Monterrey, N.L.Maestro de la Biblia · MDiv en curso, Talbot

Clases adaptadas · Orígenes (Estudio 12:2)

Éxodo: un santuario para habitar entre ellos

El tabernáculo, la amistad de Moisés con Dios y la gloria que llena la tienda: el propósito es estar con Dios

Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.

Resumen

Después de la boda, lo primero que Dios pide es una casa: «Que me hagan un santuario, para que Yo habite entre ellos». El tabernáculo está construido como una casa, con alcoba, comedor y sala, porque el propósito principal del ser humano es estar con Dios. En medio del becerro de oro, Moisés intercede por el pueblo. Y en la tienda de reunión, Dios habla con Moisés cara a cara, como con un amigo; Moisés pide conocerlo más y no quiere avanzar sin su presencia. Éxodo termina cuando la gloria del Señor llena el tabernáculo.

Puntos clave

  • Después del pacto, Dios pide un santuario para habitar entre su pueblo (Éx. 25:8).
  • El tabernáculo es como una casa: el lugar santísimo es la alcoba; el lugar santo, el comedor.
  • El propósito principal del ser humano, antes de cualquier misión, es estar con Dios.
  • Dios hablaba con Moisés cara a cara, como un hombre con su amigo: no es un Dios transaccional.
  • «Si Tu presencia no va con nosotros, no nos hagas salir de aquí»: solo su presencia nos distingue.

Después de la boda, el jardín

Dios ha puesto en marcha su plan. Ha conquistado a su pueblo Israel, los ha tomado y los ha llamado su pueblo, y Él ahora es su Dios. Se han comprometido uno con el otro y ahora son uno mismo: Israel es su pueblo, y Dios, Jehová, Yahvé, es su Dios. Se representan uno al otro.

Termina la boda, termina esta ceremonia, y lo primero que hace Dios es recordarnos el jardín. Recordarnos el primer momento de la creación, cuando Dios creó los cielos y la tierra y un jardín, el Edén. De alguna manera ese jardín era como un lugar de habitación de Dios, donde Dios y el hombre paseaban juntos.

Que me hagan un santuario

«El Señor habló a Moisés y le dijo: “Dile a los israelitas que tomen una ofrenda para Mí. De todo aquel cuyo corazón le mueva a hacerlo, ustedes tomarán Mi ofrenda”» (Éx. 25:1-2).

Y empieza a hablar de la ofrenda hasta llegar al versículo 8:

«Que me hagan un santuario, para que Yo habite entre ellos. Conforme a todo lo que te voy a mostrar, conforme al diseño del tabernáculo y al diseño de todo su mobiliario, así ustedes lo harán» (Éx. 25:8-9).

Que me hagan un santuario, que me hagan una casa, una habitación, una morada, un lugar en donde podré habitar entre ustedes. Dios no se resiste. Aun cuando los cielos y la tierra no han sido redimidos por completo, no están completamente restaurados, Dios no se resiste: Él quiere habitar en medio de su pueblo.

Y terminando de hacer este pacto, le dice a Moisés: hagan la habitación matrimonial. Hagan una casa donde yo pueda habitar con ustedes. Dios quiere revelarse, quiere ser conocido, quiere ser amado, y quiere que lo conozcas y lo ames porque tú te deleitas en ello. Dios ha enamorado al pueblo y lo ha atraído a sí. Los ha sacado con mano fuerte y los ha llevado hasta este momento porque quiere habitar entre su pueblo.

El arca del testimonio

Así que les empieza a dar instrucciones muy específicas. Esta casa, esta habitación, está construida de tal manera que Dios pueda descender y hablar y platicar y estar con ellos. Lo primero que les manda construir es el arca del testimonio. Esta arca va a cobrar mucho sentido durante toda la historia de Israel, porque representa la presencia de Dios:

«Allí me encontraré contigo, y de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio, te hablaré acerca de todo lo que he de darte por mandamiento para los israelitas» (Éx. 25:22).

Es decir: este es el lugar de mi habitación, en donde nos veremos tú y yo, en donde platicaremos y te hablaré acerca de mi pueblo.

Una casa con alcoba, comedor y sala

Dios hace todo esto, hace toda la ceremonia, hace todo el éxodo. Y antes siquiera de llegar a la tierra le dice: hazme una habitación donde pueda morar, donde pueda descender, donde pueda estar contigo.

Esa habitación incluye el arca del testimonio, que está puesta en un lugar que se llama el lugar santísimo, cubierto por un velo, en donde solamente Moisés o, eventualmente, el sumo sacerdote podían entrar. Digamos que el lugar santísimo podría representar la alcoba de una casa: el lugar más íntimo, en donde solo el esposo y la esposa pueden entrar y compartir la intimidad de la casa, emocionalmente y en todos los sentidos.

También hay un lugar que se llama el lugar santo. Sería como el comedor, en donde suceden pláticas muy íntimas, en donde la familia se reúne, los hijos juegan, hay de todo. Hay una intimidad real, hay una familia. En este lugar santo había una mesa, y sobre la mesa había pan, el pan de la presencia, que representaba al pueblo de Dios. Había también una menorá, un candelabro, que, si llegamos hasta el libro de Apocalipsis, nos damos cuenta de que representa a la congregación, al pueblo de Dios, a la iglesia (Ap. 1:20). Hay un altar donde se ofrece el incienso, que representa las oraciones de los santos, y un altar de sacrificios. Cada uno de estos elementos tiene un gran significado, y podríamos profundizar bastante.

Pero el punto principal de esta sesión es recordar que el propósito principal de todo ser humano, antes de cualquier misión, antes de cualquier cosa que hacer, es estar con Dios. Él quiere estar con su pueblo. Y al estar con su pueblo, Él se presenta, y lo puedes conocer, lo puedes amar, puedes establecer una amistad con Él. Y está construido como una casa: hay una alcoba, hay un comedor y hay una sala, en donde todos podían participar y todos podían estar. Si continúas leyendo los capítulos vas a ver más detalles, y cada uno, si profundizamos, tiene su simbolismo y representa algo.

Así te vas a separar de los demás pueblos

Pero tienes que entender algo. El punto de todas estas reglas era decirle al pueblo de Israel: así te vas a conducir, así vas a funcionar, así te vas a separar de los demás pueblos. No es algo que tú y yo podemos desmenuzar para decir, por ejemplo con las vestiduras sacerdotales: «¿Significa entonces que yo nada más me puedo vestir de esta manera?». No, no, no. Está hablando de distinciones, de santidad, de consagración específica para funciones específicas, para un pueblo en específico.

El becerro de oro

En medio de todo esto hay un incidente. Moisés está arriba con Dios, y mientras eso sucede, el pueblo empieza a desesperarse y construye un becerro de oro. Dios, en su enojo, en su ira, dice: los voy a matar a todos.

«Ahora pues, déjame, para que se encienda Mi ira contra ellos y los consuma. Pero de ti Yo haré una gran nación» (Éx. 32:10).

Pero Moisés intercede. Imagina a Moisés viendo a Dios con toda su ira viniendo sobre su pueblo. Se detiene y, en esencia, dice: si hay pecado de ellos, cóbramelo a mí. Intercede por ellos, da su vida por el pueblo:

«Pero ahora, si es Tu voluntad, perdona su pecado, y si no, bórrame del libro que has escrito» (Éx. 32:32).

Le dijo: recuerda, son tu pueblo; recuerda tu pacto. Y Dios les da otra oportunidad. Vas a ver en la Biblia, en la palabra de Dios, que muchas veces hay decretos, cosas que Dios dice y que luego no hace. Y recuerda: Dios es un Dios completo. Dios no es ira, amor, santidad y justicia por separado. Dios es todas esas cosas. Por eso su nombre es «Yo soy el que soy». Es difícil de entender, es difícil de explicar, pero Él actúa conforme a todos sus atributos a la vez. Y cuando, en todos sus atributos, encuentra el arrepentimiento, una persona que quiere cambiar su camino y regresar a casa, Él no puede contener su misericordia y su amor.

Moisés se para a la puerta del campamento y dice: «El que esté por el Señor, venga a mí» (Éx. 32:26). Los que quisieron regresar fueron librados. Pero los que no, cayeron aquel día, y el Señor hirió al pueblo por lo que hicieron con el becerro (Éx. 32:28, 35).

En este incidente vemos la fragilidad del corazón humano. Aunque está la gloria de Dios en la nube humeante, con truenos y fuego, cuando buscamos el deseo, la satisfacción inmediata, podemos caer en adorar a falsos dioses, a becerros de oro, incluso tratando de tapar nuestra idolatría diciendo: «Este becerro representa a Dios». Sin embargo, Dios tiene un plan que es eterno, y estaba por llevarlos a la tierra. Así como el pueblo, debemos ser pacientes.

Cara a cara, como un amigo

Continúa la historia y llegamos a uno de los pasajes que más me gustan, el momento en el que la presencia de Dios se hace palpable, visible, en la vida de Moisés.

«Entonces el Señor dijo a Moisés: “Anda, sube de aquí, tú y el pueblo que has sacado de la tierra de Egipto, a la tierra de la cual juré a Abraham, a Isaac y a Jacob”» (Éx. 33:1).

Le recuerda: yo te la di, ve, y te la voy a dar. Pero Moisés se detiene y dice: no me has dicho quién va a ir conmigo. Moisés tenía la costumbre de levantar una tienda fuera del campamento, a la que llamaba la tienda de reunión:

«También cuando Moisés entraba en la tienda, la columna de nube descendía y permanecía a la entrada de la tienda, y el Señor hablaba con Moisés» (Éx. 33:9).

«Y el Señor acostumbraba hablar con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo. Cuando Moisés regresaba al campamento, su joven ayudante Josué, hijo de Nun, no se apartaba de la tienda» (Éx. 33:11).

¡Wow! Recuerda el nombre de Josué para más adelante. Esto es increíble: el Dios de la nube, del fuego, de los truenos, vestido en toda su gloria y majestad, capaz de traer plagas y de tomar a los primogénitos, capaz de traer maná y codornices del cielo y de alimentar y dar de beber a todo un pueblo, es el amigo de Moisés. Es el Dios que desciende, el Dios que camina, el Dios que quiere habitar entre nosotros.

Aquí nos damos cuenta de que no es un Dios transaccional. No se trata de «yo te doy y tú me das», no se trata de reglas y de caprichos, no se trata de cumplirle algo a Dios, sino de estar con Él. Y a medida que Moisés estaba con Dios, la amistad crecía y se nutría, y Moisés se parecía más a Dios. Recuerda: estamos con Dios para parecernos más a Él y eventualmente irradiar su gloria a los demás.

Te ruego que me hagas conocer tus caminos

«Entonces Moisés dijo al Señor: “Mira, Tú me dices: ‘Haz subir a este pueblo’. Pero Tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Además has dicho: ‘Te he conocido por tu nombre, y también has hallado gracia ante Mis ojos’. Ahora pues, si he hallado gracia ante Tus ojos, te ruego que me hagas conocer Tus caminos para que yo te conozca y halle gracia ante Tus ojos. Considera también que esta nación es Tu pueblo”» (Éx. 33:12-13).

El Señor le había dicho: has hallado gracia ante mis ojos y te conozco. Y Moisés le dice, en esencia: lo sé, pero quiero conocerte más. Quiero conocer tu gloria, quiero conocer quién eres, quiero estar contigo del todo. Es Moisés mismo, el amigo de Dios, el que ha caminado con Él, el que dice: dame a conocer tus caminos, porque quiero conocerte a ti. Quiero hallarte a ti, quiero ser hallado en ti, quiero saberme en ti. Y recuerda: tu pueblo es tu pueblo, es tuyo y Tú eres su Dios.

Si tu presencia no va con nosotros

«Entonces Moisés le dijo: “Si Tu presencia no va con nosotros, no nos hagas salir de aquí. ¿Pues en qué se conocerá que he hallado gracia ante Tus ojos, yo y Tu pueblo? ¿No es acaso en que Tú vayas con nosotros, para que nosotros, yo y Tu pueblo, nos distingamos de todos los demás pueblos que están sobre la superficie de la tierra?”» (Éx. 33:15-16).

No me importan los beneficios, no me importa la tierra donde fluye leche y miel, no me importa ser rey, no me importa este pedazo de tierra; me importa que vayas con nosotros. Moisés entendió. La presencia de Dios es la bendición prometida a Abraham, a Isaac y a Jacob, en la que todas las demás naciones serían benditas. Solo en su presencia somos distinguidos, somos santos, porque somos apartados, separados, diferentes a todo lo demás por una sola cosa: su presencia está con nosotros.

Es todo acerca de estar con Dios, de su presencia y de verlo a Él revelado. Después de esto viene la frase famosa: «Te ruego que me muestres Tu gloria» (Éx. 33:18). Y Dios le dice: no puedes ver mi rostro, pero te pondré en una hendidura de la peña y verás mis espaldas (Éx. 33:20-23). Moisés está con Dios, habla con Él cara a cara, camina con Él, y ahora Dios le dice: te voy a mostrar mi gloria, pero no la puedes ver completa. Todo se trata de estar con Dios, de habitar con Dios y de ser conocido por Dios.

Bezalel, lleno del Espíritu de Dios

Esta habitación que Dios está construyendo, este tabernáculo, es tan importante que, cuando Moisés termina de dar las instrucciones de cómo va a ser construido, vemos que la persona escogida es llena del Espíritu de Dios:

«Entonces Moisés dijo a los israelitas: “Miren, el Señor ha llamado por nombre a Bezalel, hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá. Y lo ha llenado del Espíritu de Dios en sabiduría, en inteligencia, en conocimiento y en toda clase de arte, para elaborar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, y en el labrado de piedras para engaste”» (Éx. 35:30-33).

En esencia, el artista de artistas, para construir la habitación de Dios. Esto es lo más importante para Dios, y eventualmente es el final de la historia de la humanidad. La buena noticia del evangelio es que Dios por fin estará con nosotros, habitará entre nosotros por los siglos de los siglos, por toda la eternidad.

La gloria llenó el tabernáculo

El libro de Éxodo continúa hablando del tabernáculo, del atrio y de todo lo que sucede para construirlo, y termina con el tabernáculo levantado. Dios había dicho: «El primer día del mes primero levantarás el tabernáculo de la tienda de reunión» (Éx. 40:2). Y así sucede:

«Y en el primer mes del año segundo, el día primero del mes, el tabernáculo fue levantado. Moisés levantó el tabernáculo y puso sus basas, colocó sus tablas, metió sus barras y erigió sus columnas. Y extendió la tienda sobre el tabernáculo y puso la cubierta de la tienda arriba, sobre él, tal como el Señor había mandado a Moisés» (Éx. 40:17-19).

«Entonces la nube cubrió la tienda de reunión y la gloria del Señor llenó el tabernáculo» (Éx. 40:34).

La gloria del Señor llenó el tabernáculo. La nube que los venía acompañando, la presencia de Dios. De ahí en adelante, en los años que pasan en el desierto, el pueblo no se movía a menos que la nube se moviera:

«Porque en todas sus jornadas la nube del Señor estaba de día sobre el tabernáculo, y de noche había fuego allí a la vista de toda la casa de Israel» (Éx. 40:38).

La misma nube que los cubría de día y la columna de fuego que les daba calor y luz en la noche seguía con ellos, en medio del pueblo, y ellos disfrutaban de su presencia.

Un novio que conquista a su novia

En resumen, el libro de Éxodo se entiende mejor como un novio conquistando a su novia: conquistando a la mujer para traerla a una misión de vida, hacerle una habitación, habitar con ella, enamorarla, deleitarla, y que ella se deleite en Él de la misma manera.

Es el momento en el que Dios vence a todos los demás dioses y se demuestra como el único y verdadero Dios: el que provee, el que alimenta, el que saca, el que libera, el que redime y el que los toma como pueblo para una sola cosa: que su presencia sea irradiada a todas las naciones.

Aquí sigue Levítico. Levítico inicia con una conjunción en hebreo, como cuando estás hablando y continúas: «Y entonces el Señor...». De alguna manera, Levítico es la continuación de lo que vimos en Éxodo sobre la ley. Por eso en esta clase no profundizamos en la ley, los rituales y las fiestas: en Levítico veremos la razón de ser de la ley, la gracia dentro de la ley, las fiestas y los sacerdotes.

Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.

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