Monterrey, N.L.Maestro de la Biblia · MDiv en curso, Talbot

Clases adaptadas · Orígenes (Estudio 12:2)

Éxodo: las cuatro copas de la Pascua

Te sacaré, te libraré, te redimiré y te tomaré: las promesas de Éxodo 6 en la última cena de Jesús

Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.

Resumen

La Pascua continuó por generaciones, y para los días de Jesús su celebración incluía cuatro copas, una por cada promesa de Éxodo 6. La primera, «te sacaré», habla de santificación: ser apartado para representar a Cristo. La segunda, «te libraré», es la libertad: dejar que el Señor atienda nuestras heridas y renueve nuestra mente. La tercera, «te redimiré», es la que Jesús levantó en la última cena: su sangre del nuevo pacto, la copa que bebió en la cruz. La cuarta, «te tomaré», quedó en la mesa: es la esperanza de las bodas del Cordero.

Puntos clave

  • Las cuatro copas de la cena de Pascua corresponden a las cuatro promesas de Éxodo 6.
  • Te sacaré: santificación. Fuimos apartados para representar e irradiar a Cristo.
  • Te libraré: libertad. El Señor atiende nuestras heridas y renueva nuestra mente.
  • Te redimiré: la copa del nuevo pacto en la sangre de Jesús, que Él bebió en la cruz (Luc. 22:20).
  • Te tomaré: la copa que quedó en la mesa, la esperanza de las bodas del Cordero (Ap. 19:7).

Una sesión extra: de Éxodo a la última cena

Bienvenido a esta sesión extra de la clase de Éxodo, en donde tomaremos el fundamento de Éxodo para descubrir algo que sucede miles de años después. Como has entendido en esta clase de Orígenes, mucho de lo que sucede en el Pentateuco, en estos primeros cinco libros, es un fundamento que se repite una y otra vez. Quiero retomar lo que vimos en Éxodo 6, las cuatro promesas que hace Dios, y la importancia de la Pascua. Quiero descubrir cómo esto se va desenvolviendo en toda la historia de Israel y cómo Jesús lo utiliza para anunciar el evangelio: la buena noticia de que Él vino una vez y regresará una segunda vez a restaurarlo todo.

Cuando leímos Éxodo 6, te diste cuenta de que hablaba de «Yo soy el Señor», y de yo te sacaré, yo te libraré, yo te redimiré y yo te tomaré: tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios. Justo después dice:

«Sabrán que Yo soy el Señor su Dios, que los sacó de debajo de las cargas de los egipcios. Los traeré a la tierra que juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob, y se la daré a ustedes por heredad. Yo soy el Señor» (Éx. 6:7-8).

Y hay un versículo que no leímos:

«De esta manera Moisés habló a los israelitas, pero ellos no escucharon a Moisés a causa del desaliento y de la dura servidumbre» (Éx. 6:9).

A causa del desaliento

Quiero tomarme un tiempo para hablar de esto, porque me rompe el corazón cuando leo este versículo. Hay muchos de nosotros que, a causa de la dureza de nuestro corazón, a causa de la servidumbre, de la vida difícil, de lo que nos puede estar pasando, del desaliento de la vida, no escuchamos a Dios, no escuchamos la palabra, no escuchamos a Jesús. Pero Dios, en su obra completa, tiene la intención de enamorarte a ti también. Como a la novia que es Israel, así también quiere enamorarte a ti, para que lo conozcas, para que lo ames, para que te deleites en Él.

Y estas cuatro promesas que Dios le da a Israel aplican hoy para ti y para mí. La manera en que lo entendemos es porque la Pascua fue una fiesta que de ahí en adelante continuó, y continúa hasta el día de hoy.

De dónde viene la Pascua

Es la fiesta más antigua que se sigue celebrando. Es la fiesta que Jesús tomó para representar lo que estaba por hacer en la cruz. Quiero recordarte de dónde viene. Su fundamento principal es el momento en el que Dios le pide a Abraham a su hijo Isaac, pero luego le provee un sustituto. Lo que dice Abraham es: «Dios proveerá para Sí el cordero para el holocausto, hijo mío» (Gén. 22:8).

En la historia de la Pascua en Éxodo, eso es lo que sucede. Cuando Dios está por tomar a todos los primogénitos, Dios dice: yo proveeré. Y ahora sí es un cordero, y es más específico: un cordero sin mancha, sin defecto, santificado, es decir, separado de todos los demás y guardado para algo en específico. El sacrificio de la Pascua se hacía cada año, cada año, cada año, recordando el momento en que Dios los sacó, pero también apuntando a que Dios proveería el sustituto para pagar la muerte que nosotros teníamos que pagar.

Y el lugar en donde sucede, una vez que se conquista Jerusalén, es el mismo monte Moriah, el mismo monte en donde Isaac iba a ser sacrificado y fue sustituido. Ese es el fundamento que se va llevando hasta que Jesús nace y camina entre nosotros. Para entonces, a esta fiesta se le había agregado una liturgia.

Cuatro copas, cuatro promesas

En esta celebración había ciertos elementos; entre ellos, pan y vino. Había copas. Tú sabes que Jesús hizo un brindis, por decirlo de alguna manera: toma una copa y dice «esta es mi sangre». Lo que tal vez no sabes es que no había solo una copa, sino cuatro. Y cada una representa una de las promesas: te sacaré de tus cargas, te libraré de tu esclavitud, te redimiré y te tomaré. Cuando Jesús se sienta a la mesa, sabemos que la copa que trae en su mano cuando dice «esta es la sangre de mi pacto» es la tercera copa, la copa de la redención.

La primera copa: te sacaré

Así que vamos a caminar rápidamente a través de estas cuatro copas. La primera copa, «te sacaré», habla de santificación. Es el momento en el que Dios nos toma de este reino de las tinieblas, de la oscuridad y de la muerte, y nos traslada al reino de su gloria. Es el momento en el que literalmente sacó a Israel de Egipto, de su esclavitud, con brazo fuerte. Es el momento en el que te santifica, te aparta, te toma y te hace una persona completamente nueva. Es el momento en el que has sido escogido por Dios.

Quiero darte algunos ejemplos de lo que es la santidad, de lo que es ser sacado. El día de descanso, el sábado, es santificado: de los siete días de la semana, uno es sacado exclusivamente para Dios. La nación de Israel es santa, completamente diferente a las demás, porque es sacada de entre todas las naciones para representar a Dios. Los sacerdotes son sacados de entre las tribus de Israel con una función: representar a Dios. Cristo mismo es completamente diferente a todos, porque es Dios, sacado de entre todos los hombres para atraer e irradiar a Cristo. La iglesia, judíos y gentiles unidos en un solo cuerpo, es completamente diferente a cualquier otra comunidad, congregación u organización, porque representa a Cristo.

Lo que quiero decirte es que tú fuiste sacado, escogido, elegido y santificado, no solamente para ti, sino para otros. Estás hecho y dedicado para representar e irradiar a Cristo. Cada uno de nosotros debe, de manera análoga, beber de esta copa: voltear a ver a Dios a los ojos y decirle: soy tuyo. No pertenezco más al reino de las tinieblas, soy tuyo. Acepto el sacrificio del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que muere en sustitución mía por lo que yo debía haber pagado. Lo acepto, y por lo tanto puedo ser sacado, puedo ser santificado, puedo ser completamente otro.

La segunda copa: te libraré

Así, Jesús tomó de esta copa, diciendo a sus discípulos: yo los he escogido. Pero, como hablábamos en la clase, la segunda parte es la libertad. Que hayas sido sacado del reino de las tinieblas no significa que tu mente ya haya sido renovada y que actúes completamente diferente.

Imagínalo así. Y esto me pasó de verdad. Un día fuimos a la playa con toda la familia; yo todavía estaba un poco más chico. Un primo y yo estábamos nadando en el mar. Y son de esas veces que ponen la bandera roja y tú te crees que todas las puedes. Todos empiezan a meterse al hotel y poco a poco nos vamos quedando solos mi primo y yo en el mar. Parece que viene una tormenta, y de la nada, en el momento en que queremos salir, nos empieza a arrastrar hacia adentro, hacia adentro, hacia adentro, y no podemos salir.

Nos empezamos a asustar, y de repente yo me olvido de mi primo. Me hubiera encantado decirte «me aventé y lo salvé». No, no. Nos olvidamos uno del otro y nos comenzamos a ahogar. Me acuerdo de que estaba siendo revolcado y golpeado por las piedras, hasta que de repente una mano se extiende, se mete en el mar y me saca. No recuerdo exactamente si fue mi hermano o mi papá. Pero fui sacado del agua. Estaba muerto, ya no podía, ya había tragado agua. Fui sacado del mar y comencé a respirar otra vez.

Pero una vez que el padre bueno te ha sacado del mar, comienzas a darte cuenta de que tienes heridas, que duelen. Y no es hasta que saliste del mar que este padre bueno puede atender tus heridas. La segunda copa es esta libertad. Ya fuiste elegido, santificado, pero tu mente tiene que ser renovada.

Dejar que el Señor atienda nuestras heridas

Algunos de nosotros tenemos que tomar de esta copa y decir: he sido librado. Dejar que el Señor atienda nuestras heridas y renueve nuestra mente.

«Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom. 8:1-2).

Eres completamente libre de todo pecado, de toda adicción y de todo lo que te ha sucedido. Algunos de nosotros, al tomarla, debemos afrontar nuestras heridas y comenzar a sanar: el abuso físico y emocional que sufrimos de pequeños, las adicciones, los engaños, los rechazos, los abandonos, las fallas personales, lo que hemos atribuido a nuestros padres, lo que nos ha sucedido. Y entregárselo al Señor y decirle: Señor, renueva mi mente.

Es el momento en el que dejamos de vivir como esclavos, con una falsa identidad, y comenzamos a decir: yo soy un hijo de Dios. He sido adoptado por el Padre. He sido redimido por la sangre del Cordero, el Hijo de Dios. Y he sido sellado por el poder del Espíritu Santo, que levantó a Cristo de los muertos. Ese eres tú. Y al tomar esta copa puedes recibir esta libertad.

La tercera copa: te redimiré

La tercera copa es la que Jesús toma en la última cena:

«Y tomando una copa, después de haber dado gracias, dijo: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes; porque les digo que de ahora en adelante no beberé del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios”» (Luc. 22:17-18).

«Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre, que es derramada por ustedes» (Luc. 22:20).

Porque, como dice Levítico 17:

«Porque la vida de la carne está en la sangre, y Yo se la he dado a ustedes sobre el altar para hacer expiación por sus almas. Porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación» (Lev. 17:11).

Jesús tomó la tercera copa y dijo: esta es mi sangre; mi sangre es la que te redime, mi sangre es la que sella el pacto. Lo hemos visto en las clases: todo pacto tiene una promesa, pero también tiene un pago de sangre, un sacrificio de sangre. Esta es la copa que Jesús toma. ¿Y cuándo la bebe? Porque dijo: no beberé de esto hasta que venga el reino de Dios.

¿Cuándo bebió Jesús esa copa?

Jesús la tomó en el Getsemaní, en la cruz. Dice Mateo:

«Y adelantándose un poco, cayó sobre Su rostro, orando y diciendo: “Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras”» (Mat. 26:39).

«Apartándose de nuevo, oró por segunda vez, diciendo: “Padre Mío, si esta copa no puede pasar sin que Yo la beba, hágase Tu voluntad”» (Mat. 26:42).

Jesús, al ir a la cruz y derramar su sangre: su sangre es la copa de la redención. Hemos sido sacados por Él, librados por Él y redimidos por su sangre. Y entendiendo cada una de estas cosas, debemos entender que Él nos compró con su sangre para sus propósitos. Hemos sido salvados y nuestra vida fue sustituida por la suya. Ahora vivimos por Él y para Él.

Recuerda: en la primera copa somos santificados; en ella puedo ver a Dios, conocerlo y entender mi identidad en Él. La segunda copa es la libertad: ahí encuentras sanidad y libertad en tu alma y en tu mente. Y en la redención, en la pregunta que Jesús les hizo a sus discípulos, «¿pueden beber la copa?», descubres, junto a tu identidad, un propósito. Dices: si Jesús bebió la copa que yo debí haber bebido, ahora yo viviré la vida por Él. Encuentras un propósito, un sentido, y comienzas a vivir por otros, como Jesús vivió por ti y por mí, para servirnos a cada uno, para irradiar a quien nos ha comprado con su sangre.

La cuarta copa: te tomaré

Y la última copa fue dejada en la mesa. Sabemos que Jesús no tomó esta copa. Los judíos hasta la fecha la llaman la copa de la alabanza: se toma con los Salmos 113 al 118, mientras están cantando, alabando al Señor. ¿Pero qué representa esta copa? Descansa en una promesa hermosa, la que vimos en Éxodo 6:7: «Los tomaré a ustedes por pueblo Mío, y Yo seré su Dios». Como sabes, esa palabra, «los tomaré», laqaj, solo es utilizada en un contexto matrimonial. Es el momento en el que, por fin, Dios estará entre nosotros y el matrimonio será consumado para siempre.

Yo le llamo la copa de la esperanza, por lo que mueve nuestras vidas. Porque Jesús, al no tomarla, dijo: un día la tomaremos en el reino. Así como Moisés, Aarón, Nadab y Abiú y los setenta ancianos comieron y bebieron delante de Dios, un día tú y yo comeremos y cenaremos con Dios eternamente.

«Oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas y como el sonido de fuertes truenos, que decía: “¡Aleluya! Porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina. Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado y Su esposa se ha preparado”. Y a ella le fue concedido vestirse de lino fino, resplandeciente y limpio, porque las acciones justas de los santos son el lino fino» (Ap. 19:6-8).

Llegará ese día en el que finalmente Él tomará de la copa que solo Él merece, y estaremos ahí todos para verlo y tomarla junto con Él.

La copa de la esperanza

La cuarta copa es esta copa de esperanza, la que nos mueve, la que nos hace despertar cada día: la esperanza viva de saber que un día no habrá más dolor ni más lágrimas, que no habrá más pecado, sino que todo habrá sido redimido. Es la buena noticia de la restauración de todas las cosas. Dios creó todo y todo era bueno. Y a pesar de que caímos y corrompimos el mundo, Dios nos sacará de este mundo corrupto y maligno, nos librará de todo pecado y aflicción, comprándonos para una vida eterna en donde todo será hecho nuevo.

Beber de esta copa significa poner toda nuestra esperanza en el regreso de Jesús. Entender que tú y yo hoy somos como peregrinos que caminan esperando ese día en que levantaremos la copa y, mientras tanto, irradiamos a Dios en todo lugar, porque estamos con Él, nos parecemos a Él y hacemos lo que Él hace.

Espero que hayas disfrutado esta última sesión, y que cada vez que tomes la Santa Cena, cuando tengas el pan y el juguito, el vino, en tus manos, recuerdes: es en su cuerpo que nuestros pecados fueron molidos, pero es esta copa la que nos recuerda que hemos sido redimidos, que somos parte de un cuerpo y que un día la volveremos a tomar con Cristo Jesús en las bodas del Cordero.

Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.

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