Monterrey, N.L.Hijo de Dios, esposo de Lily y papá de 3

Predicaciones · Clase · Efesios (Estudio 12:2)

Efesios 4–5: dones para edificar y vestirse del nuevo hombre

Transcripción completa de una clase, con las palabras de Daniel Lira; solo se añadieron subtítulos, párrafos y puntuación, y se limpiaron muletillas, repeticiones y errores de transcripción. Publicada en en Estudio 12:2.

Introducción

En las sesiones pasadas hemos entendido quién es Dios, quiénes somos, y ahora estamos transicionando a cómo funcionamos, cómo funciona la iglesia. Ya sabemos quién es Dios y quién es la iglesia, ya el fundamento está puesto. Y entendemos que entonces fuimos llamados. A un llamado tenemos que responder. Quiero utilizar esta analogía para estructurar las siguientes partes de la carta. Hemos sido llamados, y al ser llamados la iglesia tiene que responder a este llamado.

¿Cómo responde? En unidad. Hemos visto que somos una sola iglesia. Pero también responde en diversidad. Una sola iglesia, en un solo cuerpo, en un solo Espíritu, esperanza, Señor, fe, bautismo, un solo Padre. Pero que también responde en diversidad. A cada uno se nos ha dado una medida, una vocación. Y esto responde a que, de entre la iglesia global, hay iglesias —vamos a llamarlas iglesias de la ciudad. En la época en la que se escribe esta carta, no se le está escribiendo a una organización: se le escribe a Éfeso, las iglesias en Éfeso, las múltiples expresiones de las diferentes iglesias o mini-comunidades que conforman una gran comunidad de Éfeso.

Pero, aparte, la carta estaba dirigida a toda la región. Entonces significa: de la iglesia de toda la región. Y eso lo podríamos extender a la iglesia de todo el mundo. Hoy en día la expresión de la iglesia ha cambiado hasta cierto punto, en donde vemos organizaciones. Y entonces la carta puede hablar de la misma manera: estamos hablando que somos una iglesia global con diferentes expresiones denominacionales, expresiones en maneras, etc. Diferentes expresiones.

Entonces encuentras globalmente esto. En cada ciudad, incluso cada denominación va cambiando ciertas cosas. ¿Por qué? Porque es de acuerdo a la cultura en la que vive. Y en cada ciudad no solamente vas a encontrar diferentes denominaciones, sino también diferentes —digámoslo— organizaciones. Y dentro de cada organización vas a encontrar diferentes funciones y diferentes personas. Para Dios, el corazón de Dios está en que, en cada una de estas expresiones, entendamos que somos uno solo: una sola iglesia, un solo cuerpo, un solo Espíritu. Y cada uno tenemos la misma dignidad, tenemos el mismo valor. Cada uno de nosotros somos llamados hijos de Dios. Es la misma sangre que nos ha limpiado y redimido, y es el mismo Espíritu que habita en nosotros.

Pero esta iglesia, en diversidad, explora cada parte de la ciudad y las diferentes regiones para llegar a las personas que están cerca de ella. Vimos que hay un llamado. Y la primera respuesta que tenemos que entender es que, en toda humildad y mansedumbre, somos uno solo. Respondemos unidos. La segunda es: ya que entendemos que somos uno solo, podemos expresarlo de diferentes maneras. La sesión pasada hablamos un poco en cuanto a iglesias.

Ahora quiero irme un poco hacia personas o funciones dentro de la iglesia. Vemos en el capítulo 4 todavía, como dice en el versículo 11, que “Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores, a otros maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

¿Cómo podemos resumir esto?

Ahora, ¿cómo podemos resumir esto? Es que Dios, aunque somos uno solo, dio diversidad de dones con un objetivo: la edificación de la iglesia a la medida del carácter de Cristo. Al llamado que tenemos, respondemos en unidad, de maneras diversas, con un objetivo en común: edificar el cuerpo, crecer en madurez. Este es el objetivo. Los dones que recibimos —y aquí se mencionan algunos, y cada uno de los que se mencionan aquí— están específicamente llamados hacia la iglesia, hacia edificar el cuerpo. Los apóstoles, los profetas, los maestros, cada una de estas cosas representa un pedazo, una parte del carácter de Cristo revelado. Cristo cae en cada una de estas categorías: su carácter es apostólico.

¿A qué se refiere apostólico? Es enviado. Él encarnó. Él fue enviado por el Padre, por decirlo de alguna manera, a la tierra. Y se hizo como un hombre, se hizo como nosotros, se hizo hombre. ¿Para qué? Para entonces llevar el Evangelio. Es un apóstol, es un enviado. Igual que los apóstoles, fueron enviados para representar a Cristo a otra región. Y es lo mismo: el evangelista es aquel cuyo corazón está por el perdido, su corazón está por el que duele, su corazón está por la misericordia —y Jesús era misericordioso. El maestro es el que toma las Escrituras y profundiza. Y cada una de estas cosas representa el carácter de Cristo.

Pero esta diversidad, que a cada uno se nos da una medida, no es para que nos nombremos apóstoles, nos nombremos pastores, nos nombremos evangelistas o maestros. No. Habla para que entonces la medida que se me dio a mí sea replicada en otras personas, y que otras personas crezcan en esa medida. Voy a darte un ejemplo. A mí me encanta leer la palabra, y me encanta profundizar en la palabra y encontrar y descubrir.

Ahora, aunque mi función específica en la iglesia es dar clase, cuando hablamos de los dones y digamos que este es un don mío —el entender la palabra o el descubrirla— mi trabajo no es ser tu maestro. Mi trabajo dentro de mi iglesia local es provocar que otros puedan descubrir las riquezas y los tesoros escondidos de la palabra. No es yo comer de la palabra y regurgitar algo para que tú comas algo diluido. Mi trabajo es ayudarte a entender que hay patrones, que hay riqueza, y entonces apuntarte la palabra y acompañarte. En esa medida yo debo de juntarme tal vez con el evangelista, que tiene el corazón por ir a la ciudad, por ir a las calles, por ir a dar comida, a ir a orar por el enfermo, a ir a proclamar el Evangelio a donde nadie va.

Y entonces es un área tal vez en la que soy débil, pero al salir con estas personas me fortalezco. No es mi trabajo delegarlo y decir “ah, es que el evangelista es otro y él sale y yo enseño”. No. Mi trabajo personal es crecer en cada una de las áreas. De la misma manera, nuestro trabajo corporal es: si Dios te ha dado un don, si Dios te ha dado algo que se te facilita, es que pueda ser replicado en otros. Y entonces que todos seamos maestros, que todos seamos profetas, que todos seamos apóstoles, que todos seamos evangelistas en práctica. No en nombre. El nombre no importa. No importa si nos llamamos pastores en el sentido funcional de la iglesia-organización. El corazón y el don pastoral se da cuando alguien ve a una oveja y la quiere atender, la quiere amar, la quiere abrazar.

Y entonces hay personas a las que no se les da esto, pero si se juntan, el corazón se enternece. Entonces es una expresión en la que juntos nos edificamos para que todo el cuerpo crezca a la unidad de la fe, a la medida y la estatura de Cristo. Es decir, para preparar al pueblo para parecerse a Cristo, preparar al pueblo para reflejar a Cristo, preparar al pueblo a que todos y cada uno de nosotros crezcamos a esa medida.

Respondemos en diversidad y respondemos al edificarnos hacia la madurez

Entonces vemos que la iglesia tiene un llamado. A ese llamado respondemos en unidad, respondemos en diversidad y respondemos al edificarnos hacia la madurez: ser como Cristo. Y continuando, dice: entonces no se dejarán llevar por corrientes que vienen y van, no nos dejaremos llevar por nuevas enseñanzas que vienen y van, sino que estamos firmes en Cristo Jesús, arraigados en su amor. Y hablaremos la verdad unos a otros en amor.

¿Cómo? Recordando con toda humildad y mansedumbre que somos uno y que la cabeza es Cristo. La cabeza de una iglesia no es su pastor principal. La cabeza de una iglesia no es la organización: es Cristo. Obviamente tenemos funciones en donde el pastor principal cumple una función de dirigir; sin embargo, la cabeza es Cristo. Y ahí es donde nos hablamos la verdad con amor. Lo que quiero decirte es que el peso de la palabra y la responsabilidad de la palabra está en el discípulo de Cristo y no en la organización o las estructuras. La organización, las estructuras, podemos fallar. Tendremos huecos. Habrá cosas que no comprendemos. Hay un carácter humano que eventualmente va a salir. Hay debilidad que entendemos y conocemos. No descansamos en hombres.

Dice el primer Salmo: maldito es quien pone su confianza en el hombre, y bendito es quien pone su confianza en el Señor —serán como árboles plantados junto a la orilla de un río, jamás se secarán, jamás dejarán de dar fruto. Nos arraigamos en la palabra. Pero la iglesia: nos edificamos unos a otros. Hablamos la verdad recordando: uno, en toda humildad somos uno. No somos de diferentes equipos, no estamos en contra, no estamos tratando de equivocarnos a propósito, sino que estamos tratando de edificarnos en amor. Y cuando nos amamos y comprendemos que podemos ser diversos, podemos platicar con amor. Y podemos decir: “mira, tal vez a ti te gusta leer la palabra, pero ¿dónde está tu amor por el perdido?”. En toda humildad y mansedumbre yo puedo decir: “tienes razón, tienes razón, me hace falta, te acompaño, wow”. Cambia la dinámica.

Porque en humildad yo lo reconozco, y en humildad te puedo acompañar. O hay veces que diré: “lo entiendo, lo reconozco; sin embargo, hoy en mi rol, en mi posición, estoy dedicado a esto. Entonces, ayúdame tú saliendo por el perdido, mientras yo atiendo a los de casa”. Y entonces el pastor y el evangelista hacen equipo para atender como cuerpo de Cristo. Ahora imagínate si todos cumpliéramos —o todos viviéramos— según la vocación, el llamado que se nos dio.

Habría tanta riqueza repartida hacia afuera de la iglesia

Entonces tendríamos cientos de evangelistas, cientos de pastores, cientos de maestros, cientos de gente queriendo ir a donde nadie quiere ir como apóstoles, cientos de profetas —y no en un sentido de profetizar el futuro, sino en el sentido de hablar la palabra con convicción. Habría tanta riqueza repartida hacia afuera de la iglesia, mientras la iglesia sigue siendo edificada. Todo esto, de nuevo, habla de esta realidad: como iglesia, respondemos al llamado en unidad, en diversidad y en madurez, cada vez más conforme al carácter de Cristo.

Por lo tanto, individualmente, cada uno de nosotros, pongámonos la nueva naturaleza. Desechando, dice, desechando toda inmoralidad. Versículo 17: “ya no anden como andan los gentiles en la vanidad de su mente”. Versículo 19: “que se entregaron a la sensualidad”. Despójense, versículo 22: “despójense del viejo hombre que se corrompe según los deseos engañosos, que sean renovados en el espíritu de su mente”. Y vístanse. Vístanse. Pónganse el carácter. Vístanse del cuerpo, de la nueva identidad que se nos ha dado. Dice:

“Y vístanse del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado en la justicia y la santidad de la verdad” (Efesios 4:24 NBLA)

Pablo, una vez más —fariseo de fariseos, erudito, conocedor de la palabra— regresa a Génesis 3.

Tomemos el sacrificio de Cristo y vistámonos del nuevo hombre

Y dice: así como Dios cubrió nuestra desnudez —cubrió la desnudez de Adán y Eva cuando sacrificó a un animal y los vistió de una nueva naturaleza— así tú y yo, tomemos el sacrificio de Cristo y vistámonos del nuevo hombre, hecho una vez más a la semejanza de Dios. Que huele a hijo, que habla como hijo, que camina como hijo, despojándonos de vanidades, despojándonos de sensualidad, despojándonos de deseos engañosos. Si no, háblense verdad cada cual con su prójimo, en el versículo 25. Versículo 26: enójense, pero no pequen. El que robe, no robe más.

Ahora esto es directo. Fácil y al punto. Estamos hablando de una realidad en donde hay algo práctico. Si hablamos de quién es Dios y la increíble riqueza de la Trinidad, quiénes somos en su identidad, que la iglesia tiene un llamado —por lo tanto, como representantes, si se están vistiendo de Cristo, hablen la verdad. Aunque se enojen, no pequen. No roben más.

“Que no salga de la boca de ustedes ninguna palabra mala, sino sólo la que sea buena para edificar, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que la escuchen. No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, por el cual fueron sellados. Sea quitada de ustedes amargura, enojo, ira, gritos, insultos y toda malicia. Sean más bien amables, más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, como también Dios los perdonó en Cristo Jesús” (Efesios 4:29-32 RVC)

En resumen, inicia el capítulo 5: “sean imitadores de Dios, como hijos amados”.

“Anden en amor, como Cristo los amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios como fragante aroma” (Efesios 5:2 NBLA)

Toda la teología de Pablo, toda la realidad revelada, el misterio, el plan, la misión, está luego resumida en una manera tan fácil y tan práctica del día a día. Sabes, es muy común en nuestra cultura mexicana, al menos, que las familias nos llevemos con carrilla, que nos llevemos pesado —le llaman algunos. “No, es que yo me llevo pesado”. Y entonces es chiste tras chiste que no edifica. Y detrás de esos chistes, tú no sabes a quién realmente le pesó, a quién realmente le dolió, a quién realmente le abrió una herida. Y de nuevo, no somos frágiles como creyentes; sin embargo, somos frágiles como humanos.

Y la palabra dice: que no salga de su boca palabra mala, sino edifíquense. ¿Qué tal si, en vez de hablarnos con carrillas y chistes, en vez de que cada vez que vemos algo resaltamos lo malo, nos enfocamos a edificarnos unos a otros, a resaltar las cosas que Dios ve en nosotros? Ahora, esto no quita hacernos mensos y dejar de un lado las cosas que estén mal. No. Empezamos diciendo: hablen verdad cada cual con su prójimo. Hablemos la verdad, pero con amor.

¿Con qué objetivo edificarnos? Edificar el cuerpo. Vestirnos del hombre en Cristo Jesús a su imagen y semejanza. ¿Para qué? Para que demos la alabanza a quien alabanza merece, que es Cristo Jesús. Actuamos como Él, representamos a Él, y la gente, el mundo, nos va a distinguir por esa realidad. ¿Por qué tú no entras en los chistes? ¿Por qué siempre hablas bonito? ¿Por qué siempre, cuando me dices algo que no me va a gustar, lo envuelves con un regalo de amor?

¿Por qué te preocupas por los demás? ¿Por qué cuando te enojas te tomas tres segundos antes, respiras y no me gritas? De nuevo, somos frágiles en la humanidad y eventualmente pecaremos de enojo, pecaremos de amargura, pecaremos de ira, de gritos, de insultos. Pero siempre tenemos la oportunidad de regresar, de pedir perdón y decir: “perdóname, esto no tenía nada que ver contigo, es que había algo en mí que no estaba bien, pero ya lo traté con Dios y hoy regreso y te pido perdón”. Y entonces te vuelves a vestir de ese hombre que quita la vergüenza, que quita la desnudez, que huele como aroma fragante a Dios. El ejemplo perfecto y el resumen de cada una de estas cosas es: imiten a Dios.

Andando en amor, como Cristo anduvo en amor

¿Cómo? Andando en amor, como Cristo anduvo en amor. ¿Qué significa el amor bíblicamente? No es el romance, no es el sentimiento, “es que no lo sentí”. No. Cristo anduvo en amor de esta manera: se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios como aroma agradable. El amor bíblicamente, hablando desde este punto de vista, es cuando tú entregas tu vida por otro como una ofrenda, como un sacrificio: “no lo siento, no lo quiero, te quiero gritar, me quiero enojar. Es que lo merezco, es que tengo la razón, pero voy a dar un paso atrás. Me he vestido del nuevo hombre y me entrego porque tú eres importante para mí, porque te amo, porque quiero edificarte, porque quiero que crezcas, porque quiero que conozcas a Cristo y el amor tan profundo que Él tiene para ti. Vamos juntos”.

El capítulo 5 está lleno, de nuevo, de cosas muy prácticas que nos ayudan a hablar de cómo se ve esto. Repite que la inmoralidad, impureza, avaricia no se mencione. Que no haya obscenidad, necedad, groserías. ¿Por qué?

“Porque con certeza ustedes saben esto: ningún inmoral, impuro, avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios” (Efesios 5:5 NBLA)

Cuando tu identidad está en el reino de las tinieblas, tu identidad se vuelve inmoral, avara, y tú empiezas a decir: “es que ése soy yo, es que así soy yo”. No. Tú no eres más un pecador. Fuiste un pecador, o eres una persona que peca, pero lo que tú eres en tu identidad, cuando te has vestido de Cristo, es que eres un hijo de Dios. Has sido redimido por su sangre y sellado con el Espíritu Santo.

Por lo tanto, tienes el poder y la capacidad de andar como un hijo de Dios, “examinando”, versículo 10, “lo que agrada al Señor, no participando en obras estériles de tinieblas, desenmascarándolas. Todas las cosas se harán visibles”. Por esta razón dice:

“Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y alumbra a Cristo” (Efesios 5:14 NBLA)

Quiero terminar esta sesión diciéndote algo. Despierta tú que duermes. Despierta, levántate de entre los muertos y alumbra a Cristo. Este es tu llamado, y lo respondemos con dignidad, lo respondemos con una vida digna de este llamado. Levántate tú que estás dormido en tu trabajo, en la escuela, en la familia —alumbra a Cristo. Levántate, abre los ojos, examina qué es lo que quiere el Espíritu cada día.

Renueva tu mente, y entonces alumbra a Cristo, porque hay otros que duermen, hay otros que mueren, y que quieren ser llamados a vida a través del sacrificio de Cristo Jesús. Y tú y yo nos presentamos en nuestra vida, nos presentamos con una ofrenda agradable a Dios, dando nuestra vida por nuestra familia, por nuestros jefes, por nuestros empleados, por nuestra comunidad, por cualquier persona. Despierta tú que duermes, alumbra a Cristo, porque la luz de Cristo quiere llegar y alumbrar toda tiniebla. Nos vemos en la siguiente sesión.

Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la clase.

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