Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase en vivo.
Resumen
Levítico está en la cima de la estructura del Pentateuco: no es narrativo, pero une todo como sacramentos. Si Israel es una señal para las naciones, los sacerdotes son una señal para el pueblo, intercesores que se ponen en la brecha. Aarón y sus hijos son ungidos, purificados, consagrados y santificados durante siete días, y al octavo día comienza su servicio, anticipo de un octavo día en que todo será restaurado. El fuego extraño de Nadab y Abiú muestra que la santidad de Dios es cosa seria. Y la redención de los primogénitos apunta al Cordero que quita el pecado del mundo.
Puntos clave
- Levítico está en la cima de la estructura del Pentateuco: une la historia como sacramentos.
- Israel es señal para las naciones; los sacerdotes, señal para el pueblo e intercesores en la brecha.
- Los sacerdotes son ungidos, purificados, consagrados y santificados; al octavo día comienza su servicio (Lev. 9:1).
- El fuego extraño de Nadab y Abiú enseña que la santidad de Dios es cosa seria (Lev. 10:1-2).
- Dios no desea sacrificios humanos: provee un Cordero que redime a todos los primogénitos (Jn. 1:29).
Levítico en el centro del Pentateuco
Los sacerdotes. ¿Cuál es el rol de los sacerdotes? ¿Por qué existen? Bueno, he tratado de englobar todas estas sesiones con un término que se llama sacramentos. Si tú te fijas en los cinco libros que vamos a ver, tienes Génesis y Éxodo, que van construyendo una historia, y luego de repente entra Levítico, que está conectado al inicio con Éxodo y al final con Números. Y después tienes Números y Deuteronomio. Funcionan como si fuera una estructura piramidal o una escalera, en donde Génesis y Deuteronomio cumplen una función: nos hablan del inicio y el fin. Son narrativos, cuentan una historia. Génesis es el origen de todas las cosas. Deuteronomio es el origen de la historia de Israel. Y hablan de algo muy similar.
Luego tienes Éxodo, en donde se desarrolla la historia según Génesis y cómo se desarrolla la relación de Dios: cómo los escoge, los saca, cómo Dios interviene por el pueblo. Y luego tienes hasta arriba Levítico, que ya no es narrativo, pero se une con la primera parte y la segunda parte. Y esta unión cumple una función. Por eso quiero englobar todo como sacramentos: son las realidades espirituales condensadas y puestas como recordatorios, una señal externa. Luego vemos en Números cómo el pueblo no actúa a favor de Dios, pero Dios aún sigue siendo fiel. Y de nuevo terminamos con Deuteronomio consolidando todo. Es una estructura muy piramidal en el sentido literario.
Una vez que llegamos a Levítico, entendemos esta realidad: cómo se lleva una relación con un Dios tan increíble como nuestro Dios, cómo es esta nación santa y cómo se comporta. Así que la nación de Israel como tal la podemos considerar incluso un sacramento, una señal para las naciones. Y los sacerdotes son la señal para el pueblo. Son santificados como señal, puestos para el pueblo. Lo representan de una manera un poco más fina, por decirlo de alguna manera.
Señal para el pueblo e intercesores en la brecha
Entonces la exigencia del sacerdote es mucho mayor. Si el pueblo de Israel había sido seleccionado para representar a Dios, ahora tienes a los sacerdotes, que son elegidos para representar al pueblo. Y luego tienes a un sumo sacerdote, el principal de ellos, que es escogido para representarlos a todos ellos. Es la función que cubría Moisés y que eventualmente va a pasar a Aarón: aquel que sube a la presencia de Dios, entrega su vida e intercede.
Vas a encontrar en el libro de Números una y otra vez, como en el libro de Éxodo, que Dios se enoja y que en su ira quiere consumir al pueblo, pero Moisés o Aarón interceden. Ponen su vida delante de Dios y se ponen en algo que le podemos llamar la brecha entre Dios y el hombre. Y le recuerdan a Dios. Al recordarle a Dios no es que a Dios se le olvide, sino que una vez más, en representación del pueblo, están trayendo esta realidad del arrepentimiento. Y entonces Dios se contiene y los perdona. Y volvemos a comenzar, como lo vemos una y otra vez.
Así que los sacerdotes tienen esta función: son escogidos para representar al pueblo de Dios como una señal ante todos. Ojo, no están hechos para que ellos vivan una vida santa y tú no. Hablándole a Israel, no estaban hechos para que ellos sean santos e Israel no, sino para que le recuerden al pueblo de Israel que están llamados a ser santos.
Recuerda que, cuando hablamos de los sacrificios, los primeros son individuales, privados y voluntarios. Los otros dos también, pero ya no son privados, ya son públicos, porque incluyen algo de un pago por el pecado. Es decir, el peso del arrepentimiento y del regresar a casa está puesto en cada individuo. Pero el sacerdote está puesto ahí por Israel.
Israel sigue siendo Israel
Ahora, durante las sesiones tal vez has notado y notarás que a veces hablo de Israel y a veces hablo de nosotros. Esto no es en ningún momento para decir que nosotros somos el Israel al que Levítico le está hablando. Pero los principios de los que Dios habla, como el principio de entregar nuestra vida como sacrificio vivo, sí son aplicables a nosotros. Somos injertados a esto. Tú y yo no somos un pueblo de Israel seleccionado para representar y llamar a todas las naciones. Israel sigue siendo y seguirá siendo Israel. Pero tú y yo, como el remanente de aquellos que han creído en las promesas a Israel, podemos leerlo, entender los principios y entonces hablar y caminar como ellos.
Ungidos, purificados, consagrados y santificados
Los sacerdotes son llamados por Dios. Te invito a que hayas leído los versículos: vamos a ver que los sacerdotes son ungidos, purificados, consagrados y santificados. Durante siete días hay como una inauguración, un proceso, y en el octavo día comienzan sus labores.
Así que todos los primeros cinco sacrificios que acabamos de ver son aplicables primero a los sacerdotes. Bueno, serán simplemente los primeros tres, dado que no han cometido una transgresión que tengan que limpiar hasta ese momento. Primero son ungidos. Si nos vamos al capítulo 8, versículo 12, dice:
«Después derramó del aceite de la unción sobre la cabeza de Aarón y lo ungió, para consagrarlo» (Lev. 8:12).
La palabra unción tiene que ver con esta realidad en la que era escogido. Aarón fue escogido de manera visible y pública ante el pueblo, al derramar aceite sobre su cabeza, representando que Dios estaba con él. Son ungidos. Después son consagrados. Dice en el versículo 14:
«Entonces trajo el novillo de la ofrenda por el pecado, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del novillo de la ofrenda por el pecado» (Lev. 8:14).
Entonces comenzamos a ver que el primero de los sacrificios es para la purificación del altar. Se purifica el altar por el pecado de Aarón. Es el sacrificio número uno, por expiación de pecado para Aarón, en donde se ofrece Aarón como sumo sacerdote, como una ofrenda agradable al Señor. Vemos después que son consagrados. Dice en el versículo 15, ya hacia el final:
«Luego derramó el resto de la sangre al pie del altar y lo consagró, para hacer expiación por él» (Lev. 8:15).
Lo ungió frente al pueblo, diciendo: lo ha escogido y Dios está sobre él. Luego fue purificado de todo pecado; recuerda que vimos que el primero de los sacrificios tenía que ver con esta expiación. Y luego fue consagrado, es decir, separado, guardado, apartado para una función específica. Y al final termina siendo santificado. Es decir, todo este proceso de ser ungido, purificado y consagrado lo ha identificado como algo diferente a todos los demás.
Este es el punto de toda la ceremonia. Los sacerdotes, de hecho, no tienen tierra, no tienen mucho. Son diferentes, son separados y son guardados para una sola cosa: rendirle servicio al Señor en intercesión por el pueblo. Así vemos que los sacerdotes son como este sacrificio vivo al Señor. Son una señal para llamar a las personas de regreso a casa.
El octavo día
¿Y para qué? ¿Cuál era el punto? Hacen estos sacrificios, y luego, si te vas al capítulo 9, de aquí en adelante, comienza en el octavo día la institución sacerdotal:
«Al octavo día Moisés llamó a Aarón, a sus hijos y a los ancianos de Israel» (Lev. 9:1).
El tema del octavo día es un tema que eventualmente vamos a ver repetidas veces. Los tiempos también nos hablan de Dios. Y aquí lo que está sucediendo es que, después de siete días, comienza una nueva realidad para el pueblo de Israel. Es la misma realidad de la que estamos hablando: estamos, digamos, en el séptimo día de la creación, en donde las cosas se corrompieron. Hay una señal: habrá un octavo día, en donde todo será restaurado. Todas las cosas serán restauradas, y los sacerdotes representan esta realidad. A manos de un intercesor las cosas se restaurarán, la purificación regresará, la corrupción de la tierra dejará de existir.
Así que los sacerdotes son un sacramento, una señal visible de un sacrificio vivo, dedicado a mantener la pureza. Primero, ellos deberían de mantenerse puros. Dos, purificar al pueblo mediante la institución de los sacrificios que Dios ya les había mandado. Y número tres, llamar a los demás a ser puros. Esa es en esencia la estructura de estos capítulos: la primera parte, en donde ellos son llamados a mantenerse puros y purificarse; luego hacen los sacrificios que purifican; y número tres, todas las reglas y las leyes de cómo el pueblo era llamado a purificarse a sí mismo.
El fuego extraño
Ahora, hay una escena bien interesante que sucede justo después de los sacrificios. Aarón hace los primeros sacrificios, pero los hijos toman una decisión muy extraña: ofrecen un fuego extraño al Señor.
«Pero Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron sus respectivos incensarios, y después de poner fuego en ellos y echar incienso sobre él, ofrecieron delante del Señor fuego extraño, que Él no les había ordenado. Y de la presencia del Señor salió fuego que los consumió, y murieron delante del Señor» (Lev. 10:1-2).
Te digo, era algo común lo que hacían. Para tú y yo, de nuevo, los sacrificios son algo extraño de entender, pero para ellos era algo que hacían repetidas veces. Dios había sido claro con lo que le agradaba y lo que no le agradaba: de qué se sacrificaba, dónde se sacrificaba y quién lo sacrificaba. Pero los hijos de Aarón deciden sacrificar algo que Dios no les pidió, y una vez que lo hacen, son consumidos por fuego y mueren.
Este es el estándar de los sacerdotes. Cuando hablamos de esta relación que tenemos con Dios, es fácil perder de vista quién es ese Dios: que Él es santo, que Él es puro, que Él es perfecto, y que es tan santo que cuando entramos a su presencia entramos con temor, pero es como un padre que nos ama y nos abraza. Es una dualidad que los sacramentos y los sacrificios recordaban. Los hijos de Aarón no tomaron esto con el peso debido y lo hicieron a la ligera. Recuerda, no es el mero pueblo: eran los sacerdotes que representaban al pueblo que representa a Dios. Y entonces, al hacer esto, Dios los consume y da un mensaje claro para los demás: este es un tema serio, este es un tema de verdad.
Todo primogénito le pertenece al Señor
¿Cómo es que se poblaban los sacerdotes? Los sacerdotes vienen por una línea, la tribu de los levitas. Y los levitas eran entregados por completo a esta dedicación, a la dedicación del templo.
Pero también Dios exigía de cada persona que su primogénito fuera entregado al Señor. Todo primogénito le pertenece al Señor. Lo vemos desde la Pascua: Él redimió, compró a todos los primogénitos por causa de la sangre de un cordero. Dice: todos me pertenecen. Pero si tú, como una persona común, querías redimir a tu hijo, quedarte con tu hijo, había dos opciones: dejabas a tu hijo, o lo podías redimir, es decir, comprar a tu hijo con unas monedas.
Y la manera en que se hacía era que el jefe de la familia debía entregar a su hijo. Oye, pero ¿y si el jefe de la familia no quería entregar a su hijo y lo quiere salvar? Entonces el jefe de la tribu, no solo de la familia, debía entregar al suyo. Oye, pero ¿qué pasa si entonces uno de ellos lo quiere recuperar? El sacerdote principal de cada pedazo de tribu o de cada tierra debía entregar a su primogénito. Oye, pero ¿qué pasa si el sacerdote quiere redimir a su hijo? El sumo sacerdote debía entregar a su primogénito. Oye, pero ¿qué pasa si el sumo sacerdote quería redimir a su primogénito, es decir, quedarse con su hijo y no entregárselo a Dios en la connotación de un sacrificio vivo como Isaac, de aroma agradable al Señor? ¿Qué es lo que tenía que hacer? Ofrecer un cordero sin mancha y sin defecto. Y ese cordero redimiría, compraría a todo el pueblo.
El Cordero que quita el pecado del mundo
Es la misma historia que nos contaron en la Pascua, y es la misma historia que eventualmente entenderemos en la venida del Mesías, del Cordero que quita el pecado del mundo. Dios, en Isaac, fue claro; en la Pascua fue claro; en este momento es claro: Él no desea sacrificios humanos. De hecho, es un tema que en Isaías y en Jeremías vemos en contra de Israel. Él dice: yo no necesito sus sacrificios, y jamás pediré un sacrificio humano:
«…para quemar a sus hijos en el fuego como holocaustos a Baal, cosa que nunca mandé, ni de la cual hablé, ni me pasó por la mente» (Jer. 19:5).
Los sacrificios son solo de animales, y se contienen en el sacrificio de Abraham. Sin embargo, yo proveeré un sustituto, un primogénito que redimirá a todos los primogénitos, que redimirá a todo el pueblo.
Los sacerdotes son cosa seria. El sumo sacerdote es cosa seria. Pero hay un Sumo Sacerdote, que eventualmente conocemos, que es tanto el Cordero como el sacerdote que entrega su vida por cada uno de nosotros:
«Ahí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn. 1:29).
Hay una gracia hermosa en la ley. Podemos perdernos en los detalles, pero cuando lo traducimos y lo entendemos, podemos encontrar que Cristo Jesús se encuentra en cada uno de ellos. En la siguiente sesión vamos a ver los sacramentos de las fiestas.
Todas las citas bíblicas, salvo indicación contraria, han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.