Transcripción completa de una clase, con las palabras de Daniel Lira; solo se añadieron subtítulos, párrafos y puntuación, y se limpiaron muletillas, repeticiones y errores de transcripción. Publicada en en Intensivo Convivencia en línea.
Lucas 24: el camino a Emaús
Para esta primera sesión quiero que leamos una historia, quiero llevarte a una historia que para mí representa lo que es ser un discípulo de Cristo o el camino que todos debemos de tener para ser un discípulo de Cristo. Es una manera viva, real, que lo podemos ver y le pasó a personas que estuvieron ya con Jesús, que caminaron con Jesús, que sabían sobre las profecías de Jesús y aún así no tuvieron esta capacidad de entenderlo hasta que Jesús mismo se reveló a ellos. Y este es un punto bien importante. Lo vamos a ir viendo durante todo este tema, pero no podemos forzar a las personas a ser discípulos.
Es Jesús mismo el que viene, abre nuestros ojos y es ahí entonces donde nuestro corazón va a arder. Y esa es la pregunta. Esto es lo que nos va a hacer discípulos. ¿Qué no arde nuestro corazón? ¿Qué no arde nuestro corazón? Así que durante esta sesión quiero que pienses en dos cosas distintas. Número uno, he pasado yo por este proceso y mi corazón arde. Y número dos, ¿cómo puedo llevar a otros a que su corazón arda por completo? Esta historia la vas a encontrar en Lucas 24 y es conocida como los discípulos en el camino a Emaús o en mi caso me encanta llamarla como el forastero en el camino a Emaús.
Aquel desconocido que se topó con dos discípulos en el camino a Emaús y que a través de esta conversación sus vidas cambiaron. Acompáñame a Lucas 24, versículo 13. El contexto es bien sencillo. Jesús acaba de terminar su ministerio en la tierra, había muerto de crucifixión y había sido sepultado. Acababan de pasar tres días. Y ahí, en este tercer día, es la mañana de este día y nos encontramos a dos discípulos caminando fuera de Jerusalén hacia un lugar llamado Emaús. En aquel mismo día, dos de los discípulos iban a una aldea llamada Emaús que estaba como a once kilómetros de Jerusalén. Conversaban entre sí acerca de todas estas cosas que habían acontecido y mientras conversaban discutían.
Y mientras lo hacían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos. ¡Wow! Pero sus ojos estaban velados para que no lo reconocieran. Y Jesús, con este tierno corazón manso y humilde, les dice, ¿qué discusiones son las que tienen entre ustedes mientras van andando? Y este punto es importante. Y ellos se detuvieron con semblante triste. Uno de ellos, llamado Cleófas, dijo, ¿Eres tú el único visitante en Jerusalén que no sabe las cosas que en ella han acontecido en estos días? ¿Qué cosas?, les preguntó Jesús. Y ellos le dijeron. Y antes de entrar a lo que ellos le contestan a Jesús, quiero que tomes esta primera parte de la historia y te des cuenta de algo.
Una esperanza que parecía perdida
Estos dos discípulos iban caminando, conversando de estas cosas. Habían caminado con Jesús, habían conocido a Jesús y ahora van tristes porque su esperanza, la esperanza que habían puesto en este hombre Jesús, parecía haberse ido, parecía haber desaparecido. Ellos conocían las profecías, ellos conocían acerca de la palabra y conocieron a Jesús mismo. Sin embargo, iban caminando, alejándose de Jerusalén, conversando entre sí y discutiendo entre sí, tratando de averiguar las cosas de la vida. ¿Es que será? ¿Será que este era Jesús? ¿Será que no? ¿Este Jesús será que era el Mesías o no? ¿Qué es lo que estaba pasando? Iban teniendo una conversación real. Es una conversación real.
No es una conversación ficticia. No iban andando cada quien en lo suyo. Iban tristes y decepcionados, fuera de Jerusalén, pensando que esta esperanza que tenían había sido puesta en una persona equivocada. Y ahí estaba Jesús. Ahí estaba Jesús entre ellos. Ahí estaba Jesús en esta conversación. Y él es manso, él es humilde, él se acerca a nosotros. Y al acercarse a nosotros con una tierna voz y con una mansedumbre increíble, nos ayuda con preguntas sutiles a decir, ¿qué cosas? ¿De qué están hablando? ¿Qué están platicando? A ver, platícame esas cosas, porque al platicarlas estoy seguro que algo va a pasar. Y entonces ellos le contestan a Jesús.
Las cosas referentes a Jesús, el nazareno, que fue un profeta poderoso en obra y palabra delante de Dios y de todo el pueblo. Ellos sabían que Jesús era un profeta. Ellos sabían que fue poderoso y que fue delante de Dios, delante de todo el pueblo. La segunda cosa que le dicen es, y nuestros gobernantes lo entregaron a sentencia de muerte y lo crucificaron. Número dos, este profeta poderoso fue crucificado, fue entregado a muerte y fue crucificado.
Número tres, nosotros esperábamos, ojalá sea, ojalá y esta persona sí sea Jesús. Y no fue. Esperábamos que él era. Y es importante lo que esperaban, el que iba a redimir a Israel. Ellos esperaban a este Redentor y este Redentor había muerto. Además de todo esto, es el tercer día desde que estas cosas acontecieron. Y algunas mujeres de entre nosotros se asombraron, pues cuando fueron de madrugada al sepulcro y no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivía. Es increíble esto. Era un profeta que había sido crucificado, el cual esperábamos que fuera el Mesías. Y luego tenemos el testimonio de personas.
Y esto a veces somos nosotros. Y a veces somos los discípulos. Personas que hemos visto que la tumba está vacía, que Jesús ha resucitado, que hay ángeles celestiales alabando en el cielo, que están esperando su regreso. Y nosotros sabemos esta realidad. Y hay mujeres en este caso que habían, le estaban diciendo a los discípulos, él resucitó, la tumba está vacía, él está vivo. Y aún así los discípulos cegados no podían creerlo. Y seguían conversando entre sí a ver si esto era real.
La tumba vacía y la incredulidad
Y no solo esto, sino que algunos de ellos fueron al sepulcro y confirmaron, hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero no lo vieron a él. Estos discípulos con semblante triste, queriendo creer, pero no pudiendo creer. Aún con el testimonio de mujeres, aún con el testimonio de ángeles, aún con el testimonio de otros discípulos, que le decían, la tumba está vacía, él está vivo. Lo hemos confirmado. Ellos seguían en su camino con un semblante triste. Y es súper importante esta parte, porque hay veces que nuestro camino y nuestro caminar, antes de que Jesús sea el que abra nuestros ojos, se va a ver como con un semblante triste, caminando por la vida, tratando de preguntarnos de qué se trata.
¿De qué se trata la vida? ¿De qué se trata mi vida? ¿Cuál es mi propósito? ¿Para qué fui creado? ¿Hacia dónde vamos? Y empiezan todas estas preguntas existenciales y filosóficas, preguntas que se han hecho todos los filósofos del mundo. ¿Qué es el ser humano? ¿Y qué es el ser humano? ¿Y para qué fue creado el ser humano? ¿Cuál es el propósito del ser humano? Y el error es que ellos mismos se los contestan. El error es que este semblante triste nos ha ganado y nuestro destino fuera de Jerusalén, fuera del Mesías, nos ha cegado a decir: no puede ser real. No puede ser real que alguien haya resucitado, no puede ser real.
Que lo que digan estas mujeres sea verdadero, no puede ser real. Y nos creemos. Esta mentira la discutimos entre nosotros, llenándonos de filosofías vanas, creando propósitos vanos que no son reales, cuando Jesús fue el que nos lo dio. Pero muchas veces así están las personas a las que queremos alcanzar. No es que no quieran, es que no pueden creerlo. Es que ellos tal vez saben la historia de Jesús. Ellos tal vez han escuchado. Ellos tal vez saben que alguien tuvo que haber creado el mundo, pero hay algo en su interior que no los deja creer. Y ahí nosotros tratamos de llenarlo con religión. Tratamos de llenarlo forzándolos a arrepentirse y entregar su vida a Cristo, no entendiendo que ellos van en su propio camino a Emaús.
Pero lo que sucede después de esto es lo que todo creyente tiene que pasar para encontrarse con Jesús, de diferentes maneras, pero Jesús les dice, oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho, ¿no era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en su gloria? Cristo significa Mesías. Esa persona que les dice que ustedes esperaban que Él los redimiera, y Jesús les contesta que no era necesario que el que redimiría a Israel sufriera todas estas cosas para después entrar en su gloria, para después entrar en su reino, para después resucitar. ¿Que no era necesario todo esto, que no había sido ya profetizado?
«¡Oh insensatos!»: Jesús abre las Escrituras
Y de manera, de nuevo, yo me lo imagino con unos ojos llorosos, no enojado, sino conmovido por el corazón de estas personas, diciendo, están tan cerca, pero que no era necesario, oh insensatos, oh, ¿Cuándo abrirán sus ojos? Por favor, con un corazón contrito, un corazón dolido, diciendo, por favor, que puedan abrir sus ojos. Y comenzando por Moisés, y hablando de Moisés, estamos hablando de la Torá, los cinco libros, los primeros cinco libros, comenzando por Moisés, y luego pasando por los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las escrituras. Recuerda, para este momento, las únicas escrituras que existían es el Antiguo Testamento. Y Jesús, atravesando todo el Antiguo Testamento, desde Génesis, en todo el tiempo hasta su venida, en todo momento, hasta su ministerio.
Él pasó por todas las cosas, por Salmos, por Isaías, por Jeremías, y, agarrando cada uno de estos hilos, les fue explicando todo lo referente a Él mismo, a Jesús, al Mesías, que había sido profetizado desde Génesis hasta este momento. Diciéndoles: esto tenía que pasar. Y les explicó todo en las escrituras. Y ellos empezaron a ver algo distinto en esta persona. Y Jesús, al acercarse a la aldea, hizo como que Él iba más lejos. Y estos discípulos sabían que había algo. Y eso es lo que pasa cuando nosotros los exponemos al Antiguo Testamento, o a las escrituras en general, cuando los exponemos a los escritos de Moisés, a los escritos de la sabiduría, a los escritos proféticos, y les empezamos a mostrar que todo esto habla de una sola cosa, de una gran historia.
Hay algo que empieza a suceder en las personas, que empiezan a decir, esto tiene sentido. Esto tiene sentido. Cómo fue creado el mundo, hacia dónde va, cómo fue profetizado, que va a venir un Redentor, que va a redimir, que hemos sido separados de Él, pero Él quiere reunirnos. Y empiezan, y empieza su corazón a ser agitado. Y Jesús hace como que se va de largo. Y dice, estamos llegando a la aldea, pero bueno, yo voy a seguir caminando. Yo voy como que voy a otro lado. Y ellos insisten, diciendo, quédate con nosotros, porque esta tarde, porque está atardeciendo, el día ha declinado. Y entró Jesús a quedarse con ellos.
Cuando exponemos las escrituras a las personas, y su corazón empieza a arder, ellos van a invitar a Jesús. Jesús los invitó primero, al acercarse, al tener ese encuentro, al caminar con ellos en su semblante triste. Al presentarles las escrituras, algo empieza a removerse, y no quieren dejar a Jesús ir. Dicen, quédate con nosotros, síguenos hablando de esto, síguenos hablando, quiero saber más. Y esto es lo que tú vas a empezar a notar en las personas. Tal vez en tu propia vida, o en la vida de los que estás tratando de alcanzar, y vas a empezar a ver un corazón removido queriendo más. Y les dices, bueno, ¿qué te parece si leemos Génesis 1?
Empezar a seguir a Jesús sin reconocerlo
Y la siguiente vez que los ves, ya leyeron todo Génesis. Y luego ves Éxodo, y empiezan a leer, y empiezan a querer comerse las escrituras, empiezan a venir a la iglesia, empiezan a hacerlo aún, sin saber que es Jesús el que está enfrente. Empiezan a seguirlo, empiezan a anhelarlo. Y así que le insisten, y se queda con ellos, y están aprendiendo de él, y están conociendo de él, y están entendiendo de él, pero no es hasta este momento que ellos entienden quién es él. Al sentarse a la mesa con ellos, Jesús toma el pan y lo bendijo, y partiéndolo, les dio. Quiero que te remontes y te imagines que tú eres uno de estos discípulos que por tres años caminó con Jesús, al que le habían dicho que había resucitado y que estaba vivo.
Y que has caminado con una persona que se asemeja a Jesús, que habla como Jesús, que te explica las cosas como Jesús. Pero llega un momento en el que sentados a las mesas, Jesús toma un pan. Y tal vez mientras ellos veían, en esta intimidad, porque sentarte a la mesa es una de las cosas más íntimas que hacemos. Abrimos nuestro corazón, cocinamos, y compartimos un momento personal. Y sentados a la mesa, ven cómo Jesús agarra un pan. Y empiezan a recordar la vez que este Jesús, este Mesías, partió el pan y lo multiplicó, y dio alimento a cinco mil. Y empiezan a recordar las múltiples veces, las múltiples pascuas que pasaron con él, y cada vez que partió el pan y lo bendijo, o cada cena que Jesús tomaba el pan y lo partió.
Y en ese momento, tal vez se recordaron y se remontaron a esta historia de la última cena en la que Jesús parte el pan diciendo, este es mi cuerpo, y dice, y esta es mi sangre. Y no volveré a tomar de esta cena y de este vino hasta que el tiempo sea cumplido. Y en ese momento, al partir el pan, los discípulos recordando, teniendo estos flashbacks, estos momentos en los que veían a este Mesías, a este Jesús, y parte el pan, y entonces sus ojos fueron abiertos y lo reconocieron.
Es en la intimidad de la mesa cuando conocemos a este Dios que dio su vida por nosotros, a este pan de vida que fue partido en rescate tuyo y mío. Ese momento en el que Jesús mismo se reveló como el pan de vida, se reveló, y ahí sus ojos fueron abiertos, se dieron cuenta. Él era Jesús, el que había caminado con ellos por tres años. Ahora se había tomado las primeras horas del día de su resurrección para caminar con ellos, para repasar una vez más pacientemente las Escrituras, para llevarlos al punto en el que sentados a las mesas, sus ojos serían abiertos. Nosotros llevamos a las personas a las Escrituras y los llevamos a la intimidad.
«¿No ardía nuestro corazón?»
Y en la intimidad es donde los ojos son abiertos y son abiertos por Jesús mismo. Él abre los ojos y al momento de abrir los ojos, Él desaparece de su presencia, voltean a verse y dicen: ¿no ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino, cuando nos abría las Escrituras? Y es un corazón ardiente: ¿no ardía nuestro corazón cuando leíamos las Escrituras? El corazón del ser humano arde por completo al encontrarse con su Creador, al encontrarse con la Palabra viva. Y nuestro trabajo es llevarlos a esa Palabra, que su corazón arda. Y en medio de este ardor, Jesús se va a encontrar con ellos.
Sus ojos serán abiertos. Y entonces, levantándose a esa misma hora, regresaron a Jerusalén, corrieron y hallaron reunidos a los once apóstoles y a todos los que estaban con ellos, diciendo, es verdad, el Señor ha resucitado, se le ha aparecido a Simón. Y así contaban sus experiencias en el camino y cómo lo reconocieron al partir el pan. Esta historia es una historia que me encanta porque, al menos en mi vida personal, yo tuve este camino a Emaús, en el que por un tiempo tuve que conocer de Jesús. Tuve que conocer su historia. Tuve que conocer de qué se trataba el mundo, cómo fue creada la creación y cuál es el destino de restauración, cómo esta creación se corrompió, cómo Dios, de 70 naciones que habían sido dispersadas, creó una nueva nación, la eligió, la cuidó, la santificó, para entonces venir a través de ella como esta semilla profetizada, para darnos una ventana de misericordia y de amor, diciendo: regresen y vuelvan a Dios, porque llegará el día de la restauración. Y empiezas a entender una gran historia, un gran panorama, y ahí, mientras conoces más de él, se presenta. Y cuando él se presenta y te sientas a la mesa, nuestros ojos son abiertos cada vez más. Y cuando eso sucede y los corazones arden, no queda más que salir corriendo e ir.
Quiero que notes este patrón. Todo apunta a Jesús. Había dos discípulos tratando de repasar, de entender el sentido de lo que acababa de pasar. La traición, el arresto, la crucifixión, los rumores de la resurrección, los ángeles que se aparecían. Y todo apuntaba al hombre de la cruz. Todo apuntaba al hombre de la tumba. El hombre que ahora literalmente era el hombre del camino. Él es el camino. Y tal vez fue esta misma conversación que atrajo el corazón de Jesús. Viendo que dos personas trataban de entender todo acerca de él. Trataban de entender todo lo que había acontecido. Y no soltándolo, aunque con semblante triste, trataban de buscarlo a él.
Caminar con Jesús es un proceso
Tal vez ese día el corazón de Jesús fue conmovido tanto que decidió pasar esos días con ellos. Estas horas con ellos. Las primeras horas de su resurrección. Antes de ir a los once apóstoles. Para demostrarnos a ti y a mí. Que caminar con Jesús puede ser un proceso. Pero que al encontrarte con Jesús, sentarte a la mesa con él y partir el pan, nuestros ojos serán abiertos. Quiero dejarte con unos puntos bien sencillos. Y esto es algo que te va a pasar a ti, pero que también vas a observar en aquellos que estás alcanzando. Número uno, debemos de exponer nuestro corazón. Nuestro semblante triste no está hecho para guardarse en una caja.
No está hecho para quedarse en nosotros mismos. Se vale tener el semblante triste, pero se vale buscar y preguntarse y decir, ¿Habrá sido este el Mesías? ¿Será que esto es real? Y empezamos a exponer nuestro corazón para que Jesús venga y nos vea en el camino. Abre las escrituras. Porque al abrir las escrituras, todo va a ser removido en tu mente, en tu corazón. Y vas a empezar a entender. Y Dios va a empezar a hablarte. Siéntate a la mesa con él. Número tres, siéntate a la mesa. Cuando entiendas esto y las escrituras empiecen a hablarte, date el tiempo de sentarte a la mesa y escucharlo.
Y verlo. Y tomar estos tiempos de calma. Para que el número cuatro, tu corazón arda. Y cuando eso empiece a suceder, déjalo arder. No lo detengas. No dejes que el mundo, las preocupaciones del mundo, las cosas del mundo, o lo que piensen las demás personas, te dejen y te apaguen tu corazón. Este ardor debe crecer. Y al ir creciendo, va a haber un momento en el que la única respuesta es salir corriendo, ir y contárselo a todos. Así que ve. Tal vez tu trabajo es ir a tu familia, ir a tu trabajo, ir a tu empresa, tal vez es ir en ministerios de misericordia, tal vez ir a hacer viajes locales y nacionales, tal vez es ir a lugares a donde nadie más quiere ir.
Pero la respuesta siempre es ir o ayudar a otros a ir. Esa es esta invitación que te quiero hacer el día de hoy. Que tú puedas tener tu propio camino a Emaús, si es que no lo has tenido. Y si ya lo tuviste, que seas paciente en aquellos que no lo han tenido. Que puedas observar en este proceso en dónde van. Si ellos están exponiendo su corazón apenas, y ahí es donde los amamos. Si ellos están leyendo las Escrituras, y los tenemos que dejar descubrir las Escrituras, tenemos que dejar que ellos toquen y vean, y traten de desenmarañar qué significa todo esto. Y al mismo tiempo acompañarlos en el camino.
O tal vez es el momento de sentarte a la mesa con ellos, de partir el pan, de convivir con ellos, de pasar con ellos, de mostrarles el amor vivo de Jesús. Y el día que veas que arda el corazón. Seamos aquellos que alimentan esta llama y que envían a otros, que apoyan a otros, que regresan a otros, al punto más importante, que es sentarse a la mesa con Jesús para correr y contárselo a todo el mundo, para que toda tribu, lengua y nación pueda conocer que Jesús es el Señor y que Él va a regresar por su pueblo.
Las citas bíblicas se reproducen como se leyeron en la clase. Video original: «¿Cómo hacer discípulos? — 02 - El camino a Emaús», canal de YouTube de Daniel Lira (@danielliraserhan).