Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.
Resumen
En Éxodo comenzamos a ver a Dios de manera personal: un Dios que se presenta por nombre, se acerca y se involucra en la historia. Dios le había anunciado a Abraham 400 años de opresión en tierra ajena. Un nuevo rey que no conocía a José esclaviza a Israel y ataca su descendencia, pero Dios guarda a Moisés. Al cumplirse el tiempo, Dios oye el gemido de su pueblo, se acuerda de su pacto y se aparece en una zarza que arde y no se consume. Ahí se revela como YO SOY EL QUE SOY y envía a Moisés ante Faraón, que responde: «No conozco al Señor».
Puntos clave
- Éxodo es donde comenzamos a ver a Dios de manera personal: se presenta por nombre, se acerca y se involucra.
- Dios le anunció a Abraham 400 años de opresión en tierra ajena, y luego juicio y salida con grandes riquezas (Gén. 15:13-14).
- Faraón ataca la descendencia de Israel: la enemistad entre la serpiente y la mujer de Génesis 3:15.
- Dios oye el gemido de su pueblo, se acuerda de su pacto y se aparece a Moisés en una zarza que arde y no se consume.
- Dios se revela como YO SOY EL QUE SOY: un Dios vivo, personal, que está con su pueblo.
Un Dios que se ensucia las manos
Bienvenido a esta segunda clase de la serie Orígenes, en donde estamos estudiando los primeros cinco libros de la Biblia, el Pentateuco. La idea de esta serie es poner los fundamentos, tratar de entender los orígenes de todas las cosas: para qué existimos, por qué existimos y de qué se trata la historia.
En esta clase estudiamos Éxodo, y Éxodo me emociona muchísimo, porque es en donde comenzamos a ver a Dios de manera personal. Este Dios que se presenta por nombre, que se acerca y que se involucra en la historia. Digamos que se ensucia las manos. En Génesis vimos que Dios creó todas las cosas, que todo era bueno, cómo se arruinan, pero que Él tiene un plan para redimirlo. Y ese plan se sella a través de un pacto con Abraham, Isaac y Jacob.
Terminamos Génesis hablando de José y de cómo llegan a Egipto, cómo se les da la tierra de Gosén. Por eso el libro de Éxodo inicia en Egipto, cuando Dios les había prometido una tierra en la zona de Canaán. Estamos entrando en la siguiente etapa: el inicio de la historia de Israel en un país llamado Egipto. Acompáñame a esta aventura, en donde descubriremos quién es Dios, un Dios personal, como si estuviéramos sentados con Él, caminando y luchando en una misma aventura.
La cláusula de los 400 años
Para poder entender el libro de Éxodo tenemos que iniciar unos pasos más atrás, recordando el pacto que Dios hizo con Abraham en Génesis 15. Es el pacto entre las partes: varios animales se parten, se separan uno de cada lado, y solamente Dios pasa por el medio. Habla de su fidelidad: la promesa a Abraham, Isaac y Jacob está tan firme que quien tendría que pagar por su incumplimiento es Dios mismo.
Pero hay una cláusula que en la clase de Génesis no leímos, porque el punto se trataba del pacto. Dentro de este pacto, Dios le habla a Abraham de la aflicción que tendrá su pueblo. Sí, te escogí para que seas una gran nación, te multiplicaré y te daré una tierra; sin embargo, por 400 años estarás en una tierra que no es tuya:
«Ten por cierto que tus descendientes serán extranjeros en una tierra que no es suya, donde serán esclavizados y oprimidos durante 400 años. Pero Yo también juzgaré a la nación a la cual servirán, y después saldrán de allí con grandes riquezas» (Gén. 15:13-14).
Justo después de esto Dios sella el pacto con Abraham caminando entre las dos partes. Y esto nos da entrada al libro de Éxodo.
Un nuevo rey que no conocía a José
Éxodo 1 inicia cuando el pueblo de Israel vive en Gosén, la tierra que Faraón le dio a José cuando sus hermanos venían a pedir comida porque había una sequía. José era amado por Faraón, y su familia también. Así que prosperaron, prosperaron, prosperaron. Pero dice Éxodo 1:6: murió José. Vamos a ir viendo este patrón: cada vez que muere una de las personas importantes, la historia continúa conectándonos con las promesas de Dios.
«Pero los israelitas tuvieron muchos hijos y aumentaron mucho, y se multiplicaron y llegaron a ser poderosos en gran manera, y el país se llenó de ellos» (Éx. 1:7). Dios los estaba bendiciendo y el pueblo de Israel estaba cumpliendo su misión. Recuerda: sé fecundo y multiplícate. Pero pasó algo en la historia de Egipto. Hay un momento en el que unos reyes externos usurpan el trono:
«Se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no había conocido a José» (Éx. 1:8).
No conocía a José, no conocía lo que había hecho y, sobre todo, no conocía al Dios de José, que lo acompañaba y lo prosperaba. Este nuevo rey se preocupa de que hay un pueblo que crece y crece, y dice: no vaya a ser que en tiempos de guerra se vuelvan nuestros enemigos. Por tanto, esclavízalos y subyúgalos. Y esto nos abre el panorama a uno de los primeros patrones que vimos: hay una enemistad entre la serpiente y la mujer y su descendencia, es decir, sus hijos.
La serpiente contra la descendencia
Vas a empezar a ver esta afrenta directa a la fertilidad del pueblo. Faraón, al ver que se multiplican, ordena que todo bebé varón nacido de los hebreos, de los descendientes de Abraham, de Isaac y de Jacob, sea matado. A las parteras les da temor, porque temen a Dios, así que deciden no hacerlo. Hasta que llega el decreto a todo el pueblo: cada hijo varón debe ser echado al Nilo. Solamente las mujeres podían seguir con vida (Éx. 1:22). Es una afrenta directa a los linajes, a la semilla: tratan de detener la multiplicación del pueblo hebreo.
Sin embargo, la mamá de Moisés, al tener un hijo, lo ve tan hermoso que decide ocultarlo durante tres meses, hasta que es imposible seguirlo ocultando. Así que lo pone en una cestilla, entre los juncos, a la orilla del Nilo, el mismo río en el que cada bebé varón hebreo tenía que ser lanzado. Y su hermana se queda a lo lejos, cuidando, muy estratégicamente, para ver qué le sucede.
La hija de Faraón, la princesa, baja a bañarse al río, ve la cestilla y dice: este es uno de los niños de los hebreos. Le tiene compasión y lo quiere salvar. Entonces la hermana del niño se acerca y le ofrece llamar a una nodriza de las hebreas, y va y llama a la madre del niño. La princesa le dice: llévatelo, críamelo. Hay una historia muy bonita detrás de esto: aunque el enemigo, aunque Satanás, aunque Faraón, aunque quien sea, haya hecho cualquier edicto, Dios va a cuidar sus promesas.
Moisés, sacado de las aguas
Dios guarda a Moisés, y él crece junto con su madre y su hermana, hasta que llega el día que dice Éxodo 2:
«Cuando el niño creció, ella lo llevó a la hija de Faraón, y vino a ser hijo suyo; y le puso por nombre Moisés, diciendo: “Pues lo he sacado de las aguas”» (Éx. 2:10).
Comienza nuestra historia. Han pasado ya cuatro generaciones, y Dios comienza a maquinar su plan, comienza a involucrarse. Nace este niño, privilegiado, cuidado por su madre, pero criado en la casa de Faraón. Comete un error: mata a un egipcio al ver cómo maltratan a sus hermanos hebreos y tiene que salir huyendo. Y es ahí donde Dios, por primera vez, se aparece a Moisés.
Recuerda: nuestra historia es muy específica. Dios quiere habitar entre nosotros. Desde el inicio Dios creó los cielos y la tierra porque quería habitar con nosotros. Dios es apasionado por su creación, es apasionado por su pueblo, y escogió al pueblo de Israel para dar la buena noticia. Sin embargo, el hombre lo corrompe. Gosén, un lugar preparado por Dios para que el pueblo de Jacob creciera y se multiplicara para eventualmente conquistar la tierra prometida, fue corrompido por un Faraón que no conocía a José.
Y vemos esta gran enemistad de Israel con Satanás una vez más. Casualmente, el Faraón de ese momento usaba una corona con la imagen de una serpiente. La ironía, las temáticas son muy visibles cuando prestamos atención: la serpiente tratando de atacar a la mujer, que es Israel, y a sus descendientes, a sus hijos. Hoy representados específicamente por Faraón y por Moisés.
Una zarza que arde y no se consume
Moisés huye, se casa, tiene hijos y comienza a servir, criando las ovejas de su suegro. Y un día, mientras las está apacentando, ve una zarza que arde, pero que no se consume.
¿Tú has escuchado que la curiosidad mató al gato? En este caso, la curiosidad de Moisés fue tanta que se acercó a la zarza ardiente. Esta zarza puede representar varias cosas. Pero algo que ciertamente representaba para Moisés es que él había visto el gemido, el clamor, el dolor de su pueblo. Y al ver una zarza que se está incendiando pero que no se consume, naturalmente pudo haber pensado en su mismo pueblo, Israel: que ardía en fuego, que estaba oprimido, pero que no se iba a consumir. Era un mensaje que Dios le quería dar.
Quiero que en todo este libro de Éxodo descubras una cosa. Mientras que en Génesis Dios se presentaba y presentaba su plan, en Éxodo Él mismo entra en escena. No se presenta más como el Dios Todopoderoso, el Dios Creador, sino que se presenta por nombre. Se presenta apasionado, activo, involucrado y que escucha.
«Pasado mucho tiempo, murió el rey de Egipto. Los israelitas gemían a causa de la servidumbre, y clamaron. Su clamor subió a Dios, a causa de su servidumbre. Dios oyó su gemido y se acordó de Su pacto con Abraham, Isaac y Jacob» (Éx. 2:23-24).
Dios no se olvidó de su pacto. Él hizo un pacto y los 400 años habían pasado. Cuando dice que Dios se acordó, es que Dios puso en marcha su plan. Es el momento en el que Dios le recuerda al mundo, a través de esta historia, que Él es fiel con sus promesas.
«Y el ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego, en medio de una zarza. Al fijarse Moisés, vio que la zarza ardía en fuego, pero la zarza no se consumía» (Éx. 3:2).
Moisés se acerca y escucha su nombre: «¡Moisés, Moisés!». Y él responde: «Aquí estoy». Y Dios le dice: «Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás parado es tierra santa» (Éx. 3:4-5). Dios escucha el gemido y el clamor de su pueblo. Dios nos conoce, es apasionado. Conoce a Moisés por nombre y lo llama. Y le dice: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Éx. 3:6). Se presenta recordando el plan que ya había puesto en marcha, recordándole a Moisés la razón por la que existía, que había un plan y que habían pasado 400 años desde aquel momento.
Dios escoge asociarse con seres humanos
Era el momento de sacar al pueblo de Egipto. Por alguna extraña razón, Dios, siendo Dios, que puede escoger y hacer lo que Él quiera, ha escogido asociarse con seres humanos imperfectos. En este caso, Moisés. Y recuerda el patrón que quiero traer en mente siempre para leer la Biblia: la enemistad. Israel contra Satanás y sus descendientes. En este caso, Israel contra Egipto, y Moisés contra Faraón.
«Ahora pues, ven y te enviaré a Faraón, para que saques a Mi pueblo, a los israelitas, de Egipto» (Éx. 3:10).
Dios se presenta, recuerda su pacto y trae en mente la razón de la creación, desde Génesis 3:15, cuando dijo: habrá enemistad. Y le dice a Moisés: este es el momento. Tú eres en ese momento la semilla. Tú eres aquel que representa al pueblo de Dios, que va a aplastar la cabeza de la serpiente, que en este caso es Faraón. Sacarás a mi pueblo de la opresión y te llevaré a la tierra que prometí a Abraham, a Isaac y a Jacob.
Yo soy el que soy
Pero la historia no queda ahí. Dios está por presentarse por nombre. No es lo mismo escuchar del presidente, no es lo mismo escuchar de aventuras o de una persona, que sentarte a la mesa y comenzar a conocerla. Y Moisés comienza a hablar con Dios:
«Entonces Moisés dijo a Dios: “Si voy a los israelitas, y les digo: ‘El Dios de sus padres me ha enviado a ustedes’, tal vez me digan: ‘¿Cuál es Su nombre?’, ¿qué les responderé?”. Y dijo Dios a Moisés: “YO SOY EL QUE SOY”, y añadió: “Así dirás a los israelitas: ‘YO SOY me ha enviado a ustedes’”» (Éx. 3:13-14).
Dios se presenta no solo como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, sino como YO SOY. Le da su nombre a Moisés y le dice: yo soy este Dios, soy un Dios personal, soy un Dios vivo, soy un Dios que está contigo. Este es todo el punto de Éxodo: Dios quiere habitar entre nosotros de manera íntima, personal, cercana. Dios se acerca, quiere que lo conozcamos y que lo amemos, y aquí se está revelando. Cuatrocientos años después, a una generación que no lo conocía, como lo hizo con Abraham, con Isaac y con Jacob, hoy está por hacerlo con Moisés y con el pueblo de Israel, que está oprimido.
Está por hacer cosas maravillosas y nuevas. Pero lo primero que hace, lo más glorioso y lo más milagroso de todo el libro de Éxodo, es que Dios se presenta por nombre:
«Así dirás a los israelitas: “El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a ustedes”. Este es Mi nombre para siempre, y con él se hará memoria de Mí de generación en generación» (Éx. 3:15).
Dios no es un Dios lejano; es un Dios apasionado. No es un Dios sentado en un trono esperando pacientemente a que la vida pase, sino un Dios que se levanta de su trono, viene a la tierra, camina entre nosotros y ejecuta sus planes. Es movido: Dios escuchó el clamor y el gemido de los israelitas. Si a Moisés le dolía, si al pueblo le dolía, a Dios le dolía aún más ver así a su pueblo. Y estaba por obrar. Le dice: reúne a los ancianos de Israel y preséntame ante ellos. Le da señales para que, cuando vaya con los ancianos, le puedan creer.
Dos árboles, otra vez
Cuando llevas 400 años como esclavo en una tierra apartada, puedes pensar que Dios ha olvidado sus promesas. Pero en este momento Moisés está siendo enviado a los ancianos de Israel, es decir, a la congregación de Israel, para decirles: Dios está a punto de obrar, está a punto de hacer algo nuevo.
Y volvemos a la idea de los dos árboles. En todo momento, en toda lucha, en toda enemistad, cuando Dios se presenta, todos tenemos una respuesta que dar: tomar nuestra voluntad y entregársela a Dios y decirle «te creo y voy contigo», o alejarnos de Él. Esta decisión iba a ser presentada a los ancianos de Israel y luego a Faraón. Los ancianos le creen, por las señales que hace.
Y luego Moisés va con Faraón. Recuerda que Moisés fue criado en casa de Faraón. El rey que había muerto era el papá de este nuevo Faraón; es decir, Moisés creció en casa como un hermano del Faraón actual. Así de cercano como ahora era con Dios, así de cercano fue con Faraón. Se acerca y le dice: deja ir a mi pueblo, porque Dios está por hacer algo. Y Faraón le contesta:
«¿Quién es el Señor para que yo escuche Su voz y deje ir a Israel? No conozco al Señor, y además, no dejaré ir a Israel» (Éx. 5:2).
Puedes notar que la palabra «Señor» está en mayúsculas. Cada vez que ves Señor en mayúsculas, es la traducción que se le da al nombre de Dios, Jehová. Los israelitas tenían tanto temor de Dios, sabían que Dios era santo, que no querían usar su nombre en vano. Así que lo que Faraón está diciendo es: ¿quién es Jehová para que yo escuche su voz? Yo no conozco a Jehová.
La enemistad, la lucha comienza. No solamente está la serpiente intentando oprimir; ahora es Dios quien está a punto de liberar a su pueblo. En la siguiente sesión vamos a descubrir el hilo que conduce toda la temática apasionada de Dios por su pueblo de aquí en adelante, y por qué he dicho varias veces que Israel es esta mujer de la que se habla en Génesis 3:15.
Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.