Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.
Resumen
Desde Génesis 12, todo el libro trata de la semilla de la mujer. Dios llama a Abraham de entre las naciones dispersas en Babel para hacer de él una nación por medio de la cual serán benditas todas las familias de la tierra. Abraham cree y le es contado por justicia. En el pacto entre las partes, mientras Abraham duerme, solo Dios pasa entre los animales partidos: Él mismo pagará si el pacto se rompe. El pacto se confirma como eterno, con la circuncisión como señal, y en el monte Moriah Dios provee un carnero en lugar de Isaac. Solo Dios pagará por el pecado del hombre, y lo hará por sustitución.
Puntos clave
- De Génesis 12 al final, el libro trata de la semilla de la mujer y del plan de Dios para restaurarlo todo.
- Dios escoge a Abraham para revertir Babel: en él serán benditas todas las familias de la tierra (Gén. 12:3).
- Abram creyó y le fue contado por justicia (Gén. 15:6), como Adán y Noé antes que él.
- En el pacto entre las partes, solo Dios pasa entre los animales: Él mismo pagará el precio si el pacto se rompe.
- En Moriah, Dios provee un carnero en lugar de Isaac: solo Dios pagará por el pecado, y lo hará por sustitución.
Las generaciones de las dos semillas
Recapitulemos. Dios crea los cielos y la tierra, todo es bueno, y pone al hombre para disfrutar de su creación y de Él, para conocerlo y amarlo. Le da decisiones, representadas en dos árboles: usar su voluntad para ir con Dios o alejarse de Él. Lo vimos con Adán, y la buena noticia es que Adán y Eva regresan a los caminos del Señor. Luego Caín se aleja. Y la misma enemistad entre dos semillas se repite una y otra vez.
Esto lo vas a notar cada vez que Génesis dice “estas son las generaciones de…”. Está llevando un registro de las genealogías de las dos semillas. A la que le dedica más tiempo es siempre a la de los hijos de la mujer, los hijos de Dios; a la de la serpiente, menos.
Después de Babel, Génesis empieza a contar cómo fueron dispersadas las naciones, pero se detiene: “Estas son las generaciones de Sem”. Y llega a las generaciones de Taré, el papá de Abraham. El hilo conductor sigue siendo el mismo: dos genealogías, una enemistad y la decisión de acercarnos o alejarnos de Dios. Muchas veces creemos que alejarnos de Dios es vivir en independencia, bajo mis propios términos. Pero desde el principio la elección era obedecer a Dios u obedecer a la serpiente.
Génesis 1 al 3 nos da el plan: prácticamente todo lo que necesitamos saber y cómo se va a solucionar. De Génesis 4 al 11 vimos la corrupción, y por qué las cosas están como están hoy. De Génesis 12 hasta el final del libro, todo trata de la semilla, de la descendencia de la mujer: del plan de Dios para restaurar todas las cosas, cómo lo hará y por medio de qué. Se trata de Dios mostrándole al mundo, y a cada persona que lea su palabra, que Él es fiel y que su voluntad se llevará a cabo pase lo que pase.
El llamado de Abraham
No es un nuevo plan. Dios nos revela su plan de restauración a través de un hombre llamado Abraham. Y, como con Caín y Abel, no lo escogió porque fuera perfecto ni porque su familia fuera la favorita. Lo escogió para redimirnos a todos; por algún lugar tenía que empezar. De aquí en adelante, la enemistad se centra en la elección de Dios a través de Abraham: la “mujer” se convierte en la nación de Abraham, Isaac y Jacob, y su descendencia en Aquel que vendría. Y la enemistad de la serpiente se vuelca contra Abraham, su familia y todos los que creen en su promesa.
Con Abraham tienes que tener tres capítulos en mente: Génesis 12, cuando Dios lo llama; Génesis 15, cuando hace el pacto; y Génesis 17, cuando reafirma ese pacto.
«Y el Señor dijo a Abram: “Vete de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que Yo te mostraré. Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré. En ti serán benditas todas las familias de la tierra”» (Gén. 12:1-3).
¿Para qué lo escoge? Para que en él sean benditas todas las familias de la tierra. Dios toma a una persona de entre las naciones que se dispersaron en Babel, que fueron setenta, y le dice: “A ti te voy a escoger para hacer mi propia nación, y esta nación traerá a las demás naciones de regreso a casa”. Es decir: voy a revertir Babel.
“Mira al cielo y cuenta las estrellas”
Abraham hace caso y, creyéndole a Dios, prospera. Pero pasa el tiempo y no tiene un hijo, y empieza a dudar: “Me prometiste una gran nación, y no tengo ni siquiera un hijo”. En el capítulo 15 Dios le responde: «No temas, Abram, Yo soy un escudo para ti; tu recompensa será muy grande». Y Abram dice: «Oh Señor Dios, ¿qué me darás, puesto que yo estoy sin hijos?» (Gén. 15:1-2). ¿Será uno de sus siervos su heredero?
«Tu heredero no será este, sino uno que saldrá de tus entrañas, él será tu heredero» (Gén. 15:4). Para entonces, la idea de la descendencia, de la semilla, ya había pasado de generación en generación. Abraham entendía que cuando Dios le prometía un hijo, le estaba prometiendo la semilla. «El Señor lo llevó fuera, y le dijo: “Ahora mira al cielo y cuenta las estrellas, si te es posible contarlas”. Y añadió: “Así será tu descendencia”. Y Abram creyó en el Señor, y Él se lo reconoció por justicia» (Gén. 15:5-6).
Abraham fue justo por la fe. Igual que Adán cuando creyó y le puso nombre a Eva; igual que Noé cuando construyó el arca. Pusieron su fe en las promesas del Señor: una fe en la semilla que vendría de las entrañas de Abraham.
El pacto entre las partes
Aunque creyó, se le ocurrió preguntar: «Oh Señor Dios, ¿cómo puedo saber que la poseeré?» (Gén. 15:8). Yo creo que después de lo que pasó, Abraham pensó: “¿Por qué pregunté?”. En esa época existía lo que se conoce como el pacto entre las partes. Generalmente había un sacrificio de animales, que se partían por la mitad, y era como cuando hoy nos damos la mano. Pero en esencia decía: “Si alguno de nosotros rompe el pacto, que le pase lo que les pasó a estos animales”.
«El Señor le respondió: “Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón”. Abram le trajo todos estos, los partió por la mitad, y puso cada mitad enfrente de la otra; pero no partió las aves. Y las aves de rapiña descendían sobre los animales sacrificados, pero Abram las ahuyentaba» (Gén. 15:9-11).
Imagínate la escena. Acabas de hablar con Dios, te da una promesa, preguntas “¿cómo puedo estar seguro?”, y de repente te encuentras partiendo una novilla por la mitad. No sé si alguna vez lo has hecho, y mucho menos solo. Imagina la sangre, el olor a hierro y a putrefacción, cada golpe, el crujir de los huesos. Arrastrar cada mitad a su lado, lleno de sangre, y voltear y ver que todavía faltan la cabra y el carnero. Pasó tanto tiempo que las aves de rapiña ya olían a los animales, y Abraham las ahuyentaba con una mano mientras partía con la otra.
En ese momento olió la sangre, vio la muerte, y lo único que podía pasar por su cabeza era: “¿Qué estoy haciendo? Estoy por hacer un pacto con el Dios Todopoderoso, y Él no rompe sus promesas. El único capaz de romper este pacto soy yo”. Cada golpe era una sentencia de muerte. Todo eso quedó tatuado, sellado, en el corazón y en la mente de Abraham.
«A la puesta del sol un profundo sueño cayó sobre Abram. El terror de una gran oscuridad cayó sobre él» (Gén. 15:12). Ese terror pudo haber sido por lo que acababa de vivir, o por saberse el único capaz de romper el pacto. Pero Dios lo lleva a un sueño profundo, le habla de lo que pasará con su descendencia y de que eventualmente serán libres. «Y sucedió que cuando el sol ya se había puesto, hubo densas tinieblas, y apareció un horno humeante y una antorcha de fuego que pasó por entre las mitades de los animales» (Gén. 15:17).
Abraham estaba dormido. El único que cruzó entre los animales fue Dios mismo. Es como si Dios se hubiera dado la mano a sí mismo y hubiera dicho: “Si alguien rompe este pacto, el único que pagará el precio seré Yo”. Este es el juramento de Dios a Abraham: “Aun cuando tú no lo cumplas, mi promesa se sostiene, y yo pagaré, incluso con sangre”. Abraham vio, de alguna manera, la cruz del Señor: olió la sangre, el costo de su pecado, y jamás se le borró de la mente ni del corazón. «En aquel día el Señor hizo un pacto con Abram, diciendo: “A tu descendencia he dado esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates”» (Gén. 15:18).
Un pacto eterno y una señal
La historia continúa. Tienen un hijo, Ismael; se equivocan. Pero en el capítulo 17, cuando Abraham no sabe qué está pasando, Dios se le vuelve a aparecer y confirma su pacto: «Estableceré Mi pacto contigo y con tu descendencia después de ti, por todas sus generaciones, por pacto eterno, de ser Dios tuyo y de toda tu descendencia después de ti. Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra de tus peregrinaciones, toda la tierra de Canaán como posesión perpetua. Y Yo seré su Dios» (Gén. 17:7-8).
Un pacto eterno, no temporal: “Yo seré tu Dios, tú serás mi pueblo y habitarás en esta tierra”. Como todos los pactos, incluye un sacrificio, que vimos en el pacto entre las partes, y una señal: «Serán circuncidados en la carne de su prepucio, y esto será la señal de Mi pacto con ustedes» (Gén. 17:11). La circuncisión recapitulaba lo que vivió Abraham: había sangre, había algo que era removido, había una señal y una promesa. Y representaba también ser apartado de la maldad de la tierra; por eso más adelante Deuteronomio habla de la circuncisión del corazón: «el Señor tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas» (Deut. 30:6).
Moriah: Dios proveerá
Imagina esto: Dios firma su promesa tres veces y por fin tienes al hijo de la promesa, Isaac. Isaac crece, instruido como el hijo de la promesa. Y en el capítulo 22, Dios se le aparece otra vez a Abraham: «Toma ahora a tu hijo, tu único, a quien amas, a Isaac, y ve a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que Yo te diré» (Gén. 22:2).
Yo sé que existe Ismael. “Tu único” no quiere decir que no tuviera más hijos, sino que este es el hijo de la promesa, el heredero. Si yo fuera Abraham, diría: “¿Cómo? Me acabas de prometer un hijo, lo esperé como treinta años, ya tengo ciento y tantos años, ¿y me lo pides? Dijiste que de él vendrían naciones, y todavía no se casa”. Pero Abraham sabía mejor. Tenía tatuado en el corazón que Dios es fiel a sus promesas, y su promesa era a través de este hijo. Así que lo lleva al monte, sabiendo que Dios proveerá un sustituto o resucitará a su hijo.
Pero este mensaje no era para Abraham, sino para Isaac. Abraham ya había tenido su encuentro con Dios, imposible de olvidar. Isaac solo conocía a Dios a través de su padre y de sus historias. Isaac no es un niño; es un hombre capaz de defenderse o de salir corriendo. Pero camina con su papá. Los siervos se quedan atrás y suben solos. «Isaac habló a su padre Abraham: “Padre mío”. Y él respondió: “Aquí estoy, hijo mío”. “Aquí están el fuego y la leña”, dijo Isaac, “pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?”. Y Abraham respondió: “Dios proveerá para Sí el cordero para el holocausto, hijo mío”» (Gén. 22:7-8).
Isaac entiende lo que está por suceder y decide creerle a su papá. La fe de Abraham le fue transmitida a Isaac por su manera de vivir. Yo creo que él mismo ayudó a construir el altar. Se acuesta, se deja amarrar, y Abraham lo amarra. Abraham alza la mano, y desde el cielo: «“¡Abraham, Abraham!”. Y él respondió: “Aquí estoy”. Y el ángel dijo: “No extiendas tu mano contra el muchacho, ni le hagas nada. Porque ahora sé que temes a Dios, ya que no me has rehusado tu hijo, tu único”. Entonces Abraham alzó los ojos y miró, y vio un carnero detrás de él trabado por los cuernos en un matorral. Abraham fue, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Y Abraham llamó aquel lugar con el nombre de El Señor Proveerá, como se dice hasta hoy: “En el monte del Señor se proveerá”» (Gén. 22:11-14). Y Dios confirma su pacto: «En tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra, porque tú has obedecido Mi voz» (Gén. 22:18).
Abraham había vivido una sentencia de muerte que fue sustituida por una antorcha y un horno humeante que pasaron entre los animales. Ahora la sentencia estaba sobre Isaac, y legalmente era su destino, porque había pecado, y toda persona que ha pecado merece la muerte. Pero esa muerte fue sustituida por un carnero en el monte Moriah. Más adelante, ese es el monte donde Salomón construye el templo (2 Crón. 3:1), donde se ofrecen los sacrificios.
El mensaje ahora era para Isaac, y la promesa fue confirmada en él: solo Dios pagará por el pecado del hombre, por el incumplimiento del pacto, y lo hará a través de una sustitución. En la siguiente sesión veremos cómo Jacob tiene su propio encuentro con Dios.
Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.