“Yo soy el que habla contigo.”Juan 4:26
Mi mamá y mi abuelo eran musulmanes, y crecí como musulmán en Torreón, en la mezquita que construyó mi abuelo. Para mí, Jesús era solo un profeta más. Un día, un conocido me escribió por chat: “¿Tú conoces a Jesús? ¿Ya te lo presentaron?”. Le contesté de mala gana y no volví a hablar con él, pero esa pregunta se quedó conmigo y cambió el rumbo de mi vida.
Vivía en Estados Unidos y todo parecía ir bien, pero empecé a sentir un vacío profundo y regresé a México. Seguía identificándome como musulmán, aunque en el fondo ya no creía en Dios. En Monterrey me aferré a la idea de que la verdad no existe y de que cada quien construye la suya, pero todo lo que construía se derrumbaba una y otra vez. En medio de esa oscuridad, mi papá llegó a Cristo y comenzó a hablarme de Jesús.
Durante cuatro años platiqué con budistas, hindúes, testigos de Jehová, musulmanes y chamanes, investigué y leí como nunca. Todas las noches oraba: “Si eres real, háblame”. Por fin me atreví a abrir la Biblia y leer el Evangelio de Juan. En el capítulo 4, Jesús le dice a la mujer samaritana: “Yo soy el que habla contigo”. Sentí que me miraba a los ojos y me decía: “Llevo años hablándote; eres tú el que no escucha”. Desde entonces, mi vida le pertenece.
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