Monterrey, N.L.Maestro de la Biblia · MDiv en curso, Talbot

Clases adaptadas · Doctrinas Fundamentales

Arrepentimiento de obras muertas

La primera doctrina fundamental: dejar de cubrirnos con hojas para que Dios nos cubra

Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.

Resumen

Las doctrinas fundamentales de Hebreos 6 son los cimientos de una casa construida sobre Cristo, y en ellas está contenido el evangelio. La primera es el arrepentimiento de obras muertas. Las obras muertas son toda obra inclinada a obtener el favor de Dios o a disminuir su ira, como si Dios nos debiera algo. El pecado es alejarnos de Dios, y produce vergüenza, miedo y culpa, como en Adán y Eva, que se cubrieron con hojas. Dios responde presentando su plan y los cubre con pieles, una imagen de Cristo. Arrepentirse es cambiar de camino y de manera de pensar, y produce obras vivas.

Puntos clave

  • Las doctrinas fundamentales de Hebreos 6:1–2 son los cimientos de una casa edificada sobre Cristo, y en ellas está contenido el evangelio.
  • Obras muertas: toda obra inclinada a obtener el favor de Dios o a disminuir su ira, como si Dios nos debiera algo.
  • El pecado es ignorar a Dios y alejarnos de Él; sus frutos son vergüenza, miedo y culpa (Gén. 3).
  • Arrepentirse es cambiar de camino y de manera de pensar (Isa. 55:7). Dios no nos cubre con hojas, sino con pieles: una imagen de Cristo.
  • La tristeza que viene de Dios produce arrepentimiento y obras vivas; la del mundo, remordimiento y muerte (2 Cor. 7:10).

Construir sobre la roca

Hasta ahora vimos que la Biblia es la verdad y vimos los atributos de Dios. Empezamos con esas dos clases porque estamos poniendo cimientos. Jesús lo dijo así: «Por tanto, cualquiera que oye estas palabras Mías y las pone en práctica, será semejante a un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca» (Mat. 7:24). Cae la lluvia, soplan los vientos, y la casa no cae.

Por eso empezamos con la palabra y con quién es Dios: la doctrina no es nuestro objeto de adoración. No estudiamos para tener bonitas definiciones, sino para conocerlo más, enamorarnos más de Él y vivir conforme a su imagen. La iglesia está edificada «sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular» (Efe. 2:20), es decir, sobre lo que se dijo antes y después de Jesús. Es una misma historia. Cada doctrina que vamos a estudiar está en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

No soy arquitecto, así que me puedo equivocar, pero una casa empieza por los cimientos, y hay que excavar profundo. La Biblia habla de un juicio en el que nuestras obras, edificadas sobre Cristo, pasarán como por fuego: las que se sostengan recibirán recompensa, y las demás se consumirán (1 Cor. 3:12–15). Nuestro trabajo no es solo pararnos sobre el fundamento, sino construir sobre él. Y si Cristo es el fundamento, también es el arquitecto, y Él nos quiere decir cómo construir.

Las doctrinas fundamentales

¿Dónde encontramos estas doctrinas? En Hebreos: «Por tanto, dejando las enseñanzas elementales acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez, no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas y de la fe hacia Dios, de la enseñanza sobre lavamientos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno» (Heb. 6:1–2).

“¿Por qué lees un versículo que dice que no hay que repasar esto, y luego lo vamos a estudiar?”. Porque el autor no está en contra de que lo aprendan. Les dice: “Ya se les enseñó, pero no han madurado. Echaron los cimientos, los abandonaron, y ahora quieren volver a preguntar cómo eran”. El objetivo no es repasarlas una y otra vez, sino entenderlas tan profundo que toda tu vida se construya sobre ellas.

Son seis: arrepentimiento de obras muertas, fe en Dios, la doctrina de los bautismos, la imposición de manos, la resurrección de los muertos y el juicio eterno. Son tan fundamentales que, si le cambias algo, ya le cambiaste el evangelio. Hay un documental en Netflix, Come Sunday: un pastor muy famoso, tras la muerte de su tío en la cárcel, siente tanto remordimiento que empieza a predicar que no existe el juicio ni el infierno, y esa iglesia tomó un rumbo completamente alejado de Dios. Eso fue quitando solo una doctrina. Si quitas la resurrección de los muertos, nuestra fe no tiene sentido, porque no vamos a vivir como fantasmitas ni como ángeles con alitas. En estas seis doctrinas está el evangelio.

Y sí, la Biblia habla de obras. No eres salvo por obras, pero la fe en Dios produce acciones. Santiago dice: «Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras» (Sant. 2:18).

¿Qué son las obras muertas?

Las podemos definir como toda obra inclinada a obtener el favor de Dios. Es presentarle obras a Dios para volverlo un deudor. Casi nunca lo decimos con arrogancia, pero sale así: “Si vengo a la iglesia, si leo mi Biblia, si ya hice mi devocional, ¿por qué choqué en la mañana?”. O vemos a Dios como un cajero: si pongo la clave correcta, sale la bendición.

Se llaman muertas porque no producen vida. Si no entiendo que Dios quiere relacionarse conmigo, voy a ayunar un día completo para que me bendiga. Y si no te bendice, ¿deja de ser Dios? ¿Deja de ser tu Señor? Dios sigue en el trono y sus promesas siguen siendo fieles, lo sientas o no. “Es que no sentí paz en la alabanza”. Pues no es para ti, es para Él. Ese pequeño cambio de pensar es el arrepentimiento.

Ojo: el pecado no es lo mismo que las obras muertas, aunque las va a producir. El pecado es ignorar a Dios, sus deseos, su voluntad, sus atributos y su verdad, y decidir vivir separados de Él; eso lo ofende. Las obras muertas son buscar su favor con nuestras acciones, como si Él nos debiera.

¿Qué es arrepentirse?

Isaías lo dice de manera sencilla: «Abandone el impío su camino, y el hombre malvado sus pensamientos, y vuélvase al SEÑOR, que tendrá de él compasión, al Dios nuestro, que será amplio en perdonar» (Isa. 55:7).

Arrepentirse es cambiar de camino. Voy caminando hacia acá y, de repente, me doy la vuelta. Religiosamente le hemos puesto un peso enorme a la palabra, pero es así de sencillo. El problema es que todos vamos en un camino diciendo: “No soy tan malo. Me robé un chicle, pero no le robé al banco”. A mí me decían “eres pecador, arrepiéntete”, y yo respondía: “No es cierto, yo soy bueno. Si Dios me ama, me va a aceptar así como soy”.

Pero el camino que escogimos ignora a Dios. Por más bueno que seas, si caminas lejos de Él, eso es pecado, porque el pecado es la separación de Dios. No se trata de “hice cosas buenas, hice cosas malas”; de eso se trató el árbol del conocimiento del bien y del mal, pero no el plan de Dios. Cuando quiero ser bueno para ganarme su favor, hago obras muertas.

Y arrepentirse no es solo cambiar la acción, sino la manera de pensar. Alguien puede dejar las drogas sin que cambie su manera de pensar acerca de Dios. El cambio verdadero es decir: “Mis caminos no son buenos ni suficientes; necesito los caminos de Dios”. Si cambio de religión porque creo que los cristianos encontraron la fórmula perfecta para llegar al cielo, mi pensamiento nunca cambió; el camino sigue siendo mío. Nadie que no quiera estar con Dios va a estar en la eternidad con Él. Y si quieres estar con Él, ¿por qué no empezar hoy? Cuando cambias la manera de pensar, haces lo que María: te sientas a los pies de Jesús y dices: “¿Qué tengo que hacer para estar cerca de ti?”.

¿Cómo llegamos ahí? Cuando nos encontramos con la palabra, que es Jesús, el Espíritu Santo trae convicción: nos convence de que sus caminos son mejores, de que el nuestro nos aleja de Dios, de que Él está entristecido y de que lo único que quiere es que regreses. Nuestra condición humana no es ser buenos o malos, sino estar alejados de Dios. Todos hemos pecado y todos necesitamos volver a Él.

Adán y Eva: hojas y pieles

Me gusta ir a la primera vez que se menciona algo, y casi todos los fundamentos los van a encontrar en Génesis. El primer ejemplo del arrepentimiento de obras muertas es Génesis 3. Adán y Eva lo tenían todo en el Edén, y Dios se paseaba con ellos. Solo había una cosa que no podían hacer: comer de un árbol. Como cuando le dices a un niño: “No metas el dedo en el enchufe”.

El pecado no fue morder la fruta. Esa fue la obra que expresó el pecado. Lo que ofendió a Dios fue que lo ignoraron y se alejaron de Él. Desde entonces, su clamor ha sido: “Vuelvan a mí. Dejen sus caminos y sus pensamientos y regresen a los míos”. Cuando tienes hijos te das cuenta de que tu mamá sí sabía. Dios conoce todas las plantas del universo y sabe cuál es veneno. No necesitamos probarlas todas; solo hazle caso. Pablo lo dice así: «Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo les rogamos: ¡Reconcíliense con Dios!» (2 Cor. 5:20). No dice “dejen las drogas”, sino “reconcíliense con Dios”.

Después del pecado, Dios se acerca y les hace una pregunta. Estoy casi seguro de que, si Adán y Eva hubieran dicho “la regué, no te alejes de mí”, Dios habría completado su plan en ese momento. Pero el pecado empezó a dar fruto, y aquí completo la definición: las obras muertas son toda obra inclinada a obtener el favor de Dios o a disminuir su ira. “Robé, pero solo un chicle; otros mataron”.

Los frutos del pecado, hasta hoy, son tres. Primero, vergüenza: se les abren los ojos, se ven desnudos y agarran hojas para cubrirse. Eso es una obra muerta. Segundo, miedo: «tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí» (Gén. 3:10). Tercero, culpa: “la mujer que me diste”; “la serpiente” (Gén. 3:12–13). Y lo seguimos haciendo: “Pequé, pero el domingo fui a la iglesia”.

¿Qué hace Dios ante nuestra condición? Presenta su plan. Les recuerda quién es: “Me tienes miedo porque no me conoces”. Les explica las consecuencias y, en medio de ellas, les da Génesis 3:15: de la mujer vendrá una simiente que aplastará a la serpiente. Esa simiente es Jesús; teológicamente se le llama el protoevangelio, la primera vez que Dios exhibe su plan para regresarnos a Él.

Y Adán responde con fe: le pone a su mujer el nombre de Eva, «porque ella era la madre de todos los vivientes» (Gén. 3:20). Es como decir: “Yo me cubrí con hojitas y me escondí, y tú tienes un plan para regresarme a ti”. Entonces Dios hace el primer sacrificio: toma un animal y con sus pieles los viste (Gén. 3:21). No nos cubre con hojas que tapan parcialmente el pecado, sino con un sacrificio que apuntaba a Jesús, la simiente de la mujer, que derramaría su sangre y nos cubriría con su cuerpo. Por eso nos vestimos de Cristo. Dejamos nuestras obras muertas para que Él nos cubra. No tenemos que buscar cómo regresar a Dios, porque Él ya lo hizo. Por un árbol entró el pecado, y por un hombre clavado en un madero podemos volver.

De Génesis a Hechos

La simiente vino de la mujer. La única forma de que esa profecía se cumpliera era que no hubiera un hombre involucrado, y Jesús nació de una virgen. Exhibió los atributos de Dios, hizo milagros, murió en un madero y resucitó al tercer día. Después explicó a sus apóstoles todo lo que había de suceder, ascendió y les dijo que esperaran al Espíritu Santo. En Hechos 2 viene el Espíritu, y Pedro predica con valentía usando las profecías del Antiguo Testamento: “Este era Jesús”. Los que lo oyeron fueron «compungidos de corazón» y preguntaron: «Hermanos, ¿qué haremos?». Y Pedro respondió: «Arrepiéntanse» (Hech. 2:37–38).

¿Se acuerdan que leer la palabra es como ver a Jesús a los ojos? Sus ojos traspasan el alma. El evangelio nos convence y produce una tristeza que pregunta: “¿Qué hago?”. Nuestro trabajo es voltear a Jesús, como Adán a Eva, y decir: “De ti vendrá la vida. Tus planes son mejores que los míos. ¿Qué tengo que dejar?”.

Eso produce obras vivas. No son obras para conseguir su favor ni para disminuir su ira, sino en respuesta al evangelio, porque Él ya nos dio su favor y su ira fue consumida en la cruz, cuando Cristo recibió el golpe que nos tocaba a nosotros. Si te encontraste con Dios, tu vida va a ser radicalmente cambiada, y eso puede pasar a diario. El objetivo no es solo que dejes las drogas, la mentira o el enojo; para eso hay muchos libros de autoayuda, y funcionan. Pero vas a regresar a algo, porque hay una raíz que Dios no ha tocado. Por eso tenemos que nacer de nuevo, y lo vamos a ver en la siguiente sesión.

¿Cómo sé si me arrepentí?

El fruto se puede ver muy parecido. Por eso Jesús dice que algunos le dirán “Señor, en tu nombre hicimos esto”, y Él responderá: «Jamás los conocí» (Mat. 7:23). Podemos cubrirnos con hojas y dejar de estar desnudos, pero Dios quiere cubrirnos con pieles.

La diferencia está en la tristeza. Hay una tristeza que no viene de Dios: el ciclo de vergüenza, miedo y culpa que termina en remordimiento y condenación. “Me siento muy mal, pero lo sigo haciendo, y me sigo alejando”. Hay síntomas: te alejas de la iglesia, te aíslas de tu familia y tus amigos, le echas la culpa a alguien o al diablo: “Tengo una lucha espiritual muy intensa y por eso no fui a la iglesia”. No: simplemente no quisiste ir. Te aíslas porque no quieres ser confrontado. Si conocieras a Dios verdaderamente, Él cubriría tu vergüenza y tu miedo; por eso lo contrario de la fe es el miedo. Él echa la culpa al fondo del mar y se olvida de ella.

En la iglesia acabamos de lanzar un programa de detox de la pornografía. Un porcentaje muy alto de personas, incluso dentro de las iglesias, está atrapado en ella, y lo que las mantiene esclavas es la vergüenza: no se han atrevido a confesar. Cuando confiesas tu pecado ante una autoridad, ante alguien que viene en el nombre de Dios, esa persona te va a cubrir, no a avergonzar. La mentira del diablo es que te vamos a avergonzar o a llenar de culpa. Varias personas vienen conmigo a hablar de esto; llegan muy nerviosas y salen diciendo: “No fue tan difícil”. Cuando traes tu pecado a la luz, la luz lo remueve, te libera y te viste de Cristo.

Si sientes vergüenza, miedo o culpa, ve con Dios: «Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón» (Sal. 139:23). El objetivo no es esconder el pecado debajo de la alfombra, sino ser como un exterminador de ratas. Nadie quiere vivir con ratas. Lo que hacemos con el pecado es decir: “Está en la pared, no se ve; le dejo un snack, ya le puse nombre, ya es mi mascota”. No. Lo que quieres es: “¡Díganme dónde están, que me van a enfermar a mí y a mi hija!”. Confesar es decirle al exterminador: “Mata las ratas y limpia mi casa”.

Lo que produce la tristeza que viene de Dios

Pablo lo explica en 2 Corintios 7: «Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte» (2 Cor. 7:10). Y en el versículo 11 enumera lo que esa tristeza produjo en ellos; la Nueva Traducción Viviente lo traduce así: fervor, ansiedad por limpiar su nombre, indignación, preocupación, deseo de verlo, celo y disposición para castigar lo malo.

El arrepentimiento de obras muertas es la primera doctrina fundamental y el primer paso para conocer a Dios. Pero no es “ya me arrepentí una vez y listo”. Un día recibiremos un cuerpo glorificado; hoy todavía nos da vergüenza, todavía tenemos miedo y todavía echamos culpas. Todavía hay ratas en la casa, cada vez menos, pero el objetivo es exterminarlas. Así que dile, en tus palabras: “Señor, examina mis obras, mi casa, mi matrimonio, mi trabajo. No porque vine a la iglesia ni porque leo la Biblia, sino porque sé quién eres. Muéstrame en qué me estoy alejando de ti, y cúbreme con la sangre de tu Hijo”.

Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.

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