Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey · Campus Cumbres.
Resumen
En el Domingo de Resurrección, Daniel Lira recorre Lucas 24. Las mujeres encuentran la tumba vacía, los ángeles les recuerdan las palabras de Jesús, y ellas corren a contarlo; pero a los once sus palabras les parecen disparates. Dos discípulos se van hacia Emaús con el corazón enfriándose, y Jesús camina con ellos y les explica, desde Moisés y los profetas, por qué tenía que sufrir. Desde Génesis, del carnero de Isaac al cordero de la Pascua y al siervo de Isaías 53, Dios proveyó el cordero: en la cruz nos redimió, hizo propiciación y nos vistió de justicia. Dios está satisfecho, y la resurrección es la prueba.
Puntos clave
- Ante Cristo no hay término medio: o la resurrección es verdad o son disparates, y si es verdad nuestra vida tiene que cambiar.
- Los discípulos que vieron los milagros llamaron disparates al testimonio de las mujeres; nosotros también vivimos a veces como si lo fuera.
- Desde Génesis, Dios anunció un hijo y proveyó un cordero en lugar del primogénito: Isaac, la Pascua, Isaías 53.
- En la cruz Jesús nos redimió, hizo propiciación y nos vistió de justicia: Dios está satisfecho, y la resurrección lo prueba.
- Jesús camina con los discípulos que van hacia la tibieza, les abre las Escrituras y se revela al partir el pan.
- Los discípulos de Emaús somos tú y yo: el corazón ardiente regresa a proclamar que es verdad.
O la aceptas o la niegas
Es Semana Santa, el momento en que Cristo no puede ser ocultado. Caminas por las calles y todo el mundo está pensando en él. Y hay de dos: o lo aceptas o lo niegas; no hay términos medios. Nos juntamos porque celebramos y recordamos que esto es verdad. Jesús vino al mundo, vivió como tú y como yo, fue tentado como tú y como yo, pero fue perfecto y justo. Aun así fue a la cruz y tomó en su muerte lo que nos correspondía. Y luego resucitó.
Recordamos a este hombre, que no era solamente un hombre: llevado como cordero al matadero, colgado en un madero, burlado y llamado «rey de los judíos» por quienes lo despreciaban. Pero al tercer día la historia estaba a punto de cambiar. Hubo un temblor, la piedra fue removida y la tumba quedó vacía.
Vamos a Lucas 24. Quiero animarlos a tener una Biblia física y abrirla. Hay muchas verdades que no podemos decir en treinta minutos de mensaje, pero cuando tú lees la palabra, la palabra es viva y atraviesa tu corazón; nuestras palabras humanas son estorbos comparadas con ella. Yo no puedo leer todo Isaías ni todo Lucas, pero tú sí puedes en tu casa. Incluso aquí: si dejas de ponerme atención para leer la Biblia, adelante, te va a ir mejor.
La tumba vacía
«El primer día de la semana, muy de mañana», las mujeres fueron al sepulcro. Los discípulos se quedaron en casa; las mujeres, apenas salió el sol, fueron a la tumba con especias, porque Jesús había muerto. Al llegar vieron que la piedra gigante había sido movida y la tumba estaba abierta. Entraron y no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Hasta el día de hoy puedes ir a Israel, pararte en el jardín y ver que la tumba sigue vacía.
Se volteaban a ver perplejas, como quien sabe pero no entiende. ¿Qué significa esto? ¿Se lo habrán robado? ¿Desapareció? Y en medio de la plática se aparecen dos ángeles, que sí sabían, y les preguntan: «¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acuérdense de lo que les habló cuando aún estaba en Galilea: que el Hijo del Hombre debía ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y resucitar al tercer día».
Tres veces Jesús predijo no solo su muerte sino su resurrección: «Voy a ir a la cruz, va a ser terrible, pero al tercer día voy a resucitar». Sucede, y se les olvida. Pero las mujeres se acordaron, y no necesitaron más. Vieron la tumba vacía, oyeron a los ángeles y recordaron sus palabras. Así que corrieron a los once a contarles la buena noticia.
«Les parecieron disparates»
María Magdalena, Juana, María la madre de Jacobo y las demás contaban esto a los apóstoles. «Pero a ellos les parecían disparates las palabras de ellas, y no las creían».
Hoy quiero que nos detengamos a mirar al hombre colgado en un madero, al rey de los judíos, para comprobar si realmente son disparates o si es la verdad. Porque si es la verdad, nuestra vida tiene que cambiar. Lo celebramos, lo conmemoramos, lo creemos, pero día a día vivimos como si fueran disparates.
No me lo tomen a mal. No digo que tú creas que es una locura. Pero los mismos discípulos que caminaron tres años con Jesús, que vieron la multiplicación, que lo vieron caminar sobre el mar y que lo escucharon decir que resucitaría al tercer día, estaban en sus casas oyendo el testimonio de ángeles y de mujeres, y dijeron: «Son locuras». Cuando pasamos por cosas difíciles, nuestra mente y nuestro corazón lo creen, pero es muy complicado voltear a ver a Jesús y creer que puede hacer algo diferente.
Crees que resucitó, pero tu jefe te trata mal, y te parece una locura tratarlo con la honra que Cristo nos pidió. Volteas a ver tu pecado y te crees descalificado, manchado, avergonzado. Una cosa es tener la información en la mente y otra es vivir de acuerdo con ella. Las mujeres lo vieron, se acordaron y corrieron. Debemos preguntarnos si esta verdad, conocida y celebrada, realmente impacta nuestra manera de vivir, nuestra identidad y el propósito con el que caminamos en la tierra.
Camino a Emaús
Ese mismo día dos de ellos se van caminando a una aldea llamada Emaús. Estas personas que tenían un corazón ardiente cuando Jesús vivía, iban dejando Jerusalén hacia un lugar cuyo nombre, como yo lo entiendo, habla de tibieza. Dejaron el ardor y la llama de Cristo y su corazón se empezó a enfriar. Pero Jesús es bueno. Jesús no se quedó en la tumba ni se queda estático; no solo nos dejó una cruz para mirar y «allá tú si crees». En el camino hacia la tibieza se encontró con ellos, pero no lo reconocieron.
Iban tristes, platicando de lo que había pasado. Jesús se les une y les pregunta de qué hablan. «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha acontecido?». Era el único que sí sabía, pero se quedó callado y los escuchó pacientemente: «Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel». Y en un momento se detiene y les dice: «¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?». Y comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que de él decían todas las Escrituras.
A las mujeres los ángeles les dijeron: «Acuérdense». A estos discípulos Jesús les dice: «¿No era necesario?». La pregunta obligada para ti y para mí es: ¿por qué tenía que morir Jesús? ¿Qué recordaron las mujeres que les llenó el corazón? ¿Qué no habían entendido los discípulos? Que el gran plan de Dios se había puesto en marcha y que ahora él está satisfecho.
¿Por qué tenía que morir Jesús?
Vamos a Génesis. Dios, en su eternidad pasada, tenía un gozo y una plenitud perfectos: el Padre glorificando al Hijo, el Hijo al Espíritu, el Espíritu al Padre. Y desde ese amor dicen: «Hagamos al hombre a nuestra imagen», para que disfrute de este deleite. Crea los cielos y la tierra para habitar en ellos, y al hombre para habitar con él. Pero el ser humano, no siendo Dios, tendría imperfección, y esa imperfección causaría separación de Dios, lo que llamamos muerte. Antes de la fundación del mundo, Dios calculó el costo: el pago de esa imperfección es la muerte. No sé cómo habrá sido, pero quizá el Hijo levantó la mano y dijo: «Yo tomaré esa muerte; yo pagaré la deuda». Dios proveería el sacrificio perfecto a través de su Hijo.
Ese mensaje resuena como un eco desde Génesis: «Mujer, vendrá un hijo». Luego a Abraham: «Vendrá un hijo». Y después: «Ese hijo es mío; tu primogénito me pertenece, entrégamelo». Isaac, más grande de lo que solemos pensar, sube la montaña con la leña y le dice: «Padre mío». «Aquí estoy, hijo mío». «He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?». «Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío». Dios detiene a Abraham, y él ofrece un carnero en lugar de su hijo. El mensaje es este: todos los primogénitos me pertenecen y el pago del pecado es la muerte, pero un cordero puede sustituir a un hijo.
Es el mismo cordero que en el Éxodo Dios usa para instituir la Pascua, que se celebra justo esta semana. Ahora la sangre del cordero redimiría no solo a un hijo sino a toda una familia. Dios juzgaría a través de una muerte: la de un primogénito o la de un cordero. Y los profetas lo anunciaron. Isaías dice: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas el Señor cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero». Ese cordero sería un varón de dolores. Y vino al mundo y tomó carne, y Juan el Bautista lo señaló: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
«Con todo eso, el Señor quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días… Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos».
Él está satisfecho
Jesús es el cordero y el varón de dolores, y en su muerte hace tres cosas. Nos redimió: la redención es el pago justo por nuestro pecado, una compra, para que ahora seamos su posesión. Lo hizo mediante la propiciación: el pago es sustituido por alguien más. Es el cordero que murió la muerte de Isaac, la de los primogénitos del Éxodo, la tuya y la mía. Y cuando lo miras como el cordero, él te viste de justicia. Dios está satisfecho con el pago; no hay nada más que hacer.
¿Qué no entendían los discípulos? ¿Qué no entendemos nosotros cuando vemos la cruz sin que impacte nuestra vida? Los discípulos no estaban satisfechos: esperaban que el cordero redimiera a Israel. Pedro, tras negar a Cristo tres veces, se sentía avergonzado, condenado y descalificado. Tomás pidió ver sus manos, y Jesús, amable, le dijo: «Mira mis manos, toca mi costado; soy yo, resucitado». Nosotros podemos no estar satisfechos porque nuestra mente nos cuenta una historia, pero él está satisfecho. En la cruz dijo: «Consumado es».
La prueba de que está satisfecho es que resucitó, primicia de la resurrección que nos promete que también nosotros resucitaremos: «Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados». No hay más obra ni rito que tengas que hacer para satisfacer a Dios.
Está satisfecho con Pedro, que lo negó tres veces; con Tomás, que pidió pruebas; con los que necesitaron verlo resucitado para creer. No trae juicio ni ira sobre nosotros: eso ya fue pagado en la cruz. No hay absolutamente nada que puedas hacer que le quite esa satisfacción, para que te vea con vergüenza o incompleto, como tú te ves a veces en el espejo y piensas: «¿Cómo voy a servir en la iglesia? ¿Quién soy yo para traer salvación a mi casa?». Tú eres un hijo de Dios redimido por la sangre del Cordero, sellado por el Espíritu Santo, levantado juntamente con él. En su muerte, Cristo nos perdonó; en su resurrección, nos empodera.
Al partir el pan
Me imagino que esto fue lo que Jesús les relató a los dos discípulos: el cordero, el hombre profetizado, que esto tenía que suceder. Y mientras recorrían las Escrituras, su corazón iba ardiendo, tomando vida, y sus ojos se iban abriendo. Jesús hizo como que iba más lejos, pero ellos lo detuvieron. Cuando tienes un encuentro con Jesús, siempre te queda hambre de más. Por eso les pido que traigan su Biblia: cuando te encuentras con su palabra, hay más hambre. No digo que no comas por leer; pero ábrela en tu casa, repasa la historia, y vas a encontrar tesoros que Dios tiene para ti personalmente, que te dicen: «Estoy satisfecho; yo te veo, te acompaño, te amo».
«Quédate con nosotros», le dicen. El Dios del universo, resucitado, pasó su primer día caminando con unos discípulos y se sentó a la mesa con ellos. Me imagino que ya estaban pensando: «Tal vez sí resucitó; tal vez las mujeres decían la verdad; mi vida no puede seguir igual; tenía planes de tibieza, pero él tiene planes en Jerusalén». Jesús toma el pan, y ellos recuerdan cada día de reposo y cada Pascua en que él tomaba el pan, y la última cena: «Esto es mi cuerpo». Lo bendijo, lo partió y se los dio, «y les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista».
Jesús desaparece, pero nos deja corazones ardientes para mirarnos unos a otros y decir: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos abría las Escrituras?». ¿No arde al entender que el Rey del universo nos creó por amor para entregarse a nosotros, que se goza en nosotros y está satisfecho? Se levantan en ese mismo momento, sin terminar la cena, y corren a los discípulos, como las mujeres: «¡Es verdad, Cristo resucitó!». No son tonterías, iglesia. No venimos cada domingo a escuchar disparates. El Rey de reyes realmente tomó un cuerpo, caminó entre nosotros, fue a la cruz y resucitó. Esa es la única identidad suficiente para romper las mentiras que creemos, la vergüenza que cargamos y el miedo con el que caminamos, y para decir: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí».
Los discípulos de Emaús somos tú y yo
Uno de los dos tiene nombre, Cleofas; del otro, Lucas no lo dice. Creo que cuando la Biblia no deja el nombre de una persona es para que insertes el tuyo: «Y Daniel se encontró con Jesús, y al abrir las Escrituras entendió quién era, y al sentarse a la mesa lo reconoció al partir el pan, y corrió a contarlo a todos». Por eso tenemos fechas y celebraciones: para recordar que no son tonterías, para entender el plan de Dios desde el inicio, y que él pagó con su sangre lo que nos tocaba para provocar corazones ardientes.
Mientras contaban esto, Jesús se aparece en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros», shalom. Les muestra las manos y les dice: «Estas son las palabras que os hablé estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos».
Si vas a leer algo hoy, abre el Salmo 22. Antes no había capítulos, y para indicar un texto se citaba su primera frase. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» es el comienzo de ese salmo. Habla de la cruz, de que repartirían sus vestidos y echarían suertes sobre ellos; pero luego el salmista mira hacia la victoria, exalta a Dios y termina diciendo que anunciarán que él hizo esto. Como Jesús dijo: «Consumado es». Ahora ha tomado su posición, ya no de siervo, sino de rey.
El cordero, el hombre y el rey
«Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas».
Recordamos y testificamos. Corremos de la tibieza de Emaús, de un corazón que se enfría, hacia aquel que se entregó por nosotros. Mira al Cordero que quita el pecado del mundo. Mira al hombre en el madero, al varón de dolores, para entender que él está satisfecho. Y mira también al rey de los judíos, al Rey de reyes, y proclama a los burladores que él es rey sobre toda nación, tribu y lengua: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
Esto tenía que suceder, y ahora esto tiene que suceder: el evangelio debe ser predicado desde corazones ardientes. Regresa a casa y predícalo, aunque la gente crea que son disparates. Como a los discípulos, él los va a encontrar en el camino, se va a revelar a través de las Escrituras, va a provocar corazones ardientes, y van a regresar diciendo: «Es verdad. No son locuras. Él ha resucitado. Él es el cordero, él es el hombre, él es el rey».
Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «La Resurrección | Ps. Daniel Lira | Campus Cumbres», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.
