Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey · Campus Cumbres.
Resumen
La cruz es el momento central de la historia: como una piedra que cae en el agua o un grito que hace eco, impacta el pasado, el presente y el futuro. De las siete palabras de Jesús en la cruz, esta predicación se centra en «consumado es», en griego una sola palabra, tetelestai: una obra hecha una vez y para siempre, real y hecha por nosotros. Sus ecos se oyen en la Torá: los dos machos cabríos del Día de la Expiación muestran que el pecado fue limpiado y quitado, y el diablo perdió su poder de acusar; el carnero que sustituyó a Isaac muestra que la muerte fue vencida. Y como Dios cubrió a Adán y Eva, Cristo cubre nuestra vergüenza y nuestro miedo. Somos su obra maestra.
Puntos clave
- Tetelestai está en tiempo perfecto, indicativo y pasivo: hecho una vez y para siempre, real, y hecho por nosotros.
- En el Día de la Expiación, un macho cabrío limpiaba el pecado y el otro lo llevaba lejos: en Cristo el diablo ya no tiene de qué acusarnos.
- La palabra se usaba al saldar una deuda: «la deuda está cancelada».
- El carnero en lugar de Isaac anunció la sustitución: Cristo venció a la muerte.
- La vergüenza y el miedo, raíces de muchas ataduras, fueron cubiertos en la cruz; somos la obra maestra de Dios.
Ecos de la cruz
Hoy quiero voltear a ver la cruz. Muchas veces la pierdo de vista por meterme en las ramas de lo que produce, pero el centro de nuestra adoración y de nuestras vidas, el punto más importante de toda la humanidad, es el momento en que Cristo fue a la cruz.
Para ti y para mí sucedió hace dos mil años. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, desde la eternidad pasada, antes de la creación, se estaban dando gloria y deleitándose el uno en el otro, y en un momento dicen: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza», un ser capaz de conocernos y amarnos. Solo había una pequeña cosa: el ser humano no podía ser Dios. Al crear algo fuera de Dios había la posibilidad de la imperfección, de que todo saliera mal. Yo me imagino que la pregunta fue: ¿valdrá la pena? Alguien tendría que pagar para restaurarlos. Y me imagino al Hijo levantando la mano: «Yo pagaré el precio». Desde ese momento vieron la cruz, y desde la cruz crearon todo lo demás.
A eso me refiero con «ecos de la cruz». Es el momento central que impacta el pasado, el presente y el futuro, como una piedra que cae en un cuerpo de agua y mueve todo a su alrededor, o como cuando gritas al pie de una montaña y el eco se repite: mientras más cerca estés, más fuerte se escucha, pero el impacto es eterno.
Las palabras de Jesús en la cruz
¿Qué sucedió en la cruz que impacta toda la historia? Lo encontramos en las siete frases que Jesús dijo en la cruz. Hoy nos centramos en una, pero se las menciono rápidamente. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Al ladrón crucificado a su lado: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». A su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», y a Juan: «Ahí tienes a tu madre». Aun en medio de todo el sufrimiento, Jesús voltea a ver a la humanidad: perdona, da esperanza al perdido y mira a su madre con compasión.
La siguiente frase hace eco del corazón del rey David en el Salmo 22, que inicia con las mismas palabras: «Elí, Elí, ¿lemá sabactani?», «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Ese es el peso y el precio de la cruz. No es el dolor, aunque era inmenso, ni la sangre, aunque fue derramada por completo. Es el momento en que el Hijo iba a ser abandonado por un momento por el Padre y sentir el peso del pecado.
Después dice «Tengo sed», y en lugar de agua le dan vinagre. «Entonces Jesús, cuando hubo tomado el vinagre, dijo: “¡Consumado es!”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn. 19:30). En esa palabra nos vamos a centrar.
Tetelestai: hecho una vez y para siempre
¿Qué logró Jesús? ¿Qué obra completó? En el griego original no son dos palabras: es una sola, tetelestai. Una palabra que contiene más significado que todas las palabras del universo. Charles Spurgeon decía que es como una gota que contiene un mar de significado.
Me voy a meter un poco en gramática. Yo odiaba la gramática en la primaria; a mi esposa sí le gustan los acentos y los pretéritos, pero yo he ido aprendiendo. Tetelestai está en tiempo perfecto, modo indicativo y voz pasiva. El perfecto indica algo que se hizo una vez y para siempre. El indicativo, que es completamente real, que no hay duda. Y el pasivo, que alguien lo hizo en mi lugar, sin que yo participara. Es como cuando en la universidad alguien hizo todo el proyecto y, en vez de quitar tu nombre, lo presentó con tu nombre y te dio el crédito.
Cristo vino y completó la obra del Padre una vez y para siempre, de manera real, y la hizo por ti y por mí. No tenemos nada que agregar ni nada que hacer para ganarnos el favor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Él hizo toda la obra y puso tu nombre. Cuando el Padre te ve detrás de la palabra tetelestai, dice: «Ahí está mi Hijo amado».
Esta palabra hace un eco tan fuerte que repercute en toda la humanidad. Las leyes y ceremonias de Israel eran un eco de esta realidad. Y tu vida y la mía, vividas detrás de tetelestai, deben funcionar como un eco de la cruz. Donde entres, en el trabajo, la familia o la universidad, que la gente se sorprenda: «¿Qué te pasó? ¿Te cortaste el pelo? ¿Te pusiste pupilentes?». «He visto la cruz y mi vida ha sido transformada».
El eco en el Día de la Expiación
Estos ecos los vamos encontrando en el Antiguo Testamento, cuyo fundamento son los primeros cinco libros, que nos explican la obra que Jesús vendría a hacer. Uno de ellos es el Día de la Expiación. Todo Israel subía a Jerusalén, y el sumo sacerdote tomaba dos machos cabríos. Uno sería el chivo expiatorio, al que le echan la culpa, como cuando te castigan a ti por lo que hizo otro. El otro sería sacrificado.
«Después degollará el macho cabrío de la ofrenda por el pecado que es por el pueblo, y llevará su sangre detrás del velo […] y la rociará sobre el propiciatorio y delante del propiciatorio. Hará, pues, expiación por el lugar santo a causa de las impurezas de los israelitas y a causa de sus transgresiones, por todos sus pecados. Así hará también con la tienda de reunión que permanece con ellos en medio de sus impurezas» (Lev. 16:15–16).
El macho cabrío sacrificado limpiaba los efectos del pecado. Cuando Adán y Eva cayeron, y cada vez que cometemos cualquier transgresión, le damos al diablo un arma para acusarnos delante de Dios: «Mira a tus hijos, hechos a tu imagen, y cómo la han corrompido». Pero desde antes de la creación el Señor tenía en mente quitarle ese poder con la sangre inocente de un cordero, que limpia el pecado. Entonces Dios puede decir: «Yo no veo ninguna mancha. Ha sido lavada por el Cordero». Tetelestai significa que ante Dios no hay pecado que te disminuya ni acusación que pueda presentarse contra tu vida, ni nada que te impida entrar a su trono.
Sobre el otro macho cabrío, el sumo sacerdote ponía las manos y confesaba las transgresiones del pueblo; todo el pecado era transferido al animal, y un hombre preparado lo llevaba al desierto y lo soltaba para siempre. Los pecados del pueblo habían sido borrados. En Levítico hay mil cosas, y si las leyéramos sin Cristo deberíamos ser apedreados por cualquier cosa; detrás de esa ley hay una exigencia de pago justo. Pero hay un chivo que se llevó todo, de modo que cuando el diablo viene a acusarte, no tiene poder. Cuando Jesús dijo tetelestai, borró el pecado, limpió lo que había sido manchado y venció al diablo, quitándole todo poder de acusación.
«Dios no me va a perdonar»
Tal vez antes de conocer a Cristo cualquier cosa pudo haber sucedido en tu vida, y piensas: «Si supieran». Esto no estaba en mis notas. Cuando yo estaba llegando a Cristo, estaba con un amigo leyendo por primera vez el pasaje que dice que lo que hiciste a uno de estos más pequeños, a mí lo hiciste. «¡Qué bonito!». Hasta que pasó un indigente afuera de mi casa y nos dijo: «Tengo hambre». Fuimos por pan y le dimos de comer. Luego nos dijo que se quería bañar, y lo dejamos bañarse en la casa. Fue un error, no lo repitan: una persona que lleva meses bebiendo puede sufrir una embolia. Dios nos cubrió con su gracia.
Mientras le predicábamos el evangelio empezó a llorar: «Dios no me va a perdonar». Y nos confesó que venía huyendo de Honduras porque había matado a dos personas. Ahí estaba, en mi casa y luego en mi carro, porque lo llevamos a Cristo Vive. Jóvenes, no lo intenten en casa. Pero el punto es este: Dios lo mira y dice: tetelestai. Tu pecado ha sido borrado. Y si el diablo llega a decir «pero mató a dos personas», Dios responde: «¿De qué hablas?».
Tetelestai era una palabra del comercio. Cuando alguien terminaba de pagar una deuda, se sellaba el documento: la deuda está cancelada, eres libre. Cualquier pecado con el que vengas hoy ha sido borrado por la sangre de Cristo, cargado en su cuerpo y olvidado por completo. No hay acusación sobre tu vida. Eres libre.
El carnero en el monte Moriah
Pero el pago real de esa deuda era la muerte. Alguien tenía que morir. Volvamos a Génesis, cuando Dios le pide a Abraham a Isaac, el hijo de la promesa: «Dame a tu hijo, a tu único hijo». Lo lleva al monte Moriah, y cuando está a punto de sacrificarlo, escucha una voz del cielo: «Abraham, detente, porque ahora sé que temes a Dios». Levanta la mirada y hay un carnero, que es sacrificado en sustitución.
¿Qué plan quería revelar Dios desde antes de la fundación del mundo? Que alguien tenía que pagar, pero que ese alguien podía ser sustituido por la sangre de un inocente. Hemos pecado, y sin derramamiento de sangre no hay perdón. El Hijo dejó sus privilegios divinos, se hizo carne, caminó entre nosotros y dio su vida en rescate. Fue completamente hombre, con todas las tentaciones, y completamente inocente, y su sangre inocente sustituye tu vida por la suya.
Al decir tetelestai, Jesús venció a la muerte y le quitó su poder. El que está en Cristo tiene una esperanza viva: la resurrección de los muertos. Así como Isaac recibió de vuelta la vida, Cristo resucitó. Vivir detrás de la cruz es vivir sin temor a la muerte. No lloramos como los que no tienen esperanza (ver 1 Tes. 4:13), sino que echamos mano de la vida eterna.
No sé si has pasado por la muerte de un ser querido. Es un tema difícil y doloroso. A nosotros nos tocó pasar hace no mucho por la muerte de un sobrino de seis meses. Hay jóvenes que han perdido a su mamá o a su papá. En ese momento no hay palabras de consuelo más que estar con las personas. Pero llega un momento en que Dios, por el Espíritu Santo, nos da un consuelo eterno, y podemos decir: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?». Si perdiste a alguien hace poco, llévate esta palabra: un día lo volverás a ver, lo volverás a abrazar y tendrán una eternidad para disfrutarse.
El mensaje de Dios en la historia de Abraham e Isaac es que, si alguien tenía que entregar a su hijo por el pago del pecado, no sería Abraham, ni tú, ni yo: sería el Padre eterno. Esa promesa quedó sellada en el corazón de Abraham al inicio de la historia de la redención.
Vergüenza y miedo
Ya vimos que Cristo borró las consecuencias legales: no hay acusación ni deuda, no hay transacción; hay gracia, libre y gratuita, y nuestra eternidad está sellada. Pero el pecado da fruto. En Génesis 3, Adán y Eva toman del fruto prohibido y lo primero que pasa es que se les abren los ojos: lo que antes era desnudez sin vergüenza ahora los avergüenza, y se esconden de Dios y se aíslan. El miedo los cubre.
Todo lo que está mal en ti y en mí tiene que ver con vergüenza y miedo. Los adolescentes empiezan a probar drogas por vergüenza y miedo: ¿qué van a decir de mí?, ¿y si no encajo?, ¿y si soy el raro? Y caemos en un ciclo del que no podemos salir. «Ante Dios estás limpio». «Sí, pero ha dado fruto en mí».
Mientras Adán y Eva se escondían, Dios los buscó, los sacó de su aislamiento, se presentó como un padre bueno, les dio una promesa de restauración y los cubrió con pieles de un animal. A mí me gusta pensar que era un corderito; la Biblia no lo dice. Pero era un eco, difícil de percibir todavía, de lo que Cristo lograría en la cruz: vencer al pecado y quitarle sus efectos.
Por eso la Palabra dice: «Confiésense sus pecados unos a otros», y «no hay condenación para los que están en Cristo Jesús». Muchas de las cosas que hemos hablado en la serie Necesito terapia nacen de vergüenza y miedo, de no querer voltear a la cruz. La mayoría de los jóvenes que están atrapados en la pornografía siguen ahí por no confesarlo; creen que los vamos a condenar o avergonzar. Pero cuando vienen, son libres, porque el diablo ya no puede acusarlos. Cuando lo guardas y le das vueltas, produces ansiedad: ¿qué va a pasar mañana, en la escuela, si no consigo trabajo? Lo peor que te puede pasar es morir, y Cristo venció a la muerte.
Mucho de lo que produce la depresión es la vergüenza que nos hace aislarnos, y cuando te aíslas, las adicciones entran a suplir lo que no han suplido las relaciones, porque fuimos hechos para relacionarnos. La vergüenza y el miedo son una mentira que nos decimos a nosotros mismos. Si te has vestido de Cristo, hueles a Jesús, caminas como Jesús y tienes el Espíritu Santo. Ya está hecho. No confiesas para ganarte la salvación; ya la tienes, y es gratis. Al confesar y arrepentirnos simplemente disfrutamos lo que Cristo ya logró.
La obra maestra de Dios
Tetelestai también la usaban los siervos. Había esclavos que amaban a sus amos y, aunque se les daba la libertad, preferían quedarse por amor. Cuando terminaban una tarea, regresaban contentos y decían: «Tetelestai: hecho está lo que me mandaste». Y la usaban los artistas al terminar una obra maestra después de mucho tiempo: «Tetelestai». Efesios dice que somos la obra maestra de Dios (ver Ef. 2:10). Cuando Cristo exclamó tetelestai en la cruz, era como decir: «Padre, he completado la tarea; he aquí tu obra maestra». Estaba pensando en ti. Él se agrada de ti y te permite entrar confiadamente al trono. Cristo es el sumo sacerdote que entró con su propia sangre al lugar santísimo y rasgó el velo para que hoy podamos entrar a su presencia.
No hay nada que tengas que hacer, pero tienes el privilegio de hacerlo todo: de levantarte, leer la Palabra y conocer a este Dios que borró tus pecados, limpió sus efectos, venció a la muerte y te cubrió de tu vergüenza y tu miedo. Hoy tenemos un espíritu no de temor, sino de valentía para proclamar el evangelio. Allá afuera la gente muere de miedo y se esconde en su vergüenza, y nosotros presentamos la cruz: «No tienes por qué vivir así». «Pero maté a dos personas». Tu deuda está cancelada. «Pero no sabes cómo he vivido en la homosexualidad». Tu deuda está cancelada. «Pero la pornografía». Has sido salvado y sanado. No tienes por qué vivir en depresión, ansiedad o aislamiento. Entra al trono de la gracia.
De manera práctica: busca dónde hay vergüenza, miedo o aislamiento en tu vida y dile al Señor: «Examina mi corazón y trae a la luz lo que he estado ocultando». Y entonces mira al diablo a los ojos: «No tienes poder para acusarme». Mira a la muerte: «¿Dónde está tu aguijón?». Y mira a tu vergüenza y a tu miedo: «Mi desnudez ha sido cubierta por el cuerpo de mi Salvador». Él venció a la muerte, al pecado y al diablo, e hizo de ellos un espectáculo público: lo que el diablo creyó su victoria fue su derrota. Pablo pidió que le quitaran el aguijón, y el Señor le respondió: «Te basta mi gracia». Mira la cruz: fue hecho una vez y para siempre, es real, hubo sangre derramada, y lo recordamos cada vez que tomamos el pan y la copa en memoria de Él.
No es ni el diablo ni la muerte lo que te detiene, sino tus propios pensamientos, y los puedes rendir a la cruz: si algo te avergüenza, te aísla o te llena de miedo, llévalo a la cruz. Tetelestai. No hay acusación que te pueda separar del amor de Dios. Y como dice Efesios 4, porque una prédica sin Efesios no es prédica: sean renovados en el espíritu de su mente y vístanse del nuevo hombre, creado a semejanza de Dios en la justicia y santidad de la verdad (ver Ef. 4:23–24).
Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «Tetelestai: Ecos de la Cruz | Ps. Daniel Lira | Campus Cumbres», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.
