Monterrey, N.L.Maestro de la Biblia · MDiv en curso, Talbot

Predicaciones · Predicación especial

La verdadera conquista

De David y el arca al Hijo de David: el reino no es el territorio, es su presencia

Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey.

Resumen

Recién terminada la serie La Conquista, el domingo después de Resurrección, Daniel Lira habla de la conquista que esa historia anunciaba. David, al ser proclamado rey, va primero por el arca y danza sin su manto real: entendió que no se trataba del territorio sino de la presencia de Dios. Salomón se acostumbró a la bendición, se construyó su propio templo y el reino se dividió. Así creció durante siglos la expectativa: ¿quién es el Hijo de David? En el bautismo de Jesús, el Padre lo llama «amado», y Jesús anuncia el evangelio del reino. Nuestra tarea no es conquistar sino proclamar la victoria que ya se dio.

Puntos clave

  • David entendió que el centro del reino no era la tierra sino la presencia de Dios, y por eso fue primero por el arca.
  • Salomón se acostumbró a la bendición y se olvidó de que la presencia de Dios debía llegar a todas las familias de la tierra.
  • Durante siglos Israel esperó al Hijo de David; en el bautismo de Jesús, el Padre lo llama «amado», y la palabra hebrea suena como David.
  • «Evangelio» era el anuncio de un rey victorioso: Jesús recluta mensajeros para proclamar que el reino se acerca.
  • Las palmas de la Pascua anuncian la fiesta de los tabernáculos: el Rey volverá, no en burro, sino en caballo blanco.
  • Nuestro trabajo no es conquistar, sino proclamar la victoria que ya se dio en Cristo.

Después de La Conquista

Hoy es el primer domingo después del Domingo de Resurrección. Celebramos y entendimos que es real: no son tonterías ni disparates. Él realmente vino y realmente resucitó. Eso es lo que define cómo vamos a vivir y lo que nos ayuda a descifrar quién es Jesús. Fue lo que cambió la vida de los discípulos y de Juan el Bautista, y es lo que puede cambiar nuestra vida: entender quién es él, por qué vino y por qué resucitó.

Acabamos de terminar una serie que se llamaba La Conquista, sobre la conquista de la tierra prometida. Este mensaje no es parte de la serie, pero quiero partir de ahí para hablar de la verdadera conquista. No tiene que ver con esos hechos en sí, sino con lo que esos hechos querían decirnos.

David va primero por el arca

Pasan muchos años después de la llegada a la tierra, y David es quien termina de conquistarla. Es el rey de lo que históricamente se llama el Reino Unido de Israel: conquista toda la tierra que se le había prometido a Abraham. Pero lo más importante es lo que hace justo cuando es proclamado rey. Él entendía que se trataba de la presencia de Dios. No de las bendiciones ni de la leche y la miel que fluirían en esa tierra, sino de la presencia de Dios en el centro, donde lo podrían alabar para bendecir a todas las demás naciones.

Pero había un problema: el arca, donde reposaba la presencia de Dios, no estaba ahí. Así que lo primero que hace David es ir por ella. Toma a sus treinta mil mejores hombres, y no les dice: «Vamos a terminar de conquistar, porque la tarea es ardua». Les dice: «Vamos a recuperar la presencia del Señor». Hay un primer intento que no funciona, pero finalmente lo logran.

Los sacerdotes hacen toda una procesión, y mientras tanto el pueblo danza, brinca, alaba y adora, porque la presencia de Dios se acercaba a su lugar legítimo, a su trono, a Jerusalén. Dice la Biblia que David danzaba con todas sus fuerzas delante del Señor, vestido con un efod de lino. No significa que no tuviera ropa: significa que se quitó su manto de rey y fue uno con todo el pueblo. Él entendía que cuando pasa el Rey de gloria no hay posiciones, no hay mantos, no hay ungidos: solamente él es rey y solamente a él es la gloria.

David había entendido la asignatura: no es el territorio, es su presencia. Cuando entramos a la presencia de Dios para alabarlo, nos despojamos de nuestros mantos, de nuestras ideas, de nuestra antigua identidad, de lo que traemos cargando. Ante el Rey de gloria todos somos iguales: hijos de Dios, adoptados por el Rey, redimidos por su sangre y sellados por el mismo Espíritu Santo que levantó a Cristo de los muertos. Eso nos llena de gozo y de adoración, y es la razón principal por la que venimos: no para recibir algo a cambio, sino para estar en la presencia de Dios junto con la familia.

La promesa a David

En medio de esta adoración, Dios hace un pacto con David, el hombre conforme a su corazón: «Cuando tus días se cumplan y reposes con tus padres, levantaré a tu descendiente después de ti, el cual saldrá de tus entrañas, y estableceré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo estableceré el trono de su reino para siempre».

Imaginen la escena: David ha conquistado todo y ahora tiene una promesa. Las promesas de Dios estaban tomando forma. En cierto sentido, esta es la última promesa: existe un nuevo pacto, pero el nuevo pacto viene a redimir lo que nosotros manchamos, y por eso muere Cristo y nos cubre con su sangre. Aquí David no solo es un tipo de Cristo, del rey que había de venir: el reino mismo es una imagen del reino que ha de venir, con la presencia de Dios en el centro para ser llevada a todas las familias de la tierra.

Salomón pierde el centro

Pero en la segunda generación Israel empieza a dividirse, porque algo sucedió: Salomón se olvidó del centro. Se olvidó de que el propósito no era la bendición, ni la tierra, ni reposar ahí, sino llevar la presencia de Dios a todas las familias de la tierra. Pierde de vista la gloria de Dios y comienza a aprovechar su propia bendición. El hombre más sabio probó de todo. Si puedes, lee Eclesiastés en tu casa: muchas veces queremos probar lo mejor que este mundo ofrece, sea sabiduría, posición, satisfacción o deseos. Salomón lo probó absolutamente todo y se dio cuenta de que estaba vacío, de que no daba propósito, sentido ni identidad.

Salomón termina el templo de Dios y luego se construye un palacio para sí mismo, más grande, que hablaba de su belleza y de sus bendiciones. Y el reino se empieza a romper. Cuando perdemos de vista la presencia de Dios y que solo él merece toda la gloria, aunque seamos bendecidos personalmente, le robamos la bendición a otros. Fuimos injertados en la promesa de Abraham: benditos para bendecir a todas las familias de la tierra. Cuando nos centramos en nuestra propia bendición, las personas dejan de ser bendecidas, y la siguiente generación se pierde.

¿Quién es el Hijo de David?

Entonces surge la pregunta en la mente de Israel: si no fue Salomón, ¿quién es? El siguiente rey está peor, y el siguiente también. Dios había prometido un hijo de David que reinaría para siempre. No fue Salomón, no fue Absalón, no fueron sus hijos. ¿Quién es el ungido, el Mesías, el Cristo? Pasan siglos, y hay cuatrocientos años en los que Dios deja de mandar profetas. Creo que deja que la revelación se marine. Ya lo había dicho todo, y el trabajo era regresar a su palabra, meditar en sus leyes y estatutos, y comenzar a clamar: «Ven, Hijo de David. ¿Quién eres? ¿Dónde estás?».

Piensen en la expectativa de unas vacaciones: ahorras desde enero para ir a la playa en junio, y toda tu vida se trata de ese viaje. O en una boda: cuando llega el anillo, todo tu mundo y tus ahorros son para ese día. O en un embarazo: al principio por emoción y al final porque ya pesa, lo único que quieres es que ya nazca. Esa era la expectativa en tiempos de Jesús, pero no de seis meses ni de nueve ni de una vida: llevaba siglos marinándose en la mente de Israel.

Y de pronto un ángel le dice a María que de ella vendrá. Jesús nace en medio de milagros y de tormentas, y el pueblo empieza a preguntarse: «¿Será él?». Escuchan rumores del que nació de una virgen en Belén, la pequeña entre las familias de Judá. Juan el Bautista, su primo, que desde siempre supo que había sido elegido para preparar el camino del Mesías, comienza a predicar: «Arrepiéntanse, porque el reino de Dios se acerca», y bautiza a uno tras otro. En medio de los bautizos aparece Jesús, y Juan dice: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Yo lo he visto y testifico que este es el Hijo de Dios».

Juan lo había identificado y proclamado, pero Juan era el loco del desierto: vestía raro, olía raro. Tú y yo somos Juan el Bautista; ahí se los dejo.

«Este es mi Hijo amado»

Cuando Jesús es bautizado y sale del agua, el Espíritu Santo desciende como paloma y reposa sobre él, y del cielo sale la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido». No sé en qué idioma sonó, pero la multitud reunida era el pueblo judío, y voy a imaginar por un momento que el Padre habló en hebreo. Lo hermoso es que la palabra «amado», en hebreo, es dod, la misma raíz del nombre David. Ante la expectativa de quién sería el Hijo de David, Dios mismo dijo desde los cielos, en el sonido que debieron escuchar: «Este es mi Hijo David». El que vendría a reinar, a redimir, a reunificar; el que construiría una casa para Dios; el Rey para siempre.

Ahí comienza el ministerio de Jesús. No comenzó de la nada: era la expectativa de toda la historia llegando a su conclusión. El Rey que reuniría otra vez el reino desintegrado; que traería salvación al oprimido, vista al ciego, descanso al afligido. Él es Ben David, el Hijo de Dios, el Mesías.

El evangelio del reino

Jesús comienza a predicar el evangelio del reino: «Arrepiéntanse, porque el reino de Dios se ha acercado». Conocemos la definición de evangelio: la buena noticia. Lo que a veces se nos pasa es que en ese momento la palabra tenía una connotación imperial, de conquista. Cuando un rey había vencido a un pueblo, mandaba primero a un mensajero: «Prepárenlo todo, porque el emperador ya viene». Es como cuando alguien te avisa que va para tu casa y en un segundo limpias todo. La manera más fácil de tener una casa ordenada son las visitas sorpresa.

Eso hace Jesús: «He ganado, he conquistado, el Rey ha llegado; prepárenlo todo». Con ese anuncio venía una esperanza: ahora eran ciudadanos de Roma, con todos sus privilegios. Para que me entiendan: todos tendrían visa. Y Jesús dice: el Rey se acerca, ustedes ya no son ciudadanos del mundo sino del reino de los cielos. Por eso reclutó mensajeros para proclamar por toda la tierra que el reino se acerca.

La entrada triunfal

De ahí en adelante, Jesús va de milagro en milagro, probándose como el Hijo de David, cumpliendo más profecías de las que la estadística puede contar. La gente empieza a entender: es él. Y así como David trajo el arca y la presencia de Dios entró en Jerusalén, Jesús se prepara para entrar en Jerusalén. Pide un burro, porque estaba profetizado; los discípulos ponen sus mantos sobre él, y las multitudes claman: «¡Hosana! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!». Lo reciben con palmas, con júbilo, danza y adoración extravagante. Por fin, pensaban, los librará de Roma.

Pero Jesús sabía que esta vez no iba a Jerusalén a tomar su trono, sino a proclamar su reino. Cuando las multitudes se dan cuenta de que no iba a encabezar una revolución, de que el Hijo de David iba a morir en una cruz, lo abandonan y gritan: «¡Crucifícalo!». Habían perdido de vista el mensaje. Tal vez se sabían las profecías del rey, pero se les olvidó leer Isaías 53 y el Salmo 22: que el Mesías había de sufrir para justificar a muchos. Este no era el momento de recibir todos los beneficios del reino, aunque nos dejó una garantía, su Espíritu Santo, sino el momento de proclamar la victoria, porque la victoria ya se dio. Y en la resurrección los discípulos entienden: él es el Rey, entienda yo o no su plan.

Al igual que Salomón, cuando saboreamos la victoria nos olvidamos de su centro. Cuando sabemos que él es el Rey, que traerá bendiciones, que enjugará toda lágrima, lo primero que queremos son sus beneficios y no su presencia. David lo entendió; cuando Salomón lo dejó de ver, se perdió el reino.

De la Pascua a los tabernáculos

Los teólogos se preguntan por qué recibieron a Jesús con ramas. La tradición era usar ramas en la fiesta de los tabernáculos, una celebración de gozo y de victoria que representa que la habitación de Dios estará entre nosotros. Pero esto era la Pascua. Algunos dicen que fue simplemente una expresión de gozo. Yo quiero proponer algo distinto: la Pascua es la primera de las fiestas establecidas por Dios y la de los tabernáculos es la última. Escondido en lo que sucedió hay un mensaje. En la Pascua, Jesús proclamó su triunfo y reclutó mensajeros para predicar la buena noticia: venció, la muerte no tiene poder, el pecado ya no te esclaviza; vino, murió, resucitó y va a regresar. Y usó el elemento de los tabernáculos para decir que un día regresará y entonces lo recibirán.

No vendrá en burro, sino en un caballo blanco. El que llevó una corona de espinas llevará una corona de gloria. El de los ojos ensangrentados vendrá con ojos como llama de fuego. El que fue como oveja muda delante de sus trasquiladores vendrá con una espada de doble filo saliendo de su boca y una voz como estruendo de muchas aguas. Regresará como rey para sentarse en su trono. Y ha dado un mensaje: «Prepárenlo todo, porque el Rey se acerca; díganle a todos que viene pronto». El que fue identificado con burla como el rey de los judíos regresará como Rey de reyes y Señor de señores, ante quien toda rodilla se doblará y toda lengua confesará. Su nombre es Jesús.

¿Como David o como Salomón?

La pregunta hoy es cómo vamos a vivir. ¿Como David, buscando la presencia de Dios y poniéndola en el centro, con miles de hombres alabando día y noche para que las naciones supieran que ahí reina el Señor de los ejércitos? ¿O como Salomón, que se acostumbró a la presencia de Dios y construyó su propio reino y su propia bendición?

Si Dios contestara todas las oraciones que hiciste esta semana, ¿cuántas personas llegarían a los pies de Cristo? Estoy seguro de que algunas; quizá tu familia. Pero también habría más carros, aviones, casas, dinero, novias y matrimonios. Sanidades, incluso cosas buenas; no digo que estén mal. Pero hay una misión. La bendición no es solo para ti: al ser bendecidos debemos llevarla a todas las familias de la tierra. Si nuestro corazón estuviera alineado con el de Dios, estaríamos orando por salvación, para que se abran los ojos y vean al único Rey.

Esto es muy personal para mí. Durante este último mes, cerca de dos mil millones de personas, una cuarta parte de la humanidad, han estado postrándose y ayunando todo el día ante un dios falso. Y nosotros tenemos la verdad y el anuncio de que ellos también son bienvenidos al reino. Son descendientes de Ismael, engañados por el diablo. También están los descendientes de Isaac, el pueblo judío, que hoy tiene un velo y no puede reconocer a su Mesías. Pero antes de su regreso todas las naciones empezarán a ver al Rey por quien realmente es. El Ramadán es el momento en que más musulmanes se encuentran con Jesús, en que tienen sueños y visiones y empiezan a decir: «Hay alguien más, hay un Rey verdadero».

Dios no necesita mensajeros, pero escogió mensajeros, para proclamar a quienes oran a un dios desconocido que no contesta, que está muerto, que hay un Dios vivo que vino, murió y resucitó para que no tengan que morir, y que el reino está abierto para todos. Tal vez te preguntas qué tiene que ver esto con tu vida práctica. Creo que nada: tiene que ver todo con él, con el Rey que merece la honra de esos dos mil millones y del resto de la humanidad que aún no lo conoce.

Va a sonar fuerte, pero estamos aquí construyendo nuestro propio templo, pidiendo nuestras propias bendiciones, enfocados en nuestra propia vida y nuestras angustias. Hay momentos en los que tenemos que levantar la vista y darnos cuenta de que hay algo mayor: el Rey se acerca para establecer su reino, y todos son bienvenidos. Cuando levantas la vista, tus cargas se caen. Cuando ves pasar al Rey de gloria, le entregas tus mantos: tus victorias, tus derrotas, tus pesares. Él no necesita nada de ti; solo que lo voltees a ver y digas: «El Rey de gloria viene, me ha invitado a su reino y me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos, a orar por los enfermos, a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y a enseñar a obedecer su palabra».

«¿Quién dicen ustedes que soy yo?»

Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?». Unos decían que era Juan el Bautista; otros, Elías, Jeremías o uno de los profetas. Hoy dicen que fue un gran maestro. Pero Jesús los mira y les pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Y Pedro, el intenso, el primero en levantarse, responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente», el que habíamos estado esperando.

Si queremos que nuestros hijos lleguen a Cristo y sigan el reino de Dios, tienen que vernos buscar primero el reino. Tienen que vernos decir: «Tú eres el Rey, el Mesías, el Señor de señores». No un profeta más, ni un bonito mensaje, ni alguien que solo quiere darnos una mejor vida, sino el Rey. No solo el domingo, no solo en la música, no solo en los devocionales. En las notas de la aplicación agregué las referencias cruzadas de cada versículo; son las mismas que trae tu Biblia. Si buscamos la presencia de Dios, no basta con escuchar un mensaje el domingo: abre tu Biblia, repasa los versículos, mira cómo se cruzan, y verás que Dios quiere hablarte y traspasar tu corazón.

Para que el mundo lo conozca basta con no escondernos y vivir conforme a su palabra. Ayer un joven me contó que va atrasado un semestre porque entró al Intensivo, y cuando le preguntan por qué, aprovecha para explicar quién es Dios y lo que ha hecho en su vida. Ha tomado su bendición y la está derramando en su universidad: que yo sepa, ha traído a los pies de Cristo al menos a dos personas en los últimos tres meses, creo que más que yo en ese tiempo. Este mensaje no es perfecto; es un llamado que creo que Dios está haciendo: recuperemos el centro, recuperemos su presencia y recuperemos el propósito. Los que dicen que solo fue un profeta abrirán los ojos, y el amor por Jesús provocará un celo santo en el pueblo de Israel, porque Jesús dijo que no lo verían hasta que dijeran: «Bendito el que viene en el nombre del Señor».

Proclamar la victoria

Es momento de reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, el Hijo de David, el Mesías, la promesa, el Alfa y la Omega. Resucitó y venció a la muerte, al pecado, al diablo, al mundo y al reino de las tinieblas, y hoy anuncia que el tiempo ha llegado: el reino se acerca y puedes ser parte. Arrepiéntete. No seamos tibios, no seamos Salomón, no seamos la multitud. Nuestro trabajo ni siquiera es vencer ni conquistar: es proclamar la victoria que ya se dio en Cristo Jesús.

Cuando regrese, lo recibiremos con gritos: «¡Hosana! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!». Esta vez no vendrá a derramar su sangre sino su gloria. «Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén espíritu de gracia y de súplica, y mirarán a mí, a quien traspasaron». «En aquel día saldrán de Jerusalén aguas vivas… y el Señor será rey sobre toda la tierra. En aquel día el Señor será uno, y uno su nombre». «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres; él morará con ellos… y enjugará toda lágrima de sus ojos».

Esa es la verdadera entrada triunfal: «Vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero… Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas… y su nombre es: el Verbo de Dios… En su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores».

Todo tiene que ver con él. En la primera conquista, en Jericó, no se trató de derribar las murallas sino de tocar la trompeta, y las murallas cayeron solas. Nuestro único trabajo es proclamar: él es el Hijo de David, el Hijo de Dios, el Mesías que vino, murió, resucitó, hoy reina y un día reinará por siempre. Ese es el evangelio.

Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «La verdadera conquista | Ps. Daniel Lira», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.

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