Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey.
Resumen
En un Miércoles Crecer, Daniel Lira recorre Lucas 24:13–35 y lo relaciona con su propia historia: cuatro años caminando como los discípulos de Emaús, con Jesús delante pero sin reconocerlo. Jesús se acerca a dos discípulos tristes y expone su corazón; ellos sabían los hechos, pero esperaban una redención a su manera. Jesús les abre las Escrituras para mostrar que no se trata de hechos sino de una persona. Ellos le ruegan que se quede, como Jacob y como Moisés, y al partir el pan se les abren los ojos. El corazón que arde no se puede contener: corre a contarlo.
Puntos clave
- Jesús camina con nosotros aunque no lo reconozcamos, y expone la tristeza que llevamos escondida.
- Los discípulos sabían los hechos (milagros, cruz, tumba vacía, testigos), pero esperaban una redención a su manera.
- Toda la Escritura, desde Moisés y los profetas, habla de Jesús: la fe no descansa en hechos, sino en una persona.
- Hay que luchar por los momentos en la palabra; nuestro corazón no fue hecho para sentarse en una meseta.
- Como Jacob y Moisés, los discípulos no quieren que se vaya: «Quédate con nosotros».
- Al partir el pan se abren los ojos, y el corazón que arde regresa corriendo a decir: «Es verdad».
Un camino que hace arder el corazón
Para quienes no me conocen, me llamo Daniel Lira y soy el director del programa Intensivo que acaban de ver. Mi esposa y yo también tenemos el honor de coordinar dos grupos de jóvenes: Cauce, de veintidós a veintisiete años, y Vértice, de veintisiete en adelante. Como hoy todos son de casa, probablemente me ponga un poco personal.
El formato de los Miércoles Crecer tiene un objetivo: estudiar la palabra de Dios más a profundidad, no solo para saber, sino para que impacte nuestras vidas. Hoy quiero hablar de un camino en el que Dios nos habla y nos acompaña: varios encuentros con Jesús que harán que tu corazón arda hasta que no lo puedas contener. Algunos empezarán a caminarlo por primera vez, pero este camino dura para siempre, porque a veces la llama que alguna vez hubo empieza a apagarse. Y sobre todo, quiero que conozcas a Jesús, porque de nada sirve hablar de la palabra si no lo encontramos a él en ella: el Dios que nunca te va a soltar, que siempre te acompaña, que él mismo te enseña, el único nombre que enciende tu corazón y te llama a más.
Lucas 24
El texto es Lucas 24:13–35, quizá lo conoces como el forastero en el camino de Emaús. Yo voy a leer en mi Biblia una versión distinta de la que está en pantalla, a propósito: hay mucha riqueza en comparar traducciones.
Jesús ya fue crucificado y acaba de resucitar. Es el domingo de resurrección, el día más importante. «Dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén», unos once kilómetros a pie. Iban hablando de todo lo que había pasado con Jesús y discutían. Y Jesús mismo, en el día de su resurrección, en vez de hacer mil cosas que pudo haber hecho, se acerca y camina con ellos. Imagínate que vas caminando a tu casa y se te acerca un extraño; ahorita probablemente te cambiarías de acera. «Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen».
Cuando Dios hace una pregunta, él ya sabe la respuesta, pero Jesús pregunta como si no supiera: «¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis?». Y ellos se detienen con el semblante triste: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días?». Se lo decían a Jesús resucitado. Y él: «¿Qué cosas?». Cuéntame tu versión.
«De Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel». Y aquí se pone interesante: «hoy es ya el tercer día», y unas mujeres fueron muy de mañana al sepulcro, no hallaron el cuerpo y dijeron que vieron ángeles que decían que él vive. Algunos fueron y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, «pero a él no le vieron».
Entonces Jesús les dice: «¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían». Al llegar a la aldea, hizo como que iba más lejos, pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado». Y en la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se los dio. «Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?».
Un corazón apasionado
Ese es el título: «¿No ardía nuestro corazón?». Seguro conoces la sensación. Quizá le vas a Tigres o a Rayados, o te gusta la NFL o la Fórmula 1; aquí hay quien tuitea cada pase del partido. Estás al filo de la silla, nadie te puede molestar, gastas tus ahorros en el abono o en un viaje para ver la carrera, ves la repetición si te lo perdiste. Tu corazón arde por algo. A veces ha ardido por Jesús.
Mi propio camino a Emaús
Escogí esta historia porque me recuerda cuando llegué a Cristo. Hoy creo que mi corazón arde por Jesús, y cada vez que entro a las Escrituras arde más. Pero hubo una temporada muy oscura, de unos cuatro años, en la que no conocía a Jesús. Puedo decir que caminé mi propio camino a Emaús: tenía a Jesús enfrente, había estudiado de él, me sabía su historia, pero no lo quería creer; no lo podía ver.
Iba por la vida con el semblante triste, pero escondido. Me levantaba sin querer levantarme, me ponía la fachada de vida perfecta y me iba a la universidad; tenía mi empresa e incluso daba consejos de vida. Pero mi corazón estaba triste. Crecí como musulmán, y lo fui durante veinticinco años, así que me habían enseñado lo mismo que creían estos discípulos: que Jesús era un profeta poderoso en obra y en palabra, un gran maestro, pero no Dios, ni el Hijo de Dios, ni el Mesías. Era muy difícil que mis ojos se abrieran a lo que por veinticinco años me habían dicho que no.
Hasta que un día alguien, de la manera más extraña, se atrevió a presentármelo. Le contesté muy grosero, pero alcanzó a decirme que Jesús era alguien a quien podía conocer, que había muerto por mis pecados, había resucitado y me estaba esperando. Todo fue por internet; cerré la ventanita y lo mandé a volar. Fueron dos minutos, nada importante. Pero desde ese día no pude dejar de pensar en eso. Jesús me agarró y no me soltó, como diciendo: «Sé que vas triste en dirección opuesta a Jerusalén, donde voy a aparecer; voy a ir por ti y te voy a acompañar». Y mientras caminaba con él, mi corazón ardía más y más, hasta que un día entregué mi vida a Cristo. Eso es lo que les pasa a estos discípulos.
Primer momento: él camina contigo
En esta historia hay cuatro momentos en los que estos discípulos se encuentran y comparten con Jesús, momentos capaces de transformarte y presentarte a esa misma persona. El primero es cuando van caminando y se les acerca alguien que no reconocen. ¿Alguien se identifica? Quizá caminaste un tiempo con Jesús pero no lo reconocías. Si estás caminando con Jesús pero no lo ves, o piensas que no está caminando contigo, déjame decirte que está cerca de ti. Para ti es un extraño, un forastero, pero Dios está aquí contigo.
Fíjense que el texto no empieza diciendo que iban dos discípulos tristes. Dice que iban platicando, hasta que Jesús les pregunta, y entonces aparece el semblante triste, las cargas que traían. Su tristeza estaba oculta hasta que Jesús la expuso. Mucha gente camina hoy con un semblante triste que nadie ha expuesto. Mi primer momento fue cuando alguien se atrevió a presentarme a Jesús: le dije que no, pero expuso mi corazón, y desde entonces empecé a ver lo que realmente pasaba en mi interior.
Sabían los hechos
¿Qué sabían ellos? Que Jesús era un profeta poderoso en obra y en palabra, con autoridad, que hacía milagros. ¿Alguien aquí lo sabe? Vamos bien. Que fue crucificado; eso es verdad y se puede comprobar históricamente. Que la tumba estaba vacía, como se había profetizado. Que había mujeres y ángeles proclamando que estaba vivo, y otros que lo testificaban. Sin embargo, dicen: «Nosotros esperábamos que él fuera». Ni siquiera tenían esperanza, sino una expectativa, y cuando no se cumplió como querían, regresaron a su vida con el semblante triste. Sabían lo que tenían que saber, habían caminado con Jesús, pero había un obstáculo en su corazón que no los dejaba creer.
¿Qué obstáculo tenemos nosotros? Quizá dices: «Yo ya creo en Jesús; esto no es para mí». Pero hay algo que Jesús te ha dicho, que otros te han testificado o que has visto en otros, y no lo puedes creer. ¿Qué falta para que no sea solo una expectativa, sino fe, certeza de que al tercer día resucitó? Él está vivo. No me lo tienen que decir ángeles ni mujeres ni nadie. Está vivo, sentado en el trono, y va a regresar. Esa realidad a veces nos cuesta creerla.
Segundo momento: todas las Escrituras hablan de él
¿Y qué hace Jesús? Este es el segundo momento. Comenzando desde Moisés y por todos los profetas, que era lo único escrito en ese momento, les abrió las Escrituras y les explicó cómo todas hablaban de él. No se trata de hechos; se trata de una persona, del nombre que es sobre todo nombre, del que se hizo hombre para cargar con nuestros pecados, resucitó, venció a la muerte, nos envió al Espíritu Santo y un día va a regresar.
Los hechos solos son imposibles de creer. Humanamente es imposible creer que alguien resucitó hasta que lo experimentas. Es imposible creer que tu matrimonio se va a restaurar, que vas a salir de la depresión o de la adicción, inserta aquí lo que estés pasando, hasta que Jesús lo hace. Los hechos te dan esperanza cuando todo va bien, pero cuando no resultan como esperabas te traen tristeza. A una persona, en cambio, la puedes amar y ver; te puedes relacionar con ella, te puede animar, acompañar y consolar. Esa persona se llama Jesús, y en él depositamos nuestra fe. A estos discípulos les faltaba eso: esperaban hechos, que redimiera a Israel, y se olvidaron de la persona.
Todo apunta a Jesús. Dos discípulos tratan de entender lo que pasó, como tú tratas de entender de qué se trata la vida y para qué estás hecho: «Fuimos sus discípulos, alguien lo traicionó, lo arrestaron, lo crucificaron, y ahora dicen que resucitó». Todo apunta al hombre de la cruz, al hombre de la tumba vacía, y ahora, literalmente, al hombre del camino. ¿Has escuchado que Jesús es el camino, la verdad y la vida? Es el hombre del camino que acaba de hablar verdad a la vida de dos discípulos para hacer arder su corazón.
No sé por qué Jesús, el día en que el Espíritu Santo lo levantó de los muertos, se tomó once kilómetros de caminata para platicar con dos discípulos. Quizá lo atrajo esa conversación sobre él: «Aquí hay dos que tratan de entenderme, que me buscan, que no alcanzan a creer, que tenían su esperanza en mí y piensan que no se cumplió. Vale la pena caminar once kilómetros con ellos».
Lucha por esos momentos
¿Qué nos invita a hacer esta historia? A abrir la palabra y buscar a Jesús. Está a tu lado, caminando contigo, y quiere revelarse como persona en tu vida. Si es la primera vez, créeme que no te vas a arrepentir. Pero no hablo solo para quienes no conocen a Cristo, sino para todos nosotros, para el que dice: «Un día estuve apasionado por Jesús y dispuesto a dejarlo todo, y ahora no tanto», o: «¿Cómo le hago para tener más?». Busca al que es el camino, la verdad y la vida; nos dejó todo un libro para buscarlo.
A veces somos apasionados por una serie: sale la nueva temporada, la terminas en un día sin dormir, traes tus teorías y las platicas con alguien. Pero no estamos dispuestos a leer un libro completo de la Biblia, y me refiero a una carta de seis capítulos que te toma menos de media hora, menos que un capítulo de la serie. Nuestra vida está hecha para que el corazón arda, no para sentarnos en una meseta porque ya somos salvos. Sí, ya somos salvos, justificados y llamados. Pero podemos quedarnos sentados en una silla, en una iglesia, o acercarnos a conocer a Jesús otra vez y seguir creciendo.
Yo amo la NFL. Cuando llegué a la iglesia, si jugaba mi equipo a la hora del servicio, no venía. Luego me compré el paquete de repeticiones, y llegaba a casa a ver el partido de la mañana, el de la tarde, el de la noche y, si podía, la repetición del jueves. Y me quejaba de que no tenía tiempo para leer la Biblia. No digo que esté mal; digo que eso pasó en mi vida. Hasta que Dios me preguntó: «¿Estarías dispuesto a dejar eso por mí?». Cada año lo intentaba, y lo seguía comprando. Este año no lo compré, porque cada vez lo veo menos y solo estaba tirando mi dinero.
Lucha por los momentos de lectura, por los momentos en los que puedes ir con Dios. Si tienes la edad, entra a un programa como el Intensivo; es un megacomercial, pero tómate cuatro meses de tu vida, no va a pasar nada. Si ya no tienes la edad, hay un Intensivo en línea. Y no dejes de congregarte: ellos platicaban entre sí, no iban solos. No inventamos cosas al invitarte el domingo o a un programa. Queremos que ardan nuestros corazones, conocer la palabra y encontrarnos no solo con los hechos sino con la persona. Lucha por eso todos los días.
Tercer momento: «Quédate con nosotros»
Después de revelarles todo esto, Jesús hace como que sigue de largo, como si no estuviera cansado de caminar once kilómetros después de resucitar; bueno, era un cuerpo glorificado. Y los discípulos se niegan a dejarlo ir. Ni siquiera saben que es Jesús, pero dicen: «No te vayas. Lo que dices hace arder mi corazón; me estás haciendo conocer a la persona que yo creía conocer, con la que caminé tres años. Quédate».
Así lo hizo Jacob cuando luchó con Dios: «No te dejaré, si no me bendices». Así lo hizo Moisés cuando Dios le dijo que fuera a la tierra prometida: «Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí… ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros?». No es la tierra, ni la descendencia, ni las promesas, ni las bendiciones, que sí van a llegar. Es tu presencia, Señor. No quiero ser bendecido si no estás tú.
Cuarto momento: al partir el pan
En la mesa, en un momento íntimo y cercano, Jesús toma el pan. Creo que los discípulos empezaban a entender algo al ver a ese hombre tomar el pan como lo hacía su amigo, su Mesías. Y empezaron a recordar: unas mujeres dijeron que está vivo, unos ángeles dijeron que está vivo. Como cuando un aroma te recuerda tu primera cita, o pasas por la banquita donde le pediste a tu esposa que fuera tu novia y el corazón te late como entonces. Lo habían visto multiplicar los panes y los peces, sentarse a cenar con cobradores de impuestos y con toda clase de personas. «¿Será este el hombre? ¿Será real que resucitó?».
Y Jesús parte el pan, y se acuerdan de aquel cuyo cuerpo fue partido en la cruz por ellos y cuya sangre fue derramada como el vino servido en la mesa. Esto es real. Su corazón arde y sus ojos son abiertos: era Jesús quien quería encontrarlos en el camino, quien apartó tiempo para caminar con dos discípulos que ni siquiera le habían creído, porque estaban hablando de él y, sin saberlo, estaban dispuestos a creer.
Cuando se abrieron mis ojos
Así llegué yo a Cristo. Durante cuatro años estudié filosofía, otras religiones, todo lo que pude, y algo me atraía de Jesús, pero me habían dicho que no era real. Me decían que Jesús habla y que te puedes relacionar con él, y durante cuatro años me iba a dormir orando: «Jesús, si eres real, aparécete en un sueño». Había escuchado testimonios de musulmanes a quienes les pasó. Sabía que era lo único que tenía sentido; sabía que la crucifixión era real. Lo sabía, igual que los discípulos. Vi todos los videos de YouTube y leí todos los libros que te puedas imaginar, pero en cuatro años nunca me atreví a abrir su palabra.
Hasta que una noche, solo en mi cuarto, abrí la palabra de Dios y le dije: «Háblame». Lo invité a cenar conmigo, porque era de noche, y mientras leía, Jesús abrió mis ojos. Vi que era él quien me venía acompañando en el camino, quien me dijo: «Yo seré tu Dios», y: «Yo seré tu familia», cuando llegué a Convivencia Familiar aunque no creía, quien incluso me presentó a mi esposa. Empecé a tener esos flashbacks y a ver que siempre había sido Jesús: el camino, el que me mostraba la verdad y el que me daría vida. Nunca me soltó, aun cuando no lo conocía ni quería aceptarlo. Me acompañó, me enseñó, se reveló a sí mismo, y luego me llamó.
Un fuego que no se puede contener
«¿No ardía nuestro corazón?». Tenemos la responsabilidad de llevar nuestro corazón delante de Dios, exponer nuestro semblante triste, acercarnos a su palabra y echarle leña al fuego, llenarnos de su compañía y dejar que arda hasta que no se pueda contener. Jeremías intentó callarse y dijo: «No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude».
Cuando los dos discípulos se dan cuenta de que era Jesús, se levantan en esa misma hora, regresan corriendo a Jerusalén y les dicen a los once: «Es verdad». Ellos no eran parte de los once. Jesús, en el día de su resurrección, no fue primero a los once, sino a dos desconocidos. Creo que cuando Jesús nos presenta caras desconocidas es porque quiere que te veas reflejado en ellas.
Jesús te está acompañando en tu camino. Si todavía no lo reconoces, exponle tu corazón, tu semblante triste y tus circunstancias. Habla con él. La única manera es abrir las Escrituras para buscarlo a él; no es un libro cualquiera ni un libro de texto para estudiar, sino para encontrarte con él. Y si las has abierto y tu corazón empieza a arder y dices: «Esto es real», invítalo a tu mesa. Ten intimidad con él, algo que nadie más va a ver. Y cuando hayas partido el pan y hayas reconocido a Cristo molido en la cruz y resucitado, ve y cuéntaselo a tus papás, a tus amigos y al mundo. Dios quiere corazones ardientes, dispuestos a ir por más y a decirle al mundo: «Él está vivo». Si quieres un corazón ardiente por Jesús, ve a sus Escrituras, come con él y cuéntaselo a todos.
Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «Miércoles Crecer | 10 de Agosto 2022», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.
