Monterrey, N.L.Maestro de la Biblia · MDiv en curso, Talbot

Predicaciones · Predicación especial

Pan de vida

Juan 4 y Juan 6: el hambre espiritual no es enfermedad, es una invitación a más de Cristo

Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey.

Resumen

En un domingo de junio de 2023, Daniel Lira habla de un fenómeno común en la iglesia: creyentes que se sienten estancados, enfriados o sin escuchar a Dios. Esa sensación no es una enfermedad, sino hambre: la señal de que es momento de comer más. A partir de la samaritana y de la respuesta de Jesús a sus discípulos («mi comida es hacer la voluntad del que me envió»), del «danos hoy el pan de cada día» y de Éxodo leído como un cortejo que culmina en el Sinaí, Daniel muestra que hacer la voluntad de Dios es el medio que el Padre escogió para ser conocido y amado. Jesús es el pan de vida, y la invitación es correr a Él cada día.

Puntos clave

  • Sentirse estancado o enfriado no es estar enfermo: es hambre, la señal de que Dios nos llama a más.
  • No podemos vivir de comida procesada: libros y predicaciones ajenas no sustituyen ir directo a la palabra.
  • La samaritana debatió con Jesús como un niño que pregunta a su padre, y recibió el agua viva.
  • «Mi comida es hacer la voluntad del que me envió»: hemos saciado la sed, pero olvidamos comer del pan.
  • Hacer la voluntad de Dios no es ritual: es el vehículo que el Padre escogió para ser conocido y amado.
  • En Éxodo, Dios corteja a Israel; el Sinaí es una propuesta y la ley, unos votos para habitar con su pueblo.
  • Jesús es el pan de vida: el que viene a Él no tendrá hambre.

Quiénes somos

Quiero aprovechar para presentarme y, sobre todo, presentarles a mi familia, que es lo más importante que Dios me ha dado: mi esposa y mi bebé, que está en maternal y a quien cada domingo batallamos para sacar de ahí porque le encanta. Y viene otra niña en camino para octubre; se va a llamar Rebeca. Son puras niñas.

En Convivencia tenemos el gusto y el honor de dirigir los grupos de jóvenes Cauce, de 22 a 27 años, y Vértice, de 27 en adelante, y también el programa Intensivo. Aunque muchos creen que es solo para jóvenes, el Intensivo es para todas las generaciones: queremos preparar generaciones que conozcan el propósito de Dios para unirse a la misión, extender el reino y hacer discípulos dondequiera que estén, sin importar su vocación. Acabamos de graduar la generación número 12. A nosotros nos toca verlos el primer día, cuando lo único que traen es hambre de Dios, y salen con hambre de más. También está el verano intensivo, abierto a todos, y el intensivo en línea.

El engaño del enfriamiento

Yo no nací en una familia cristiana; nadie me enseñó nada de Cristo. Cuando llegué a Él no conocía los protocolos ni qué se podía y qué no se podía hacer. Lo único que sabía es que lo había visto y lo quería conocer más. Y a lo largo de los años he visto un fenómeno en la iglesia: llegamos apasionados, nuestra vida es transformada y sanada, nuestro trabajo empieza a funcionar, la relación con la familia se restaura, y corremos a Él.

Pero llega un momento en que muchos creyentes se sienten estancados, enfriados, o dicen que ya no escuchan a Dios, como si ese silencio fuera un castigo. Lo esperamos tanto que, cuando vemos a alguien nuevo y enamorado de Cristo, le decimos: «Es que eres nuevo; deja que pasen unos meses y te vas a enfriar. A todos nos pasa». Quiero decirles que este es el engaño más grande de la vida cristiana. El amor de Cristo nunca se va. No tienes por qué estancarte, ni enfriarte, ni dejar de escuchar su voz.

Es hambre, no enfermedad

Piensa en cuando tienes mucha hambre y te sirven tu platillo favorito, que para muchos aquí es la carne asada. Comes, te diviertes con tu familia, viene el postre y un cafecito, y estás pleno; si alguien quiere pedirte algo, ese es el momento. Pero pasan unas horas y vuelve el hambre, y nadie piensa: «Debo estar enfermo». Es lo esperado. Y si no comes, el hambre no se va: el estómago ruge, te vuelves irritable y cualquier cosa te enoja.

Eso nos pasa como creyentes. Hemos comido de Cristo, lo conocimos y nos enamoramos de Él. Entendimos que fuimos creados por amor y para amar, que somos hijos de Dios sellados por su Espíritu Santo. Pero cuando vuelve el hambre, en lugar de entenderla como algo normal, creemos que algo está mal: «Si ya tengo a Cristo, ¿por qué no me siento pleno?». Así como el hambre es la señal que el estómago le manda al cerebro, el enfriamiento, el estancamiento y el silencio de Dios son la señal a tu alma de que es momento de comer más: de regresar a Cristo, a las obras del principio, a tu primer amor, como se le escribe a la iglesia de Éfeso en Apocalipsis.

Al principio no te importaban la liturgia ni los protocolos ni qué iban a decir de ti. Escuchabas una palabra y corrías a Cristo; si no entendías algo, buscabas a un maestro o le preguntabas al pastor. Pero nos creímos la mentira de que el pastor está muy ocupado, cuando nuestro trabajo son ustedes. Y como nos da miedo el hambre, tratamos de apagarla con más actividades: «Yo sí voy a la iglesia, sí oro, sí tengo mi devocional con mi café». Una hora más de oración, menos sueño, más trabajo. Pero esa hambre solo existe porque sí hay más de Cristo. Él te escogió para un romance, no para una serie de actividades religiosas.

Comida chatarra, comida envenenada y crecimiento

A veces tratamos de saciar el hambre con comida chatarra. Por más que te guste la comida rápida, no puedes vivir de comida ultraprocesada; y a veces queremos vivir solo de libros cristianos o de la palabra del domingo, procesada por alguien más, sin ir a la palabra de Dios directamente. Otras veces comimos algo envenenado: experiencias que nos dolieron y ahora nos hacen rechazar toda comida, empujar a la iglesia y a Cristo.

Pero a veces el hambre es simplemente porque estás creciendo. El que va al gimnasio lo entiende: al principio comes como siempre, pero llega un momento en que tus músculos exigen más proteína y quitas la comida chatarra, y nadie piensa que el cuerpo está enfermo. ¿Por qué, entonces, cuando Dios nos llama a más, creemos que estamos mal? Cuando nos negamos a comer de Él, el hambre crece, nos debilita y hasta nos da náuseas. Si hoy dices: «Leo la Biblia y no la entiendo; me siento estancado; me he alejado», vengo a decirte que sí hay más: un alimento mayor del que crees que existe, que te va a saciar y a dar fuerzas.

La samaritana

La historia que más lo ejemplifica es, para mí, la más importante de la Biblia, porque ahí escuché a Cristo hablar por primera vez: la samaritana (Juan 4). Una mujer rechazada por su pueblo y por los judíos, sin esperanza alguna. Pero Jesús la ve y, aunque está cansado, va al pozo a encontrarse con ella. Ella debate con Él: «¿Debemos adorar aquí o allá? ¿Quién eres tú?».

¿Cuándo fue la última vez que debatiste con Dios, que leíste algo que no entendiste, o que entendiste pero no te gustó, y se lo preguntaste? Con nuestros protocolos llegamos a Dios como a un padre enojón. Pero los niños pequeños preguntan por curiosidad, no para molestar. Así pregunta la samaritana, y Jesús le dice: «Tengo un regalo para ti». Cuando ella entiende que es agua viva, solo puede decir: «Dame de beber». Jesús se revela como el Mesías, ella se enamora y corre a traer a todo el pueblo.

Generalmente ahí nos quedamos. El agua viva representa al Espíritu Santo: volteas a ver a Cristo, lo haces tu Señor y tu sed es saciada. Eres hijo, el trono de la gracia está abierto para ti, tienes la vida eterna. Pero la historia no acaba con la samaritana.

«Mi comida es hacer la voluntad del que me envió»

Los discípulos regresan y le ruegan: «Rabí, come algo». Él responde: «Yo tengo una comida que ustedes no conocen». Y ellos, en lugar de preguntarle, se preguntan entre sí: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Muchas veces, en lugar de debatir con Jesús, debatimos entre nosotros tratando de descifrar lo que solo Dios puede descifrar. Y Jesús les contesta: «Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra».

Creo que por eso nos enseñó a orar: «Padre nuestro que estás en los cielos… hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo». Y, como para que entendiéramos, agrega: «Danos hoy el pan de cada día». Esa frase incluye toda la provisión de Dios, porque Él es bueno; pero creo que también es un juego de palabras: «Señor, no quiero vivir este día sin hacer tu voluntad. ¿Qué quieres que haga hoy? Tengo hambre». Hemos sido saciados de sed, pero se nos olvida comer del pan.

Sin agua te mueres muy rápido; sin comida puedes durar más, pero es el pan el que da fuerza, vitalidad y pasión. Una de las alumnas del Intensivo dijo en una clase que le sería muy difícil estar frente a Jesús y pedirle solo pan: «Yo lo quiero a Él». Me robé la frase. Él no solo quiere darnos agua y pan físicos, sino agua viva y pan de vida. Pero como creyentes hemos tratado de sobrevivir: «Ya tengo el agua viva, ya soy salvo». Dios no solo quiere que seas salvo; tiene un plan, una misión, y quiere enamorarte de su Hijo.

El vehículo para conocerlo y amarlo

Hemos malinterpretado qué significa hacer la voluntad de Dios. La hacemos porque nos toca: predico porque me toca, leo porque me toca, sirvo porque me toca. Pero desde la creación, hacer la voluntad de Dios siempre ha sido el vehículo que Dios escogió para ser conocido y amado. Lo repito porque es el punto medular: dejemos de ver la voluntad de Dios como una ley, un ritual o una liturgia cultural, y hagámosla para conocerlo y amarlo.

Jesús decía: «El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre». ¿Y por qué el Padre le muestra su voluntad? «Pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él mismo hace». Es por amor. Dios quiere que hagamos su voluntad porque solo ahí podemos conocerlo, y Jesús es tan atractivo que, cuando lo conozcas, vas a enamorarte de Él y entregarle tu vida. Cada vez que te sientas estancado o incómodo, no estás enfermo ni castigado: te está llamando a más. Quizá olvidaste el romance, o quizá el romance está avanzando y es hora de la siguiente cita.

Éxodo, un cortejo

El ejemplo más claro es Israel, el pueblo escogido para que nos veamos reflejados en él. Desde Génesis Israel ya había sido escogido; el Éxodo es la invitación al romance. En Éxodo 6 Dios se presenta: «Yo los sacaré de Egipto, los libraré de la esclavitud… los tomaré como mi pueblo y seré su Dios». Esa palabra, tomar, es la que se usa cuando un hombre toma a su esposa.

Pero Israel es una novia difícil: «Está bien, pero no te creo». Así que Dios la conquista: hace maravillas, vence al faraón, la saca de Egipto, abre el mar. Cuando dudan del alimento, provee el maná, y nunca les falta nada. Luego los lleva a un monte que solemos juzgar de legalista porque ahí se entrega la ley. Te invito a verlo con otros ojos: el Sinaí es el momento en que el novio se hinca y pregunta: «¿Quieres ser mía para siempre?». Los diez mandamientos son los votos: «Yo seré tu Dios; no tendrás ídolos», como los casados que prometieron fidelidad en su boda.

La ley, que también se traduce como instrucciones, enseñaba a vivir en libertad a un pueblo que había sido esclavo durante cuatrocientos años, rodeado de dioses paganos, y le daba fiestas para celebrar con su Dios, como un aniversario. Y al final revela la razón: «Que me hagan un santuario para que yo habite entre ellos». Del mismo modo, ahora el Padre nos dio al Hijo para sellar un nuevo pacto: «Pondré mi ley dentro de ellos y sobre su corazón la escribiré… y ya no tendrá nadie que enseñar a su prójimo diciendo: Conoce al Señor, porque todos me conocerán». El objetivo de las instrucciones en tu corazón no es que seas buena persona, sino que Dios habite con nosotros para ser conocido y amado profundamente.

Yo soy el pan de vida

Los discípulos siguieron sin entender, incluso después de la multiplicación de los panes para cinco mil. Por fin se atreven a preguntar: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Jesús responde: «Esta es la obra de Dios: que crean en el que Él ha enviado». Y ellos debaten: «¿Qué señal haces? Nuestros padres comieron el maná en el desierto». Jesús les dice que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo, sino su Padre, que da el verdadero pan, el que baja del cielo y da vida al mundo. Como la samaritana, exclaman: «Señor, danos siempre este pan». Y Jesús contesta: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed» (Juan 6).

La vida cristiana no se trata de acciones pequeñas o grandes para ganar el amor de Dios; Él ya te amó profundamente. Es el romance de un novio que invita a su novia a una aventura de vida. Corre a Cristo y descubre su voluntad. No te sacies de comida ultraprocesada, ni siquiera de predicaciones de domingo, por buenas que sean: nada iguala ir tú al trono de la gracia y abrir la palabra. Dejemos el pan artificial de las distracciones y de redes sociales que se han vuelto más omnipresentes que nuestro Dios: puedes ir al trabajo o dormirte sin Dios, pero no sin tu celular.

Hay tesoros que Cristo dejó en su palabra, como un padre que juega a las escondidas detrás de una columna chiquita para que su hijo lo encuentre, o como los huevitos de Pascua. Cuando los descubras, di que sí, como el primer día. Cuando sientas el vacío o no entiendas la palabra, lucha con ello, porque sí hay más: Cristo no se acaba y tendremos una eternidad para conocerlo. Por eso hacemos el Intensivo: no por números, sino porque nos encanta descubrir con ustedes los tesoros de Dios mediante un estudio bíblico profundo y sistemático, formación de carácter y preparación ministerial para servir a su novia.

Oración

Señor, te damos gracias porque tú provees el pan de vida. Danos hoy hambre de ese pan. Revela tu voz y tu voluntad a cada uno de nosotros, porque quiero volver a enamorarme de ti como una vez lo estuve. Quiero decir sí a tu voluntad, sin importar a dónde me lleve, porque ahí vas a estar tú. Cristo, revélate a nuestras vidas, porque queremos conocerte y comer de ti. En el nombre de Jesús, amén.

Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «Pan de vida | Daniel Lira», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.

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