Monterrey, N.L.Maestro de la Biblia · MDiv en curso, Talbot

Predicaciones · Predicación especial

La carrera de la fe

Agua viva y pan de vida: cada creyente corre su propia carrera hasta el regreso de Jesús

Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey.

Resumen

Al nacer de nuevo, todo creyente inicia una carrera que termina con el regreso de Jesús, y nadie la puede correr por otro: ni los pastores ni los maestros. Daniel Lira explica cómo prepararse. La leche espiritual debe dar paso al agua y al pan: la samaritana pide el agua viva, que es el Espíritu Santo; los discípulos piden el pan de vida, que es Jesús, y comerlo es hacer la voluntad del Padre por medio de su palabra. Daniel cuenta cómo, siendo musulmán, un libro sobre el camino de Emaús y Juan 4 lo llevaron a Cristo, e invita a tener nuestro propio camino a Emaús con la Biblia abierta.

Puntos clave

  • Al nacer de nuevo inicias una carrera que termina con el regreso de Jesús, y nadie la puede correr por ti.
  • Predicar sobre el regreso de Jesús es para vivir con urgencia, prepararnos para lo difícil y mantener los ojos en nuestra esperanza viva.
  • La leche espiritual es necesaria al inicio, pero un creyente debe crecer hasta el alimento sólido: agua y pan.
  • El agua viva que Jesús ofrece a la samaritana es el Espíritu Santo; el pan de vida es Jesús, y se come haciendo la voluntad del Padre en su palabra.
  • Los hombres somos cisternas rotas: bebe directamente de la fuente, y tu vida se volverá un manantial para otros.
  • Ten tu propio camino a Emaús: abre las Escrituras con el Espíritu Santo, deja que arda tu corazón y corre a contarlo.

Una historia personal

Me encanta venir a este campus porque es mi campus. Bueno, no es cierto: aquí tenemos las clases del Intensivo y lo usamos a diario, así que el pastor Aarón siempre dice que es mi campus y que se los presto los domingos y los miércoles. Vamos al mensaje. Para mí es un motor de vida, y voy a usar unas historias de la Biblia que me conmovieron y me llevaron a donde estoy hoy, que en esencia es siguiendo a Cristo. Nunca se ha tratado de posiciones ni de ministerios, sino de conocerlo y seguirlo a él. Con esas historias entregué mi vida a Cristo y seguí creciendo.

El regreso de Jesús y la carrera

La última vez que vine prediqué sobre los días de Noé: que el regreso de Jesús será como en los días de Noé, de Abraham y de Lot. Leí que viene el día en que todos resucitarán, unos para vida eterna y otros para vergüenza eterna. Fue un mensaje fuerte, y lo dije justo antes de lo que pasó en Israel. Desde entonces, si buscas en YouTube «los últimos días», encuentras cien mil videos; algunos dijeron que el mundo se acabaría el 29 de septiembre, y aquí seguimos.

Cuando hablo del regreso de Jesús puede significar diez años, cincuenta, cien o quinientos. Creo que antes de diez años no va a pasar, porque faltan muchas señales; no hay manera de ponerle fecha. Pero sí podemos observar las piezas acomodándose en el escenario del final. Y mientras más nos acerquemos, la vida se va a poner más difícil. Ya lo están viendo: en Israel hay guerra, y en el mundo ha despertado un odio al judío. Aquello de «nunca más» después de Hitler empieza a sonar otra vez.

¿Por qué les digo esto? Porque ese es el final de la carrera en la que vivimos. Cuando naciste de nuevo y entregaste tu vida a Jesús, iniciaste la carrera de la fe. Pero no es lo mismo prepararte para cinco kilómetros que para un maratón, ni para un maratón que para un triatlón: mientras más avanzas, más difícil es, y necesitas más entrenamiento y mejor alimentación. Conocemos el inicio, el nuevo nacimiento, y conocemos el final, el regreso de Jesús.

Nadie la corre por ti

Y esto es lo principal: esa carrera no la corre el pastor Aarón por ustedes, ni el pastor Luis, ni los maestros. Es su carrera. Cada uno nació de nuevo e inició la suya.

¿Para qué predico sobre el regreso de Jesús? Primero, para vivir con la urgencia de su regreso. Si te inscribes a un maratón y faltan tres meses y no has entrenado, luego dos, mínimo te pones a caminar. Mientras más se acerca, más urgencia tienes de prepararte. Segundo, para estar listos para el momento difícil de la carrera, cuando ya no puedes más. Y por último, y lo más importante, para recordar a Jesús, nuestra esperanza viva, que literalmente va a regresar. Ese es el final de la carrera.

Como un bebé que crece

Ya que aquí casi nadie corre, vamos con otro ejemplo: todos fuimos bebés alguna vez. Cuando nace un bebé, inicia una vida. ¿De quién es la vida, de los papás o del bebé? Del bebé. Por más que los papás queramos vivirla por ellos, no podemos. Yo le decía a mi mamá: «Ya no te metas, soy adulto»; ahora que tengo dos hijas, pienso que nunca serán adultas. Al inicio el bebé depende cien por ciento de su mamá, pero aun así tiene que llorar para que lo carguen y lo alimenten. Luego levanta la cabeza, gatea, camina. ¿Puedes gatear por él? No se puede. Lo que hacemos es acompañarlo y darle un ambiente seguro: le pones la rejita antes de las escaleras. Pero si el bebé no camina, de nada sirve.

En la carrera, además, tienes la opción de no correr. Naciste de nuevo, dieron el disparo de salida, y muchos corrieron, pero muchos se quedaron sentados: «Aquí estoy bien». Y los que están fuera de la carrera ven a los sentados y dicen: «Su vida es igual que la mía, y al menos yo hago lo que quiero». Todo creyente, al nacer de nuevo, inicia una carrera en la que con cada paso te enamoras más de Jesús y de su regreso, y que testifica a los de afuera que vale la pena correrla, que hay una meta y que todos son bienvenidos.

En Hebreos 12 dice: «Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios». Pablo dice a los filipenses: «Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús». Y al final de sus días escribe a Timoteo: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida».

Los ministros somos aguadores

La carrera no era de Pablo: es tuya y mía. Uso la palabra «ministro» porque significa servidor. Los ministros somos como los aguadores que en cierto punto te dan la botella cuando ya estás cansado, o el masajista que te atiende si te lastimaste; pero tú tienes que correr. Y no es lo mismo cuidar a tus sobrinos que tener hijos: con los sobrinos los disfrutas tres o cuatro horas y luego se los regresas al papá, cuando el niño no quiere dormir porque la abuela le dio dulces. No le den dulces.

¿Cómo me preparo entonces? ¿Cómo permanezco hasta el final, cómo me entreno para el momento en que quiero abandonar? El que corre necesita el alimento y la bebida correctos. Un bebé necesita leche para crecer, pero esa leche espiritual tiene que convertirse en agua y pan, en alimento sólido.

Si mi bebé, que hoy tiene tres semanas, a los veinte años le llamara a su mamá para pedirle lechita, sería muy raro. O a los treinta, para que le cambie el pañal. No quiero pisar callos, pero muchos creyentes vivimos la carrera esperando que alguien más nos siga cambiando el pañal y nos dé la comida procesada como leche o papilla. Algunos ya comemos papilla, pero no nos atrevemos al alimento sólido. El ejemplo perfecto está en la historia de la samaritana.

El agua viva

La samaritana va al pozo con su cántaro en pleno calor y se encuentra con Jesús, que le dice: «Dame de beber». «¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber?». Discuten, y Jesús le dice: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva». Si entendieras quién es Jesús, no le pedirías el agua al ungido, al predicador de YouTube o al profeta del momento: se la pedirías a Jesús. Y la samaritana entiende: «Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla». Su sed es saciada, abre los ojos, ve a Jesús como el Mesías y corre a contarlo a todos: «Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo?». Y todo el pueblo sale a conocerlo.

Para ser claros: el agua viva, el regalo de Jesús, es el Espíritu Santo, la presencia de Dios que mora en ti y en mí. Si se lo pides a Dios, él te lo va a dar.

La comida que ustedes no saben

La historia no se queda ahí. Mientras la samaritana corre por todo el pueblo, como cuando jugábamos «un, dos, tres por mí y por todos mis amigos», los discípulos regresan y le dicen: «Rabí, come». Y Jesús responde: «Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis». Imagínate llegar con hambre y que alguien te diga: «Ya comí algo bien rico, pero no te digo qué». «¿Quién te la trajo? ¿Por qué nos tienes caminando con hambre si tienes comida?». Y Jesús dice: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra».

Hay un alimento mayor que cualquier otro: hacer la voluntad de Dios. Le tenemos tanto miedo a las obras que hemos dejado de hacer la voluntad de Dios. No es un tema de ley ni de castigo; ya no hay castigo, pero sí hay recompensa: lo puedes conocer más. Hacer su voluntad te nutre, y nadie en su sano juicio que tiene hambre deja de comer pan.

El pan de vida

Pasan los días y los discípulos siguen preguntándose cuál era esa comida. Jesús alimenta a cinco mil personas, y piensan: «Seguro convirtió una piedra en pan». No, eso fue con lo que el diablo lo tentó. «A lo mejor sacó un pez del pozo y se hizo unos taquitos». Hasta que ya no pueden más y le preguntan: «¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?». Y Jesús responde: «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado».

Ellos insisten: «¿Qué señal haces para que te creamos? Nuestros padres comieron el maná en el desierto». Seguían pensando en pan. Me imagino a Jesús mirándolos como nos mira cada vez que le preguntamos algo, y es excelente preguntar, porque no responde con enojo. Respira y dice: «Agárrense, porque apenas van a empezar a comprender». «No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo».

Como la samaritana, los discípulos comprenden que hay algo más: «Señor, danos siempre este pan». Es la oración que repetimos: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Y Jesús dice: «Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás». El pan que baja del cielo es Jesús, la palabra de Dios. Seguir a Jesús y hacer la voluntad de Dios tiene que ver con ir a su palabra y obedecerla. El agua viva es el Espíritu Santo; el pan de vida es la palabra. La samaritana creyó y su sed fue saciada; los discípulos siguieron a Jesús y su hambre fue saciada.

Pan y agua juntos

En Juan 14 Jesús dice: «Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros… Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho».

Cuando abres la palabra y dices: «Señor, quiero hacer tu voluntad y no la mía; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo; dame el pan de hoy», él no deja que te ahogues con puro pan. Si alguien ha intentado comer solo pan, sabe que te ahogas. Por eso también provee el agua viva: te da el Espíritu Santo, que te enseña la palabra, te la recuerda y te guía. Jesús quiere ser tu maestro, y yo no quiero interponerme en su enseñanza.

Cisternas rotas

Como niños espirituales bebemos leche, y para eso existimos: por eso existe el Intensivo en línea, el dominical y el Plus, los domingos, los miércoles y los grupos de conexión. Nos ayudamos a iniciar la carrera y a crecer. Pero si después de hoy no comes en tu casa el pan diario, no el pan procesado, no el que yo ya comí (imagínense al pajarito que ya comió y se lo da a sus crías), no vas a avanzar. En el kilómetro cinco te va a dar un calambre y vas a pedir masajista; luego en el tres, luego en el uno, hasta que digas: «¿Para qué corro? Aquí sentado nada me duele». Pero la carrera no dura cinco kilómetros: es un triatlón, y al final hay una recompensa.

Mi ruego es que aprendamos a beber del agua viva directamente y no a depender de cisternas rotas, de hombres que nos equivocamos. Yo puedo decir una frase equivocada, incluso una herejía rara porque no dormí, y si tú nunca fuiste a la palabra, vas a vivir una mentira. No porque yo quisiera mentirte, sino porque soy un hombre y mi cisterna está rota. En cambio, si aprendes a ir al agua viva, tu vida se va a convertir en un manantial del que todos puedan beber. La samaritana bebió y salió a dar de beber a todo un pueblo; los discípulos creyeron y siguieron a Jesús, y el resultado somos todos nosotros. La fidelidad del creyente que corre la carrera es el testimonio para el no creyente de que hay algo más, de que hay una meta, y de que cuando llegue vendrá la restauración de todas las cosas.

Con la Biblia en la mano

Hoy tenemos el privilegio de sostener en las manos la palabra de Dios. No es la tinta ni el papel; es su contenido, que expresa y manifiesta a Jesús. Si no tienes una Biblia, te ruego que compres una. «La tengo en el celular». No es lo mismo; intenta comerte un pan de un iPad. Estás leyendo y llegan cinco notificaciones, te llama la tía, te llaman del trabajo. Si a ti te funciona, adelante; a mí no.

El punto es aprender a beber y a comer directamente, sin depender de hombres. Mi trabajo es quedarme sin trabajo. Dios mismo quiere ser tu maestro; si Jesús entrara por esa puerta, mejor me callo. Cuando Jesús llegó a casa de Marta y María, María se sentó a escuchar. Muchas veces somos como Marta y queremos alimentarnos de cosas artificiales: libros de superación personal, pastores, gurús, mensajes de YouTube que me expliquen la Biblia. Lo entiendo; al inicio es necesario beber leche. Pero bebe y crece: empieza con papilla, descubre lo que te gusta, profundiza en la palabra, y lo que antes no entendías lo vas a entender. Y cuando no entiendas, tienes una comunidad a la que preguntar: «¿Cómo se hace una hamburguesa?». «Vamos a hacerla, pero para que tú la hagas». Y llegas a tu casa y le haces a tu familia una hamburguesa que nunca había probado, y les arruinas la vida.

Si estás en el desierto y te dan una Coca-Cola, la tomas porque es lo único que hay. Pero cuando te dan agua, recobras vida, te hidratas, tu mente se aclara, ves la vida diferente, y tu vida queda arruinada: cuando vuelvas a probar la Coca dirás: «Esto no es agua». Hay gente que viene a la cafetería de este campus a trabajar y dice: «Aquí siento una paz, hay algo diferente», y después de unos días se anima a entrar a una reunión, porque afuera ya no encuentra esa paz. Deja que Dios arruine tu vida: que el dinero ya no te sepa, porque necesitas el pan, necesitas a Jesús.

El forastero en el camino de Emaús

Para terminar, quiero contarles una historia. El primer libro cristiano que me regalaron se llamaba El forastero en el camino de Emaús. Yo no era creyente ni quería serlo: era musulmán y rechazaba a Jesús por completo. Mi papá tiene un negocio frente a un café cuyo dueño es creyente. Ahí tomaba café a diario con sus amigos, y el dueño lo empezó a invitar a abrir la Biblia. Empezó a beber del agua viva, tanto que primero iba al café a estudiar y conocer a Jesús y luego abría la tienda. Con el tiempo se dio cuenta de que sus hijos iban en una carrera que no llevaba a la gloria de Cristo sino al desprecio eterno, y me regaló ese libro.

El libro explica la Biblia a partir del camino de Emaús: dos discípulos que se topan con un forastero que les empieza a explicar las Escrituras. Cuando lo leí, pensé: «Esto es diferente». Nunca se lo reconocí a mi papá. Pasaron cuatro años; le escribí: «Llevo cuatro años esperando que Dios me hable, porque tú dices que puedo tener una relación con él». Y empecé a leer Juan 4, donde Jesús le dice a la samaritana: «Yo soy, el que habla contigo». Mi cabeza explotó: «Llevas cuatro años hablándome; llevo cuatro años bebiendo de la fuente de agua viva y no había reconocido que eres tú, Jesús». Y corrí a contárselo a todos. Más adelante, buscando dónde estudiar, llegué a un instituto que se llama, casualmente, El Camino de Emaús, basado en Lucas 24. Ese es el patrón al que siempre regreso.

Tu propio camino a Emaús

Jesús muere y es sepultado, y los discípulos que habían puesto su esperanza en él la abandonan: «Otro más que crucifican; no era». Van tristes hacia Emaús, platicando de lo que pasó. Seguro conoces a alguien que va así por la vida, cabizbajo, preguntándose por qué existe. Y se les une un forastero: «¿Qué pláticas son estas?». «¿No sabes lo que pasó?». El spoiler es que era Jesús; sabía lo que había pasado, pero les dio la oportunidad de contarlo. Y después de escucharlo todo, se detiene: «¿No han entendido nada?». Y abriendo las Escrituras les cuenta la historia de Jesús desde Adán, Abraham, Moisés, David y los profetas. Con cada paso, mientras más comían de esto, más se enamoraban de él.

Jesús hace como que sigue de largo, y le dicen: «Quédate con nosotros». En la mesa toma el pan que días antes había partido en la última cena, lo bendice, lo parte y se los da. Y los discípulos lo reconocen: «¡Llevas kilómetros hablándonos y eres tú!». Y él desaparece. «¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?». Y levantándose en esa misma hora, como la samaritana, volvieron corriendo a Jerusalén y dijeron a los once: «Ha resucitado el Señor verdaderamente», y contaban lo que les había pasado.

La invitación de hoy es que tengas tu propio camino a Emaús: que abras las Escrituras y, con ayuda del Espíritu Santo, las comprendas; que con cada paso tu corazón empiece a arder, y que cuando tus ojos sean abiertos corras a contarlo. Al sentarte a la mesa con Jesús, en la intimidad de su presencia, tus ojos se van a abrir. No le tengas miedo a la palabra: el Espíritu Santo quiere enseñártela y nutrirte. No lo resistas.

«¿A quién iremos?»

Al comer del pan y beber del agua, la carrera comienza. La samaritana dejó su cántaro y corrió a contarlo a todos. Cuando Jesús explicó lo del pan, muchos de sus discípulos se fueron, y Jesús preguntó a los doce: «¿Queréis acaso iros también vosotros?». ¿También van a abandonar la carrera? Y Pedro respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».

El mensaje es muy sencillo: corre la carrera. Les prometo que vamos a derramar nuestra vida para servirles mientras la corren, pero tienen que correrla ustedes. Queremos acompañarte mientras te enamoras de Jesús, contarnos unos a otros nuestras experiencias, partir el pan, confesarnos. Pero no queremos que nos sigan a nosotros, ni a Convivencia Familiar, ni a los pastores; no se trata de la organización sino de Jesús. Somos vasijas rotas, igual que ustedes, y por pura gracia Dios nos tomó para hablar de él. Nuestro trabajo es interponernos lo menos posible entre tú y Jesús, y acompañarte mientras lo necesites.

Cómo empezar

Si preguntas cómo iniciar la carrera, esto es lo práctico. Si no tienes una Biblia, cómprala. Atrévete a preguntarle a Jesús qué quería decir Pablo cuando escribió a los Gálatas; pelea con el texto, escribe en una hoja lo que crees que dice y tráela para platicarla. Intégrate a la iglesia; si aún no sirves, sirve. Hay una comunidad que quiere abrazarte, para que tu vida no sea solo una vasija que hay que llenar, sino una fuente que da a otros. Inscríbete al Intensivo: si tienes de 17 a 27 años, toma cuatro meses para el Intensivo Plus o el Intensivo en línea; y si no te gusta en línea, ven al Intensivo dominical.

Y por último, corre y cuéntaselo a todos. Sal de estas cuatro paredes y dile a tu familia: «He bebido del agua de vida y he comido del pan de vida, y hay una carrera a la que quiero invitarte; si lo necesitas, te acompaño». Corre, porque nos espera una recompensa, una corona de justicia. Pero cuando tengas tu corona en la mano y veas a Jesús, lo único que podrás hacer será entregarla a sus pies, porque solo él merece toda la gloria, la honra y el poder. Al final, la única recompensa que queremos es ser hallados en la resurrección de los muertos, en el supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «La carrera de la fe | Daniel Lira», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.

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