Monterrey, N.L.Maestro de la Biblia · MDiv en curso, Talbot

Predicaciones · Convivencia Familiar Monterrey

A ciegas: Juan 9

El ciego de nacimiento: obedecer primero, ver después y reconocer a Jesús como la luz del mundo

Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey.

Resumen

Los discípulos preguntan por qué el hombre nació ciego; Jesús responde para qué: para que las obras de Dios se manifiesten en él. Todos nacimos ciegos espiritualmente, mendigando propósito, y todos tenemos encuentros con Dios; lo que define si llegamos a ver es cómo respondemos. El ciego obedece sin entender, se lava en Siloé y ve. Ante los vecinos, los fariseos y sus padres, su comprensión de Jesús crece: «el hombre que se llama Jesús», «un profeta», alguien que viene de Dios, hasta que Jesús lo encuentra y él lo adora. Con su propio testimonio de cuatro años buscando la verdad, Daniel invita a abrir la Biblia, obedecer en lo sencillo y dejar que Jesús abra los ojos.

Puntos clave

  • Más que el porqué de las cosas, importa el para qué: que la gloria de Dios se manifieste.
  • Todos nacimos ciegos y todos tenemos encuentros con Jesús; nuestra respuesta define si llegamos a ver.
  • El ciego obedeció sin entender, y luego vio: primero obedeces y luego ves.
  • Su conocimiento de Jesús crece paso a paso: un hombre, un profeta, el Hijo del Hombre a quien adora.
  • Jesús vino por los que reconocen que son ciegos, no por los que creen que ya ven.

No el porqué, sino el para qué

Si tienes tu Biblia física, ábrela en Juan 9; si la tienes en el celular, es el único momento en que lo puedes sacar. Hoy vamos a estudiar todo el capítulo. Le di muchas vueltas a qué predicar hoy; mi esposa me vio hacer como tres prédicas distintas. Es 15 de septiembre, y Juan 9 no se trata de eso. Pero, inspirado un poco por el retiro de Live que vamos a tener, me ha dado vueltas una historia que nos apunta a Jesús: no importa la incertidumbre ni el momento, quien realmente nos ha hecho libres, quien es la respuesta y quien va a gobernar con justicia es Él.

Un poco de contexto: en la época de Jesús se creía que las enfermedades, la ceguera o la lepra eran causadas por algún pecado que Dios estaba castigando. Jesús y sus discípulos se topan con un hombre ciego de nacimiento, y la pregunta es obvia: si no pecó él, ¿por qué es ciego? «Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?». Y Jesús responde: «Ni este pecó, ni sus padres; sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Jn. 9:2–3).

Muchas veces buscamos el porqué de las cosas y nos perdemos lo más importante: el para qué. Y el para qué de hoy, de cada domingo y de cada día de tu vida, es darle gloria a Jesús. Pero nos atoramos: ¿por qué me enfermé?, ¿por qué estoy solo?, ¿por qué tengo depresión?, ¿por qué a mí? Cuando te atoras en el porqué, es muy difícil levantar los ojos y entender el para qué.

Ojo: el punto no es que Dios haya hecho un plan malévolo para que naciera ciego y luego pasar por ahí y lucirse. Jesús no está resolviendo el porqué. Está diciendo que cuando alguien tiene un encuentro con Él, todo termina redirigido para su gloria.

Y hacemos ese tipo de preguntas sobre otros porque nos hemos olvidado de nuestra propia ceguera. «Es un pecador y por eso está así» implica que el sano no es pecador, que el que ve es mejor que el que no ve. Es más fácil sanar a un ciego de nacimiento que hacernos ver nuestra condición espiritual.

Todos nacimos ciegos

Todos nacimos ciegos, muertos, sin esperanza, sin Dios, en oscuridad. Y como este ciego mendigaba en la calle, nosotros mendigamos un propósito: ¿para qué existo? Esta historia también se parece mucho a lo que me pasaba a mí antes de ser creyente: vivía mendigando un propósito. E incluso al llegar a la fe nos perdemos en preguntas sobre nuestro llamado personal y olvidamos el gran propósito: la gloria de Dios.

Jesús continúa: «Nosotros debemos hacer las obras del que me envió mientras es de día; la noche viene cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo» (Jn. 9:4–5). Usa la historia de un ciego físico para hablarnos de la ceguera que realmente importa: la de quienes no han abierto los ojos para ver la luz del mundo, que es Jesús.

Todos tenemos un encuentro con Dios, con el Espíritu Santo, que nos confronta y nos hace pensar, y lo resistimos o lo obedecemos. Lo que define nuestra capacidad de ver que Cristo es el Mesías es cómo respondemos.

Barro en los ojos

A mí me gusta imaginar las historias de la Biblia; si no, no las entiendo. Imagina que eres el ciego. En la prepa una vez nos taparon los ojos, nos dieron un bastón y nos pusieron a caminar por toda la escuela. Fue un desastre. Estás ahí, sin ver, y escuchas murmuraciones: «Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres?». «¿Estarán hablando de mí? Sí, soy yo». Y luego la cosa más extraña que he visto en la Biblia: escuchas muy cerca un escupitajo. Qué bueno que no te dio. Sientes que alguien hace barro con la tierra, y de repente tienes barro en los ojos. Como cuando tu hermano te pedía papitas y tú las lamías: «¿Quieres?».

«Dicho esto, escupió en tierra, e hizo barro con la saliva y le untó el barro en los ojos, y le dijo: “Ve y lávate en el estanque de Siloé”» (Jn. 9:6–7). De todo lo que Jesús hizo, Juan, por inspiración, escribe esto. No sé por qué lo hizo. Tal vez representa nuestro primer encuentro con Jesús: vas por la vida creyendo que así es, escuchas a gente hablar de ese Jesús y de una vida nueva, y de repente te embarran, te cambian la vida y te la «arruinan», porque ahora sabes que Jesús existe y tienes algo que decidir.

O tal vez Jesús estaba recordando el sexto día de la creación, cuando Dios tomó tierra, hizo barro, formó a Adán y sopló en él aliento de vida. Tal vez, al ver a un ciego de nacimiento, quería mostrar que vendrá a restaurarlo todo: así como los creé una vez, así serán restaurados. A lo mejor sí, a lo mejor no.

El ciego fue, se lavó y regresó viendo. ¿Qué tan lejos estaba Siloé? No sé. Imagínalo caminando lleno de barro, buscando el estanque. Se lava, abre los ojos y ve, y lo primero que hace es regresar a donde fue encontrado: «¿Quién me sanó? Lo quiero conocer». Pero Jesús ya no estaba.

El punto principal hasta aquí es que obedeció. No entendía nada; lo embarraron con saliva y barro, y aun así fue. Todos nacimos ciegos, al menos de corazón, con un corazón de piedra. Pero todos somos encontrados por Dios: cada persona que conoce a Jesús y con la que te topas es un encuentro personal que te debe hacer reaccionar. La pregunta es si estamos dispuestos a obedecer primero para luego ver.

«Sí, soy yo»

Los vecinos que lo conocían decían: «¿No es este el que se sentaba a mendigar?». Unos decían que sí; otros, que solo se le parecía. Y él decía: «Sí, soy yo» (Jn. 9:8–9). Sí, soy ese del que hablan, el que hizo todo lo que dicen que hice; pero la gloria de Dios se está manifestando y ahora veo. Ese es mi testimonio: sí anduve mendigando propósito en distintas religiones, en empresas, en coaching, en dinero. Sí soy ese, pero ahora puedo ver.

«¿Cómo te fueron abiertos los ojos?». Su primera respuesta es muy impersonal: «El hombre que se llama Jesús hizo barro, lo untó sobre mis ojos y me dijo: “Ve al estanque de Siloé y lávate”. Así que fui, me lavé y recibí la vista» (Jn. 9:11). Solo recita los hechos. No sabe ni quién es.

Los vecinos acababan de presenciar un milagro. Tal vez algunos dijeron: «Si este sanó, yo quiero seguirlo», y otros siguieron dudando. Muchas veces, en el primer encuentro con Jesús, no lo comprendemos. Te pasa la primera vez que llegas a la iglesia: «No sé qué es, pero quiero regresar». Para mí fue un mensaje muy sencillo de alguien que me preguntó: «¿Conoces a Jesús?». Y le respondí: «Es tan solo un profeta. No me molestes con eso». Pero desde ese momento fue como si alguien me hubiera escupido y embarrado de lodo, y empecé a buscar con qué lavarme: «¿Y si no es solo un profeta?». Si alguien me preguntaba, no sabía qué contestar.

Ante los fariseos

Lo llevan con los fariseos, y era día de reposo. No investigaban el milagro, sino que buscaban cómo etiquetar a Jesús como pecador. Muchas veces nuestros prejuicios, nuestra cultura y lo que nos han dicho ya etiquetaron cómo se ve Dios, y aun viendo a un ciego ver preguntamos para confirmar nuestra verdad, no para encontrarnos con su gloria: «Está bien padre lo que dijiste, pero déjame forzarlo para que encaje en lo que ya creo».

Ahora su respuesta cambia y se vuelve personal: «Él me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». «¿Y tú qué dices de él?». «Que es un profeta» (Jn. 9:15–17). Si me hizo ver, tiene que ser un enviado de Dios.

Podríamos llamarlo un segundo paso: «No sé bien quién es, pero sí sé que viene de Dios». Mi proceso duró como cuatro años de angustia buscando una verdad que creía poder encontrar solo. Otras personas me decían: «Estoy deprimido, no sé qué hacer con mi vida», y yo les respondía: «Yo tampoco. Me duermo llorando, deseando no despertar. Pero mi papá me regaló un libro que habla de Jesús, y cuando lo leo todo se siente bien». «¿Entonces tú crees?». «No. Pero ten, te lo regalo».

Los padres y la presión

Al ciego le bastaba haber visto; a los fariseos no. Pobre ciego: Dios te sana, desaparece de la escena, lo buscas por todos lados, y la gente no deja de molestarte. «¿De verdad eras ciego?». Llaman a sus padres: «¿Es este su hijo, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?». Y ellos, con miedo, contestan: «Sí es nuestro hijo y sí nació ciego. Cómo ve ahora, no lo sabemos. Pregúntenle a él; ya es adulto» (ver Jn. 9:18–23). Otra vez hablan del ciego como si no existiera.

Lo vuelven a llamar: «Da gloria a Dios; nosotros sabemos que este hombre es un pecador» (Jn. 9:24). Es decir: solo Dios te pudo haber sanado; dale la gloria a Dios, porque este no es Dios. Y creo que ahí, en el corazón del ciego, se abren de verdad sus ojos espirituales. Razona: un hombre llamado Jesús me sanó; viene de Dios; y los fariseos dicen que solo Dios sana. Entonces este hombre tiene que ser Dios. «Si es pecador, no lo sé; una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo» (Jn. 9:25). No me importa lo que digan de Jesús. Él me encontró, me pasó de muerte a vida, de la oscuridad a la luz, y ahora lo quiero buscar.

La evidencia estaba en su cara. Como cuando Juan el Bautista mandó preguntarle a Jesús si era el Mesías, y Jesús respondió que los ciegos ven y los cautivos son libres. Pero vuelven a preguntar: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?». Son las preguntas necias que yo hice durante cuatro años, cuando la respuesta la tenía cerca: ¿de dónde viene la Biblia?, ¿no será otra religión?, ¿cuál es el ritual?, ¿qué tengo que sufrir?, ¿no puede ser tan simple?

Sí es así de simple. No es fácil, porque tienes que renunciar por completo a tu vida, pero es simple: el Hijo de Dios, que te pensó antes de la fundación del mundo, vino, tomó carne, vio que éramos ciegos espirituales, hizo lo que tenía que hacer, y ahora podemos ver. Y al verlo, es tu responsabilidad seguirlo. El ciego les dice: «Ya les dije y no escucharon. ¿Por qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse sus discípulos?» (Jn. 9:27).

Sin darse cuenta, ya se llama discípulo. No sabía teología ni hebreo; probablemente nunca aprendió a leer las Escrituras como los demás niños judíos; era el rechazado. Pero ahora veía. Tuvo un encuentro con Jesús, lo reconoció, resistió los argumentos contando su testimonio simple, y no iba a descansar hasta encontrarlo.

Viendo hacia atrás, yo fui ese ciego. Alguien escupió en mi vida con un mensaje que me pareció hiriente: «No te metas con mi fe; respétame». Y cuatro años después me di cuenta de que era Jesús quien me estaba buscando. Cada cosa que encontraba y que se le parecía era como un vaso de agua amarga: se asemejaba, pero no saciaba mi sed.

«Esto es asombroso»

Los fariseos responden: «Sabemos que Dios habló a Moisés, pero en cuanto a este, no sabemos de dónde es» (Jn. 9:29). Sí sabían: estaba profetizado de dónde vendría, pero reconocerlo era renunciar a lo que habían decidido que era la verdad.

Y algo cambió en el ciego. El mendigo que vivía tirado en el piso esperando una moneda, acostumbrado a oír murmuraciones sobre su vida y a hacerse chiquito, ahora les habla a los líderes de su sociedad: «Esto sí que es asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, y sin embargo a mí me abrió los ojos» (Jn. 9:30). Ustedes, que crecieron leyendo las Escrituras y conociendo las profecías, no saben de dónde viene. Yo sí: viene del cielo. Me untó barro y me recordó que soy hechura suya, hecho a su imagen. Ya no soy un ciego, sino un hijo de Dios, sanado y escogido, redimido por la sangre de Cristo, sellado por el Espíritu Santo y coheredero con Él.

Y el ciego aplastado empieza a enseñarles a los fariseos: «Sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguien teme a Dios y hace su voluntad, a este oye. Desde el principio jamás se ha oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si este no viniera de Dios, no podría hacer nada» (Jn. 9:31–33). Ustedes lo han visto caminar y predicar, y aun así sus ojos espirituales siguen cerrados, buscando algo más: «No puede ser que alguien que llegó en chanclas, que nació en un pesebre, que creció en Nazaret, de donde nada bueno sale, y que era carpintero, sea el Hijo de Dios». Pero el que teme a Dios y obedece, ese será escuchado. Nuestra tarea principal no es entender, aunque eventualmente vas a entender: es obedecer la sencillez de las instrucciones de Jesús.

«Tú lo has visto»

No sé por qué estás aquí hoy. Es 15 de septiembre, mañana es puente; pudiste ir a cualquier lado, o a lo mejor te trajeron a fuerza. No me interesa el porqué; me interesa el para qué: estás aquí para que la gloria de Dios se manifieste en tu vida. Si te has encontrado con alguien que conoce a Jesús, es Dios diciéndote: «Abre los ojos. Yo estoy a la puerta y llamo. Yo soy la luz del mundo».

El ciego obedeció y vio, pero todavía no conocía a Jesús. Nadie busca a Dios, pero Él sí te busca a ti. Jesús oyó que lo habían expulsado, lo buscó y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del Hombre?». Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que yo crea en Él?». Lo tenía enfrente, pero nunca lo había visto. Su hambre era profunda: muéstrame quién es, porque lo quiero seguir. Y Jesús le dice, con un hermoso juego de palabras: «Pues tú lo has visto, y el que está hablando contigo, Ese es» (Jn. 9:35–37). Antes eras ciego, pero ahora me has visto.

Durante esos cuatro años, todas las noches yo sabía que alguien había tocado mi puerta. No quería que fuera Él, pero sabía que era Él. Y todas las noches me dormía diciéndole: «Si tan solo me hablaras, sería tuyo». Un día me rendí y empecé a leer la Biblia, y no pasaron ni dos semanas cuando llegué a Juan 4. La samaritana le dice a Jesús que algún día vendrá el Mesías y les explicará todo, y Jesús le responde: «Yo soy, el que habla contigo». Ese fue el momento en que me quebré, igual que el ciego.

Él dijo: «Creo, Señor». Y lo adoró (Jn. 9:38). Pocas veces en la Biblia Jesús deja que lo adoren así; lo conocemos lavando pies o diciendo «no se lo cuentes a nadie». Pero ante el ciego dice: «Está bien, soy yo».

Vine para que los que no ven, vean

Jesús vino por el ciego, no por el que cree que ya ve; por el que reconoce que lo necesita, no por el que ya decidió cuál es la verdad. El día que creemos tener la verdad absoluta, jamás volvemos a abrir la Biblia: «Ya me sé la historia de Abraham; me la contaron en la escuela dominical». ¿Sabes cuántas veces he estudiado esa historia en el último año? Y cada vez encuentro algo nuevo, me encuentro con Jesús, me habla y me reconforta.

«Yo vine a este mundo para juicio; para que los que no ven, vean, y para que los que ven se vuelvan ciegos». Los fariseos le dijeron: «¿Acaso nosotros también somos ciegos?». Jesús les respondió: «Si fueran ciegos, no tendrían pecado; pero ahora, porque dicen: “Vemos”, su pecado permanece» (Jn. 9:39–41).

Todos nacimos ciegos y todos tenemos encuentros con Jesús, y nuestra respuesta define nuestra capacidad de ver al Mesías, la luz del mundo, el nombre sobre todo nombre. El llamado de hoy es que pruebes y veas, sin importar cuánto tiempo llevas en la iglesia o si jamás has abierto una Biblia: ábrela, léela y comienza a obedecerla de la manera más simple. Tal vez es ir a lavarte al estanque de Siloé. Tal vez es pedirle perdón a tu mamá, no hacer enojar a tus hijos o dejar de hacer una transa en el trabajo. Mientras caminas obedeciendo, empiezas a ver, la Palabra se vuelve lámpara a tus pies, y descubres que Jesús es más que un profeta: es el Hijo del Hombre.

Debemos dejar de basar nuestra vida en gurús, pastores o maestros. La iglesia existe para algo, pero nada se compara con abrir tu Biblia y dejar que Jesús te embarre de barro, te muestre lo oscuro de tu vida y te examine, hasta que digas: «Ya no quiero esto; quiero a Cristo». Probablemente ya le entregaste tu vida; si no, el siguiente paso es todavía más importante que hacer una oración: comprometerte a leer tu Biblia, aunque al principio no entiendas nada, y dejarte llevar por Jesús en el proceso.

Oración

Señor, hoy nos reconocemos ciegos y queremos verte. Queremos conocerte, creer en ti y saber quién eres y a qué viniste; conocer la anchura y la profundidad de tu amor, que es más perfecto de lo que podemos imaginar. Te has manifestado y has dejado tu Palabra en las Escrituras. Danos la fuerza para basarnos en ellas lo que resta de este año. Te pido un hambre insaciable de tu Palabra para esta iglesia: por conocerte, por padecer como tú, por resucitar como tú y por ser hallados en ti, en el supremo llamamiento que hay en Cristo Jesús. Gracias, porque antes era ciego y ahora puedo ver. En el nombre de Jesús. Amén.

Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «A Ciegas | Ps Daniel Lira», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.

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