Monterrey, N.L.Maestro de la Biblia · MDiv en curso, Talbot

Predicaciones · Noches de Encuentro

El gallo siempre canta

La esperanza del cielo nuevo y la tierra nueva, y la naturaleza del creyente en medio de los escombros

Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey.

Resumen

En septiembre de 2020, en plena pandemia, Daniel Lira contrasta a Isaías y a Jeremías: los falsos profetas citaban lo que Dios había hecho antes, pero por mirar lo inmediato perdieron lo eterno. Daniel y sus amigos atravesaron el horno y el foso porque esperaban lo que Dios haría después. Apocalipsis 21 y 22 describen esa esperanza: Dios habitando con su pueblo, enjugando toda lágrima, el río de agua de vida y el árbol cuyas hojas sanan a las naciones. Como el gallo que canta entre los escombros de un rancho destruido, la naturaleza del creyente es cantar esa esperanza: estar firmes, no dejar de congregarnos y abrir nuestras casas.

Puntos clave

  • Los falsos profetas de Jeremías citaban la palabra de Dios, pero por mirar lo inmediato perdieron lo eterno.
  • Daniel y sus amigos soportaron el horno y el foso porque sabían que Dios tenía algo mejor en el futuro y estaba con ellos en el presente.
  • Nuestra esperanza segura no es la vacuna ni la economía, sino el cielo nuevo y la tierra nueva donde Dios habitará con nosotros.
  • Como el gallo que canta entre los escombros, la naturaleza del creyente es cantar que Cristo vino y que viene.
  • Ante esa esperanza respondemos firmes, sin dejar de congregarnos y abriendo nuestras casas, como Jesús en casa de Zaqueo.
  • La Biblia termina con un clamor: «El Espíritu y la Esposa dicen: Ven».

Dos profetas

Buenas noches, iglesia. Es un honor estar aquí y ver cómo se llena una vez más. Si tienes de veinticuatro años en adelante y aún eres soltero, únete a Vértice. Voy a entrar directo al mensaje, y quiero empezar con la historia de dos profetas: Isaías y Jeremías.

En tiempos de Isaías, el rey de Asiria tenía sus tiendas fuera de las murallas de Jerusalén y le mandó una carta al rey: «Aquí estoy, voy por ti; no hay nada que puedas hacer». El pueblo, conociendo a su Dios, clama, y el rey busca al profeta. E Isaías profetiza algo que parece ilógico: «El rey de Asiria oirá un rumor y volverá a su tierra, y nunca serán conquistados por los asirios». ¿Y qué pasa? El rey escucha una noticia, regresa con todo su ejército, y estando en su tierra lo asesinan. Israel es librado de una manera milagrosa.

Años después vienen los babilonios. Esa misma generación había contado a sus hijos cómo Dios los salvó en tiempos de Isaías, y el pueblo estaba confiado: «Dios nos va a salvar otra vez». Pero el profeta Jeremías, a quien llaman el profeta llorón porque lloraba delante de Dios preguntándole por qué venía la conquista, recibía una respuesta que ahora parecía ilógica: sí serían conquistados y vivirían setenta años en cautiverio. Imagínate decirle eso a un pueblo que ya había sido salvado una vez.

Isaías habló la palabra de Dios, Jeremías habló la palabra de Dios, y los falsos profetas de la época de Jeremías también citaban la palabra de Dios para decir: «Vamos a ser salvados». Pero Dios estaba diciendo otra cosa en ese momento: serían conquistados, y después de setenta años regresarían a la tierra. Aunque citaban la palabra, no era la palabra de Dios para ese momento. Por mirar lo que Dios ya había hecho, se perdieron lo que Dios estaba diciendo y haciendo. Tenían la visión puesta en lo inmediato y habían perdido la visión de lo eterno, de que Dios tiene un plan más grande que solo librarte de Babilonia.

Daniel en el cautiverio

De eso quiero hablar hoy: de la esperanza en el Eterno y en lo eterno, y de cómo esa esperanza nos da alegría hoy y nos fortalece para levantarnos cada día. En esos setenta años de cautiverio hay alguien llamado Daniel. La palabra de Dios se cumple, Israel es conquistado y Daniel es llevado como esclavo a Babilonia, junto con tres amigos muy famosos de los que siempre cantamos. Ellos sí habían escuchado a Jeremías, que no solo dijo que serían conquistados, sino que en setenta años regresarían. Tenían la mirada puesta en el futuro, pero sabían que Dios estaba con ellos en el presente.

A los tres amigos los echan a un horno de fuego, y antes de entrar dicen: «Nuestro Dios puede librarnos; y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses». Siempre cantamos que había uno más entre las llamas. Pudieron atravesar el horno porque sabían que venía una salvación futura y que Dios estaba con ellos. A Daniel le pasa lo mismo: lo echan al foso de los leones, prácticamente una tumba, sellan la entrada con una piedra, y al día siguiente, cuando la quitan, sale vivo, experimentando la mano de Dios en el presente. ¿Por qué? Porque sabía que Dios tenía cosas mejores para él en el futuro.

Una esperanza segura

Ese es el mensaje que quiero comunicar. En esta temporada de pandemia y enfermedad sabemos que va a venir una vacuna y que la economía se va a reactivar. Dios está contigo, no solo en el futuro sino en el presente, y si estás pasando por algo, él lo sabe. Sin embargo, nuestra esperanza segura no es solo una vacuna ni una reactivación económica. Nuestra esperanza segura es que él va a regresar, va a restaurarlo todo y hará un cielo nuevo y una tierra nueva donde no habrá más lágrimas, ni dolor, ni enfermedad.

Vivimos en un mundo caído, donde hay enfermedad, donde la economía no siempre se da, donde todavía hay dolor y lágrimas y tenemos que ganar el pan con el sudor de nuestra frente. Buscamos lo mejor que este mundo puede ofrecer, mejorar económicamente, proveer para nuestra familia, tener salud, y eso es increíble. Pero hoy quiero que levantemos la mirada no solo a lo que este mundo ofrece, sino a la esperanza del mundo venidero. Para eso quiero leer Apocalipsis. Sé que a veces nos da miedo porque pensamos en catástrofes, pero es un libro de esperanza: cuenta el final de la historia. Déjenme arruinarles el final, o más bien darles la gloriosa alegría del final: Cristo venció, regresa por su iglesia, restaura, sana y vive aquí.

Como una novia ataviada

«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más». Este mundo caído, donde hay enfermedad, desapareció. Y miren cómo lo describe: «Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido».

Vi casarse a mis dos hermanos. Nunca los veo llorar, pero en ese momento los dos lloraron al ver a la novia hermosamente vestida acercarse al altar. Así se describe el cielo nuevo y la tierra nueva. Y en medio de esa escena se oye una gran voz desde el trono: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios».

Esta es la esperanza, más allá de que no haya enfermedad ni maldición: que él va a estar ahí. ¿Y qué va a hacer? «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos». Eso que has estado llorando y clamando, un día él regresará, te dirá «hijo, aquí estoy» y secará tus lágrimas con su mano, y vas a entender cuánto te ama. «Y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas».

Nuestra alegría y la razón por la que estamos firmes hoy es el cielo nuevo y la tierra nueva, y aquel que los hace: el que da de beber gratuitamente de la fuente del agua de vida al que tiene sed, el Alfa y la Omega, el principio y el fin. El que vino y murió por ti para salvarte, perdonarte y limpiarte de tus pecados, es el que regresará para restaurarte, redimir a tu familia y convertir este mundo caído en algo glorioso, diseñado desde antes de la fundación del mundo. En medio de cualquier circunstancia, la iglesia puede hablar de esta esperanza y levantar la mirada sabiendo que él está ahí, que es fiel y que es bueno.

El río y el árbol de la vida

Quiero seguir leyendo para que te sigas enamorando. Quiero que te enamores tanto de este mundo nuevo que cada vez que veas algo difícil aquí digas: «Dios, ven, porque sé que lo vas a restaurar». Y que, como dice Pablo, echemos mano de la vida eterna ya en esta tierra: que veamos sanidad, provisión y cómo seguimos amándonos unos a otros, sabiendo que al final todo será perfeccionado.

«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero». Si alguna vez fuiste a Cancún y viste el agua cristalina donde se ve hasta el fondo, o buceaste en los arrecifes, imagina eso un millón de veces más glorioso. Y no es solo un río: fluye del trono de Dios. Si estás perdido, sigues el río y llegas al trono.

«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones». No hay falta de fruto ni de comida. Imagínate: te frotas una hojita o te la tomas en un té y quedas sano. No me lo estoy imaginando; lo dice la Biblia. Pero lo más importante: «Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán». Todos adorándolo al unísono, sabiendo que él está ahí, que nos ama y nos cuida. Esa es la esperanza de estar con él eternamente.

El gallo entre los escombros

Sé que vivimos tiempos difíciles, y quizá piensas: «Está bien, pero ¿y ahora?». Les cuento otra historia. Un hombre con un rancho invita a su compadre a pasar el fin de semana: van a pescar, hacen una carne asada, que no puede faltar. Pero se les olvidó revisar el clima, y venía un huracán directo hacia ese lugar. El dueño, que era millonario y tenía vacas, gallinas, cerditos y de todo, le dice: «No te preocupes, compadre, tengo un búnker». Se meten y pasan toda la noche escuchando la tormenta. Casi al amanecer todo se calma, y salen a ver cómo quedó el rancho.

Todo estaba destruido: las vacas por todos lados, los cerditos por allá, el gallinero deshecho. El compadre estaba muy triste, y el otro no sabía cómo consolarlo. Y de pronto, entre los escombros, algo se mueve y sale una cabecita: un gallo empapado, flaquito, que no sabe ni qué le pasó. Se sube a los escombros, en medio de la destrucción, sin gallinero, y empieza a cantar. El compadre pregunta: «¿Por qué canta el gallo?». Y el otro responde: «Compadre, es la naturaleza del gallo cantar».

Estamos viviendo algo parecido: parece que hay escombros y destrucción que no terminan. Y en medio de una pandemia, de falta de empleo y de negocios, la naturaleza del creyente es cantar. Nuestra naturaleza es ser la luz y la sal del mundo, clamar: «Cristo vino y Cristo vendrá», y sorprender al compadre que no sabe qué hacer. El gallo sabía que el sol iba a salir, y en anticipación no podía dejar de cantar. No cantaba porque fueran a reconstruir el gallinero; sí lo iban a reconstruir, el compadre podía hacerlo. Cantaba porque sabía que saldría el sol. Nosotros sabemos que Cristo va a regresar.

Dice Romanos 8:19 que no solo nosotros esperamos: «el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios». Toda la creación, incluso el gallo que cantó, está esperando que Dios revele quiénes son sus hijos, que cantemos y digamos: «Aquí estamos». Cantemos en medio de la desesperanza; hablemos vida y esperanza, inmediata y futura. Si la naturaleza del gallo es cantar, la de la iglesia es ser luz y sal y cantar que Cristo vino y que viene de regreso.

Primera respuesta: firmes en la esperanza

¿Cómo respondemos? Están muy bien los versículos del árbol y del gallo que canta, pero ¿ahora qué? Quiero dar tres maneras en que debemos responder como creyentes.

La primera está en Hebreos 10:34. El autor les recuerda a los creyentes que, en sus primeros días, sufrieron con los que estaban presos «y el despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo, sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y perdurable herencia en los cielos». No porque fuera agradable que les quitaran sus cosas, sino porque sabían que les esperaban cosas mejores que durarán para siempre. La primera respuesta es pararnos como el gallo en los escombros, firmes en una esperanza segura: que fuimos salvados y perdonados por Cristo, que él regresará y que pertenecemos a su reino. Esa entrada ya fue pagada con la sangre de Cristo, y tenemos el Espíritu Santo como sello y garantía.

Segunda respuesta: no dejemos de congregarnos

La segunda también está en Hebreos 10: «Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió». Si el gallo está firme, el compadre se asombra y pregunta por qué. Y esto es algo que hacemos juntos: «Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca».

Entiendo que puede ser difícil, pero la iglesia está abierta: esta es tu casa y eres bienvenido. Tenemos los domingos, los miércoles e incluso reuniones por Zoom si lo prefieres. Que la pandemia no sea la excusa perfecta para no levantar el teléfono y llamarle a alguien. Congregarnos, alabar juntos y animarnos también es cantar: cuando la gente ve una iglesia con esperanza en medio de la pandemia, se pregunta por qué. Si la estás pasando mal, necesitas a alguien que te sostenga. Somos un cuerpo, unidos por él y en él. Llámale a quien ya no ha venido; si ya intentaste diez veces, ante esta esperanza vuélvelo a hacer.

Tercera respuesta: abran sus casas

La tercera es la que más me gusta. Si somos la luz del mundo, nadie enciende una lámpara para ponerla debajo del escritorio, sino para que todos la vean. Está en 1 Pedro 4:7–11: «Mas el fin de todas las cosas se acerca». Si solo leyera eso, pensaríamos en un final apocalíptico y en que todo va a empeorar. Pero acabamos de leer Apocalipsis: el fin habla de la esperanza segura de su regreso, no de miedo. Anhelamos que venga su reino, con el río cristalino y el árbol de la vida.

«Sed, pues, sobrios, y velad en oración. Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados. Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones». Creo que es una palabra para este momento. No hablo de hacer fiestas enormes ni de ser imprudentes, sino de abrir tu casa a quien lo necesita: quizá alguien de esta congregación no tiene un plato de comida, quizá tu vecino, quizá un amigo con el que hace mucho no hablas. Llámale, invítalo a cenar, platica con él y dale la buena noticia de que Cristo vino y de que viene.

A Jesús le encantaba autoinvitarse a cenar: «Hoy voy a cenar ahí», estuvieras listo o no. Y lo último que hace antes de ir a la cruz es una cena, compartiendo el pan y el vino con los que más amaba. Pasó con Zaqueo. Jesús iba hacia Jericó, donde vivía Zaqueo, un cobrador de impuestos chaparrito al que todos odiaban; probablemente tenía problemas de autoestima y de identidad. Escuchó que Jesús pasaba, se subió a un árbol para verlo, y Jesús lo miró y le dijo: «Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa». Todo el mundo vio al chaparrito arriba del árbol, pero ese día Zaqueo cenó con Jesús, entregó su vida, se arrepintió e hizo el bien a todos a los que había hecho mal.

Sin esperanza

Imagina tu propia situación. Quizá eres un estudiante harto de las clases por Zoom; quizá perdiste tu trabajo o tu negocio; quizá estás con tus hijos en casa todo el día y ya no sabes qué hacer. Ahora imagina esa misma situación, o una peor, sin la esperanza de la que acabamos de hablar: sin saber que Cristo vino y que viene, sin saber hacia dónde va todo esto ni cuándo terminará, sin saber que Cristo está contigo. Esa es la situación de nuestra ciudad, de nuestro país y del mundo. Y lo que necesitan es que mostremos nuestra naturaleza: como el gallo entre los escombros, en medio de la pandemia y de la crisis, venga lo que venga, cantar la esperanza de que Cristo vino, de que regresará a restaurarlo todo y de que nos esperan cosas mejores que durarán para siempre.

No escondas tu luz, iglesia. Somos la sal y la luz del mundo. Llévala a la gente que está mirando los escombros. Seamos el gallo que canta. El gallo nunca deja de cantar porque siempre sale el sol.

«Ven, Señor Jesús»

Quiero cerrar con lo último que dice la Biblia, para que vean la importancia de esta esperanza. Toda la revelación, que tardó siglos en escribirse, culmina así: «Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente». El Espíritu Santo y la iglesia dicen: «Ven». Y no solo ellos: también todos los que escuchan cantar a la iglesia pueden saber que él viene y decir: «Ven».

Y Jesús, el testigo fiel de todo esto, responde: «Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros». Esto se acabará pronto, pero vendrá algo glorioso, nuestra esperanza segura, porque Dios es fiel y cumple sus promesas. Viviremos con él, él hará de nosotros su pueblo y morará entre nosotros. Si has tenido momentos a solas con Dios, imagina lo que será tenerlo cara a cara todos los días. Antes de ser creyente escuchaba una canción que decía: «Yo solo quiero verte cara a cara». Eso se va a cumplir. Ven, Señor Jesús.

Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «Noches de Encuentro // "El Gallo siempre canta" - Daniel Lira», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.

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