Monterrey, N.L.Maestro de la Biblia · MDiv en curso, Talbot

Clases adaptadas · Orígenes (Estudio 12:2)

Éxodo: el Sinaí, una boda entre Dios y su pueblo

La consagración, la llegada del novio, los votos de los diez mandamientos, la sangre del pacto y la cena de bodas

Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.

Resumen

Después de tres meses de cortejo en el desierto, Dios le propone matrimonio a Israel en el Sinaí: si escuchan su voz y guardan su pacto, serán su especial tesoro. El pueblo responde: «Haremos todo lo que el Señor ha dicho». Lo que sigue tiene la forma de una boda: la consagración, el novio que desciende en fuego y nube, los votos de los diez mandamientos, el sábado como señal, como las argollas, y la sangre del pacto. Es un pacto bilateral que el pueblo no sostendría. Y termina con una cena: los ancianos vieron a Dios, y comieron y bebieron, imagen de la mesa que nos espera.

Puntos clave

  • En el Sinaí Dios le propone matrimonio a Israel: «serán Mi especial tesoro entre todos los pueblos» (Éx. 19:5).
  • Nuestras ceremonias matrimoniales están modeladas a partir de este pacto, no al revés.
  • Los diez mandamientos son los votos matrimoniales de Dios, no reglas de un Dios caprichoso.
  • El sábado es la señal del pacto, como las argollas; la sangre lo sella (Éx. 24:8).
  • El pacto termina en una cena: vieron a Dios, y comieron y bebieron, anticipo de la mesa eterna.

Un Dios que corteja a su pueblo

Hemos visto que Dios está conquistando a su pueblo, demostrándose a su pueblo para que el pueblo se enamore de Él. Desde Génesis hasta este momento, el propósito de toda la creación es que Dios quiere revelarse a sí mismo para ser conocido y amado. Y en ese conocerlo y amarlo nos deleitamos, porque podemos probar de Él, de quién es Él, y podemos conocerlo.

Todo este proceso de conquista y de cortejo que acabamos de ver: Dios los saca, comienza a darles agua, comienza a darles comida, los guía, camina con ellos, les da calor, les da abrigo, les da todo. Dios corteja y enamora a su pueblo, se revela, les sirve, y el pueblo se comienza a deleitar.

Imagina simplemente estar en medio del desierto y que haya una piedra gigante, partida en dos, en donde se puede ver por dónde salía el agua. El agua saliendo en medio del desierto, y una persona que estaba muriendo de sed puede tomar con su mano el agua fresca que sale de la peña. El deleite que eso provoca. El deleite que es recibir el abrazo de una persona.

Al tercer mes, en el Sinaí

Ahora imagínate el fuego santo de Dios en la noche fría. El pueblo se deleitaba y se comenzaba a enamorar cada vez más de Dios, cada vez más, cada vez más. Hasta que llegan a este momento: tres meses después de su salida de Egipto. Tres meses le llevó a Dios conquistar a su pueblo. Y habiéndolos enamorado, en una manera hermosa de verlo, Dios está por hincarse y pedirle matrimonio a Israel.

«Al tercer mes de la salida de los israelitas de la tierra de Egipto, ese mismo día, llegaron al desierto de Sinaí» (Éx. 19:1).

Allí, delante del monte, acampó Israel.

«Moisés subió hacia Dios, y el Señor lo llamó desde el monte y le dijo: “Así dirás a la casa de Jacob y anunciarás a los israelitas: ‘Ustedes han visto lo que he hecho a los egipcios, y cómo los he tomado sobre alas de águilas y los he traído a Mí. Ahora pues, si en verdad escuchan Mi voz y guardan Mi pacto, serán Mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque Mía es toda la tierra’”» (Éx. 19:3-5).

La pedida de mano

¿Qué es lo que está haciendo Dios? Cuando vas a dar el anillo, cuando te vas a comprometer con una persona, cuando llegaste a ese momento en que quieren unir sus vidas para siempre, la plática comienza recordando la historia: «Me acuerdo cuando te conocí. El día que te invité por primera vez a salir y estaba nervioso, pero luego te fuiste enamorando...». Dios le está diciendo a Moisés: dile al pueblo, recuérdale cómo los saqué sobre alas de águilas, cómo los llevé. Y si de verdad quieren guardar mi pacto, si de verdad quieren estar conmigo, serán mi especial tesoro. Tú serás mi todo, serás mi corona, mis joyas, serás mi amor eterno. Son palabras románticas, aunque escritas en hebreo y dirigidas a un pueblo, de Dios a su pueblo:

«Ustedes serán para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Éx. 19:6).

«Entonces Moisés fue y llamó a los ancianos del pueblo, y expuso delante de ellos todas estas palabras que el Señor le había mandado. Y todo el pueblo respondió a una, y dijeron: “Haremos todo lo que el Señor ha dicho”. Y Moisés llevó al Señor las palabras del pueblo» (Éx. 19:7-8).

¡Sí, acepto! El Señor se hincó, se acercó y le dijo: si tú aceptas, tú serás mía y yo seré tuyo. Las palabras que les había dicho al inicio estaban por concluir: ¡yo te tomaré! Y el pueblo dijo: ¡sí, acepto!

Como el civil

Justo después de ese momento comienza la ceremonia oficial, la ceremonia de desposarse, por decirlo de alguna manera. Tal vez podemos compararla con el civil. Cuando firmas el acta civil, aun cuando no has hecho la ceremonia, cuando el matrimonio no se ha consumado, legalmente ya son esposos. En aquella época pasaba más tiempo, alrededor de un año, antes de que el matrimonio se consumara.

Ahora quiero ser claro en algo. Todo lo que estoy por decir no es que Dios haya tomado los rituales del matrimonio para luego presentarse, sino todo lo contrario. Nuestros rituales y ceremonias matrimoniales, desde las judías hasta las cristianas, están modelados a partir de este pacto, a partir de la revelación de Dios, no al revés. Cada una de estas cosas es la inspiración que nosotros tomamos para luego irradiar la gloria de Dios en el matrimonio.

La consagración: la mikve

Lo primero que pasa en una ceremonia judía, e incluso en una cristiana, es la consagración. En términos judíos se le llama la mikve: la novia se lavaba, se consagraba, pasaba por un ritual de purificación un día antes para prepararse para el día de la boda.

«El Señor dijo también a Moisés: “Ve al pueblo y conságralos hoy y mañana, y que laven sus vestidos. Que estén preparados para el tercer día, porque al tercer día el Señor descenderá a la vista de todo el pueblo sobre el monte Sinaí”» (Éx. 19:10-11).

En la ceremonia cristiana es el momento en el que, uno o dos días antes, la novia y el novio ya se dejan de ver. La novia se prepara, es maquillada, es vestida de blanco, porque es purificada. El novio se alista para entrar a la ceremonia. Y comienza la ceremonia, en este caso, al tercer día.

Entra el novio

«Y aconteció que al tercer día, cuando llegó la mañana, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un sonido tan fuerte de trompeta, que hizo temblar a todo el pueblo que estaba en el campamento. Entonces Moisés sacó al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios, y ellos se quedaron al pie del monte. Todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego» (Éx. 19:16-18).

Lo que está sucediendo, como en toda ceremonia, es que el novio acaba de entrar a la escena. Así como tú te vistes de traje y te preparas, Dios había entrado vestido en su gloria, vestido en su majestad, entre las nubes, con fuego y relámpagos. Toda la creación temblaba en ese momento, porque se había presentado para el día de su boda, para el día de su compromiso.

«El Señor descendió a la cumbre del monte Sinaí. Entonces el Señor llamó a Moisés a la cumbre del monte, y Moisés subió» (Éx. 19:20).

La jupá

Acabamos de ver cómo en la mikve la novia es purificada, preparada. Lo que sigue es algo que llamamos la jupá. En las bodas cristianas de hoy generalmente ves que los novios ponen detrás de ellos un arco o un techito decorado con flores. Lo que representa realmente es que Dios está ahí, entre nosotros, así como la columna de nube que los acompañaba, así como en el monte Sinaí, que estaba junto con el pueblo. Y Moisés, en su representación, sube.

Los votos: los diez mandamientos

El tercero de los elementos son los votos matrimoniales. Sí, hay votos matrimoniales. Hay un momento en el que Dios da sus votos al pueblo de Israel. Es lo que tú y yo llamamos los diez mandamientos, o la ley.

Quiero redimir esta idea de la ley, porque generalmente la tomamos como reglas estrictas que tenemos que seguir, y que si te sales de ellas Dios te va a castigar: «Oh, Diosito me va a castigar». Pero cuando la entiendes como un pacto matrimonial, como una ceremonia matrimonial, y te remontas a tu propia boda o a tus sueños de boda, cuando das tus votos, no son simples cláusulas legales para hacer check todos los días. Es un recuento de tu historia de amor. Claro que habla de la fidelidad que se van a dar uno al otro: «Yo te amaré en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza». Pero también hablas del día en que se conocieron, de las promesas y de las cosas que harán: «Te haré el desayuno todos los días». Y hablas de lo que significa la familia.

En el acta de un matrimonio civil también hay cláusulas. Pero tú y yo no firmamos el contrato por el mero contrato, ni decimos los votos por cumplir cada cosa. Lo decimos porque representa quiénes somos, representa esta unión que está por suceder. Los diez mandamientos, y la ley contenida en Éxodo y luego en Levítico, son los votos matrimoniales que comprenden la naturaleza del matrimonio entre Dios y su pueblo.

Y comienzan de una manera hermosa. Dios comienza diciendo: recuerda que te amo, recuerda que yo soy el Señor, que estoy contigo, que voy contigo:

«Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. No tendrás otros dioses delante de Mí» (Éx. 20:2-3).

Es lo mismo que tú y yo decimos en un matrimonio: te seré fiel y me serás fiel. Cuando lo dices en tu boda no suena a un Dios caprichoso, a un Dios de reglas. Simplemente suena a algo a lo que estás dispuesto a comprometerte, por lo que estás dispuesto a vivir y a morir. Te dejo que los leas en casa, que te tomes un tiempo y los leas teniendo esto en mente.

El sábado, como las argollas

La primera parte habla de la relación entre Dios y el pueblo, marcada por el día de descanso, que distingue al pueblo de Israel de todos los demás. En esencia es como el anillo, las argollas. Es lo que le dice al mundo: yo tengo un pacto, yo no me pertenezco, le pertenezco a alguien más. El sábado era, para el israelita de ese momento en adelante, lo que lo separaba de todas las naciones, diciendo: yo tengo un Dios, tengo un pacto con este Dios, yo soy suyo y Él es mío.

Y las últimas cláusulas de los votos hablan de cómo esta familia se comportaría en la sociedad: no matarás, no hurtarás. Todas juntas hablan de un pacto entre Dios y su pueblo, un pacto que simula un pacto matrimonial. Esto sucede en los capítulos 20, 21, 22 y 23, que hablan incluso de ciertas fiestas. El día de cita: nos veremos los sábados, todo el día. Tendremos ciertas fiestas donde celebraremos. Están construyendo un matrimonio.

Sí, acepto: la sangre del pacto

En el capítulo 24 vemos la respuesta del pueblo:

«Moisés vino y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todas las ordenanzas. Todo el pueblo respondió a una voz, y dijo: “Haremos todas las palabras que el Señor ha dicho”» (Éx. 24:3).

Sí, acepto. Y Moisés completa el pacto. Si te acuerdas de la clase de Génesis, un pacto contenía una promesa, una sangre derramada, un sacrificio, y una señal visible. Aquí tenemos los votos como la cláusula, como las promesas: yo seré tu Dios, tú serás mi pueblo. Tenemos el sábado, el Shabbat, como la señal. Y ahora, en el capítulo 24, Moisés levanta un altar con doce columnas, por las doce tribus de Israel, toma la sangre del sacrificio y rocía la mitad sobre el altar. ¿Para qué las doce columnas? Porque este pacto estaba hecho con las doce tribus de Israel. No con una, no solo con Judá, no solo con Leví: con todo el pueblo de Israel.

«Luego tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, y ellos dijeron: “Todo lo que el Señor ha dicho haremos y obedeceremos”. Entonces Moisés tomó la sangre y la roció sobre el pueblo, y dijo: “Esta es la sangre del pacto que el Señor ha hecho con ustedes, según todas estas palabras”» (Éx. 24:7-8).

Un pacto bilateral

Cuando la Biblia habla del antiguo pacto, el pacto que tiene que ser redimido y mejorado porque no lo pudieron sostener aun cuando Dios los tomó como esposa, lo puedes ver en Jeremías 31, en Isaías, en Ezequiel, en el Nuevo Testamento, está haciendo referencia a este pacto. No al pacto de Abraham ni a los pactos que veremos en otras clases, sino a este pacto, porque es un pacto bilateral. Los votos en un matrimonio son de dos partes. Dios cumpliría su parte y el pueblo no cumpliría la suya.

Por lo tanto, Dios un día haría un nuevo pacto, el cual viene nombrado en Deuteronomio, y del que hablaremos al terminar las cinco clases de la serie Orígenes.

La cena de bodas

Pero ¿qué pasa justo después de la ceremonia? Está el monte, está Dios ahí, descendido en una nube humeante, el fuego. Acaban de decir que sí, están felices. Y lo que sigue es la cena de bodas. Sí, si sigues leyendo:

«Y subió Moisés con Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y vieron al Dios de Israel. Debajo de Sus pies había como un embaldosado de zafiro, tan claro como el mismo cielo. Pero Él no extendió Su mano contra los príncipes de los israelitas. Ellos vieron a Dios, y comieron y bebieron» (Éx. 24:9-11).

Se sentaron con Dios a la mesa. Esta es la imagen perfecta del nuevo éxodo por venir. Cuando lees esto, puedes recordar que tú y yo vivimos como peregrinos en un mundo que está corrupto, pero un día Él regresará. Y así como estuvo con estos setenta de Israel, estará contigo y conmigo, sentado a la mesa, y comeremos y beberemos con Él por siempre.

En la siguiente sesión, Dios nos recordará la razón por la que creó todas las cosas: habitar entre nosotros.

Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.

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