Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación. Publicada el en Convivencia Familiar Monterrey · Campus Cumbres.
Resumen
El Salmo 1 abre todo el salterio y presenta dos caminos: seguir el consejo de los malos o deleitarse en la ley del Señor. La ley no es una lista fría de reglas, sino algo como un pacto matrimonial: el fundamento al que regresamos cada día. Jeremías 17 explica que deleitarse en la ley es confiar en el Señor: el que confía en el hombre es un arbusto en el desierto; el que confía en Dios es un árbol junto al río. Como una semilla, el creyente pasa por cuatro etapas: morir a sí mismo, echar raíces en la Palabra, crecer y madurar en la iglesia, y dar fruto que se multiplica. Los salmos 1 y 2 son la antesala de tiempos difíciles: hay que echar raíces profundas antes de la sequía.
Puntos clave
- El Salmo 1 sienta las bases del salterio: hay dos caminos, y el bienaventurado se deleita en la ley del Señor.
- La ley es como un pacto matrimonial: no se trata de cada artículo, sino de lo que representa.
- Deleitarse en la ley es confiar en el Señor (Jer. 17:5–8); buscar fuera de Él es cavar cisternas rotas (Jer. 2:13).
- Las etapas del árbol: morir a uno mismo, echar raíces en la Palabra, crecer en comunidad y dar fruto que se multiplica.
- Antes de buscar comentarios y predicadores, lee la Biblia completa.
El Salmo 1 abre el salterio
Hoy quiero platicarles del Salmo 1. El libro de los Salmos es una recopilación de muchos salmos de distintos autores, la mayoría de David en esta primera parte, pero no se juntaron al azar, como quien dice «ahí tienes otro salmo, grápalo». Alguien los recopiló y los acomodó de manera estratégica, en secciones con un propósito, y todas nos dirigen a adorar a Dios.
Por ejemplo, el Salmo 22 es muy profético de la cruz: «Se repartieron mis ropas», «soy gusano, y no hombre», y es el salmo que Jesús cita en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Y justo después viene el Salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me faltará». ¿Por qué los acomodaron así? Porque el Salvador que iba a morir en la cruz es digno de ser exaltado y llamado el buen pastor.
Y así como la introducción de un libro le da contexto a todo lo demás, el Salmo 1 sienta las bases de todo el salterio. Los salmos 1 y 2 funcionan como instrucciones: el Salmo 2 se refiere al reinado del Mesías, y el Salmo 1 se refiere a cada uno de nosotros, los creyentes.
«Qué alegría para los que no siguen el consejo de los malos, ni andan con pecadores, ni se juntan con burlones, sino que se deleitan en la ley del Señor meditando en ella día y noche. Son como árboles plantados a la orilla de un río, que siempre dan fruto en su tiempo. Sus hojas nunca se marchitan, y prosperan en todo lo que hacen» (Sal. 1:1–3).
La ley como un pacto matrimonial
Cuando escuchamos «la ley del Señor», generalmente tenemos una connotación muy mala. Pero el salmista dice que la ley es un deleite. ¿A poco tú abres la Constitución mexicana y dices: «¡Artículo uno, qué deleite! Déjame volver a leerlo»? O tu acta de matrimonio. No. Pero imagina que fuiste parte del grupo que logró la independencia y que escribió las leyes que son el fundamento para que hoy seamos libres. Ahí sí dirías: «Es un deleite». No se trata de cada artículo, sino de lo que la ley representa.
La ley que dio Dios es la Torá, y los primeros cinco libros cuentan la historia de la redención: Dios nos compró y nos tomó como su pueblo. Es casi una declaración de amor. Es como el acta de matrimonio: tal vez no la lees, pero todos los días usas un anillo y regresas a casa deleitándote en que existe ese pacto. Lo decimos mucho en las bodas: lo que sostiene el matrimonio no es el amor, es el pacto matrimonial.
El problema en la época de Jesús es que los fariseos tomaban las 613 leyes, más las que le agregaron, de manera individual, y las querían aplicar al pie de la letra. En mis votos le dije a mi esposa que todos los días me iba a levantar a hacerle el desayuno. El fariseo diría: «No te levantaste; estás incumpliendo la ley; tal vez ya no estamos casados». Así no funciona. Cuando ves la ley como un sostén, como un pilar, puedes deleitarte en ella.
Dos caminos: el árbol y el arbusto
El Salmo 1 dice que hay dos caminos: los que escuchan el consejo de los malos y andan con ellos, y los que se deleitan en la ley y son como árboles plantados junto a un río. Un árbol así siempre tiene agua. Aunque haya sequía, ahí está el río. Es como cuando Jesús le dijo a la samaritana que quien beba del agua que Él da no tendrá sed jamás. No era agua mágica que apaga tu biología: es que ahora estás arraigado en el río de agua viva, que es el Espíritu Santo dado por Jesús. Por eso el árbol da fruto a su tiempo, sigue verde en tiempos difíciles y resiste la tormenta.
¿Y cómo se llega a ser ese árbol? Echando raíces. ¿Alguien hizo en la primaria el experimento del frijolito con algodón? ¿A quién se le murió? A todos, porque se nos olvidó ponerle agua o no lo supimos trasplantar. Se muere porque no echó raíces o porque las echó en el lugar equivocado.
Jeremías, creo que mi profeta favorito, es un poeta, como el Juan del Antiguo Testamento. Él ya conocía a Isaías y muchos salmos, y construye sobre ellos. En Jeremías 17 nos da más luz: «Malditos son los que ponen su confianza en simples seres humanos, que se apoyan en la fuerza humana y apartan el corazón del Señor. Son como arbustos raquíticos en el desierto, sin esperanza para el futuro. Vivirán en lugares desolados, en tierras despobladas y saladas» (Jer. 17:5–6). Está haciendo referencia al Mar Muerto, lleno de sal, sin un solo pez. «Pero benditos son los que confían en el Señor y han hecho que el Señor sea su esperanza y su confianza. Son como árboles plantados junto a la ribera de un río, con raíces que se hunden en las aguas. A esos árboles no les afecta el calor ni temen los largos meses de sequía. Sus hojas están siempre verdes y nunca dejan de producir fruto» (Jer. 17:7–8).
Jeremías nos explica a qué se refiere el Salmo 1: deleitarte en la ley del Señor significa poner tu confianza y tu esperanza en Él. Cada uno de nosotros es como una semilla que puede llegar a ser un arbusto raquítico en tierra salada, o un árbol junto al río que bebe día y noche y da fruto en toda temporada. Y todo esto se sostiene sobre la obra de Cristo, sobre lo que cantábamos: «Solo tú eres digno».
Pero salimos del domingo y muchas veces no vivimos como si solo Él fuera digno. Tu jefe también se vuelve digno de tus lágrimas, tu esfuerzo y tu sudor. No digo que dejes de trabajar. La Palabra nos enseña a trabajar como para el Señor. Sirves al Señor al servir a tu jefe, a tus hijos, a tus padres y a la iglesia, por el deleite de servirle a Él.
Primera etapa: caer en tierra y morir
Toda semilla tiene que caer en tierra y morir para dar fruto. Si el frijolito no se rompe, nunca habrá vida. La Biblia dice que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, sin esperanza. Pero Dios. Cuando caes en tierra fértil, lo primero es poner tu confianza y tu esperanza en el Señor y decir: «Todo lo que he hecho hasta ahora sin ti puede tirarse a la basura a la luz de encontrarme en ti y en tus propósitos».
Morir es reconocer la gloria de Dios y vivir para sus propósitos; es decir que tus sueños no sirven de nada si no son para su gloria. Alguien me preguntó si entregar sus sueños a Dios incluía su sueño de casarse y tener una familia. Sí. No significa que no te vas a casar; yo me casé y tengo tres hijos. Significa que ya no te casas para ti ni tienes hijos para ti: te casas para mostrar la gloria de Dios y tienes hijos para mostrarles su gloria. Por fuera tu vida puede no cambiar, pero la razón de tu vida cambia por completo.
Esa es la parte más difícil del evangelio. Mucha gente dice: «Me encanta venir a la iglesia, se siente bonito, pero no creo». Muchas veces es que no está dispuesta a morir. Muchos jóvenes me dicen: «Si me hago cristiano, tengo que dejar de tomar». Y les digo: «No tienes que dejar de hacer nada. Vas a querer dejarlo», porque te vas a dar cuenta de la diferencia entre un arbusto y un árbol frondoso.
Segunda etapa: echar raíces en el río de agua viva
Imagina que eres una planta con conciencia y tu único objetivo es recibir la luz del sol y tomar agua. Esparces tus raíces buscando agua, y de repente una de ellas toca un río. Y bebes, y bebes. Esa es la segunda etapa: ya moriste a ti y descubres una fuente inagotable de agua viva, y todas tus raíces tienen que cambiar su cauce para tocarla. A veces decimos: «Tengo que orar más, leer más la Biblia, venir más a la iglesia». No se trata de cumplir. Para un árbol, tener las raíces en agua fresca es como el primer vaso de agua fría en la mañana. O el primer café.
Muchos llegamos a Cristo y la primera etapa es fácil: entiendes que tienes propósito. En mi caso yo estaba deprimido, sin saber para qué vivía, y llegar a Cristo fue darme cuenta de que toda mi vida era una mentira y que la verdad me había encontrado. Pero si sigues con los mismos ciclos y comportamientos, vuelve la dificultad, y muchos creyentes nos quedamos como plantitas que apenas se asoman, sin estar dispuestos a que nuestras raíces cambien de camino y beban de la Palabra.
La clave es la confianza y la esperanza. ¿A quién corres a pedir consejo cuando tu matrimonio se tambalea? No es malo ir con otros; pero si caen en la categoría de quienes se apartan del corazón de Dios, no vayas. Ahí te lo dejo de tarea.
Echar raíces es leer la Palabra de Dios. Muchos jóvenes llegan al Intensivo y me preguntan qué Biblia de estudio comprar, qué comentario o qué predicador de YouTube ver. Mi primera pregunta es: «¿Ya leíste la Biblia completa?». «No». Lee la Biblia completa. Antes de buscar pozos cavados por seres humanos, familiarízate con el agua viva. No digo que no compres libros; tenemos una librería. Pero si no has leído la Palabra, no estás echando raíces en el lugar correcto. No la tienes que entender toda; hay cosas que yo todavía no entiendo. Lee, porque tus raíces están entrando en el agua viva, y cuando sea necesario el Espíritu Santo, el Consolador, te recordará todas las cosas. Si no echas raíces, el Espíritu Santo dice: «¿Qué le recuerdo? ¿El salmo que su mamá le leyó en primero de primaria?». Pero cuando te deleitas día y noche y llegan las dificultades, el árbol sigue firme.
Yo soy intenso, no tienen que ser como yo, pero cuando llegué a Cristo, saliendo del trabajo, soltero, leía la Biblia de cinco de la tarde a once de la noche, porque regresar a mi casa era regresar a mis patrones de aislamiento y depresión. Empecé a cambiar de camino.
Tercera etapa: crecer y madurar juntos
Además de leer la Biblia y escuchar audiolibros, me aventé todas las clases del Intensivo, todas las del pastor y todo lo que la iglesia ofrecía. Esa es la tercera etapa: crecer y madurar. En el tráfico escuchaba el Intensivo; cuando el pastor recomendaba un libro, leía ese libro. Crecemos porque nos damos cuenta de que solos no podemos. Las raíces de un árbol, cuando se desvían, se topan con las de otro árbol, se entrelazan y se redirigen al río.
Pero recuerda: la primera etapa es morir. Si no has muerto a ti, no tienes raíces. Sin Él no hay propósito ni esperanza, y el mejor consejo del mejor psicólogo, coach o asesor financiero, la mejor inversión, está muerta. El ejemplo que les doy a los jóvenes es el de los magnates que admiramos. Steve Jobs murió de cáncer y, por lo que se cuenta, sus hijos y sus empleados lo resentían. Era un arbusto raquítico. El fruto no es el éxito del mundo.
Cuarta etapa: dar fruto que se multiplica
El fruto es la multiplicación. Un árbol frondoso está lleno de pájaros y animales; la gente viene, se cobija, descansa y come, y los pájaros se llevan las semillas y las plantan en otro lado, y crecen más árboles junto al río de agua viva.
Cuando mueres, ahí no acaba el camino: ahí inicia la aventura de redescubrir quién eres en Cristo, cómo funciona un matrimonio y cómo se crían los hijos en Cristo. Yo no crecí en una familia cristiana, y cuando nació mi primera hija pensé: ¿cómo la protejo, cómo le enseño la Palabra? Fui con el pastor, leí libros, pero sobre todo leí la Palabra, y desde la Torá, desde Génesis, ves que Dios es un Dios de generaciones: Abraham instruyó a Isaac, Isaac a Jacob y Jacob a José.
Cuando estás en el río de agua viva te vuelves un árbol que da sombra a los pequeños y sigue dando fruto en la sequía. Piensa en el Nilo: todo es desierto excepto el lecho del río. Esa es la iglesia. Vivimos en un desierto, un mundo vacío dominado por cosas terribles, y cuando buscamos fuera de la Palabra nos nutrimos de basura.
Cisternas rotas
Jeremías sentó las bases de esto desde el capítulo 2: «¿Alguna vez una nación ha cambiado sus dioses por otros, aun cuando no son dioses en absoluto? Sin embargo, mi pueblo ha cambiado a su glorioso Dios por ídolos inútiles. Los cielos están espantados ante semejante cosa […] Pues mi pueblo ha cometido dos maldades: me han abandonado a mí, la fuente de agua viva, y han cavado para sí cisternas rotas que jamás pueden retener el agua» (Jer. 2:11–13).
El creyente tiene la fuente de agua viva y la Palabra de Dios, que es viva y eficaz. No necesitas buscar la validación de tu jefe, de tu novio, de un hombre, de una mujer, ni siquiera de un papá: la tienes en Cristo Jesús. No necesitas andar en YouTube y en foros viendo qué dice quién. Necesitas la Palabra viva, y cuando te nutres de ella y entras en los ciclos y ritmos de la iglesia local, creces.
Y cuando las dos cosas se juntan empiezas a dar fruto, y vienen pláticas muy interesantes: «Vi en tu clase que mencionabas esto, pero yo entendí otra cosa». El cuerpo se unifica y te das cuenta de que eres parte de un bosque. No hay manera de separarte del bosque, que es el cuerpo de Cristo. Nos conviene que crezcas y que leas la Palabra, porque a veces nos equivocamos. Más de una vez, al terminar una clase en el Intensivo, un alumno me ha preguntado: «¿Dónde dice eso?». Y me fui a mi casa a estudiarlo y regresé a decirle: «Tenías razón». Una vez prediqué en San Agustín que el arca de Noé medía dos kilómetros, y al bajarme mi esposa me dijo: «Buena prédica, pero el arca no mide dos kilómetros». Así nos nutrimos. No confiamos en hombres; confiamos en Dios.
Raíces profundas antes de la sequía
Si sigues leyendo el salterio después de los salmos 1 y 2, vienen ruegos, plegarias y clamores. Igual que Jeremías 17, son la antesala de una gran sequía. Le dicen al pueblo de Dios: vienen tiempos difíciles; echa raíces profundas. Y un árbol plantado junto al agua viva no se va a marchitar.
Necesitamos árboles que siempre den fruto, oasis en medio del desierto: lugares donde los jóvenes puedan sentirse seguros y donde matrimonios y amistades entiendan que hay propósito. En medio de guerras, pandemias, rumores, crisis económicas o cierres de frontera, que haya alguien que diga: «Mi confianza no está en la moneda ni en presidentes; mi confianza está en el Señor y en su Palabra, y me deleito en ella día y noche».
Crecemos porque crecemos en confianza. Cuando llegué a Cristo no sabía ni quién era Abraham ni quién era Pablo, y empecé a leer y a ver cómo Dios provee. El día que me casé tenía cero pesos y no tenía trabajo. Cuando nació mi primera hija ganaba menos que un recién egresado. Y Dios ha provisto lo necesario: no me sobra, pero no me falta. Cada vez que me empiezo a estresar, mi esposa me dice: «Pero Dios provee». Y yo le digo: «¿Por qué estás leyendo la Biblia? Déjame estresarme a gusto». La confianza está en Él, no en hacer las cosas chuecas para avanzar. Maldito el que pone su confianza en cisternas rotas; bendito el que se deleita en la Palabra de Dios y medita en ella día y noche.
Mi anhelo con todo esto es que, más allá de si das fruto o de cuánto creces, eches raíces profundas. Y cuando creas que ya son profundas, más profundas, porque cuando llegue el día malo vas a tener tanta agua, y un bosque tan grande alrededor, que nada te va a sacudir: vas a seguir verde, vas a dar fruto y vas a cobijar a otros.
Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la predicación. Video original: «Como Árboles | Ps. Daniel Lira | Campus Cumbres», canal de YouTube de Convivencia Familiar Monterrey.
