Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey · Campus San Agustín.
Resumen
Antes de llegar a Josué, Daniel Lira vuelve al origen de la promesa. En Babel la humanidad se negó a llenar la tierra y quiso hacerse un nombre; Dios responde haciendo famoso a Abraham para que bendiga a todas las familias. Toda promesa de Dios anuncia un proceso, como el fuego que purifica el oro: no es un examen, sino un entrenamiento. Los cuatrocientos años en Egipto muestran la misericordia de Dios, su protección, su provisión y, sobre todo, que Dios nos conquista antes de enviarnos a la conquista. El Éxodo se lee como un novio que enamora a su novia hasta el pacto del Sinaí, y el amor desemboca en la misión.
Puntos clave
- En Babel la humanidad se negó a llenar la tierra y quiso hacerse un nombre; hoy también construimos torres para basar en ellas nuestra identidad.
- Dios hace famoso a Abraham para revertir Babel: para que otros vean a su Dios y sean bendecidos.
- Toda promesa de Dios anuncia un proceso: el fuego purifica el oro, que ya es oro, y luego el orfebre lo moldea para un propósito.
- Los cuatrocientos años en Egipto muestran misericordia hacia los amorreos, protección, multiplicación y provisión para Israel.
- Dios nos conquista antes de enviarnos a la conquista: el Éxodo se lee como un novio que enamora a su novia hasta el pacto del Sinaí.
- El amor por Dios debe desembocar en obediencia: las naciones ya vinieron a nosotros, en el trabajo, la universidad y el camino.
Antes de la conquista, la promesa
Iniciamos la semana pasada la serie La Conquista, que eventualmente nos va a llevar al libro de Josué, donde Dios lleva a Israel a conquistar la tierra que había prometido a Abraham. Pero ¿por qué Dios le hizo una promesa tan específica? «Vete a la tierra que te mostraré, y haré de ti una nación grande, y te bendeciré… y serán benditas en ti todas las familias de la tierra». ¿De dónde nace esta promesa? Antes de la conquista fuimos a la promesa, y después de la promesa tenemos que ver cómo en la promesa Dios nos procesa: toda promesa tiene un proceso. Pero para entender el proceso hay que entender el origen.
La torre de Babel
Cuando Noé desciende del arca, sus descendientes hablaban un solo idioma, y Dios les dijo: «Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra». Y entonces fueron muy obedientes y poblaron la tierra… No, eso no pasó. En lugar de honrar la bendición, dijeron: «Vamos, hagamos ladrillo… edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra». Es Génesis 11.
La torre en sí no era mala; no es malvado construir algo. El problema es que la construyeron para despreciar el consejo de Dios y su gobierno: se concentraron en un lugar para no ser dispersados, justo lo opuesto a lo que Dios quería. El objetivo de llenar la tierra era que el pueblo pudiera cubrirla y bendecirla toda. Ellos dijeron: «No, hagámonos un nombre».
Nuestras pequeñas torres
También nosotros construimos monumentos para hacernos famosos y basar en ellos nuestra identidad. Muchas de las cosas que voy a mencionar no tienen nada de malo; el error es hacerlas para frustrar el consejo de Dios, impedir la bendición de otros y decir: «Quiero hacerme famoso». En Monterrey la cultura es del emprendimiento, de las empresas, de hacerme un nombre: subir en la escalera de gerente a directivo, que me reconozcan por mi posición, por mi código postal, por mi ropa. En las nuevas generaciones, por los videos que subo, los likes y los seguidores. Pero si nuestra identidad, nuestra autoestima y nuestra dignidad están puestas ahí, se las estamos quitando a Cristo.
¿Cuáles son las pequeñas torres de Babel que construimos? Cuando lo meditas, te das cuenta de que tu torre es aquello que muestras a los demás, aquello por lo que quieres ser conocido. Si muestras a Cristo, Cristo es tu identidad y tu dignidad. Pero si lo primero que muestras son tus logros, tus títulos, tu dinero o tu carro, ahí está tu autoestima. Si lo que muestras en redes es tu cuerpo para juntar seguidores y sentirte reconocido, ahí está tu torre. No tiene nada de malo buscar los negocios, el estudio o una casa digna para tu familia; el punto es que en Babel buscaban salirse del gobierno de Dios y darse una identidad a sí mismos.
Así que el Señor dijo: «He aquí el pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje… y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua… Así los esparció el Señor desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad». Dios les pone un límite, una disciplina, un empujoncito, y empiezan a poblar la tierra.
Abraham, famoso para bendecir
Pero el objetivo de Dios nunca ha sido que cada quien viva por su lado. Así que se vuelve a Abraham: «Haré de ti una gran nación, te daré una tierra y seré tu Dios. Te haré famoso». ¿Para qué? Para que bendiga a los demás; para que al ver a Abraham lo identifiquen por su Dios. Hasta hoy lo conocemos como el padre de la fe; hay hasta una canción de escuela dominical, que no me sé porque no me tocó. Dios hace famoso a Abraham para revertir Babel: lo que fue dispersado por hacer monumentos al hombre sería reunido por un monumento a un hombre.
Y ni siquiera era Abraham: era el anuncio del nombre que es sobre todo nombre, Jesús, que en la cruz se mostró como el único idioma que nos va a unificar a todos. Lo dice la carta a los Hebreos: muchas veces y de muchas maneras habló Dios a los padres por los profetas, pero en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo. Dios habla un idioma, y ese idioma es su Hijo. ¿Qué desea Dios para nosotros? Que seamos famosos; no como influencers, no con la fama del mundo, sino famosos por el Dios al que seguimos, de modo que la gente diga: «No se metan con ellos, porque vienen con su Dios».
Toda promesa anuncia un proceso
Dentro de esa misma promesa, Dios le anuncia un proceso, y este es el punto de hoy: toda promesa de Dios anuncia un proceso. No es de la noche a la mañana, porque no podemos cambiar de un día para otro; tenemos que conocer a Dios y caminar con él, y Dios nos acompaña en el proceso.
A veces vemos estos procesos como pruebas. Dice Primera de Pedro que estas pruebas demostrarán que nuestra fe es auténtica, probada como el fuego prueba y purifica el oro. Cuando quieres purificar oro, no le haces un examen para ver si lo pasa: ya sabes que es oro, un metal precioso, pero no todo lo que hay en esa piedra es oro. Lo pasas por fuego, y al purificarse vas extrayendo lo que sí es oro para mostrar su valor. Nuestra fe no pasa por fuego como un examen que, si repruebas, te deja sin tierra prometida y sin vida eterna. Ya eres oro; ya tienes esa identidad. Pero el oro tiene que ser procesado.
Y quien purifica el oro tiene un propósito para él: lo moldea en un anillo, unos aretes o un collar, cada uno con un lugar específico diseñado por el joyero. En las pruebas Dios nos purifica, quitando lo que no es de nuestra identidad ni le agrada, y luego nos moldea para un propósito y nos envía a la conquista. Una prueba es más un entrenamiento que un examen: un lugar seguro para desarrollarte y purificar tu fe mientras llega el tiempo del juego.
Las promesas están diseñadas para que descanses en ellas: la del regreso de Cristo, la de su provisión. No para perseguirlas, sino para descansar en ellas. ¿Para qué nos procesa? «A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo». Dios te toma, te purifica, te moldea y te da como un regalo a la iglesia, para edificarnos mutuamente hasta la estatura de Cristo.
¿Por qué cuatrocientos años?
Dios le dice a Abraham que hará de él una gran nación, pero antes: «Tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años… y después de esto saldrán con gran riqueza… Y en la cuarta generación volverán acá». Ellos no sabían que sería Egipto; después se enteraron.
Siempre me pregunté por qué cuatrocientos años. Dios no vive dentro de nuestro tiempo, aunque actúa en él, y entiende cosas que nosotros no. Creo que en esa espera Dios está haciendo varias cosas.
La primera está en el versículo 16: «porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo». Los amorreos ocupaban la tierra, y su maldad no había llegado a su tope. Dios espera cuatrocientos años por misericordia; en este caso no hacia Israel, sino hacia los amorreos, que un día serían expulsados o morirían en su tierra.
Además, Dios quería fortalecer al pueblo. Cuando Jacob llega con sus doce hijos son apenas unas setenta personas; cualquiera de los pueblos de la tierra los habría eliminado. No eran un pueblo formado, eran familias. Dios los guarda en Egipto cuatrocientos años, y cuando salen son cerca de dos millones de personas. Imagínate coordinar a dos millones en el desierto. Entenderlo hace aún más milagroso alimentarlos y darles agua: lo que salió de esa roca era un río completo. Hasta hoy puedes ver fotos de esa roca; si vienen al dominical, les pongo una.
Dios los multiplica y los protege en el imperio más poderoso del momento. No entran a Egipto como esclavos, sino con el favor de Dios y la protección del faraón, que les da tierra y provisión, y crecen libremente. Hasta que se levantan otros faraones y la maldad del hombre esclaviza a los hebreos. No fue la voluntad de Dios que fueran esclavos, pero en la espera la maldad del hombre los sometió por unos trescientos cincuenta años; aun así, Dios los protegió mientras crecían. Y Dios también quería proveer en medio de la hambruna: siete años sin comida en la tierra, y por el favor que José halló ante Dios y ante el faraón, Dios los sostuvo.
Dios nos conquista antes de la conquista
Pero la razón que más amo, y la que merece más atención, es que Dios nos conquista antes de enviarnos a la conquista. Dios quiere enamorarte, que lo veas y digas: «Voy contigo hasta la muerte». No te va a enviar a una misión por alguien a quien aún no conoces, de quien aún no te has enamorado, por quien no estás dispuesto a morir.
Después de cuatrocientos años, Dios se le aparece a Moisés: «Yo soy el Señor. Y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, El Shaddai, mas en mi nombre, el Señor, no me di a conocer a ellos». En este contexto, «Señor» representa el nombre de Dios. Como tú tienes un nombre, Dios tiene un nombre; pero Israel, por temor de Dios, no lo pronunciaba y decía Adonai, «mi Señor». Dios le dice a Moisés: «Me conocían como el Dios Todopoderoso, el Dios fiel que cumple sus promesas; ahora me quiero presentar por mi nombre».
Escogí a propósito la palabra «conquista». Todo el libro de Éxodo, leído con atención, está escrito como un novio que conquista a su novia. De ahí sale la idea, que luego recorre la Biblia, de que el pueblo de Dios es la novia. Quiero ser claro: no es literal. Es una imagen que Dios quiere imprimir en nosotros. El matrimonio es un reflejo de la gloria de Dios, no al revés: Dios usa algo que él diseñó y que podemos entender para hablarnos de la relación que quiere tener con nosotros. No una relación lejana, de leyes, como con un jefe, sino cercana.
«Yo soy el Señor; y yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido… y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios». Es como un hombre que llega y dice: «Voy a ser tu esposo, voy a proveer para ti, vamos a tener una familia increíble». Si no estás casada y alguien te dice eso, ten cuidado: puede ser un patán. Y como una mujer bien educada, Israel responde: «No te creo. Esa ya me la sé. En Egipto hay diez dioses diferentes y todos prometen algo. Todos los hombres son iguales». Pero Dios está enfocado en conquistar a su pueblo, en enamorarnos, en que nuestro corazón arda por él hasta decir: «Contigo voy hasta la muerte». Y el ejemplo perfecto es que él fue primero hasta la muerte por nosotros.
Las plagas y el Cordero
Lo primero que hace Dios es demostrarse mejor que todos los dioses de Egipto. Cada plaga se relaciona con uno de ellos, y Dios va diciendo: «Yo soy mejor que este, y que este; mira cómo tus dioses son falsos». Se está demostrando a la novia. E Israel empieza a decir: «Este sí es diferente; no viene con mentiras ni engaños». Hasta la última plaga: todo el que participe del sacrificio del Cordero y cubra su casa con su sangre, el ángel de la muerte pasará de largo. Y el pueblo dice: «Me estoy enamorando; voy a hacerle caso». Y Dios los saca de Egipto.
Ya no eran esclavos, pero ahora Dios tenía que sacar a Egipto de la mente de Israel. Dios nos saca de la esclavitud, de las tinieblas, del pecado, de nuestra falsa identidad. Nos adopta, nos redime y nos sella con su Espíritu Santo. Pero luego tiene que sacar de nuestra mente las mentiras que nos dijeron desde chicos, todas esas torres de Babel en las que creímos que estaba nuestra identidad.
Una mano que te saca del mar
Una vez, de niño, estaba en la playa con mi primo, y mi papá nos dijo que ya no nos metiéramos al mar porque se estaba poniendo feo. Yo no era cristiano; los hijos cristianos sí obedecen, espero, porque mi hija es pequeña. No obedecimos. Al principio todo bien, pero el mar se empezó a picar y se nubló como cuando va a llover fuerte. Ya no había nadie en la playa. Intentamos salir, pero la corriente nos regresaba. Te desesperas; le dije a mi primo: «Sálvate tú, olvídate de mí». Una ola, y otra, y tú intentando respirar. Y de repente, no recuerdo si fue mi hermano o mi papá, alguien me agarra del brazo y me saca.
Cuando Dios nos saca de Egipto, nos saca del lugar donde nos estábamos ahogando. Ya estabas muerto, condenado; sin el brazo de Dios no podías salir. Pero como todo buen padre que saca a su hijo del mar, se da cuenta de que tiene heridas y empieza a atenderlas. E Israel le dice: «¿Nos sacaste para que muriéramos en el desierto? Estábamos mejor en Egipto». Y Dios abre el mar y pasa el pueblo completo; la Biblia lo describe después como un bautismo, un paso de muerte a vida. «No tenemos comida; en Egipto comíamos carne». Y Dios hace descender maná y codornices cada día para dos millones de personas. «Tenemos sed». Y Dios abre un río de agua. Y el pueblo empieza a decir: «Este no es como los otros dioses. A pesar de mis quejas, está sanando mis heridas; me compró de las manos del faraón y me dio libertad». Y llega el momento en que Israel dice: «Yo también te amo».
El Sinaí: los votos del pacto
Entonces Dios los lleva a las faldas de una montaña, y como un hombre que sabe que pasará el resto de su vida con una mujer, se arrodilla: «Si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro… ¿Quieres identificarte conmigo para siempre?». Y el pueblo responde: «Todo lo que el Señor ha dicho, haremos». Dios sabía que el pueblo sería infiel, pero aun así se emocionó: «Santifíquense, laven sus vestidos, y al tercer día haremos un pacto».
En una boda todos esperan el momento de los votos, cuando los novios dicen: «Sí, acepto». Nadie ve esos votos como una ley que hay que cumplir. Los mandamientos que Dios entrega ese día son los votos de amor de un novio a su novia: «Prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza». «No tendrás dioses ajenos delante de mí»: no estarás con nadie más, no me serás infiel. Otra vez, es una imagen que podemos entender. Y después dice: «Hagan un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos». Hoy somos piedras vivas, morada del Espíritu Santo; Dios nos ha ido purificando y dice: «Quiero habitar con ustedes».
Este proceso probablemente continúe hasta su regreso. Mientras tanto, de la mano de Dios, aprendemos a confiar en él pase lo que pase, y en esa confianza somos enamorados y conquistados por él, hasta que nos diga: «Entrégame tu vida, como yo la entregué en la cruz». Cristo tomó la muerte que me correspondía para que yo viva la vida que a él le correspondía: para ser su cuerpo, su embajador, para llevar el evangelio, traer libertad al cautivo, sanidad al enfermo, provisión al pobre. Ahora yo muero para que Cristo viva en mí.
Revertir Babel
En el desierto Israel vio los milagros y la provisión de Dios, y se acostumbró. También venimos a la iglesia acostumbrados a recibir sus bendiciones. Enamorarse de él en el lugar secreto y en la alabanza es increíble. Pero para llegar a la conquista tiene que haber una reversión de Babel: antes le decíamos que sí al placer del mundo, a mis sueños, a mis cosas; ahora empezamos a decir que sí a la responsabilidad y a la obediencia a la que Dios nos envía.
A Israel, Dios lo enviaba a conquistar una tierra para bendecir a todas las naciones. Hoy Dios nos capacita, nos enamora para ser uno con él, y luego dice: «Vayan y hagan discípulos de todas las naciones». En la vida de todo creyente hay un momento en que tenemos que ser atrapados por él y decir: «Quiero vivir tu vida, Cristo: lo que tú hubieras hecho, los discípulos que hubieras hecho, la buena noticia que hubieras llevado a los rincones de la tierra».
No se trata de construir una torre de Babel entre estas cuatro paredes, algo cómodo donde descansar para luego regresar a la vida como si fuera otra cosa. Dios nos reúne aquí para dispersarnos por toda la tierra. Nada tienen de malo las pantallas, las luces ni que tu silla sea cómoda; lo hacemos para algo. Lo malo sería que esto se volviera nuestra torre, que lo construyéramos para que Convivencia Familiar fuera famosa o la iglesia de Monterrey exaltada. El único nombre famoso es el nombre sobre todo nombre: el que fue, el que es y el que será; el que vino, murió por nosotros y va a regresar; el que está sentado a la diestra del Padre esperando ver el fruto de su aflicción.
¿Dónde estás tú?
En las siguientes sesiones veremos la conquista de Josué. Hoy te invito a entender dónde estás. Si estás en los procesos de Dios, donde te está enamorando y estás aprendiendo a confiar en él, entrégate a él. Estudia su palabra para que produzca un corazón ardiente, y cuando ese corazón ya no pueda contenerse vas a salir corriendo a contarlo a todos: «Me enamoré de un Dios que fue hasta la muerte por mí, y también te quiere conquistar a ti».
Si ya estás en ese momento, lee la palabra no solo para ser cautivado, sino para obedecer, un paso a la vez, para esparcir el evangelio a todas las naciones. No tienes que irte de misionero; de las cuatrocientas personas que hay aquí, solo una se ha ido y ya regresó: Alex Camarena, ahí lo pueden saludar. En esta época las naciones ya vinieron a ti. En tu empresa casi seguro hay gente de otras naciones y contextos. Traducido a Monterrey, la Gran Comisión dice: «Te he enamorado para que te enamores de la misión y vayas a conquistar las empresas, las universidades, las familias, a los que viven bajo el puente, a los huérfanos, cada ruta de avión». En el vuelo de tu viaje de trabajo tienes dos horas a alguien a tu lado que no puede escapar; en el camión, lo mismo. Los procesos tienen un objetivo, y Dios quiere enamorarte, pero si una vez enamorados no damos el paso de obediencia, nos vamos a estancar como Israel.
Israel se estancó cuarenta años en el desierto, hasta Josué. Cada vez que Moisés regresaba a su tienda, el joven Josué se le acercaba: «¿Cómo te fue con Dios? ¿Qué te dijo? ¿Qué sigue?». Y fue él quien dijo: «Conquistemos», y dirigió la conquista de la tierra. Si te consideras en el proceso, haz una oración muy simple: «Señor, enamórame». Y si ya estás enamorado de él, dile: «Señor, háblame por tu palabra. ¿Cuál es el siguiente paso para la conquista? Aquí estoy, y quiero obedecerte».
Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «La Conquista | Ps. Daniel Lira | Parte 2 | Campus San Agustín», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.
