Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.
Resumen
Nunca vamos a comprender a Dios por completo, pero sí podemos conocerlo verdaderamente, como quien conoce el mar desde la playa, con un snorkel o con un traje de buzo. Estudiamos sus atributos por tres razones: todo viene de Él y termina en Él; en sus atributos despliega su gloria, y al conocerlo podemos darle gloria y alabanza; y de ellos nace nuestra moralidad. Dios no tiene atributos: es sus atributos, y todos actúan juntos. Los incomunicables hablan de quién es Él; los comunicables, de cómo se relaciona con nosotros y de lo que podemos reflejar. La meta no es una lista, sino enamorarnos de Él.
Puntos clave
- Nunca vamos a comprender a Dios por completo, pero sí podemos conocerlo verdaderamente, como quien conoce el mar desde la playa, con snorkel o buceando.
- Tres razones para estudiar sus atributos: todo viene de Él y termina en Él (Rom. 11:36); en ellos despliega su gloria; y de ellos nace nuestra moralidad.
- Dios no tiene atributos: es sus atributos, y todos actúan juntos. No tiene amor; Él es amor.
- Incomunicables: inescrutabilidad, eternidad, omnisciencia, omnipotencia y omnipresencia, libertad y soberanía, inmutabilidad, independencia y unidad.
- Comunicables: amor, gracia, misericordia, paz, justicia, celo, ira y santidad. La meta no es una lista, sino enamorarnos de Él.
Como conocer el mar
En la sesión pasada vimos que la Biblia es la verdad porque es la palabra de Dios: Dios ha querido comunicarse con su creación, y hoy nos habla en idioma Jesús, el Verbo hecho carne. Hoy queremos entrar un poco más a la pregunta de quién es Dios.
Y hay que decirlo desde el principio: nunca vamos a comprender a Dios por completo. Eso no significa que no podamos conocerlo verdaderamente.
Piensa en el mar. Estás en la arena, todavía no te metes, y ves el atardecer. Puedes absorber su belleza, ver lo gigantesco que es y decir: “Conozco el mar”. Pero no conoces sus profundidades. Luego te metes. La experiencia cambia: te entra agua a la nariz y descubres que sabe a sal. Y si te presto un snorkel para nadar en la superficie y ver hacia abajo, dirías: “Ahora lo conozco más”. La invitación de estas clases, y de leer la palabra, es comprarte el traje de buzo completo y bajar a las profundidades. Una vez fui a bucear: de repente pasa una tortuga a tu lado, a lo lejos ves un tiburón y te llena de temor, pero sigues nadando y encuentras un coral donde se refugian los peces.
Nadie conoce la totalidad del mar, solo quien lo creó. Si no podemos conocer toda su creación, ¿cómo vamos a conocer todo al Creador? Pero en la arena, adentro del agua, con el snorkel o con el traje de buzo, siempre conociste verdaderamente el mar. Y eso es lo más bello de nunca poder conocer a Dios por completo: vamos a tener una eternidad para seguir explorando quién es Él.
¿Por qué estudiar los atributos de Dios?
Primero, porque todo viene de Él y termina en Él. Si fuimos creados por Dios y vamos a pasar la eternidad con Él, ¿por qué no empezar a conocerlo hoy? «Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén» (Rom. 11:36). Dios es un ser relacional, y por eso la Trinidad tiene más sentido del que imaginamos: Él ya era relacional desde el principio, y desde ahí creó todo para expresar su gloria y para que nosotros respondiéramos conociéndolo. Fuimos creados para darle gloria y alabanza, es decir, para conocerlo y amarlo.
Segundo, porque en sus atributos despliega su gloria. Ojo: Dios no tiene características, como quien tiene un poquito de esto y un poquito de aquello. Dios no tiene amor; Él es amor. No tiene bondad; Él es bondad. Y sus atributos actúan todos juntos. La gloria de Dios es la máxima expresión de sus atributos hacia su creación. Si nuestro propósito eterno es darle gloria y alabanza, no podemos cumplirlo sin conocerlo verdaderamente. No tienes que ser el buzo experto que baja a la oscuridad del mar, pero sí tienes que estar seguro de que es a Él a quien te estás acercando.
Es una relación, no un estudio. Cuando conoces a alguien, no haces una lista: “Hizo tres chistes; voy a catalogar su humor”. Te entregas a conocerlo. Te casas, y todavía te falta mucho por conocer. Yo conocí a mi esposa como amiga, luego como esposa, luego como mamá de nuestra primera hija, y ahora la estoy conociendo como mamá embarazada. Ese es otro mundo. Lo mismo pasa con Dios: hay una continuidad. Y cuando lo conoces, el enamoramiento es tanto que lo único que quieres es darle gloria y alabanza, porque para eso fuimos creados.
Tercero, porque de ahí nace nuestra moralidad. La moralidad no se trata del bien y el mal; de eso se trató el árbol del conocimiento del bien y del mal. Fuimos hechos a su imagen y semejanza para reflejar sus atributos. La pregunta no es “¿esto está bien o está mal?”, sino “¿esto irradia quién es Dios? ¿Le da gloria y alabanza?”. Si la respuesta es sí, adelante; si es no, ¿por qué lo harías? Por eso Pablo, después de toda su teología sobre los pactos y las promesas, dice “por lo tanto, ámense unos a otros”: todo fue hecho para revelar a un Dios que quiere ser conocido y amado, y para que irradies su gloria a otros.
Dos tipos de atributos
Los teólogos han dividido los atributos de Dios en dos: incomunicables y comunicables. Es una analogía útil, pero no perfecta; sigue siendo un humano tratando de explicar a Dios.
Los incomunicables hablan de quién es Él en su ser, y solo le pertenecen a Él. Yo no puedo irradiar la omnipresencia, porque no soy omnipresente. Los comunicables hablan de cómo se relaciona con su creación, y como fuimos hechos a su imagen los podemos compartir. Cuando decimos “crezcamos conforme al carácter de Cristo”, hablamos de esto: correr hacia sus atributos comunicables. Si quisieran describirme a mí: atributos incomunicables, guapo, alto, inteligente; comunicables, amable, servicial. ¿Sí se entiende la diferencia?
Y mientras los vemos, recuerda dos cosas: conocerlo verdaderamente y expresar su gloria para que otros lo conozcan. Mi trabajo es amar y conocer profundamente a mi esposa, para que mi hija, al vernos, entienda lo que es un matrimonio.
Los atributos incomunicables: quién es Él
Inescrutabilidad. Dios es inagotable en su ser; nunca dejaremos de descubrirlo. Cuando dices “ya sé quién es Dios”, te va a sorprender, no porque Él cambie, sino porque somos finitos conociendo a un ser eterno. ¿Te acuerdas de la primera vez que alguien te dijo “¿conoces a Jesús?”, la primera vez que la palabra saltó y agarró tu corazón, la primera vez que levantaste tus manos y sentiste su presencia? Imagínate una eternidad de primeras veces con Dios. Me imagino a los ángeles acercándose al trono con una duda y terminando de rodillas: «Santo, Santo, Santo» (Isa. 6:3). Y en Apocalipsis, los ancianos echan sus coronas delante del trono (Apoc. 4:10). Nunca te vas a acabar a Dios, y hoy tienes un recurso inagotable para conocerlo: la Biblia.
Eternidad. Dios no fue creado. Existe desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura; no está limitado por el tiempo, pero actúa en el tiempo. ¿Cómo? No sé, soy humano. Pero la fe es certeza: dado lo que sí sé, puedo confiar en Él en lo que no veo. Y mezcla eternidad con inescrutabilidad: es como tu postre favorito y que nunca se acabe.
Omnisciencia, omnipotencia y omnipresencia. Lo quise definir un poco diferente: de Él proviene toda la sabiduría, todo el poder y todo lugar; por lo tanto, todo lo sabe, todo lo puede y está en todo lugar. Si no, convertimos esto en una competencia entre dioses. Cuando le dices a Dios “Tú no sabes”, recuerda que Él creó lo que tú sabes. Casi toda religión intenta darle este atributo a su dios; la diferencia es que en el Dios de la Biblia actúan todos los atributos juntos.
Libertad, soberanía e impasibilidad. Dios puede hacer lo que quiera, nunca hará algo contra su carácter y no hay nadie sobre Él. Él sí puede decir “porque soy Dios”, sin dar explicaciones. Pero no actúa fuera de sus atributos, no porque no pueda, sino porque así es Él. Por eso, cuando te preguntes “¿será Dios esto?”, pregúntate: “¿Es su carácter?”. Agrego impasibilidad: Dios no es visceral; no actúa movido por lo que siente en el momento, como nosotros cuando alguien se nos mete en el carro camino a la iglesia. Si fuera visceral, nunca se habría hecho carne para cargar el sufrimiento humano. Dios no está enojado contigo; te tiene gracia y misericordia. Sí tiene una ira contra el pecado, que será ejecutada en el juicio final y que Cristo ya cargó en la cruz.
Inmutabilidad. Dios es inalterable en su ser, sus perfecciones, sus propósitos y sus promesas: «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos» (Heb. 13:8). Dios no evoluciona ni se vuelve obsoleto, y por eso su palabra sigue viva hoy. Puedes confiar en sus promesas porque es fiel a su carácter: si lo dijo, lo hará. Esto me da mucha tranquilidad. Habrá momentos en que digas “ya se olvidó de mí”. Pero es el mismo Dios que te sacó de las garras del diablo, que susurró tu nombre y sopló para que nacieras de nuevo, el mismo que hizo un jardín para pasearse con el hombre y la mujer. No cambia ante tu pecado ni ante tu vergüenza. Por eso puedes acercarte con confianza al trono de la gracia y decirle “perdóname”: si dijo que te iba a perdonar, te va a perdonar.
Independencia. Dios es completo en su ser y no necesita a nadie; sin embargo, podemos glorificarlo y darle gozo. Cuando entendí esto, cambió mi manera de relacionarme con Él. Es como un hombre que entrega el anillo sabiendo que la novia le será infiel, y aun así se emociona el día que ella le dice que sí. Dios sabe que tres segundos después de prometerle todo vamos a fallar, y aun así, cada vez que regresamos, siente gozo. Jesús dice: «Permanezcan en Mí» (Jn. 15:4), y explica que les habla así para que su gozo esté en ellos y su gozo sea perfecto (Jn. 15:11). Dios no creó a la humanidad porque necesitara adoradores, esclavos u holocaustos. En la eternidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo ya se daban gloria en un gozo perfecto, y de ese amor tan profundo nace la creación: nos invita a participar de ese gozo. Él no nos necesita, pero nosotros sí lo necesitamos a Él. Él es la vid; nosotros, las ramas.
Unidad. Dios no está dividido en partes. No es ira en un momento y amor en otro: es ira y amor todo el tiempo, junto con su misericordia, su gracia y todo lo demás. El mar siempre es el mar, con tortugas o sin ellas; pero si sacas un poco en una botella, ya no te lo puedo vender como mar: es agua salada. A Dios no lo puedes meter en el cuadrito que te enseñaron de chiquito. Eso pasó cuando Jesús vino: “Este no puede ser Dios”, aunque Isaías 53 lo estaba describiendo. Deuteronomio dice: «Escucha, oh Israel, el SEÑOR es nuestro Dios, el SEÑOR uno es» (Deut. 6:4). La palabra hebrea es ejad, que no habla de una unidad simple, sino compleja, como un racimo de uvas: muchas uvas, un solo racimo. Y significa que solo Él es Dios: no es el Dios de la gracia por un lado y el Dios del juicio por otro, sino uno solo que actúa en conjunto. Lo reflejamos, aunque imperfectamente, en el matrimonio y en el cuerpo de Cristo.
Los atributos comunicables: cómo se relaciona con nosotros
Amor. Dios eternamente se da en beneficio de otros. No es el amor romántico, aunque lo incluye. «Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos» (Jn. 15:13). Por eso el esposo ama a su esposa «así como Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella» (Efe. 5:25). Dios no necesita nada; sin embargo, nos creó para entregarse a nosotros, para que nosotros nos entregáramos a Él.
Gracia. Es la expresión perfecta de sus atributos como un regalo a quien no lo pide, no lo merece y no lo ha ganado. Es como un regalo de Navidad: lo que viene adentro son sus atributos. ¿Y a quién se lo da? A ti y a mí.
Misericordia. Es la bondad de Dios que confronta la culpa y el sufrimiento humano con una compasión activa. No es lástima. Dios no está en su trono diciendo “pobrecito de Daniel”. Es una mano extendida que suple, si la tomas. ¿Ven cómo actúan todos juntos?
Paz. La manera más sencilla de explicarla: claridad, no caos. La Primera Guerra Mundial empezó cuando mataron a una persona que tenía alianzas con varios países; nadie sabía qué hacer, y empezaron a atacarse. Donde no hay claridad, reina el caos. Por eso cuidado con “óralo, y si te da paz, es por ahí”: muchas cosas te dan paz porque las quieres. Cuando Dios habla, es claro. ¿Cómo sé que es su voluntad? Uno, refleja su carácter. Dos, estoy leyendo la palabra. Tres, hay autoridades, una iglesia y un cuerpo que Él formó.
Justicia. Dios siempre actúa con rectitud, y Él mismo es la norma final de lo que es recto. La justicia no es que yo grite “¡justicia!” y tome un bando. Dios dijo: “Si no hacen esto, morirán; pero alguien pagó el acta de todo lo que habían hecho”, y por la fe somos justificados. Como Él es el juez, yo no tengo que hacer mi propia justicia; yo sí soy visceral y no veo con claridad. Por eso la manera de vivir la justicia de Dios, a través de la sangre de Cristo, es el perdón. Jesús en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Luc. 23:34). Esteban, mientras lo apedreaban: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hech. 7:60).
Celo. Dios procura continuamente proteger su honor y lo que es suyo. Es celoso de quién es Él: mientras hacía pacto con Israel en el monte, el pueblo hizo un becerro y dijo: «Este es tu dios, Israel, que te sacó de la tierra de Egipto» (Éx. 32:4). Y Dios dice: “No, ese no te sacó de Egipto; fui yo”. Y es celoso de ti. En los primeros capítulos de Oseas, Dios le pide al profeta casarse con una prostituta. Ella se va una y otra vez, y Oseas va por ella, la rescata, la compra y la regresa a casa. Así es Dios contigo: no hay montaña, pecado, demonio ni enfermedad que le dé miedo para ir a rescatarte, porque eres suyo.
Ira. La defino así: Dios detesta intensamente el pecado. No es un enojo incontrolable; Dios no “tiene problemas de ira”. Detesta lo que se sale de su diseño y de sus atributos, y eso es bueno, porque es lo que hará que la eternidad con Él sea llena de gozo. Lo detesta tanto que el pecado va a dejar de existir; tanto, que puso al Espíritu Santo en ti para susurrarte “por ahí no es” y darte poder para vencerlo. Y combina esa ira con su amor y su claridad, y el resultado es la cruz: Él tomó carne para recibir el golpe de la ira en sí mismo. Pero no solo en la cruz: cada vez que Dios actúa, actúa con todos sus atributos, porque no son características.
Santidad. Santo significa separado. Dios está separado del pecado y dedicado a mantener en alto su honor. Desde la eternidad pasada, Dios se da gloria y alabanza a sí mismo. Todo lo que no le da gloria, lo que no está diseñado por Él, es pecado. Por eso lo detesta tan intensamente.
Quiero conocer a ese Dios
Todo esto es apenas un vistazo, y sí, en una hora les mostré una lista. Pero mi objetivo no es que digas “ya sé quién es Dios: es inescrutable, así que para qué estudio la Biblia”. Es lo contrario. Quiero que digas: “Quiero conocer a ese Dios. No me quiero quedar con una lista”. Ve a los versículos, anota tus dudas y tráelas. Si me equivoco, vamos a la Biblia y que ella nos corrija.
No se trata de tener la definición perfecta de amor. Se trata de abrir la palabra y experimentar su amor; de experimentar su ira y responder con temor y reverencia; y de descubrir que nunca te lo vas a acabar. Yo leí la historia de David y Goliat desde chiquito, y apenas me di cuenta de que la honda de David no era una resortera. Hay más Dios del que te puedes imaginar.
Cuando le dices “Señor, quiero conocerte”, Él se presenta: en la reunión, en tu casa, en una comida con tu familia cuando dices “¿oramos por los alimentos?” y le das gracias porque hoy puedes conocerlo. Enamórate de Dios de la manera más profunda que puedas. Y cuando te pregunten “¿qué tienes de diferente?”, di: “He conocido a Dios y lo amo profundamente”. “Preséntamelo”. “Bienvenido. Esta es la Biblia”.
Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.