Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey.
Resumen
En un Miércoles Crecer de julio de 2022, Daniel Lira enseña Efesios 2:1–8. Antes estábamos muertos, siguiendo la corriente del mundo, la carne y el engaño, «pero Dios», rico en misericordia, nos dio vida, nos levantó y nos sentó con Cristo. Entre esa nueva identidad y nuestra realidad actual hay una brecha, y cruzarla es el proceso de santificación: como un recién contratado que debe crecer hasta el puesto que ya le dieron. Con la historia del equilibrista que ofrece llevar a un viajero en su carretilla sobre el abismo, Daniel invita a confiar en Cristo lo suficiente como para subirse, y da tres pasos prácticos: entender nuestra identidad, escuchar la voz de Dios y obedecerla, y tener esperanza de llegar a ser quienes ya somos.
Puntos clave
- Efesios 2 describe un antes (muertos, siguiendo al mundo, la carne y el engaño) y un ahora (amados, vivos, levantados y sentados con Cristo).
- «Pero Dios» cambia todo: por pura gracia nos dio una nueva identidad, como un puesto que aún tenemos que aprender a ocupar.
- Entre la identidad que Dios nos dio y nuestra realidad hay una brecha, y cruzarla es el proceso de santificación.
- No basta creer que el equilibrista puede cruzar: hay que subirse a la carretilla; Cristo no juega con tu vida.
- En la palabra, compara el carácter de Dios con el tuyo; ahí escuchas su voz y das el siguiente paso de obediencia.
- Hay esperanza de llegar a ser quien ya eres; un cristiano no es perfecto, pero Cristo lo levanta cada vez que cae.
Aprendiendo a ser papá
Miércoles Crecer tiene como objetivo que crezcamos hacia el carácter de Cristo, aprendiendo lo que dice su palabra. Para quienes no me conocen, me llamo Daniel Lira. Con mi esposa coordinamos los ministerios de jóvenes Cauce y Vértice, y ahora también dirijo el programa Intensivo; si tienes de veintidós años en adelante, acércate. Hace poco tuvimos una bebé hermosa que en cinco días cumple cuatro meses.
Es la experiencia más hermosa del mundo, y aunque ya soy papá, honestamente apenas estoy aprendiendo a serlo. De un día para otro tienes una criatura pequeña en tus brazos y no sabes ni cambiar un pañal; no es broma, practiqué con un osito de peluche. A veces no entiendo por qué llora o qué quiere, y a las tres de la mañana estamos tratando de arrullarla. Tal vez no soy el mejor papá, pero lucho cada día con todo mi corazón para ser mejor papá de mi niña, Elisa.
El mensaje de hoy es algo que me ha perseguido desde que llegué a Cristo y que nos perseguirá toda la vida: el proceso de santificación. Es una serie de «sí» que le decimos a Dios y de «no» que le decimos al gobierno del mundo, de la carne y del diablo, para crecer hacia el carácter de Cristo y hacia aquello a lo que fuimos llamados. Nuestro texto base es Efesios 2:1–8. Si no has leído Efesios, léelo al llegar a casa: para mí es el libro fundamental que todo creyente tiene que leer, seas nuevo o lleves años.
Antes… pero Dios
«Antes ustedes estaban muertos a causa de su desobediencia y sus muchos pecados. Vivían en pecado, igual que el resto de la gente». Otra versión dice: «siguiendo la corriente de este mundo». Guárdenlo, porque vamos a regresar a eso. «Obedeciendo al diablo… Todos vivíamos así, siguiendo los deseos de nuestras pasiones y la inclinación de nuestra naturaleza pecaminosa. Por nuestra propia naturaleza, éramos objeto del enojo de Dios, igual que todos los demás». Alguno dirá: «Yo era bueno; Dios me escogió porque vio mi potencial». Pero dice «todos».
«Pero Dios». Si encuentras un «pero Dios» en la palabra, detente: cambia la atmósfera, cambia corazones, hace milagros. «Pero Dios es tan rico en misericordia y nos amó tanto que, a pesar de que estábamos muertos por causa de nuestros pecados, nos dio vida cuando levantó a Cristo de los muertos. ¡Es solo por la gracia de Dios que ustedes han sido salvados! Pues nos levantó de los muertos junto con Cristo y nos sentó con él en los lugares celestiales, porque estamos unidos a Cristo Jesús».
La brecha
El mensaje se llama «La brecha». Entre el antes y el ahora algo cambió radicalmente, y eso pasa en todas las transiciones. Te gradúas y de repente tienes el título de ingeniero, arquitecto, médico o abogado, pero apenas vas a empezar a serlo. Te dan un puesto nuevo, pones tu firma en el correo, y no tienes idea de qué estás haciendo; vas con tu jefe a cada rato. De repente tienes pareja, te casas, eres papá: tu identidad cambia de golpe, pero apenas estás en el proceso de convertirte en eso.
Imagina que eres dueño de una empresa nacional y vas a contratar a un gerente de ventas. Puedes traerte al gerente de otra empresa, o puedes contratar a alguien recién graduado, cuyo título ya dice que es licenciado, y formarlo. Por alguna razón escoges al segundo: le ves potencial y sabes que es un diamante en bruto que tendrás que pulir. Estás dispuesto a verlo convertirse en el puesto que ya le diste y a acompañarlo en el proceso.
Eso hizo Dios con nosotros. Nos cambió el puesto de muertos a vivos, de excluidos a incluidos, de sin esperanza a con esperanza. Y fue por pura gracia: no nos vio potencial, nos vio con amor y misericordia. Ese antes y después es lo que llamo la brecha. Se nos presentan dos realidades, dos reinos completamente distintos con consecuencias totalmente distintas, como dos montañas separadas por un abismo; piensa en el Cerro de la Silla.
Dos identidades
Antes estábamos muertos. Lo digo con confianza porque yo también estaba ahí, y no lo digo yo, lo dice la palabra: muertos en pecados, viviendo según la corriente de este mundo, hijos de desobediencia, objeto de la ira, ajenos, excluidos y sin esperanza. Son malas noticias para quien vino a descansar en Dios. Imaginen ese lado de la brecha como una jungla donde estamos perdidos, y del otro lado un faro con una luz. Ese era nuestro reino: el del mundo, el de la carne y el del diablo.
Pero Dios, rico en misericordia, nos dio vida. ¿Cuál es tu nueva identidad? Primero, eres amado por Dios. El Dios todopoderoso que te formó en el vientre de tu madre te llama hijo amado. Estás vivo en Cristo, por pura gracia. Te levantó, te resucitó para actuar, y cada vez que caes ahí está Cristo levantándote. Te sentó en los lugares celestiales para mostrar en ti las abundantes riquezas de su gracia. Eres su obra maestra, creado para hacer las buenas obras que preparó de antemano.
A veces, como creyentes, no creemos esa identidad que Dios ya eligió para nosotros y con la que ya nos vistió, y queremos seguir viviendo en la antigua, bajo el reino de la oscuridad: obedeciendo las expectativas del mundo, nuestra propia carne y el engaño. Dice «el diablo», pero el diablo no tiene ningún reino; tiene un engaño, y queremos seguirlo.
Convertirte en lo que ya eres
Cristo cambió nuestra identidad. Pero el muchacho al que le diste el puesto de gerente nacional no puede tirarse en el sillón diciendo: «Ya tengo mi papelito». Lo van a correr. Tiene que caminar en el puesto que ya le dieron y crecer en el proceso, porque todavía estamos en la carne y en un mundo dominado por expectativas y engaños.
Este es el punto que quiero que anotes: hay una brecha entre la identidad que Dios te dio y tu realidad actual, y el proceso de cruzarla se llama santificación. Ya eres santo, pero te estás convirtiendo en santo. Ya eres elegido, pero estás creciendo como hijo de Dios. El papelito lo dice: el acta de los decretos que había contra nosotros fue clavada en la cruz, tus pecados fueron perdonados, ya fuiste comprado y eres libre. Sin embargo, hay que empezar a caminar en ello: mi identidad cambió, soy amado, y ahora es el momento de parecerme cada día más a él.
El equilibrista y la carretilla
Hace poco escuché la historia de un excursionista en uno de esos enormes parques nacionales de Estados Unidos, donde puedes escalar. Por alguna razón iba solo. Va subiendo, cansado, casi sin agua, y llega a un abismo que tiene que cruzar. «¿Me regreso? Ya no tengo agua. ¿Acampo aquí? Ya no puedo más». Y mientras piensa, ve en el suelo una cuerda tensa, como esas que se amarran entre dos árboles para caminar sobre ellas, que requieren fuerza y equilibrio; yo lo he intentado y no es fácil.
Sobre esa cuerda viene un equilibrista desde el otro lado, despacio, decidido, enfocado. Y por si fuera poco, empuja una carretilla de una sola rueda, y dentro va un hombre acostado en su almohada, dormido, tranquilo. ¿Alguna vez has estado al borde de un precipicio, o te has aventado del bungee? Pues este iba acostado. Cuando llega, el viajero le dice emocionado: «¡Increíble lo que acabas de hacer!». Y el equilibrista, con una sonrisa traviesa, le pregunta: «¿Crees que lo podría volver a hacer?». «¡Claro! Te vi; vienes tranquilo, con fuerza. Obvio que puedes». Al viajero ya se le había olvidado el cansancio y la sed. Y el equilibrista le dice: «Bueno, súbete. Yo te llevo».
¿Qué creen que hizo el viajero? Esa es la pregunta que debemos hacernos ante la brecha entre la identidad sin Cristo, muerta y sin esperanza, y la identidad en Cristo, como hijo amado y obra maestra. ¿Le crees lo suficiente como para subirte a la carretilla? No basta creer que el equilibrista puede cruzar; hay que subirse y descansar en él.
No hablo de la salvación: si no te subes, el papel sigue diciendo lo que dice; ya eres hijo amado de Dios. Hablo del proceso de santificación, en el que empezamos a convertirnos en lo que Dios ya nos hizo. ¿Le creo lo suficiente a Dios sobre mi identidad como para seguirlo? ¿Le creo que es él quien me lleva a través de los procesos y de las dificultades? ¿Le creo lo suficiente como para decirle que sí a su instrucción aun cuando no entiendo hacia dónde va?
De la manera que recibieron a Cristo
Cristo ya nos trasladó del reino de la oscuridad. Lo dice Colosenses: «Él nos rescató del reino de la oscuridad y nos trasladó al reino de su Hijo amado, quien compró nuestra libertad y perdonó nuestros pecados». Y no lo deja ahí: «Por lo tanto, de la manera que recibieron a Cristo Jesús como Señor, ahora deben seguir sus pasos. Arráiguense profundamente en él y edifiquen toda la vida sobre él. Entonces la fe de ustedes se fortalecerá en la verdad que se les enseñó, y rebosarán de gratitud».
Si creemos que él es Dios, que vino al mundo, si cantamos «venga tu reino, hágase tu voluntad», si creemos que el Espíritu Santo nos selló, entonces debemos seguir sus pasos: subirnos a la carretilla. Esa es la fe, la certeza de lo que se espera: estoy tan seguro de que el equilibrista me va a llevar al otro lado que estoy dispuesto a actuar por amor. Esa fe que obra por amor nos hace crecer hacia el carácter de Cristo, dejar la identidad que creímos durante años y conocer al que nos llamó.
El proceso funciona porque Cristo es el equilibrista; no hay otro. Tú solo, sobre esa cuerda, te vas a caer: es demasiado larga. Pero Cristo no está jugando con tu vida. Tuvo la fuerza para caminar en la tierra sin caer en tentación; tiene la fuerza y el equilibrio perfectos para cruzar, regresar y hacerlo con tres en la carretilla. No es en tus fuerzas, y no estás solo; ni siquiera eres tú quien camina en la cuerda. Vas en la carretilla, escuchando a Cristo y conociéndolo en el proceso.
¿Da miedo subirse? Quizá piensas: «¿Y si se cae?». Pero hay un peligro mucho más grande en quedarse en el reino de la oscuridad que en creerle a Cristo y caminar hacia el reino de la luz, hacia el faro que ya nos marca la dirección. Cuando decides hacerle caso a Cristo, no solo obedeces una instrucción: decides entre dos reinos y dos identidades.
El reino de la oscuridad
Seamos prácticos: ¿cómo me subo a la carretilla? Primero, entiende los dos reinos. El reino de la oscuridad está dominado por el mundo: las expectativas, el carro del año, la casa nueva, la deuda que tengo que hacer, la ropa que me tengo que poner; la presión social que lleva a los jóvenes a beber, a fumar, a las adicciones y a una sexualidad fuera del matrimonio que nunca los va a satisfacer. Es la expectativa de que un cristiano debe ser perfecto, que nos impide abrir el corazón y pedir ayuda; la prisa de tener que producir todo el tiempo. Ese reino nunca te va a llenar.
Está dominado por la carne: las pasiones y deseos que te hacen olvidar las prioridades, «porque me lo merezco». Puede ser tan sencillo como «merezco mis ocho horas de sueño» cuando tu bebé está llorando, o «tengo que ir a mi partido de golf» aunque tu esposa esté abandonada. Deseos y emociones que guían nuestras acciones y terminan en depresión, ansiedad y prisa. Y está dominado por el engaño de que nunca será suficiente. En el Edén lo teníamos todo, y no fue suficiente, porque queríamos ser como Dios. Ese reino lleva a la muerte, a la exclusión y a la desesperanza. Es más peligroso quedarte parado en una adicción que atreverte a decir: «Dios, tú me llamaste, y estoy dispuesto a arriesgarme en este proceso».
El reino de la luz
Pero Dios, rico en misericordia, nos ofrece su reino, que siempre está ahí llamándonos y es más atractivo que cualquier cosa. Es el reino del Padre, que te adoptó como hijo y te dio la herencia completa; del Hijo, que vino a morir por ti y compró tu libertad con su sangre; del Espíritu Santo, que te selló y te llenó con el poder que levantó a Cristo de los muertos. Ese reino nos atrae, nos limpia y nos purifica. Y para llegar a él solo tienes que subirte a la carretilla.
Cruzar esta brecha es un proceso. Quiero animarte a quitarte de la cabeza la idea de que un cristiano es perfecto, de que al entregar tu vida todo se arregló. Significa caminar con Cristo para parecerte cada vez más a él. Significa que te puedes caer, pero Cristo te levantó una vez y te volverá a levantar. Te puedes cansar, pero él es tu descanso: te puedes dormir en esa carretilla. Pasarás por épocas de duelo y desánimo, pero Cristo te seguirá sentando en lugares celestiales y mostrándote como su obra maestra. Sí hay libertad de las adicciones, sí hay restauración de matrimonios, sí hay una nueva vida cuando decides subirte a la carretilla.
Tres pasos prácticos
Primero, entiende tu identidad como hijo de Dios, redimido y sellado por el Espíritu Santo, llamado a una nueva naturaleza. Lee Efesios 1: ahí Pablo explica tu nueva identidad y que todo es por gracia. ¿Cómo inicio la santificación? Cree en lo que Dios dice de ti, porque él ya creyó en ti y ya se acercó a ti. Si estás aquí hoy, no es casualidad: Dios quiere hablarte y llamarte a cruzar la brecha.
Segundo, escucha a Dios, conoce su voluntad y camina en ella. Cuando entiendes que existe una brecha, de cada mensaje puedes sacar un llamado de Dios, el equivalente a subirte a la carretilla. Cuando leas la palabra, en un devocional, en una predicación o platicando con un amigo creyente, pregúntate: ¿cuál es aquí el carácter de Dios, del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo? La mayoría de las veces vas a ver a Cristo. Luego pregúntate: ¿cuál es mi carácter? ¿Qué veo aquí que se parece al mundo, a mi carne o al engaño? Anótalo y dile a Dios: «Quiero conocerte, y quiero que me examines».
En esa brecha, donde parece imposible cruzar hacia el carácter de un Dios perfecto, ahí escuchas su voz. Lees en Génesis que el hombre y la mujer fueron hechos a imagen de Dios, y te das cuenta de que últimamente no has visto a tu esposa como reflejo de Dios, como hija de Dios y coheredera del reino. Ves a Cristo honrando al Padre a punto de ir a la cruz, sudando gotas como de sangre: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya», y tú no has honrado a tu padre y a tu madre por una instrucción que no te gustó. Ves a Esteban, el primer mártir, gritar mientras lo apedrean: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado», y tú no has podido perdonar a alguien que te hirió. Ves que Dios es un Dios de orden y de descanso, y tú has llenado tu agenda hasta olvidar a tu familia y a Dios.
Empiezas a distinguir la voz de Dios de la voz del mundo y sus expectativas, y de la voz del engaño que te dice que no eres amado, que no vas a salir de esa adicción, que tu matrimonio no se puede restaurar. Y Dios te dice: «Eso es un engaño». Y te encuentras como el viajero frente al abismo: ¿voy a creerle lo suficiente como para regresar y restaurar mi matrimonio, y tratar a mi esposa como hija de Dios? ¿Voy a honrar a mis padres? ¿Voy a perdonar? Puede ser algo tan difícil como pedir perdón a un padre con quien no hablas desde hace cinco años, o tan sencillo como ordenar tu agenda para descansar y estar con tu familia y con Dios, ordenar tu cuarto o hacer un presupuesto.
Dios es práctico, y en esa práctica vas obedeciendo y descubres lo más hermoso: que el que empuja la carretilla es Jesús. No se trataba de mejorar tu vida, sino de conocer a Cristo en medio del proceso. Te vas pareciendo más a él, y eso produce el anhelo de decir: «Sigue hablándome; quiero conocerte más». Sabes que cuando tiendas tu cama porque Dios te lo pidió, ahí te va a hablar. Y Dios deja de ser un Dios de iglesia, de reuniones o incluso de devocionales, y se vuelve un Dios que te acompaña en el trabajo y en todo momento.
Tercero, hay esperanza de convertirte en quien ya eres. De un día para otro fui papá; de un día para otro fuiste abogado o arquitecto. Quizá no soy el mejor papá, ni tú el mejor arquitecto, pero Dios puso en cada uno de nosotros un corazón para luchar cada día por ser más como él. Ya eres amado, ya eres hijo de Dios, ya fuiste levantado por Cristo; eres su obra maestra, exhibida como ejemplo ante los cielos y la tierra. Hay un proceso, pero en él hay esperanza: «No sé cómo saldré de esta adicción, de esta enfermedad o de esta deuda, pero sé que Dios va conmigo, y estoy dispuesto a ir con él».
Una cosa a la vez
¿Cómo sería tu vida en un año si te comprometieras a dar un paso a la vez hacia el carácter de Cristo, una instrucción a la vez, escuchando su voz un domingo, un miércoles, un lunes en tu casa? ¿Cómo sería Monterrey si los que estamos aquí estuviéramos dispuestos a caminar esa brecha, dejando atrás el reino de la oscuridad y siguiendo el reino de Dios una cosa a la vez?
Quizá es la primera vez que le dices a Dios: «Este ya no es mi rey; quiero seguirte a ti». O quizá Dios trajo hoy a tu mente algo que te ha estado diciendo y no te has atrevido a subirte. Escúchalo decirte: «Bienvenido a tu nueva identidad; bienvenido al proceso de santificación».
Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «Noches de encuentro | 13 de Julio 2022», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.
