Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.
Resumen
Génesis 4 al 11 muestra cómo la corrupción avanza: con Adán se rompe la relación con Dios; con Caín, la relación entre hermanos; con la generación del diluvio, la tierra; y en Babel, las naciones. En cada caída hay una decisión entre dos caminos, y en cada una Dios deja una promesa: Set en lugar de Abel, Noé que andaba con Dios, un pacto con la tierra sellado con el arco en las nubes, y, después de Babel, el anuncio de una persona por medio de la cual Dios volverá a reunir a las naciones.
Puntos clave
- Génesis 1 al 3 contiene el plan; Génesis 4 al 11 describe la corrupción progresiva de la humanidad.
- Caín y Abel enfrentan la misma decisión: hacer la voluntad de Dios o la propia; Caín escoge autogobernarse.
- Dios es fiel a su promesa y da a Set en lugar de Abel; Noé halla gracia porque siempre andaba con Dios.
- Los pactos de Dios tienen una promesa, un sacrificio y una señal; con Noé, el arco en las nubes es señal de su pacto con la tierra.
- Babel es la caída de las naciones; la promesa que sigue es una persona por medio de la cual Dios las reunirá.
Lo que vimos hasta ahora
En la primera sesión vimos que Dios creó todas las cosas, que todo era bueno, y que nos creó para nuestro deleite y para que pudiéramos alabarlo. En palabras más simples, que me gustan más: nos creó para conocerlo y amarlo. Eso es lo que Él más desea, y a la vez lo que más deleite le provoca al ser humano.
Pero esto tiene que darse bajo la voluntad que Él nos otorgó, representada en dos árboles. Todo camino independiente de Dios eventualmente lleva a la muerte, y todo camino arraigado en Dios lleva a la vida. Y aun cuando el hombre comió del árbol y tendría que haber muerto, Dios sustituyó esa muerte inmediata sacrificando un animal para vestir a Adán y a Eva.
¿Por qué? Porque vio la fe de Adán. «La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb. 11:1). Adán caminaba literalmente con Dios: vio su fidelidad, vio que se acercaba, escuchó su promesa y puso su esperanza en ella.
Muchas veces, en teología, nos centramos en el término pecado original. Quiero que por un momento quites tu mirada de ahí, porque a veces lo usamos como excusa para echarle toda la culpa a Adán y a Eva. La realidad es que el mundo se corrompe y el patrón se repite una y otra vez. En Génesis 1 al 3 prácticamente tienes todo: el origen de todas las cosas, el diseño original, por qué existimos, la caída del hombre y el camino de regreso a casa. Génesis 4 al 11, lo que veremos hoy, describe la corrupción progresiva, cada vez peor, de la humanidad.
Caín y Abel: dos ofrendas, una decisión
Ante los dos nuevos árboles, la semilla de la mujer o la semilla de la serpiente, el patrón se repite. La semilla de la serpiente es el engaño, la mentira, la “sabiduría” independiente de Dios, buscar la vanagloria y no la gloria de Dios, buscar que me aplaudan a mí. Tú fuiste creado para irradiar a Dios: cuando alguien se deleita en tu servicio, se deleita en la creación de Dios. Pero cuando perdemos el piso, empezamos a buscar los aplausos. Y no hay nada que te satisfaga más que ser conocido y amado por Dios y deleitarte en Él.
Quiero definir pecado de una manera bien simple: alejarse de Dios, salirse de su gobierno para autogobernarse. Adán y Eva acaban de pecar, Dios les promete un hijo, un varón que aplastará a la serpiente, y tienen dos hijos: Caín y Abel. Me imagino a Adán y a Eva llenos de esperanza, contándoles todo sobre Dios: “Dios es bueno. Pasó esto con los árboles y tomamos la decisión contraria, pero uno de ustedes va a aplastar a la serpiente”.
Llegan a cierta edad y van a ofrecerle una ofrenda a Dios. Lo veremos más a fondo en la clase de Levítico, pero una ofrenda es, en este sentido, un acto de lealtad: “Estoy contigo y voy a seguir tu voluntad”. Abel trajo «de los primogénitos de sus ovejas y de la grasa de los mismos. El Señor miró con agrado a Abel y su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y su ofrenda» (Gén. 4:4-5).
No quiero centrarme en el contenido de la ofrenda. Si te traigo un regalo y no te gusta, por naturaleza me entristezco. Pero el regalo no es para mí; es para quien lo recibe. Si no le gustó, puedo cambiarlo por algo que sí le guste. El corazón de Abel fue darle a Dios lo primero y lo mejor; el de Caín, más bien, “vamos a llevarle algo”.
La decisión no estaba en qué ofrenda llevar, sino en qué hacer cuando Dios dice qué le agrada. Era tan simple como: “Muy bien, al Señor le agradan los primogénitos de las ovejas. Hermano, te cambio unas verduras por un cabrito, porque yo no tengo, y los dos le llevamos algo que le agrade”. Hago tu voluntad y no la mía.
Caín no toma esa decisión. Pero Dios sale a su encuentro: «¿Por qué estás enojado, y por qué se ha demudado tu semblante? Si haces bien, ¿no serás aceptado? Pero si no haces bien, el pecado yace a la puerta y te codicia, pero tú debes dominarlo» (Gén. 4:6-7). Otra vez dos árboles: haz lo que te pedí y serás aceptado.
Caín decide vivir bajo su propia sabiduría. «Caín dijo a su hermano Abel: “Vayamos al campo”. Y aconteció que cuando estaban en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató» (Gén. 4:8). Aquí nos damos cuenta de que las dos simientes no son solo algo biológico. La descendencia de la mujer sí es literal, desde Adán y Eva hasta la semilla que vendrá; pero no se trata simplemente de nacer en ese linaje, sino de la decisión que se toma. Caín escoge autogobernarse y se convierte en un hijo de la serpiente.
Set: Dios es fiel a su promesa
Adán y Eva se quedan otra vez sin su promesa. Pero aunque Caín no regresó, Dios es fiel y provee un sustituto: «Adán se unió otra vez a su mujer; y ella dio a luz un hijo y le puso por nombre Set, porque, dijo ella: “Dios me ha dado otro hijo en lugar de Abel, pues Caín lo mató”» (Gén. 4:25).
Es el mismo patrón, y me enfoco en él para que te ayude a descubrir la palabra y a ver la naturaleza humana. Hay una decisión; Caín toma la mala y es expulsado; Dios provee gracia y un nuevo camino: Set, que representa otra vez la genealogía de la mujer, los hijos de Dios.
¿Qué se rompió en cada caída? Con Adán y Eva se rompió la intimidad perfecta con Dios: son expulsados del jardín y empieza el dolor. Con Caín y Abel se rompe la relación entre hermanos, entre iguales: la corrupción alcanzó a las familias.
Por eso las genealogías son importantes. Génesis 4 y 5 contrastan la descendencia de Caín con la de Adán por medio de Set. Te ayudan a hilar la temática principal de las dos simientes. Pero mientras más crece la maldad de los hombres, más se alejan de Dios, hasta que llega un momento en el que solamente quedan dos personas que son buenas, o que agradan a Dios: Noé y su papá, Lamec.
Noé andaba con Dios
«El Señor vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal» (Gén. 6:5). La humanidad solo pensaba en lo malo. Pasaron muchos años, alrededor de mil seiscientos desde la creación hasta este momento, y el Señor fue paciente viendo cómo el corazón del hombre se hacía cada vez más perverso. Esa semilla, en lugar de crecer, se quedaba con cada vez menos personas.
«Pero Noé halló gracia ante los ojos del Señor» (Gén. 6:8). ¿Por qué? «Noé era un hombre justo, perfecto entre sus contemporáneos. Noé siempre andaba con Dios» (Gén. 6:9). ¿Cuál es el diseño original del hombre? Estar con Dios. Fuimos creados para conocerlo y amarlo. Noé era justo no porque no se equivocara, sino porque siempre estaba con Dios.
«Pero la tierra se había corrompido delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia. Dios miró a la tierra, y vio que estaba corrompida, porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra» (Gén. 6:11-12). La corrupción empieza con Adán, se repite con Caín y ahora se repite en todas las generaciones. No se trata de un pecado original que se introduce. No, no. Se trata de que cada persona tenía la misma decisión, y todos escogieron el mal.
Así que el Señor hace un plan de restauración: “Voy a borrar la maldad de la tierra, y el que anda conmigo, Noé, será la semilla. Voy a volver a plantar, y de él brotará la vida”. Noé cree, con esa certeza en quién es Dios porque estaba con Él. Construye el arca, viene el diluvio y la maldad perece. Ojo: no es que Dios sea malo y diga “voy a matar a todos”. La maldad había llegado a un punto sin vuelta atrás, y por amor a la humanidad y a su creación, Dios envía el diluvio.
Un pacto con la tierra
Cuando bajan las aguas, Noé edifica un altar, y «el Señor percibió el aroma agradable, y dijo el Señor para sí: “Nunca más volveré a maldecir la tierra por causa del hombre, porque la intención del corazón del hombre es mala desde su juventud. Nunca más volveré a destruir todo ser viviente como lo he hecho. Mientras la tierra permanezca, la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche, nunca cesarán”» (Gén. 8:21-22). Y otra vez: «Sean fecundos y multiplíquense, y llenen la tierra» (Gén. 9:1). Una vez más están puestos para irradiar a Dios.
La historia de Dios también se comunica a través de pactos. Un pacto es una promesa, unilateral o bilateral; la mayoría de los que veremos son unilaterales: Dios lo establece. Y cada pacto tiene algunos elementos: hay una promesa, hay muerte de alguna manera, sangre derramada, y hay una señal visible. El primero ya lo vimos en Adán: una promesa de restauración, el sacrificio de un animal y una señal visible, las pieles. Cada vez que te vistes, te recuerda la fidelidad de Dios, que restaurará todas las cosas.
Con Noé hace un nuevo pacto: «Yo establezco Mi pacto con ustedes, y nunca más volverá a ser exterminada toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra» (Gén. 9:11). Y la señal: «Pongo Mi arco en las nubes y será por señal de Mi pacto con la tierra» (Gén. 9:13). Escucha esto: con la tierra. Es como si Dios le dijera: “Puse un administrador para gobernarte y no hizo lo bueno. Hoy hago un pacto contigo: te voy a restaurar”. Los cielos y la tierra serán restaurados por manos de Dios y volverán a su diseño original, y aún mejor: donde todo mango será dulce, toda mandarina sabrá completamente a mandarina, y no habrá dolor, ni muerte, ni lágrimas.
Mira el patrón. Adán cae, y se corrompe la relación con Dios. Caín cae, y se corrompe la relación entre hermanos. Y ahora la humanidad en general corrompe la tierra. Por eso vemos sequías, incendios, enfermedades y virus: la tierra gime esperando el regreso del Señor, porque está corrupta a causa del hombre.
Babel: la caída de las naciones
Tú dirías: “Amén, ahora sí van a hacer lo bueno”. Pues no. Crece una comunidad y otra vez tiene una decisión: multiplíquense y llenen la tierra, o no. ¿Qué decide? No hacerle caso a Dios: «Luego dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta los cielos, y hagámonos un nombre famoso, para que no seamos dispersados sobre la superficie de toda la tierra”» (Gén. 11:4).
Nuestra responsabilidad era llenar la tierra, gobernarla y administrarla. Pero la primera vez que la humanidad se organiza para hacer algo, se organiza en contra de la voluntad de Dios. Esta es la caída de las naciones, entre Génesis 10 y 11. Dios dice: «Vamos, bajemos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el lenguaje del otro». «Así el Señor los dispersó desde allí sobre la superficie de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso la ciudad fue llamada Babel» (Gén. 11:7-9). Quieras o no, la voluntad de Dios eventualmente se cumple: llenó la tierra de ellos con nuevos idiomas.
Pero si has entendido los patrones, sabes que no solo hay consecuencias y corrupción; siempre hay una promesa. A Adán le prometió una semilla. A Adán y a Eva, después, les dio a Set. A la tierra le prometió restauración y puso el arco en las nubes. ¿Y ahora? Dios escogerá, en medio de todas las naciones, a una persona, para crear de ella su propia nación, que lo glorifique y que lleve a todas las demás naciones de regreso a casa. Si en Babel las dispersó en diferentes lenguas y territorios, por medio de esta persona Dios las reunirá en un solo Dios, a través de un solo rey, a través de una sola semilla. Lo descubriremos en la siguiente sesión.
Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.