabo, diciéndole en esencia a Faraón: ve y dile a tus dioses, ve y sacrifica a tus dioses, haz algo para detenerlo; pero no vas a vencer. Uno tras otro. La infestación de ranas es una afrenta a la diosa Heqet; los piojos, a un dios llamado Geb. Las moscas, el ganado enfermo, las úlceras, el granizo, las langostas. Y de repente, las tinieblas, ante el dios Ra.
El punto no son los dioses, los falsos dioses o los ídolos que tenía Faraón, sino que Faraón era una representación de los dioses. Cuando le iba bien al pueblo de Egipto, era una señal de que los dioses estaban de su lado. Pero cuando viene un Dios que los vence a todos, a Faraón no le queda de otra más que doblar las manos.
El corazón endurecido de Faraón
Sin embargo, verás continuamente que Faraón endurecía su corazón, que Dios endurecía el corazón de Faraón, o simplemente que el corazón de Faraón estaba endurecido. Estas tres cosas, que a veces parecen contrarias, hablan del misterio que hay detrás de la soberanía de Dios. A Dios no se le escapa nada, pero tampoco provoca las cosas. Es algo combinado: Dios está apasionado y va a llevar a cabo sus promesas, y van a suceder. Pero la corrupción del ser humano también entra en juego. Faraón siempre tuvo una decisión que tomar, pero su corazón estaba tan endurecido que cualquier afrenta de Dios contra sus dioses o su pueblo provocaba un mayor endurecimiento. Y así, una tras otra, hasta que llegamos a la última plaga, la que hoy conocemos como la Pascua.
La Pascua: un cordero en lugar del primogénito
En Éxodo 11 el Señor le recuerda a Moisés que todos los primogénitos le pertenecen. Es una manera de recordarle lo que Dios le dijo a Abraham: entrégame a tu hijo, a tu único hijo, a tu hijo amado, Isaac. Y luego Dios lo sustituye. Hay una manera de sustituirlo, de redimirlo, por decirlo de otra manera, de salvarlo. Así que esta última plaga es el momento en el que Dios dice: voy a reclamar a mis primogénitos. A la medianoche pasará el ángel de destrucción, el ángel de la muerte, y se llevará a los primogénitos de todo Egipto.
Sin embargo, si tú quieres redimir, si quieres salvar a tu primogénito, hay algo muy simple que debes hacer: sustituirlo por un cordero. A la mente de todo israelita le recuerda la historia de Isaac, y entienden lo que está por suceder. La muerte del cordero es el sacrificio, el holocausto que Dios proveería para sí mismo, de la misma manera que lo proveyó cuando Isaac fue sustituido.
¿Cómo había de suceder esto? Tenían que tomar un cordero macho sin defecto, de las ovejas o de las cabras, apartado desde el día diez del mes y guardado hasta el día catorce para este único propósito, y sería sacrificado (Éx. 12:3-6). La sangre se recogería en una vasija y sería puesta en el dintel y en los postes de la puerta, marcando que han creído en las promesas del Señor, marcando que se ha sustituido la muerte del primogénito por la muerte de un cordero. Un cordero por familia.
«La sangre les será a ustedes por señal en las casas donde estén. Cuando Yo vea la sangre pasaré de largo, y ninguna plaga vendrá sobre ustedes para destruirlos cuando Yo hiera la tierra de Egipto» (Éx. 12:13).
De ahí sacamos el nombre Pascua: en hebreo pésaj, en inglés Passover. El punto es: pasará de largo esa noche. El pueblo de Israel, entendiendo esto, toma el cordero, lo sacrifica, cubre sus casas con la sangre, y el ángel de la muerte pasa de largo. Sin embargo, todas las casas egipcias que no participaron, que no creyeron en el Señor, que creyeron en sus dioses, que tomaron la decisión de basarse en su propio conocimiento del bien y del mal, no hicieron el sacrificio. Y desde el hijo de Faraón hasta el hijo del cautivo, el primogénito murió esa noche (Éx. 12:29).
Saldrán con grandes riquezas
Así que Faraón llama a Moisés y a Aarón y les dice: váyanse de aquí, vayan y adoren a su Dios. Y tal como Dios lo dijo, lo comenzó a cumplir: yo te sacaré de las cargas de los egipcios. Recuerda que Dios le prometió a Abraham: por 400 años estarás como esclavo en una tierra que no te pertenece, pero al final juzgaré a esa nación y saldrás con riquezas. En este momento, el pueblo egipcio comienza a sacar sus objetos de plata y de oro y se los entrega al pueblo de Israel. Así despojan a los egipcios y se van con sus riquezas hacia el desierto (Éx. 12:35-36).
La primera cláusula estaba a punto de completarse. Sin embargo, un momento después, algo pasa en el corazón de Faraón. Reúne sus caballos y sus ejércitos y comienza a perseguir a los israelitas.
Un Dios que se hace visible
¿Pero sabes qué es lo más hermoso de este proceso? Que podemos volver a ver a Dios, que se involucra, que está en medio de su pueblo:
«El Señor iba delante de ellos, de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos, a fin de que anduvieran de día y de noche» (Éx. 13:21).
Es decir, Dios se hizo presente, era visible. El pueblo podía ver una columna de fuego en la noche que alumbraba todo su camino, y en cuanto se movía, ellos caminaban detrás de ella. Y en el día los cubría del sol en medio del desierto para que pudieran seguir adelante. Dios es el Dios que cabalga entre las nubes. Y el que cabalga en medio de una columna de fuego es el mismo Dios del pacto de Abraham, que ahora se presenta a todo un pueblo.
Entre la espada y el mar
El pueblo va caminando por el desierto, día y noche, hasta que se topa con un mar, y en ese momento los ejércitos de Faraón los alcanzan. Israel se topa con su primer problema. Es como, de nuevo, este hombre que te invita a salir, y todo empieza bien: se demuestra capaz, la mejor opción, mejor que todo hombre. Empiezan a salir, y algo parece que sale mal.
Y los israelitas comienzan a quejarse con Moisés: «¿Acaso no había sepulcros en Egipto para que nos sacaras a morir en el desierto?» (Éx. 14:11). Y Dios le dice a Moisés:
«Y tú, levanta tu vara y extiende tu mano sobre el mar y divídelo. Y los israelitas pasarán por en medio del mar, sobre tierra seca» (Éx. 14:16).
«El ángel de Dios que había ido delante del campamento de Israel, se apartó, e iba detrás de ellos. La columna de nube que había ido delante de ellos, se apartó, y se les puso detrás, y vino a colocarse entre el campamento de Egipto y el campamento de Israel» (Éx. 14:19-20).
Esta fue otra oportunidad de ver a Dios obrar apasionado. El pueblo, entre la espada y el mar, se encontraba pensando en su muerte, pero Dios se atraviesa entre Faraón y el pueblo. El mar se abre, cruza todo el pueblo, y las aguas se cierran cuando Israel ha terminado de pasar. Todo el ejército de los egipcios queda atrapado.
«Aquel día el Señor salvó a Israel de mano de los egipcios. Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar. Cuando Israel vio el gran poder que el Señor había usado contra los egipcios, el pueblo temió al Señor, y creyeron en el Señor y en Moisés, Su siervo» (Éx. 14:30-31).
El mismo momento que tuvo Abraham cuando creyó en el Señor.
Sacar a Egipto de los israelitas
El pueblo de Israel comenzó a creer. La conquista estaba en marcha; los primeros pasos de la relación habían comenzado. Pasa el tiempo y, mientras caminan, empiezan a suceder otras cosas. Una cosa es sacar a los israelitas de Egipto, pero ahora Dios tenía que sacar a Egipto de los israelitas. La mentalidad de esclavo, después de 400 años, generación tras generación, era muy difícil de quitar. Les costaba entender que ahora eran libres, que este Dios, Jehová, Yahvé, que se presenta por nombre y que los sacó, no les iba a pedir, como los dioses egipcios, sacrificios vanos ni que le entregaran algo por capricho. No los estaba sacando por conveniencia propia, sino que los estaba llamando a una aventura; los estaba enamorando para hacerlos su pueblo, su posesión más preciosa.
El pueblo comienza a caminar, empieza a tener hambre y comienzan a quejarse:
«Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos. Pues nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud» (Éx. 16:3).
Y el Señor, en lugar de enojarse, en lugar de castigarlos y desaparecerlos, muestra una vez más su lado amoroso de conquista y comienza a proveer el maná que desciende del cielo y las codornices:
«He oído las murmuraciones de los israelitas. Háblales, y diles: “Al caer la tarde comerán carne, y por la mañana se saciarán de pan. Sabrán que Yo soy el Señor su Dios”» (Éx. 16:12).
Yo los libraré
Este es el proceso de libertad, la segunda cláusula: Dios va sacando la esclavitud de la mente de los israelitas, y ante la queja del hombre sigue proveyendo pan, carne y agua. Cuando mueren de sed y están otra vez quejándose, diciendo «estábamos mejor en Egipto», Dios, a través de Moisés, abre una peña gigante en Horeb, y de en medio de ella sale agua para un millón de personas, para que pudieran beber y ser saciados (Éx. 17:6).
Lo que empieza a suceder en el corazón de los israelitas es que comienzan a creer en el Señor, y a creer, y a creer, hasta que llegan a un lugar: el monte Sinaí. En el Sinaí se llevarán a cabo las últimas dos cláusulas. La redención es el proceso que inició en la Pascua, el día en que fueron comprados por la sangre del cordero; continuó en el mar, cuando se abrió y fueron librados de Egipto; y se completa en el momento en que Dios los toma como pueblo. Y esto sucede en el monte Sinaí.
Un compromiso para siempre
En la siguiente sesión veremos que todo lo que sucede en el Sinaí está construido como una ceremonia matrimonial. No en el sentido actual del matrimonio, sino en el sentido de aquel momento, que es como un compromiso. Piénsalo así: María y José estaban comprometidos, estaban desposados, pero aún no habían consumado el matrimonio. Por eso María seguía siendo virgen, y por eso el nacimiento milagroso de Jesús a través de María es posible. Legalmente estaban desposados, había unas cláusulas legales que los hacían uno para el otro, pero no había sido consumado. El monte Sinaí es el momento en el que Dios e Israel se comprometen para siempre.
Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.