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Apocalipsis 11: el templo y los dos testigos

Un templo literal, el amor por el pueblo judío y el llamado a ser testigos fieles

Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una conversación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey.

Resumen

Sustituyendo al pastor en el estudio de Apocalipsis, Daniel Lira enseña el capítulo 11, uno de los interludios del libro. La orden de medir el templo, el altar y a los que adoran apunta a un templo futuro y literal en Jerusalén, mientras el atrio es entregado a las naciones por cuarenta y dos meses. Daniel repasa las posturas sobre el rapto dentro de los siete años y subraya lo que todas comparten: la iglesia no está destinada a la ira, pero sí puede pasar tribulación. De ahí saca dos responsabilidades: amar al pueblo judío y ser testigos fieles, dispuestos a dar la vida, como los dos testigos que mueren, resucitan y son llamados al cielo antes de la séptima trompeta.

Puntos clave

  • Apocalipsis avanza en orden cronológico con pausas o interludios, y usa símbolos como un cuento para revelar lo que no entenderíamos de otra manera.
  • Medir el templo, el altar y a los adoradores apunta a un templo futuro y literal en Jerusalén; alegorizarlo todo vacía el texto.
  • El antisemitismo es una «canción satánica»: la iglesia debe rechazar toda doctrina que diga que Dios desechó a Israel.
  • Hay varias posturas sobre el rapto, pero todas coinciden en que la iglesia no está destinada a la ira, aunque sí puede sufrir tribulación.
  • Los dos testigos, inspirados en Zacarías 4, nos llaman a ser testigos dispuestos a dar la vida y a interceder poniéndonos en la brecha.
  • La séptima trompeta anuncia que el reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo: su venida no será oculta.

Un interludio en el libro

Nuestro pastor salió de la ciudad por un compromiso, así que me toca dar la enseñanza. Seguimos donde nos quedamos: Apocalipsis 11.

Ya vimos los sellos y las trompetas. Apocalipsis es muy cronológico, pero dentro de la cronología hay pausas, interludios. Sin disminuir su peso, se parece a un cuento para niños. Yo tengo niñas, y sus historias son de princesas, dragones y héroes: usan símbolos que ellas entienden para revelar lo que no podrían entender de otra manera. En las noches, cuando ya apagamos la luz, mi esposa les inventa el cuento de la gatita naranja, la gatita morada, la gatita rosa y el gatito azul, que soy yo; y en realidad les está contando su día. Nadie se pregunta qué significan los bigotes de la gatita. Usamos algo que les gusta, los gatitos, y algo que están aprendiendo, los colores, para contar su día.

También es como cuando le cuentas algo a alguien: vas en orden y de pronto dices: «¡Ah, no te conté!», y regresas para darle contexto. Apocalipsis hace lo mismo: ya habíamos visto la pausa de los ciento cuarenta y cuatro mil sellados, y este capítulo es otra: «Por cierto, hay dos testigos». Pero antes, los primeros dos versículos son fundamentales para entender los tiempos en que vivimos y los que vienen.

Medir el templo

«Entonces me fue dada una caña semejante a una vara de medir, y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él». El que habla es el Señor; se entiende por el contexto y porque más adelante es él quien da autoridad a los dos testigos. El punto no es la medición: no nos da el resultado, y medir un templo con una caña de unos tres metros tardaría muchísimo. El punto es que hay un templo, un altar y gente que adora en él.

¿Por qué es fundamental? Porque antes de que Cristo regrese va a haber un nuevo templo. Quitar la realidad física de ese templo te obliga a alegorizar todo Apocalipsis, Ezequiel y Daniel, y cuando todo en la Biblia se vuelve alegoría puedes hacer lo que quieras con ella: «Pablo no era Pablo, Pablo era yo». No: Pablo era Pablo, y aquí hay un templo.

Como creyentes vamos a tener que responder a esa realidad. Durante siglos después de Cristo, Israel no existía como nación, y aun así los judíos fueron odiados, perseguidos y asesinados. Hoy, en el último año, vemos el antisemitismo crecer de manera ilógica; hay universidades en Estados Unidos que fueron tomadas por estudiantes por una causa que no entienden. No quiero disminuir el sufrimiento que se vive allá; ese no es el punto. Pero a lo largo de la historia, desde Egipto, la razón para odiar y matar al judío siempre cambia: los egipcios por algo, los asirios, los babilonios y los medopersas por otra cosa, Hitler por otra. Siempre hay una razón para atacarlos.

Un misterio

Y la Biblia dice que habrá un templo con un altar, donde se ofrecen sacrificios y donde adoran los judíos. Quizá, como yo, te confunde: ¿eso es de Dios? ¿No es blasfemia, si Cristo ya fue sacrificado una vez y para siempre? Pero el texto dice: «mide el templo de Dios». El templo es de Dios, y quienes adoran ahí adoran a Dios. Hay un misterio que no alcanzo a comprender. No estoy diciendo que nos unamos a ellos a sacrificar toros. Digo que, por alguna razón, durante ese tiempo esos sacrificios son la voluntad de Dios.

Si hoy los odian solo por existir, y les dicen: «Regrésense de donde vinieron», ¿a dónde? ¿A Polonia, donde los mataron? ¿A Alemania, a los campos de concentración? ¿A Monterrey, donde la Inquisición mató al fundador y a su familia? Creo que la gasolina principal del anticristo será el antisemitismo, el odio hacia los judíos.

Imagina las noticias: construyen el templo, llega la Pascua, la misma fiesta en que celebramos la muerte y resurrección de Cristo, y transmitido en vivo por redes sociales un grupo de judíos degüella un cordero mientras adora a Dios. Si pisas sin querer la patita de un perro, lloras; hay gente para quien sus perros son sus hijos. Imagina cuánta gente, dentro y fuera de la iglesia, se va a levantar a gritar «blasfemia». Por eso estos versículos son cruciales: si nos levantamos a decir «blasfemia», nos estamos uniendo al anticristo. Ese templo se construirá en Jerusalén, donde siempre debió estar, y el clima político y religioso del mundo girará en torno a esos sacrificios. Desde hoy tenemos que entender de qué lado vamos a estar: a favor del pueblo de Dios o en contra; unirnos a su causa o reemplazarla.

Reemplazarla es llamar mentiroso a Dios. Cuando hizo el pacto con Abraham, le pidió un sacrificio, pero luego hizo dormir a Abraham y solo él pasó entre los animales, como diciendo: «Si alguna vez este pacto se rompe, yo pagaré con mi propia sangre». Y vino Cristo Jesús, pagó con su propia sangre y confirmó el pacto. Gracias a eso nosotros somos bendecidos e incluidos.

El atrio entregado a las naciones

Si no entendemos el versículo 1, podemos terminar del lado del versículo 2: «Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles; y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses», tres años y medio.

Hoy existe el monte del Templo, donde estuvo el templo destruido: el lugar santísimo, dentro del lugar santo, dentro de todo un complejo. Ahí está hoy el Domo de la Roca, del islam, que según su tradición marca el lugar desde donde Dios creó el mundo, y al lado la mezquita de Al-Aqsa, en una gran explanada. El Nuevo Testamento usa dos palabras para templo: hierón, el complejo completo, y naós, el santuario, el lugar santísimo donde mora la presencia de Dios. Esta segunda es la que se usa cuando dice que los creyentes somos templo de Dios, porque el Espíritu Santo mora en nosotros. Eso no quita que vaya a haber un templo. La Biblia solo dice que habrá al menos un santuario con un altar; lo más probable es que la explanada se comparta entre musulmanes y judíos, porque para los musulmanes lo realmente importante es la mezquita. Mide el santuario, dice el texto, pero no lo de afuera, porque será pisoteado tres años y medio.

El termómetro de Dios

Hay entonces dos clases de personas: las que reconocen el templo, el altar y a los que adoran, y las que los pisotean. Mientras más nos acerquemos al regreso de Jesús, esa división será más notoria. El termómetro profético de Dios es Israel, y si pones atención a Israel sientes la palabra de Dios hacerse viva.

Pero cuidado. Jesús dijo en Mateo 24: «Mirad que nadie os engañe… oiréis de guerras y rumores de guerras». No puedes mirar Medio Oriente y decir que Cristo viene mañana: primero, porque falta por lo menos el periodo de siete años, y segundo, porque hay otras señales que deben suceder. Lo importante es que los eventos futuros nos ayudan a saber cómo actuar hoy. Publica algo a favor de Israel en redes y verás llegar los ataques.

El antisemitismo es como una canción satánica que, si la empiezas a escuchar, te seduce. Entenderlo es la protección que necesita la iglesia para decir: «Dios ama al pueblo judío». Pablo dice en Romanos que «en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres», y que deseaba ser él mismo separado de Cristo por amor a sus hermanos. Esa es la postura de nuestro corazón al leer Apocalipsis, donde la gran tribulación es, primeramente, para el pueblo judío. Hace un mes, en Ámsterdam, persiguieron con autos a aficionados judíos que fueron a un partido de fútbol. Es algo satánico.

Mil doscientos sesenta días

«Y daré a mis dos testigos que profeticen por mil doscientos sesenta días». Mil doscientos sesenta días son cuarenta y dos meses, tres años y medio. La Biblia habla de un periodo de siete años dividido en dos mitades de tres años y medio. No importa si es mañana o en cien años; ese no es el punto. Hay quienes llevan años poniendo fechas, venden muchos libros, y luego dicen que fue un error de cálculo. La Biblia no se trata de eso.

Dentro de esos siete años hay, en esencia, tres posturas sobre el rapto; más allá de ellas, casi te diría: huye, porque se pone raro. La primera, que hemos seguido en este estudio, dice que la iglesia es arrebatada al inicio de los siete años: los primeros tres años y medio son la tribulación y los últimos la gran tribulación, con los sellos, las trompetas y las copas. La segunda lo ubica a la mitad. La tercera, justo antes de las copas de la ira. En las dos últimas, la primera mitad es un periodo de aparente paz, y a partir de la mitad viene lo que Jesús llamó una tribulación como nunca ha habido.

Las tres enseñan prácticamente lo mismo, y la diferencia es de semántica: depende de cómo definas la tribulación y la ira de Dios. Lo que todas afirman es que la iglesia no está destinada a la ira de Dios. Eso no significa que no pasaremos tribulación. Aun si el rapto fuera al inicio de los siete años, desde hoy hasta entonces hay tribulación: pregúntale a la iglesia perseguida de China, Afganistán, Irán, Nepal o Siria. El rapto es una doctrina secundaria; lo relevante es qué hacemos con lo que dice el texto.

Dos responsabilidades

No nos podemos confiar. Creo que tenemos dos responsabilidades. Una es estar con el pueblo judío y rechazar toda doctrina antisemita infiltrada en la iglesia, toda enseñanza de que Dios se divorció de su primera esposa para buscarse una más joven. Hasta suena horrible decirlo. No digo que quien la cree sea del diablo, pero esa doctrina está influida por esa canción satánica. Y al final, Dios gana.

Todo comienza con un pacto de paz que permite a Israel construir un templo. Los siete años no inician hasta que haya un templo en Israel. Si estamos aquí, estamos; si no, lo veremos desde el cielo. Si no vamos a estar, nuestra responsabilidad es que quienes se queden entiendan que ese templo es de Dios y que quienes adoran ahí lo hacen con un corazón que quiere adorarle; están velados, pero están a punto de ver a Cristo. Y si estamos, nuestro trabajo es sufrir con ellos; no porque la ira venga sobre nosotros, Dios nos guarda, sino porque estamos con ellos y los amamos.

Si te encuentras a un judío en Monterrey, ámalo, sírvelo y aprende de él. No trates de convertirlo; provócalo a un celo santo. Pregúntale de su Dios, del hebreo, de cuando David llevó la presencia de Dios a Jerusalén, de la Pascua y de sus fiestas. Y cuando te pregunte por qué preguntas tanto: «Porque conocí a tu Mesías y lo amo». No te va a creer, pero en su casa se va a encontrar con Cristo. Cuando todos lo odian y tú lo amas, va a preguntar: «¿Por qué me sirves? ¿Por qué aguantas las calumnias por defenderme?». «Porque Cristo lo hizo por mí cuando nadie daba un peso por mí, y lo hizo gracias a ti, judío».

La otra responsabilidad es predicar el evangelio. Esas son las dos únicas misiones reales; lo demás es vida práctica. Ama a tu esposa como Cristo amó a la iglesia, y la gente preguntará por qué tu matrimonio funciona y por qué estás presente con tus hijos: «Porque Cristo me lo pidió». Mientras el odio aumente, podemos ser de los que odian y maldicen o de los que aman y bendicen. Es el mensaje de la Torá: «Benditos los que te bendijeren, y malditos los que te maldijeren». Israel no creyó que la ley era literal y fue al exilio, donde entendió que obedecer a Dios trae bien y desobedecer, no. Si bendecimos a Israel seremos bendecidos; si no es en este tiempo, será en la eternidad.

Cuando leemos literatura apocalíptica hacemos lo que Pablo llamaría echar mano de la vida eterna: traer el mensaje a nuestra vida, como hacemos con el Antiguo Testamento. De este interludio tomamos dos cosas: amamos al pueblo judío y somos testigos fieles de Dios.

Paz aparente y abominación

Al inicio de los siete años el anticristo reina en aparente paz. Firma un pacto geopolítico que permite a Israel compartir la zona del templo con los musulmanes, algo que hasta hoy ha sido imposible, aunque cada intento se acerca más. Durante tres años y medio es un agente de paz que todos aman, incluso los judíos: «Me diste el templo». Las naciones quedan, como dice la palabra, embriagadas por su seducción. Pero a la mitad entra al templo, quita los sacrificios y se sienta en el lugar de Dios. No dice «Yo soy el Señor»; dice «Yo soy Dios», y no lo es. Profana el templo, y siguen tres años y medio de una persecución terrible contra el pueblo judío y contra todos los que se alíen con él.

Si estamos, debemos estar listos; si no, dejar la enseñanza para los que se queden. Mi mamá, que a la fecha no es creyente, tiene que saber esto. Espero que llegue a Cristo antes, pero si construyen el templo y yo ya no estoy, recordará lo que le dije. Y si estoy, le hablaré: «Mamá, ¿te acuerdas? Ya empezó». Y si tú no estás, Dios se encarga: para eso están los dos testigos.

Los dos testigos

Desde el inicio de ese tiempo habrá un templo y dos testigos ungidos con el poder del Espíritu, de cuya boca sale fuego contra quien quiera dañarlos. «Estos testigos son los dos olivos, y los dos candeleros que están en pie delante del Dios de la tierra». Es una imagen de la visión de Zacarías, después del regreso del exilio, donde el ángel explica que los dos olivos son los dos ungidos para la obra, los encargados de reconstruir el templo: Zorobabel y el sumo sacerdote Josué.

¿Quiénes son estos dos testigos? La Biblia no lo dice. Hay tres propuestas serias: Moisés y Elías, por las plagas, el agua convertida en sangre, el fuego y la sequía, y porque aparecieron en el monte de la transfiguración; Enoc y Elías, porque nunca murieron; o dos personas nuevas que Dios levante. No importa. Cuando la Biblia no da nombres, como con uno de los discípulos de Emaús, es para que, al leerlo, entiendas que estás llamado a lo mismo. Son literales, pero tú también eres testigo.

Testigos hasta la muerte

La palabra «testigo», mártys, es la raíz de «mártir». No te tienes que morir, pero tienes que entregar tu vida a la muerte: estar dispuesto a que tu fe te lleve a la tumba, a que todos te rechacen. Si estás dispuesto a perder tu vida, la vas a ganar, y estarás dispuesto a ponerte en la brecha: entre el que quiere matar y el que no conoce a Cristo, entre las naciones que quieren pisotear a Israel e Israel, entre Dios y mi mamá: «Señor, no te la lleves, porque no te conoce; haz conmigo lo que quieras».

Eso hizo Moisés cuando, mientras él estaba en el monte, el pueblo hizo el becerro de oro y Dios dijo que los destruiría. Imagínate a Dios airado, con truenos, relámpagos y fuego, y tú diciéndole: «No los mates; borra mi nombre». Cuando Dios ve esa fe, da un rato más. Una intercesión no es real si no estás dispuesto a poner tu vida por el otro. Orar por Israel sin haber intentado conocer su historia no es intercesión. Interceder por tu hijo en las drogas probablemente sí lo es, porque lo sufres y darías tu vida por él. Orar por el pueblo tarahumara sin estar dispuesto a ir es orar, y es bueno, pero interceder es decir: «Me paro entre Dios y el pueblo y recibo el golpe, porque Cristo lo recibió y mi vida no es mía».

«Si alguno quiere dañarlos, sale fuego de la boca de ellos, y devora a sus enemigos… Estos tienen poder para cerrar el cielo, a fin de que no llueva en los días de su profecía; y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda plaga». La gente los va a culpar de cada sello y cada trompeta. «Cuando hayan acabado su testimonio, la bestia que sube del abismo hará guerra contra ellos, y los vencerá y los matará. Y sus cadáveres estarán en la plaza de la grande ciudad que en sentido espiritual se llama Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado»: Egipto, lleno de plagas, y Sodoma, consumida por fuego. «Y los de los pueblos, tribus, lenguas y naciones verán sus cadáveres por tres días y medio, y no permitirán que sean sepultados. Y los moradores de la tierra se regocijarán sobre ellos y se alegrarán, y se enviarán regalos unos a otros».

La maldad del corazón humano

Esa es la maldad del corazón humano: matan a los enviados de Dios, dejan que sus cuerpos se pudran en la calle y se dan regalos. El 7 de octubre, terroristas de Gaza entraron a Israel, asesinaron, violaron y quemaron, y algunos transmitieron sus crímenes; y hubo quienes repartieron dulces en las calles para celebrarlo, diciendo que era para la gloria de Dios. Jesús lo dijo: «Viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios».

Empieza con el pueblo judío y eventualmente llega al pueblo cristiano. Pasó en el Holocausto: a los pastores les decían: «Entréganos a tus judíos y no te pasará nada», y después les pedían la lista de sus congregantes; a los que se negaron, los mataron. Pasó en Irán hace menos de diez años: llegó la ley islámica, pidieron listas a las iglesias, mataron a quienes se negaron, y la iglesia desapareció. Hasta que algunos entendieron: «Hicimos conversos, no discípulos». Los discípulos están dispuestos a dar su vida; los conversos vienen a sentarse en una silla. Hoy la iglesia que más rápido crece es la de Irán, luego la de Afganistán, y creo que pronto será la de Siria. Algo pasa cuando hay persecución y pones tu vida delante de Cristo.

Resucitados ante todos

«Pero después de tres días y medio entró en ellos el espíritu de vida enviado por Dios», el rúaj, el soplo de Dios, «y se levantaron sobre sus pies, y cayó gran temor sobre los que los vieron. Y oyeron una gran voz del cielo, que les decía: Subid acá. Y subieron al cielo en una nube; y sus enemigos los vieron. En aquella hora hubo un gran terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y por el terremoto murieron en número de siete mil hombres; y los demás se aterrorizaron, y dieron gloria al Dios del cielo».

Es imposible no pensar en Cristo. Cuando terminó de dar testimonio de que era el Mesías, Dios encarnado, el diablo creyó vencer en la cruz; pero en esa misma cruz selló su destino, porque al tercer día Cristo resucitó y exhibió públicamente a sus enemigos. Me imagino las cámaras apuntando a los cadáveres de los testigos día y noche, y el anticristo diciendo: «Hemos vencido; se acabaron las plagas». Y de pronto un pie se mueve, unos ojos se abren, uno se levanta y le da la mano al otro, y una voz del cielo dice: «Suban». Y todo el que lo ve, aterrado, da gloria a Dios. Nuestro trabajo como testigos es dar testimonio de la resurrección de Cristo y de su venida, pase lo que pase, para que todos puedan darle gloria a Dios.

La séptima trompeta

«El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos. Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados delante de Dios en sus tronos, se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios, diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder, y has reinado. Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra. Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y grande granizo».

La venida de Cristo no será oculta ni repentina: se anuncia con sellos, trompetas, voces del cielo, relámpagos y granizo. Todo ojo lo verá. Nuestra fe no se arraiga en las bendiciones de hoy, ojalá vengan muchas, sino en el día en que Dios se manifieste: temible para quien lo ha rechazado, pero dulce y glorioso para quien lo mira y dice: «Bendito el que viene en el nombre del Señor».

Mi anhelo es que, después de leer Apocalipsis, podamos mirar al pueblo judío y decirle: «Estoy contigo». Y que en la posada de la oficina, con tus amigos y tu familia, le pidas a Dios valentía para decir: «Hoy no celebramos cualquier cosa: celebramos el nacimiento del Mesías, que se hizo carne y tomó forma de siervo; celebramos que resucitó al tercer día, y que va a regresar. Y todo aquel que en él crea tendrá vida eterna».

Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «Noches Crecer | 11 de Diciembre 2024», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.

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