Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.
Resumen
Deuteronomio repite para taladrar en el corazón lo más importante: no te olvides de Dios. Israel no recibe la tierra por su justicia, sino por la maldad de las naciones y para confirmar el pacto. Dios es bueno con nosotros por amor; nuestras obras son para nuestro beneficio. ¿Qué requiere el Señor? Que lo temas, lo ames y lo sirvas con todo el corazón. Por eso: circunciden su corazón, el hilo que lleva a la obra del Espíritu Santo. Moisés pone delante una bendición y una maldición, y un solo lugar de sacrificio, el criterio con que serán juzgados los reyes de Israel y de Judá.
Puntos clave
- «No es por tu justicia… pues eres un pueblo terco» (Dt. 9:6): la tierra se da para confirmar el pacto.
- Dios es bueno con nosotros por amor; orar, leer la Palabra y dar son para nuestro beneficio.
- «¿Qué requiere de ti el Señor tu Dios, sino que temas al Señor… que lo ames…?» (Dt. 10:12).
- «Circunciden, pues, su corazón» (Dt. 10:16): el hilo que lleva a la obra del Espíritu Santo.
- Bendición o maldición, y un solo lugar de sacrificio: así serán juzgados los reyes (Dt. 11:26-28; 12:13-14).
No vaya a ser que te olvides de Dios
En esta sesión quiero recordar el Shemá. Vas a ver que Deuteronomio es muy repetitivo, porque Moisés, Dios mismo a través de Moisés, quiere taladrar en nuestros corazones lo más importante. Vimos que el Shemá inicia en el capítulo 6, pero de alguna manera se extiende a los siguientes capítulos. ¿Por qué? Porque el objetivo es recordar. No vaya a ser que te olvides de Dios. Cuida de no olvidar a Dios. Prácticamente lo va a repetir en los siguientes capítulos.
¿Y para qué? Para que nuestro corazón, o el corazón de Josué y de esta generación, no se eleve. No vayas a pensar que es por ti que estás recibiendo todas las bendiciones. No vaya a pensar esta generación que ellos son especiales porque ellos sí obedecieron a Dios. No vayan a pensar que es por su propia justicia y por sus propias obras que Dios les está dando todo esto. No, no, no.
No es por tu justicia
Recuerda que en el vistazo hacia el pasado Moisés se encargó de decir algo: cuando te entregas a Dios, Él te dará. Así que en el capítulo 9 dice:
«Oye, Israel: Hoy vas a pasar el Jordán para entrar a desposeer a naciones más grandes y más poderosas que tú, ciudades grandes y fortificadas hasta el cielo» (Deuteronomio 9:1, NBLA).
Y empieza a hablar de todas estas conquistas que van a realizar. Y tú sabes que cuando el hombre empieza a hacer cosas y a ser aplaudido, es fácil que nuestro corazón se corrompa.
Así que estas palabras también son para ti, también son para mí. Con todo lo que Dios nos ha dado, es importante que como creyentes no nos elevemos sobre los demás, sino que reconozcamos que no es por nuestra propia justicia, sino por la justicia de Dios. Dice el versículo 4:
«No digas en tu corazón cuando el Señor tu Dios los haya echado de delante de ti: “Por mi justicia el Señor me ha hecho entrar para poseer esta tierra”, sino que es a causa de la maldad de estas naciones que el Señor las expulsa de delante de ti» (Deuteronomio 9:4, NBLA).
En esta pausa quiero recordarte el Éxodo. Pasaron 400 años como esclavos. Y la razón que Dios da son dos principales. Número uno, el pueblo era demasiado chico para conquistar la tierra. Pero número dos, el colmo, la totalidad del pecado de los pueblos de esta tierra, no había sido elevada a su máxima expresión. Pero ahora la maldad de estos pueblos exige justicia. Ya no hay vuelta atrás. Y es Dios actuando a través de Israel para expulsarlos de la tierra y entonces dársela a Israel. Dice el versículo 5:
«No es por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón que vas a poseer su tierra, sino que por la maldad de estas naciones el Señor tu Dios las expulsa de delante de ti, para confirmar el pacto que el Señor juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob. Comprende, pues, que no es por tu justicia que el Señor tu Dios te da esta buena tierra para poseerla, pues eres un pueblo terco» (Deuteronomio 9:5-6, NBLA).
Y de ahí se la pasa diciendo en los siguientes versículos cómo eres terco: acuérdate que hiciste esto, acuérdate que hiciste tal cosa; eres terco, eres terco, eres terco. No es por ti, es por la fidelidad de Dios, por la santidad de Dios que está por mostrarse.
Él es bueno contigo por amor
Cuando Dios es bueno contigo y conmigo, no es por nuestra bondad, y no es porque nos levantamos temprano a orar por la mañana, y porque tú y yo fuimos buenos y dimos más del diezmo, y porque me he ganado que Él sea bueno conmigo. No, no: Él es bueno contigo por amor. En este caso, por amor a su Hijo Jesús, que entregó su vida por nosotros, en el cual estamos sellados.
Todo lo demás, el levantarnos temprano para orar, el leer la Palabra, el dar más del diezmo, lo que tú quieras, todas estas obras no son para Él, sino para nosotros. Son en beneficio nuestro, porque al levantarnos temprano y leer la Palabra, recordamos y alineamos nuestra vida al Señor. Porque cuando damos más del diezmo, o más de lo que creemos que tenemos que dar por algún tipo de rito, estamos entregando nuestra confianza al Señor y no al dinero. Porque cuando leemos la Palabra, lo estamos conociendo, y al conocerlo, lo podemos amar.
¿Qué requiere de ti el Señor?
Así que esta es la razón por la que empieza a recordar. Les da el Shemá, y entonces lo resume en una cosa. Vámonos hasta el capítulo 10, versículo 12. Entonces, si no requiere que ore, que lo adore, los sacrificios, el diezmo, mi servicio… Todas estas cosas que luego hacemos, Él no las necesita. Dios no las necesita, no necesita nada de nosotros. Él es autosuficiente. Él se deleita en sí mismo. No necesita nada. Pero aun así nos creó. Dice el versículo 12:
«Y ahora, Israel, ¿qué requiere de ti el Señor tu Dios, sino que temas al Señor tu Dios, que andes en todos Sus caminos, que lo ames y que sirvas al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma…?» (Deuteronomio 10:12, NBLA).
¿Qué requiere de ti el Señor? Que lo conozcas y que lo ames. Que te deleites en Él. Que hagas de Él tu especial tesoro, como Él lo ha hecho de ti. Y todo lo demás se da por consecuencia. Damos sacrificios, damos nuestra vida, damos nuestro servicio, nuestro dinero, nuestra oración, nuestro tiempo. ¿Por qué? Por amor. Y todos los profetas, y todo el libro de Reyes y de Samuel, y todo lo que viene adelante se va a encargar de decir eso. Solo es el corazón. Es por el corazón que ama a Dios que obedecemos, y no al revés.
Circunciden su corazón
Por lo tanto, dice el versículo 16, y esto es bastante importante:
«Circunciden, pues, su corazón, y no sean más tercos. Porque el Señor su Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible que no hace acepción de personas ni acepta soborno. Él hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra Su amor al extranjero dándole pan y vestido. Muestren, pues, amor al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto. Temerás al Señor tu Dios; le servirás, te allegarás a Él y solo en Su nombre jurarás. Él es el objeto de tu alabanza y Él es tu Dios, que ha hecho por ti estas cosas grandes y portentosas que tus ojos han visto» (Deuteronomio 10:16-21, NBLA).
Circunciden su corazón. Esta es la primera vez que vemos esto. Había estado hablando de la circuncisión como el pacto que Dios dio a Abraham, como señal de que son su pueblo. Pero ahora, en este vistazo interno, Moisés está tomando todo esto y dice: no, no, no es externo, es interno. Circuncida tu corazón. Asegúrate de quitarle la maldad, de quitarle la terquedad, de entregarte al Señor. Circuncida tu corazón. Este tema lo va a utilizar hacia el final de Deuteronomio, y ese es el hilo conductor que nos va a llevar hasta lo que el día de hoy tú y yo conocemos como la obra del Espíritu Santo.
De un corazón de piedra a un corazón de carne
Los profetas toman estos versículos y dicen: vendrá el día en el que el Señor pondrá la ley en tu corazón para que puedas amarlo con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Pondrá la ley en tu corazón. Lo hará: pasará tu corazón de piedra a un corazón de carne. Él circuncidará tu corazón. La base de todo esto la acabamos de encontrar en el versículo 16, y un poco más adelante.
Por lo tanto, el capítulo 11 completo: amarás, pues, al Señor, porque ustedes lo han visto. Guarda, pues, todos los mandamientos, porque tú lo has escuchado. Y repite el Shemá en el capítulo 11, versículo 18:
«Graben, pues, estas mis palabras en su corazón y en su alma; átenlas como una señal en su mano, y serán por insignias entre sus ojos. Enséñenlas a sus hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y escríbelas en los postes de tu casa y en tus puertas, para que tus días y los días de tus hijos sean multiplicados en la tierra que el Señor juró dar a tus padres, por todo el tiempo que los cielos permanezcan sobre la tierra» (Deuteronomio 11:18-21, NBLA).
La bendición y la maldición
Está llevando todo esto a un punto, que es así como en el jardín. Adán tuvo la opción de escoger la vida o la muerte. Escoge, pues, tú la vida. Versículo 26:
«Miren, hoy pongo delante de ustedes una bendición y una maldición: la bendición, si escuchan los mandamientos del Señor su Dios que les ordeno hoy; y la maldición, si no escuchan los mandamientos del Señor su Dios, sino que se apartan del camino que les ordeno hoy, para seguir a otros dioses que no han conocido» (Deuteronomio 11:26-28, NBLA).
Pongo, pues, delante de ti dos opciones. ¿Obedecer a Dios, entregarte a Él y ser bendecido? ¿O desobedecer a Dios, entregarte a otros dioses y ser maldecido? Podrás recordar que esto mismo es lo que estábamos hablando en las otras clases, lo que asentó la Torá, y es de donde lo toma Moisés. Algo que Dios quiso dejar muy en claro desde Génesis es que ellos serían un solo pueblo, en una sola tierra, bajo un solo Dios. Y vimos en Éxodo que, al hacer todas las leyes de Éxodo y Levítico, Dios está tomando todo lo que se hacía en Egipto, lo que pudieron haber recordado de cómo veían los sacrificios a múltiples dioses en cualquier lugar, donde cada quien lo hacía como quería. Y Dios lo redujo y dijo: los sacrificios serán en un solo lugar, a un solo Dios, y el lugar será el que yo escoja. De una manera muy específica y a través de unas personas muy específicas, que son los sacerdotes.
Un solo lugar
Así que estas mismas bendiciones y maldiciones, y todo lo que viene, se vuelve a reducir a estos mismos puntos. Los capítulos que acabamos de leer hablan de un solo Dios. Y lo siguiente, el capítulo 12, habla de un solo lugar. Dice: tengan mucho cuidado. El día que ustedes lleguen a la tierra, Dios escogerá un lugar, y en ese lugar, y solo en ese lugar, es que harán los sacrificios. Versículo 2:
«Destruirán completamente todos los lugares donde las naciones que desposeerán sirven a sus dioses: sobre los montes altos, sobre las colinas y debajo de todo árbol frondoso. Y demolerán sus altares, quebrarán sus pilares sagrados, quemarán a fuego sus imágenes de Asera, derribarán las imágenes talladas de sus dioses y borrarán su nombre de aquel lugar» (Deuteronomio 12:2-3, NBLA).
Tú recuerda estas palabras, porque van a venir más adelante en la historia de Israel. Versículo 8:
«De ninguna manera harán lo que hacemos aquí hoy, que cada cual hace lo que le parece bien a sus propios ojos; porque todavía no han llegado al lugar de reposo y a la heredad que el Señor su Dios les da» (Deuteronomio 12:8-9, NBLA).
Está diciendo: no hagan lo que hicieron en el libro de Números. No hagan lo que hacen las demás naciones, que cada quien sacrifica como quiere y donde quiere. Todavía no llegan. Pero cuando lleguen, destruyan todos los otros dioses, todas las otras imágenes. No vaya a ser que te contamines. No vaya a ser que empieces a ofrecer sacrificios a un dios que no es tu Dios. Versículo 13:
«Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar que veas, sino en el lugar que el Señor escoja en una de tus tribus, allí ofrecerás tus holocaustos, y allí harás todo lo que yo te mando» (Deuteronomio 12:13-14, NBLA).
Así serán juzgados los reyes
Este tema es principal y primordial, porque te vas a encontrar con que todo esto eventualmente sucede. Vas a ver que se entregan los hijos a las hijas de las naciones y comienzan a ser seducidos. Y vamos a ver que la mayoría de los reyes de Israel son juzgados, para bien o para mal, de acuerdo con dos cosas. Las tribus de Israel, que son todo el norte, van a ser juzgadas de acuerdo con el pecado de Jeroboam.
Eventualmente llegaremos a ese punto. Pero en esencia es que él construye dos altares, dos lugares de sacrificio, que no son el lugar que Dios escogió. Aquí literalmente dice: «en el lugar que el Señor escoja en una de tus tribus». Esa tribu va a ser Judá, y el templo, el lugar de sacrificio, será en Jerusalén. Sin embargo, Jeroboam, hijo de Nabat, que había sido siervo de Salomón (1 Reyes 11:26), lo que termina haciendo es construir dos lugares separados. Y todo el pueblo de Israel es juzgado de acuerdo con esto. Y todos los del sur, los que quedan, que sí ofrecen los holocaustos en el lugar que Dios escogió, son juzgados por otra cosa: ¿destruyeron o no destruyeron las imágenes de Asera, las columnas y los demás lugares de sacrificio?
Aquellos que lo hicieron, hicieron lo agradable a los ojos del Señor. Y aquellos que no lo hicieron, no hicieron lo agradable a los ojos del Señor. Justo como acabamos de leer: he puesto delante de ti una bendición y una maldición. ¿Qué vas a escoger? Adán tenía la opción: el árbol de la vida o el árbol del conocimiento del bien y del mal. Es decir, no hagan cada cual lo que le parece bien a sus propios ojos. Te darás cuenta de que esta frase se repite al terminar el libro de Jueces, cuando el pueblo está completamente degradado:
«En esos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien ante sus propios ojos» (Jueces 21:25, NBLA).
En la siguiente sesión vamos a saltarnos un poco de los siguientes capítulos para entender qué es lo que sucede cuando Dios les da reyes.
Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.