Transcripción completa de una clase, con las palabras de Daniel Lira; solo se añadieron subtítulos, párrafos y puntuación, y se limpiaron muletillas, repeticiones y errores de transcripción. Publicada en en Estudio 12:2.
Introducción a la clase: una constitución de la iglesia
Bienvenidos una vez más a Estudio 12:2. En esta clase vamos a estudiar la carta a los Efesios. Pero quiero invitarlos a ver esta carta y esta clase como el fundamento de… Ya habiendo revelado Dios quién es la semilla —si tuviste la clase de orígenes en Génesis, ya sabes a qué me refiero—. Ya habiendo revelado quién es el Salvador que se había profetizado, a quien habíamos estado esperando durante tantos años, desde Génesis 3:15 hasta el momento en el que Cristo vino. Ya sabiendo quién es Cristo, y Cristo habiendo ascendido diciendo “esperen porque voy a regresar”, entonces Pablo escribe esta carta.
Y escribe esta carta para revelarnos un propósito. ¿Quién es Dios? ¿Cuál es su propósito? ¿Quiénes somos en Cristo? Vamos a navegar a través de esto para entender cuál es nuestra misión de vida, el rol al que pertenecemos. Pero sobre todo, esta carta y lo que veremos es como una constitución de la iglesia. ¿Qué es la iglesia? ¿Quiénes somos como iglesia? ¿Cómo funcionamos como iglesia? ¿Y cómo debemos de comportarnos unos con otros?
Entonces durante esta clase vas a estar descubriendo muchas cosas. Efesios es una carta increíble porque condensa realmente el evangelio de una manera práctica, donde vamos a ver primero una parte muy teológica y luego algo muy misiológico —la misión de la iglesia y cómo funcionamos— para terminar con cosas muy prácticas como cómo amarnos unos a los otros.
Así que te invito a abrir tu Biblia y comenzar a leer. No voy a estar leyendo todos los versículos. No puedo detenerme en cada versículo. Es una clase en donde voy a acompañarte más allá que desglosar palabra por palabra y verso por verso. Así que te invito a que tú leas. Comienza leyendo. Efesios es una carta de sólo seis capítulos; debe llevarte alrededor de 15 minutos a media hora. Así que lee la completa, y mientras lo lees, toma la clase.
Toma un plumón, y si tú eres como yo, escribe en tu Biblia. Si tú no eres como yo, que te gusta rayar la Biblia, escribe en tu libreta. Ambas cosas pueden funcionar. El objetivo es que a través de Efesios tú puedas descubrir dos cosas. Uno, el contenido y la constitución de la iglesia —lo que ya te he mencionado—. Pero también cómo encontrar estos patrones importantes que dan luz al texto y al corazón del texto.
Así que acompáñame abriendo Efesios 1, y te veo en la primera sesión cuando ya hayas completado de leer los primeros seis capítulos.
Primera sesión: ¿quién es Pablo?
Bienvenidos a la primera sesión. Espero que hayas visto la introducción y por lo tanto hayas leído los seis capítulos completos de Efesios, para que puedas ir entendiendo el contexto de lo que estaré hablando. Ahora, si tú notaste cómo inicia la carta, esto es la clave —una de las mayores claves— para entender la teología de Pablo. Pero un paso anterior: ¿Quién es Pablo? Esta carta la escribe Pablo, y empieza diciendo: “Pablo, apóstol de Cristo por la voluntad de Dios”. Pablo fue escogido por Cristo: se le reveló en el camino a Damasco, cuando iba en camino a matar creyentes. Se le presenta, se le revela, y entonces todo lo que conocía hasta ese momento es transformado.
¿Qué conocía Pablo hasta ese momento? Pablo era un fariseo. Los fariseos eran conocidos por ser estudiosos de la palabra. Había un pequeño problema con ellos: tomaban la ley y la trataron de hacer individual. Quisieron aplicarla persona por persona, lo que significaba que si tú como individuo no seguías la ley al pie de la letra, entonces eras indigno. Este es un gran problema porque toda la Biblia se refiere a un pueblo, habla de algo corporal —y esto es importante porque Efesios nos va a hablar de la iglesia, el cuerpo de Cristo.
Ahora este Pablo fariseo de fariseos, estudioso de estudiosos, conocía la ley. Pero le faltaba un punto —algo extremadamente importante—: conocer al Salvador. Entender que el Mesías que había sido profetizado y anunciado por todo el Antiguo Testamento había llegado a la tierra, había caminado —como dice Isaías— como un siervo sufriente. Había dado su vida por nosotros en rescate de muchos y había resucitado. Y este mismo Dios que ascendió al cielo se le apareció a Pablo y cambia por completo su vida. Durante tres años estudia y se llena de la palabra, y entiende el Antiguo Testamento, entiende la revelación a través de los ojos de Cristo. Y esta es la clave para entender la teología de Pablo. Si tú sigues leyendo ese mismo versículo, decía: “a los santos que están en Éfeso, que son fieles en Cristo Jesús”.
Una de las cosas más importantes cuando lees la Biblia es notar los patrones repetitivos. Y si te dedicas a leer las cartas de Pablo, repite “en Cristo” o algún tipo de “en el Mesías”, “en nuestro Señor”, como 246 veces. Alrededor de 246 veces vas a ver repetida esta frase: En Cristo, en nuestro Señor, en el Mesías. ¿Qué significa esto? Esta es como la llave para descubrir y abrir la revelación de lo que Pablo está tratando de decirnos.
De nuevo, él conocía las Escrituras, pero no las conocía en Cristo. No las había visto a través de sus ojos, no se sabía en Cristo. Pero una vez que lo entiende, vamos a ver esta palabra como si Cristo Jesús fuera un tipo de contenedor. La manera más fácil en la que lo puedo explicar es el arca de Noé: es como si fuera esta arca, la cual Dios provee para que todo aquel que esté dentro del arca sea salvo del juicio. Dentro del arca cobramos una identidad, tenemos una misión, tenemos un propósito. Y fuera del arca tenemos otra identidad completamente diferente: dentro del arca somos salvos, somos hijos de Dios, caminamos fielmente con Él; y fuera del arca estaríamos destinados al diluvio y a la muerte eterna.
Sabiendo que Pablo le escribe a Éfeso —y a Éfeso específicamente
Sin embargo, en Cristo, una vez que tomamos esta realidad y podemos ver nuestra identidad en Cristo, nuestro propósito en Cristo, nuestra elección en Cristo, nuestro llamado en Cristo, la iglesia en Cristo, podemos entender y fundamentar nuestra vida en quiénes somos en la realidad y la revelación de Cristo. Yo sé, ya repetí “en Cristo” como 100 veces —Pablo lo hace 246 veces. Así que, si ya leíste estos capítulos, vamos a iniciar hablando de los primeros, alrededor de 14 versículos, sabiendo que Pablo le escribe a Éfeso —y a Éfeso específicamente, a los fieles seguidores en Cristo Jesús. Aquellos que se han visto depositada su vida y su esperanza y todo su ser en Cristo, que ya no viven ellos, sino que viven de nuevo en Cristo Jesús.
Muchos teólogos creen que la palabra “Éfeso” no existía en los pergaminos originales: entonces esta carta estaba destinada a transmitirse en todas las iglesias de la región. Y por lo tanto, para mí, es una constitución de la iglesia. No es una carta reactiva, no es una carta que responde a problemas de una iglesia en específica. Es una carta que tiene como objetivo recordarnos quién es Dios, cómo obra Dios, qué hace Dios, quiénes somos nosotros en Dios, cuál es su plan y cuál es la misión.
Así que durante esta clase descubriremos que tenemos un solo Dios, tenemos un solo propósito, que tenemos una sola misión, que somos una sola iglesia, que hay un plan eterno y que cada uno de nosotros respondemos a un solo llamado. ¿Cómo inicia entonces la carta? Con lo más importante de todo: presentándonos quién es Dios. Cuando tú la lees, puedes perderte en lo que Dios hace y enfocarnos en qué es lo que Dios hizo por nosotros.
Podemos descubrir quién es Dios detrás de lo que Él hace
Pero cada vez que vemos qué es lo que Dios hace, podemos descubrir quién es Dios detrás de lo que Él hace. Lo que Él hace es una parte de la expresión de quién es Él, pero quién es Él es mucho, mucho mayor a eso. Y Pablo va a iniciar explicándonos la Trinidad de alguna manera muy sencilla, muy práctica: Dios es Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Y Él obra con un propósito, para la gloria de sí mismo, para la alabanza de su gloria. Si tú ya tomaste la clase de orígenes, específicamente la de Génesis y el Evangelio en Génesis, recordarás que el propósito de toda la creación es que Dios mismo se quería revelar. Quería revelar su gloria para que otros —es decir, el ser humano— pudiera disfrutarlo, deleitarse en Él y entonces alabarla.
Nos dábamos esta analogía del chef: cuando te sirve una comida deliciosa, tú lo alabas y dices “es increíble esta comida, felicidades al chef”. De esa misma manera, Dios hizo toda la creación para lo mismo. Sin embargo, en Efesios, en los primeros capítulos del 1 al 14, descubriremos que Dios mismo actúa para su propia gloria, para su propia alabanza. Vamos a dividirlo en tres: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Y en Él encontraremos quién es Dios y a la luz de eso, quiénes somos nosotros. Vemos en los primeros versículos, en el versículo 3, que habla de
“Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, en Cristo Jesús”, que nos escogió en Cristo Jesús (Efesios 1:3 NBLA)
Él hizo tantas cosas a través —o en— Cristo Jesús, pero la principal, o la manera más importante que podemos entender esto, es que Dios Padre nos adoptó en Cristo Jesús, para la gloria y alabanza de su nombre, para la alabanza de quién es Él, para que Él sea mostrado y revelado a todos lados. Dios nos adoptó para la alabanza de su gloria. Esto es importante porque nuestra identidad depende de ello. Tú y yo somos hijos adoptados de Dios. Él los adoptó, Él los escogió. Sí, la clave está en Cristo: puso a Cristo como una vasija, puso a Cristo como un contenedor, y todo aquel que en Él cree es llamado Hijo de Dios.
Pero Dios Padre hizo todo esto para alabar su gloria. Imagínate por un momento a Dios antes de la creación: Dios antes de la creación está en sí mismo dándose gloria —uno al otro—: el Padre al Hijo, el Hijo al Espíritu Santo, el Espíritu Santo al Padre. Uno al otro, deleitándose. Y desde ahí dicen: “hagamos al hombre a nuestra semejanza”. El hombre cae y el mundo se corrompe, y cada uno de nosotros escogimos de alguna manera ser hijos de Satanás.
Sin embargo, Dios ofrece esta nueva oportunidad: y el Padre nos escogió en Cristo Jesús, y nos tomó, y nos adoptó para ahora ser llamados hijos de Dios. Como hijos de Dios, tú tienes acceso al Padre. Tú puedes levantar tus manos y sentir su abrazo. Tú puedes relacionarte con Dios como un buen Padre, que ama a su Hijo, que te busca, que te encuentra, que quiere simplemente disfrutarte. Yo personalmente con mis hijas: podemos hacer mil cosas, y puedo tener planes y buscar una manera de criarlas, pero lo más importante es que quiero escucharlas reír. Quiero estar con ellas. Se levantan en la noche y quieren ir a cama de mamá y papá, y felizmente vamos y las abrazamos y estamos junto con ellas, porque el objetivo es estar con mis hijas. La segunda parte que vemos es a Jesús.
Hablando ya de Jesús
Dice, en el versículo 7, hablando ya de Jesús —Dios Padre de Jesucristo, quien nos adoptó en Cristo Jesús—:
“Ahora, en Él, en Cristo Jesús, tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7 NBLA)
Y todo esto lo hizo Jesús para la alabanza de su gloria. Tenemos al Padre que nos adoptó para la alabanza de su gloria, y ahora el Hijo que derramó su sangre por completo para redimirnos y para perdonar nuestros pecados, para limpiarnos por completo —para la alabanza de su gloria. Él mismo se deleita en expresar quién es Él. Y al expresar quién es Él, nosotros salimos beneficiados, porque es a través de su sangre que nosotros somos limpiados y redimidos, a través de su sangre es que somos perdonados.
Cuando el Padre nos ve, olemos a su Hijo, y Él nos adopta como sus hijos, y nos ama como sus hijos, y el costo de la sangre del Hijo de Dios es puesto sobre nosotros. Tu identidad se encuentra una vez más ahí: en que eres adoptado, pero también en que eres perdonado, en que no hay impedimento para acercarte a Dios. Dios no es un Dios sentado en un trono de juicio enojado buscando regañarte. Diosito no se va a enojar: Él se complace de que regreses a Él, se complace de que estés vestido de su Hijo, Él se complace de estar contigo. Y todo esto lo hizo para la gloria de su Hijo, para la gloria del Padre, para la gloria del Espíritu Santo, para que en Él mismo sea revelado y en eso podamos conocerlo, y podamos acercarnos a Él una vez más.
Vemos más adelante, en el versículo 13, dice:
“En Él también, después de escuchar el mensaje de la verdad, del Evangelio de salvación, y habiendo creído, fueron sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa”. Es decir, el Espíritu Santo nos ha sellado, y se nos ha dado, dice, “como garantía, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para la alabanza de su gloria” (Efesios 1:13-14 NBLA)
Dios Padre nos adoptó, Dios Hijo nos redimió con su sangre, y Dios Espíritu Santo nos ha sellado como con una garantía de lo que ha de venir, una garantía de la esperanza viva. Y la clave de todo esto es, de nuevo, que nos ha sellado en Cristo Jesús. Somos como estas personas que han sido depositadas en una vasija.
¿En qué vasija? En una vasija en la que Dios nos ha adoptado, nos ha redimido, y nos ha sellado, con miras a la redención. De nuevo, regresando al origen de todas las cosas: Dios creó todo y todo era bueno, y Él ha prometido que Él regresará y que todo será bueno. Él restaurará todas las cosas. Mientras tanto, tú y yo descansamos en algo: el Padre nos adoptó, el Hijo nos redimió, y el Espíritu Santo nos selló en Cristo Jesús —dentro de Él, en su cuerpo, estamos sellados, estamos a salvo, estamos guardados— como una garantía de lo que ha de venir, de que tú y yo viviremos un día en el reino de Dios junto con Cristo Jesús, donde nos deleitaremos una vez más de la creación de Dios. Y todo esto lo hizo Dios para la alabanza de su gloria.
Dios hace tantas cosas, y a través de esas cosas lo podemos conocer y lo podemos amar. Pero estas cosas son una invitación a la meditación de quién es Él. Y el ejercicio que más me ha ayudado a mí para poder entender su grandeza es imaginarnos a Dios antes de hacer todas estas cosas: imaginarnos a Dios antes de la creación, imaginarnos a Dios antes de redimirnos, antes de todo esto. Y yo sé que es un juego de imaginación en donde podemos caer en errores, pero, a la luz de la palabra y a la luz de lo que acabamos de leer, podemos y debemos imaginarnos a Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo teniendo una conversación. Uniéndolo con Génesis, diciendo: “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y entonces ellos mismos, sabiendo que el hombre iba a pecar, decidieron proponer un plan.
Así como a través del hombre entró el pecado
Y el Hijo levanta la mano y dice: “yo los redimiré, yo encarnaré, yo vendré a esta tierra y me haré como un hombre, y así como a través del hombre entró el pecado, a través de un hombre saldrá el pecado, saldrá la salvación, saldrá la redención”. Y el Espíritu Santo dice: “y entonces yo habitaré en ellos, y yo los sellaré mientras tanto, mientras llega la redención de todas las cosas”. Y el Padre se glorificó y dice: “yo los adopto, ellos son mis hijos, los amo y los buscaré, como un padre busca a sus hijos y como un hijo busca a su padre”. Y entonces, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en esa conversación, se deleitaban unos a otros.
Y en medio del deleite de esta hermosa y gloriosa Trinidad —de que Dios es trino— Él mismo se dijo: “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y Él mismo dijo: “entonces, iré y moriré en esa cruz”. Y Él mismo dijo: “y habitaré en sus corazones y quitaré sus corazones de piedra y los haré de carne”. Y Él mismo dijo: “y los llamaré mis hijos”. Y todo esto alaba a Dios.
Por lo tanto, tú y yo encontramos una identidad en Cristo, o fuera de Cristo. Y fuera de Cristo somos hijos de desobediencia, hijos de Satanás, hijos de la ira de Dios, hijos de perdición —estamos fuera de Él, como aquellos que se quedaron fuera del arca. Pero en Cristo Jesús, cuando creemos y aceptamos que vivimos en Cristo Jesús, somos llamados hijos de Dios, adoptados por el Padre, redimidos por el Hijo y sellados por el Espíritu Santo, con un solo propósito: para que nuestras vidas alaben la gloria de Dios.
Así que ya conoces tú quién es Dios y qué es lo que ha hecho, pero sobre todo quién eres en Cristo Jesús. Tu propósito —sea lo que sea, hagas lo que hagas— es buscar la alabanza de la gloria de Dios. Es mostrar a Dios, es mostrar que lo conoces y lo amas. Y mientras más lo conoces, más lo representas; y mientras más lo representas, más gloria traes a su nombre, y más personas pueden conocerlo y deleitarse en Él. Y el objetivo de la creación comienza a cumplirse a través de sus hijos —de que más personas lo conozcan, lo amen y se deleiten en Él. En la siguiente sesión nos vamos a meter un poco más a cuál es el plan de Dios y cuál es nuestro rol en él. Nos vemos la siguiente sesión.
Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la clase.