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Clases · Entre reyes y profetas

Entre reyes y profetas: traídos de vuelta

Daniel y la soberanía de Dios, los tres regresos, los últimos profetas y los cuatrocientos años antes de Jesús

Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase grabada (Intensivo en línea).

Resumen

Al acabarse los setenta años, Daniel muestra que Dios es soberano: un remanente que sirve en Babilonia sin mezclarse con su cultura, y una visión de uno como un Hijo de Hombre que recibe todo dominio. Con Ciro empiezan los regresos. Hageo y Zacarías reactivan el templo, Abdías anuncia restauración, Joel el día del Señor y el Espíritu derramado, y Malaquías llama a recordar el pacto y anuncia a Elías. Los cuatrocientos años siguientes no son silencio: Dios mueve las piezas para la venida de Jesús.

Puntos clave

  • Daniel alienta al remanente: servir donde estás sin mezclarte con la cultura.
  • Dios es soberano: no causa todo, pero aprovecha todo para bien.
  • Uno como un Hijo de Hombre recibe del Anciano de Días todo dominio (Dn 7:13-14).
  • Hubo tres regresos: Zorobabel y Josué, Esdras y Nehemías.
  • Hageo: el desorden en las prioridades desordena todo lo demás.
  • El día del Señor es amargo para sus enemigos y dulce para su pueblo; Pentecostés es su adelanto (Jl 2).
  • Los cuatrocientos años no fueron silencio: Dios preparó idioma, caminos y sinagogas para el evangelio.

Casi setenta años

Un pequeño resumen. Acuérdense de que todo el Antiguo Testamento lo tenemos que entender en su marco histórico; si no, es bastante difícil seguirle el hilo a por qué se dijo una profecía y de qué se trataba, y luego entender cómo aplica o no aplica.

En el contexto en el que estamos, el pueblo ya lleva bastante tiempo en el exilio y están por cumplirse los setenta años que profetizó Jeremías: «Toda esta tierra será desolación y horror, y estas naciones servirán al rey de Babilonia setenta años. Después que se hayan cumplido los setenta años, castigaré al rey de Babilonia y a esa nación por su iniquidad, declara el Señor, y a la tierra de los caldeos» (Jer 25:11-12). Traerá sobre aquella tierra todas las palabras que habló contra ella, todo lo escrito en ese libro.

Estamos en el punto en que primero Asiria se llevó al norte y luego Babilonia terminó de llevarse a Judá. Y es importante recordar que no solamente Israel iba a ser juzgado: las naciones que Dios usó para traer el juicio también iban a ser juzgadas y conquistadas.

A partir de aquí, prácticamente todos son profetas menores. Acuérdense: menores no por importancia, sino por la cantidad de oráculos y escritos que tenemos de ellos.

Daniel: quién es

El libro de Daniel es especial. Los judíos no lo colocan entre los profetas, porque la mitad del libro es narrativa; los cristianos lo consideramos profecía porque, cuando se tradujo en la Septuaginta, lo pusieron entre los profetas, y esa es la tradición que adoptamos. Es mucha profecía, pero también muy narrativo, y tiene dos propósitos: el histórico y el teológico.

Daniel es de los profetas más conocidos de la Biblia; lo conocen hasta sus hijos, porque en la escuelita dominical te enseñan a Daniel en el foso de los leones, o has cantado «hay uno más entre las llamas», que es la historia de sus amigos, también llevados al exilio.

Babilonia no nomás agarró a todos y dijo: «Vénganse». Sí se llevó a todos y los fue repartiendo, pero a los príncipes, a los mejores de los mejores, los más educados, con más potencial, los escogió para servir específicamente al rey. Por eso Daniel y sus amigos están tan cerca del rey. «Entonces el rey mandó a Aspenaz, jefe de sus oficiales, que trajera de los israelitas a algunos de la familia real y de los nobles, jóvenes en quienes no hubiera defecto alguno, de buen parecer, inteligentes en toda rama del saber… y que les enseñara la literatura y la lengua de los caldeos». El rey les asignó una ración diaria de su comida y del vino que él bebía, y que los educaran tres años. «Entre ellos estaban de los hijos de Judá: Daniel, Ananías, Misael y Azarías» (Dn 1:3-6).

Los iban a tratar increíble: clases, la comida del rey, el vino que bebe el rey. Si tú estuvieras ahí, probablemente dirías: «Wow, fui de los que van a tratar bien, ya la hice». Pero Daniel, y de ahí viene el ayuno de Daniel, dice: «Yo no me quiero mezclar».

El propósito histórico: alentar al remanente

Uno de los propósitos del libro es mostrar la soberanía de Dios y la fe de Daniel al separarse, al mantenerse santo: «No me voy a mezclar con la comida y la bebida del rey, para que la gente sepa que es Dios quien me sostiene». No es que la carne del rey fuera mala; ese no era el punto. Se estaba separando de todos los demás. En teoría debería haber quedado más lento, más flaquito, pero Dios lo sostiene y termina destacando sobre todos.

El propósito histórico es alentar a los judíos que estaban en el exilio. Estaban en medio de dolor, sufrimiento e incertidumbre; sentían la condenación de que Dios los había abandonado. Algunos de sus familiares probablemente se quedaron y los mataron. Se pierde la tierra prometida y parece que van a volver a ser esclavos, como en Egipto. Pero Daniel muestra que podemos tomar esperanza y aliento al entender la soberanía de Dios y que Él cumple sus promesas.

Daniel es como la punta de lanza de lo que se llama el remanente de Israel. Siempre hay un pequeño porcentaje del pueblo que es fiel. ¿Se acuerdan de Jueces? Todo era malo, y de repente Rut, una moabita que ni siquiera era del pueblo, se casa, se hace parte del pueblo y la redimen. En medio de todo siempre hay quienes terminan siendo fieles.

Esto motivaba a sus contemporáneos: había un remanente que no se iba a dejar dominar por la cultura de Babilonia. La instrucción en Babilonia era: sirvan a sus amos, cásense, tengan hijos, construyan sus casas, van a prosperar. Pero no: mézclense con la cultura. Y eso hace Daniel.

Llevándolo a nosotros, Daniel es un ejemplo de cómo vivir en un mundo dominado por el príncipe de las tinieblas, por la maldad. Y la manera no es «no pago mis impuestos, ¿por qué le voy a dar dinero al gobierno?», ni «no voy a servir a mi jefe porque yo sirvo a Dios primero». Es: eres fiel. Sirves donde estás puesto, edificas la casa donde estás, procuras el bienestar de las personas, pero no mezclas tu cultura con la de allá afuera.

El ayuno

El ayuno, específicamente, es de comida. Todo lo demás sirve: «Me voy a privar de redes sociales para conectar con Dios». Se vale, mas no es ayuno. El ayuno tiene que ver con algo tan esencial como para Daniel, que se priva de cierta comida para separarse de la cultura y recordar la soberanía de Dios. Cuando ayunamos nos separamos de los placeres esenciales del mundo; no de algo que de por sí te hace mal, sino de algo que necesitas para vivir. Está en tu carne, y te hace recordar y mantenerte unido a la necesidad que tenemos del pan de vida de Dios. En el momento en que te da hambre, estás enojado y nadie te aguanta, ni tú mismo, vas a la palabra. Por eso ayunamos: necesitamos provocar algo como la angustia que vivió Daniel para clamar como clamó Daniel.

Y algo bien importante de Daniel: cada vez que iba a hacer algo, interpretar un sueño o lo que fuera, decía: «Espérame, déjame consultar primero a Dios. Yo no sé interpretar sueños, pero mi Dios revela los misterios». Iba, oraba y regresaba. Y fue subiendo hasta que el mismo rey lo llamó para servirlo directamente.

El propósito teológico: Dios es soberano

Daniel me encanta, es mi nombre, me encantaría quedarme ahí, pero no se puede. El propósito teológico es mostrar la soberanía de Dios: «Sea el nombre de Dios bendito por los siglos de los siglos, porque la sabiduría y el poder son de Él. Él es quien cambia los tiempos y las edades; quita reyes y pone reyes; da sabiduría a los sabios, y conocimiento a los entendidos» (Dn 2:20-21).

Dios gobierna sobre toda su creación; nada se escapa de su gobierno. Es soberano sobre los tiempos, sobre los gobernantes, incluso sobre el entendimiento humano. Nada escapa a la mente de Dios ni a sus propósitos eternos, y nada va a detener sus planes y sus promesas para sus hijos.

Vemos lo que está pasando en el mundo y lo primero que hacemos es juzgar a Dios. Pero hay veces en que Él simplemente está ahí y nos acompaña, como a Sadrac, Mesac y Abed-nego en el horno de fuego. «¿Por qué, Dios? ¡Qué injusto!». Pero había uno más entre las llamas. Dios sigue siendo soberano en el exilio, en el horno, en el foso de los leones, y ha orquestado todo para que sus planes se lleven a cabo: la venida de Cristo, su muerte en la cruz, su resurrección, su regreso y la eternidad futura. Tenemos que verlo desde la perspectiva de Dios y no la nuestra.

Entender la soberanía de Dios no debe llevarnos a vivir asustados ni a quejarnos. Debe llevarnos a entender que a Él no se le ha pasado ni un detalle de tu vida, que está contigo y que aprovecha todo para bien. No es que Él cause todo, pero lo aprovecha todo para nuestro bien, nuestro crecimiento y nuestra bendición. Todo lo que Dios hace es para la alabanza de su gloria, para nuestro deleite y para el beneficio de los demás.

El exilio, específicamente, era un clamor de Dios a su pueblo para que regresara a Él. Pero hay otras cosas del día a día que le asignamos a Dios erróneamente. «¿Por qué, Dios, por qué tengo cáncer?». Dios no te da el cáncer; esa no es la voluntad de Dios. Si quieres conocer su voluntad buena, agradable y perfecta, ve los dos primeros capítulos de Génesis, antes de que lo arruináramos todo. A consecuencia del ser humano se corrompe la creación, y la creación corrupta es la que causa enfermedades, junto con las decisiones humanas. Pero en medio del cáncer buscamos cuáles son los propósitos de Dios y cómo lo va a aprovechar para bien.

Uno como un hijo de hombre

El segundo propósito del libro es revelar los planes futuros de Dios, hacia el regreso. Hay una visión que para mí es como el pináculo del Antiguo Testamento (Dn 7). Daniel ve que suceden ciertas cosas en la tierra, y está este personaje pequeño, que luego llamamos el anticristo, blasfemando y lleno de orgullo. De repente se abren los cielos, el Anciano de Días, Dios Padre, se sienta a juzgar y se abren los libros. El tribunal juzga a este pequeñín y destruye su reino.

Y luego: «Seguí mirando en las visiones nocturnas, y en las nubes del cielo venía uno como un Hijo de Hombre, que se dirigió al Anciano de Días y fue presentado ante Él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran» (Dn 7:13-14). Esta frase es el título que Jesús usa más seguido para referirse a sí mismo: el Hijo del Hombre. Si lees bien los evangelios, muchas veces, cuando lo hace, quieren apedrearlo o matarlo, y Él sale o desaparece. ¿Por qué? Por cómo se describe al Hijo del Hombre.

Estás viendo a Dios Padre con uno como un hijo de hombre, que parece humano como tú y yo, pero a quien se le da autoridad divina, y se la da directamente el Anciano de Días. En el concepto judío, ese hijo de hombre era Dios. Entonces, cuando la gente pregunta: «¿Dónde dice la Biblia que Jesús se llamó a sí mismo Dios?», ahí, en todos esos momentos. Por eso lo querían matar: se estaba asignando toda la autoridad, todo el dominio, todo el poder.

¿Y por qué como un hijo de hombre? Acuérdate de Génesis 3:15: vendría la simiente de la mujer, un humano. Pero este no es hijo de un hombre; es como un hijo de hombre, porque solo es hijo de una mujer. Conocemos que el Mesías viene solo a través de una mujer. Es un juego de palabras que la Biblia usa poéticamente para decir: esta es la simiente, y no solamente es hombre, también es Dios.

Ese concepto ya existía, y por eso muchos judíos creyeron. Decimos: «¿Por qué los judíos no creyeron?». Sí creyeron. Los que no creyeron fueron los líderes religiosos que no querían perder su gobierno, porque se lo tenían que ceder al Hijo del Hombre. Pero la mayoría de los judíos comunes que se encontraban con Jesús creyeron.

Del capítulo 7 en adelante, Daniel son profecías de lo que sucederá al fin de los tiempos, y la gente las ha malinterpretado muchísimo: «Eso es Rusia y Ucrania», y nada tiene que ver Rusia y Ucrania; «eso debe ser México», y cuando AMLO llegó al poder, él tenía que ser el anticristo. Y en Estados Unidos cada presidente es el anticristo: Obama, «pues que el anticristo», y luego de repente Trump, «pues que el anticristo». Pues decídanse cuál. Bueno, ya me ventilé. El libro termina en estos setenta años que se están acabando: Daniel clama, «Señor, regrésanos, tú lo prometiste», y Dios le da la visión para decirle: van a regresar.

Tres regresos

En el libro de Daniel vemos cómo los medopersas conquistan Babilonia. Y Ciro, el rey persa, para ganarse a la gente conquistada, los deja regresar a construir su templo. Hay tres oleadas de regreso.

La primera la guía Zorobabel, el líder legítimo de Judá porque literalmente era descendiente de David; los de Judá siguieron su genealogía y sabían que Zorobabel era el rey legítimo, y el rey legítimo pertenece a la dinastía de David. El regreso religioso lo guía el sumo sacerdote, Josué. Regresaron alrededor de cincuenta mil personas.

La segunda es la de Esdras. No solo regresan a reconstruir: Esdras recupera la ley, la lee ante el pueblo, y todos comienzan a llorar y a aclamar, y se reinstaura la ley. En el primer regreso fueron como cincuenta mil personas; en el segundo, como dos mil.

La tercera es la de Nehemías. Si has leído Nehemías, ves que le va muy bien: es el copero del rey, el rey lo quiere y tiene su favor. De repente pregunta: «¿Cómo están en Judá?». ¿Cómo pregunta eso, si estaban en el exilio? Porque ya habían sucedido los dos primeros regresos. Y le dicen: «Estamos muy mal; hay oprobio, la muralla está derribada». Nehemías va con el rey: «Permíteme ir a reconstruir las murallas». Y por alguna extraña razón el rey le dice: «Está bien, ve; llévate materiales, construye y cuando termines regresas». Ese es el contexto donde termina Daniel e inician los siguientes profetas.

Hageo y Zacarías: el templo y las prioridades

Hageo y Zacarías son contemporáneos y viven cuando Zorobabel inicia la reconstrucción del templo. El libro de Esdras explica que hubo oposición: gente que decía «yo te ayudo», pero era para engañarlos y que no se construyera. Había todo un caos, y la obra se pausó como dieciséis años. «Cuando los profetas Hageo y Zacarías, hijo de Iddo, profetizaron a los judíos que estaban en Judá y en Jerusalén, en el nombre del Dios de Israel… entonces Zorobabel… y Jesúa… se levantaron y comenzaron a reedificar la casa de Dios» (Esd 5:1-2).

Imagínate que por fin regresas, comienzas a reconstruir, y la misma gente de ahí te está deteniendo. Otra vez: «Ya valió, Dios nos abandonó otra vez; a lo mejor Él no quería que regresáramos». El propósito histórico es levantar el ánimo de los líderes, que llevaban dieciséis años en pausa: «Síganle; yo los regresé; reconstruyan el templo, continúen».

Y reordenar las prioridades. Cuando regresas a algún lugar y hay dificultad, dices: «Primero tengo que estar bien, primero tengo que tener un buen trabajo». No: hay que reordenarlas correctamente. Necesitamos reconstruir el templo porque necesitamos restaurar a los sacerdotes, reinstaurar los sacrificios y la fe en Dios. Primero esto, y luego tendremos seguridad.

El propósito teológico es mostrarles que la presencia de Dios va a regresar. Jeremías y Ezequiel les mostraron la visión horrible de cómo se iba la presencia de Dios, y Ezequiel, al final, cómo iba a regresar. Hageo y Zacarías se los recuerdan: sí va a regresar.

Hageo habla del desorden de las prioridades. Ese es su mensaje principal: cuando hay desorden en las prioridades del pueblo de Dios, hay desorden en todas las demás áreas. Despierta a Zorobabel y a Josué, los afirma, los llena de esperanza y los respalda. ¿Cómo lo hace Dios? A través de una sequía que viene para despertar al pueblo (Hag 1:10-11), y el pueblo dice: «Hay que ponernos las pilas», y regresan a la obra.

Zacarías es un poco más positivo. Llama al arrepentimiento alentando a que el Mesías está por venir: un día va a llegar y va a habitar en este templo; construyámoslo. Es uno de los libros más mesiánicos y apocalípticos del Antiguo Testamento. Hacia el final dice que todas las naciones subirán un día al año a adorar al Rey, a celebrar la fiesta de los Tabernáculos, y algo bien extraño: quienes no suban no tendrán lluvia (Zac 14:16-17). Ya está hablando de cuando regresa Jesús.

Ese tiempo habla de la época que se llama el Milenio. Después de la venida de Jesús hay mil años en que Cristo reina en la tierra y la está restaurando, pero aún es un tiempo de transición. El diablo está encarcelado, todo está en orden y Él está reinando, pero es todavía transición. Después de los mil años, la tierra es completamente restaurada, y ahí viviremos eternamente.

Abdías y Joel

Luego tenemos a Abdías y a Joel. Los coloco ya en un pueblo que se está reconstruyendo, mientras Nehemías levanta las murallas. Hablan con dos énfasis: Abdías, sobre el territorio y su restauración; Joel, sobre el día del Señor.

Abdías se dirige a Edom, los descendientes de Esaú, que atacaron a Israel en su desgracia. Es un solo capítulo; por eso son profetas menores. Los primeros versículos hablan de cómo Dios juzga a Edom por la destrucción que causó a Israel y le muestra su futuro. Del versículo 15 al 21, Dios pronuncia restauración sobre Israel y su tierra, e incluso les dice que poseerán el territorio de Edom. De nuevo, un profeta de la restauración. Todos estos últimos profetas toman lo que sucedió y regresan a la esperanza: «Dios sí prometió una tierra, Dios sí prometió habitar entre nosotros, y lo va a cumplir». Les recuerdan pedazos de la historia y los traen a la luz.

El día del Señor

Joel busca el arrepentimiento del pueblo ante el juicio por su pecado. Llama a los sacerdotes, luego a los ancianos y luego a toda la asamblea, y termina apuntando a un día: el día del Señor. Es una frase que vas a escuchar muy seguido en estos profetas. Hace referencia al día en que actúa el Señor, y puede ser cualquier día; pero eventualmente estas profecías se llevan al último periodo antes del regreso de Cristo y a su regreso.

No es un día literal, como si a las nueve de la mañana fueran a venir unas plagas y a las diez otra cosa. Es un periodo, el tiempo en que el Señor emite su juicio. Y en el tema escatológico vemos que Dios primero trae una tribulación y luego ejecuta su ira contra sus enemigos.

El día del Señor es amargo y dulce. Es amargo, horrible y temible para los enemigos del Señor, como las plagas lo fueron para Egipto. Pero Israel fue guardado de las plagas, y para ellos eran milagros, maravillas; era Dios diciéndoles: «Yo los voy a sacar; siempre he estado con ustedes». Si el término hubiera existido, el éxodo habría sido un día del Señor.

El día del Señor tiene que ver con el juicio justo de Dios. Los que han escogido el camino de la vida irán a la vida eterna, y los que han escogido el camino de la muerte, a «la ignominia, al desprecio eterno» (Dn 12:2): la separación y el sufrimiento eternos. Es horrible hablar de eso, pero es increíble saber que hay un escape. Más que un escape, son dos caminos. En uno, la Biblia promete que estaremos por siempre con Jesús el Mesías. Si no quieres estar ahí, hay otro; nomás te digo que está horrible. La voluntad de Dios es que nadie se pierda y que todos tengan vida eterna.

Y en esa decisión vivimos todos los días. No estoy hablando de salvación; una vez que Dios te selló con su Espíritu Santo, ese es otro tema. Pero cuando hablamos de escoger el camino de la vida o el de la muerte, uno diría: «¿Por qué escogerías el de la muerte?». Es el que escogemos cuando te levantas y dejas que te ganen el estrés, el hambre, la frustración, las preocupaciones, tu pasado y tu condenación, en vez de ir a Dios, acercarte confiadamente al trono de la gracia y ser cubierto por Él.

Por cierto, siempre que pienso en estos libros me imagino la eternidad. Ya con cuerpos resucitados, todo el tiempo del mundo, dices: «Quiero conocer a los héroes de la Biblia». Vas con David: «Platícame de Goliat; cuando le cortaste la cabeza, ¿fue de un golpe?». Vas con Abraham, con Adán. Y de repente se te aparece Sofonías: «Hola, ¿te gustó mi libro?». «¿Cuál libro?». «Estaba en la Biblia». «Ah, claro, sí lo leí». Mejor léanlo, para que en la eternidad puedan platicar con Sofonías. Para eso es esta clase.

Joel 2 y Pentecostés

A Joel lo conoces porque Pedro lo usa en Pentecostés. Joel 2 habla del terrible día del Señor como una invitación: arrepiéntanse antes de que llegue. Pero el Señor tiene misericordia. Y en el versículo 28: «Y sucederá que después de esto, derramaré Mi Espíritu sobre toda carne; y sus hijos y sus hijas profetizarán, sus ancianos soñarán sueños, sus jóvenes verán visiones. Y aun sobre los siervos y las siervas derramaré Mi Espíritu en esos días. Haré prodigios en el cielo y en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y terrible. Y todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo; porque en el monte Sion y en Jerusalén habrá salvación… y entre los sobrevivientes estarán los que el Señor llame» (Jl 2:28-32).

¿Se acuerdan de la fragancia que reconocemos? ¿Dónde has visto fuego y columnas de humo? En el éxodo, cada vez que la presencia desciende como una nube. ¿Y sangre? En el cordero.

Pasan alrededor de cuatrocientos años, y aparece Jesús, muere, resucita, asciende y les dice: «Esperen». Y en el día de Pentecostés, cuando están todos reunidos, desciende el Espíritu Santo, y Pedro cita Joel 2. Lo cita como un adelanto. El Espíritu Santo, y Pablo también lo dice, es un pago por adelantado del derramamiento completo del que habla Joel, cuando nadie tendrá que preguntar quién es Dios porque todos lo conocerán. Mientras, a través de la iglesia Dios confirma que Jesús sí es el Mesías: por el mayor milagro, que resucitó, y por el segundo mayor, que derramó su Espíritu.

¿Por qué les dijo que esperaran, si tenía un regalo increíble? Porque tenía que ser el día de Pentecostés, la fiesta de las primicias de la cosecha. Ese día había una multitud de judíos reunidos de todas las naciones, porque se habían dispersado y venían a celebrar en el templo. Cuando viene el Espíritu Santo, una multitud cree el evangelio, regresa a sus casas y comienza a predicarlo con el poder del Espíritu. Esto es Joel. Sigan leyéndolo: después habla del juicio de las naciones y de un panorama de bendición y de paz en el reino del Mesías.

Malaquías: recuerden el pacto

Por último, nuestro buen amigo Malaquías, el último profeta, como un siglo después de Hageo y Zacarías. Ya había templo, murallas, sacerdotes, sacrificios; en teoría el pueblo ya había entendido todo. ¿Qué empezó a pasar? Corrupción. Se corrompen los sacerdotes, el pueblo se estanca espiritualmente, vuelven a casarse con gente fuera del pueblo, una de las principales cosas que Dios les dijo que no hicieran; hay injusticia social, y retienen los diezmos y las ofrendas, el dinero destinado a que el templo funcionara.

El punto principal de Malaquías es acusar al pueblo, y hace seis acusaciones muy específicas: que repudian el amor de Dios, aun después de que Él los trajo de regreso; que dejan de darle el honor que merece; que rechazan su fidelidad; que le roban; que insultan su gracia; y anuncia un juicio, si no se arrepienten, sobre los sacerdotes y la nación, y habla del remanente escogido. Su propósito teológico, como hemos visto, es llamarlos a recordar el pacto de Dios con su pueblo y el amor que Él les ha dado. Casi todos los profetas finales hacen esto: recuerda tu pacto, recuerda la honra que Él merece, recuerda su fidelidad, recuerda todo lo que has recibido.

Malaquías los llama a purificar el templo, y termina siendo el que dice que vendría el profeta Elías, y que el profeta Elías vendría a purificar el templo: «Yo les envío al profeta Elías antes que venga el día del Señor, día grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que Yo venga y hiera la tierra con maldición» (Mal 4:5-6). El día del Señor es el día en que Dios actúa: la primera venida de Jesús es el día del Señor, y la segunda también. Está diciendo: viene una purificación, pero les mando un mensajero delante de mí que prepare el camino.

Si te suena conocido: se levanta un nuevo profeta, y Jesús mismo lo menciona como Elías: «Elías ya vino, y no lo reconocieron». Es Juan, el primo de Jesús, el que bautizaba para arrepentimiento, el que preparaba el camino en el desierto: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado». Se refería a la venida de Jesús.

Cuatrocientos años de «silencio»

Después de esto no hay más profecía; no se levantan más profetas confirmados por Dios y por el pueblo. Hay cuatrocientos años de silencio, así se les llama. Pero realmente no son de silencio. Es silencio porque no hubo un profeta, pero las Escrituras ya estaban escritas. Es como decir hoy: «Vivimos una época de silencio». No: tenemos la Biblia, y Dios habla a través de su palabra. La abres, la escudriñas y dejas que te escudriñe a ti. Con una diferencia: nosotros tenemos el Espíritu Santo, que nos guía a toda verdad.

En ese momento el objetivo era: sigan la ley, agárrense de la promesa hasta el día en que Él venga, y ese día derramaré mi Espíritu. En esencia, la primera y la segunda venida de Jesús podrían haber sido la misma: viene y se ejecuta juicio contra las naciones. Pero Dios es paciente, porque no quiere que nadie se pierda. La primera vez que viene, derrama su Espíritu Santo en misericordia, y da este periodo de gracia en el que vivimos antes de regresar a ejecutar el juicio. Mientras tanto, nos deja a la iglesia como su cuerpo, las Escrituras como la manifestación máxima de la palabra de Dios, y al Espíritu Santo, que nos guía a toda verdad.

Las sectas judías

Durante esos cuatrocientos años se desarrollaron puntos teológicos importantes para cuando llegó Jesús. Se levantaron cuatro sectas judías principales. Cuando decimos «secta» pensamos que es algo horrible, y hoy sí se cataloga así; pero la palabra significaba lo que hoy llamaríamos una denominación: una comunidad de personas que cree algo específico. Eran los saduceos y los fariseos, los principales, los zelotes y los esenios. Se dedicaban a estudiar las Escrituras, y cada grupito creía algo distinto, sobre todo acerca de cómo vendría el Mesías y qué sería.

Los zelotes decían: «Cuando venga el Mesías va a hacer una revolución», y se preparaban en el arte de la guerra para derrocar a Roma. Uno de ellos era Simón, uno de los discípulos de Jesús. Odiaban a los cobradores de impuestos, y Jesús lo junta con Mateo, cobrador de impuestos. Imagínate: toda su tradición le ha dicho que… y lo juntan con un cobrador de impuestos. Jesús quiebra esas marañas mentales: ámense unos a otros.

Luego los fariseos. El más famoso es Nicodemo, a quien Jesús le dice: «Tienes que nacer de nuevo». Los fariseos representaban, dentro del Sanedrín, a la gente más común. Los saduceos eran la élite, los VIP: los del sumo sacerdote, los que tenían el dinero y realmente gobernaban. Por eso ves a los fariseos indagando más con Jesús, por eso Nicodemo se acerca. Pero Jesús los denuncia a ambos. Los fariseos se acercaban como diciendo: «Ahora nos toca gobernar a nosotros; hoy nos gobierna una minoría, pero cuando venga el Mesías vamos a ser nosotros». Como Jesús no cuadra en eso, le hacían preguntas para probarlo. Los saduceos casi no se meten: simplemente quieren matarlo, porque si Él es el Mesías los van a quitar. Además, los saduceos no creían en la resurrección de los muertos, y cuando Jesús habla de la resurrección les habla principalmente a ellos; los fariseos sí creían. Y los esenios eran más extraños, un grupo que se apartó de todo.

Dios mueve las piezas

Aparte, en el libro de Daniel se profetizan los imperios: Babilonia, de Nabucodonosor; luego los medopersas; luego Alejandro Magno, que conquista y conquista, arrasa con todo, instaura un nuevo idioma y nuevas creencias y mete toda la mitología griega que hasta la fecha te enseñan en la escuela; ese personajito cambió completamente la cultura de la tierra. Y luego vienen los romanos, que se dedican a que todos los caminos lleven a Roma. ¿Para el turismo? No, para los impuestos. Conquistaban provincias y hacían carreteras para que llegaran los impuestos.

¿Por qué les digo todo esto? Porque cuando llega Jesús ya había una teología del reino de Dios formada por los judíos. Estas sectas se dedicaron a buscar quién es el hijo de David, el hijo de Abraham, para que cuando Mateo escribiera pudiera conectar con ellos. Se desarrolló la teología del Hijo del Hombre y la idea del reino de los cielos. Se extendió un idioma universal, el griego, en el que se escribió el Nuevo Testamento, un solo idioma para esparcir el mensaje.

Había sinagogas por todos lados. ¿Por qué, si todos debían ir al templo? Porque cuando no hubo templo los judíos se tenían que reunir en algún lugar, y ahí crecieron las comunidades judías. Así que cuando Jesús vino, tenía un idioma en que predicar, una carretera por la cual llegar y un lugar en el cual predicar.

También se hizo la Septuaginta: setenta eruditos se juntan y traducen los escritos hebreos al griego. No era principalmente para la gente de Jerusalén, sino para las provincias. Así había un Antiguo Testamento para el judío y para el griego. Por eso el Nuevo Testamento dice todo el tiempo: «al judío primeramente y también al griego», porque eran quienes conocían las Escrituras, y de ahí a las demás naciones.

Regresamos al punto de Daniel: Dios sigue siendo soberano, sigue gobernando. Aunque parezca que lo estamos engañando, nada más nos engañamos a nosotros mismos. Aunque parezca que todo va de mal en peor, Él lo toma todo y lo aprovecha para bien. «¿Será que Él mandó todo esto?». No; no es que Él orqueste la maldad. Pero en medio de la maldad humana y la corrupción del corazón, toma un idioma y una mitología que no le agradan y los usa para su gloria y alabanza, para que tú y yo nos deleitemos en su obra y para que otros se beneficien al conocer su palabra.

No son cuatrocientos años de silencio. Son cuatrocientos años en los que Dios obra aunque no lo puedas ver, moviendo las piezas porque estaba por suceder el momento más importante de la historia: que Jesús naciera, como Él lo había dicho, de una virgen, en Belén, y creciera en Nazaret. Todas esas profecías se cumplen, y hay un mensaje listo para esparcirse. Con eso terminamos este recorrido; lo que sigue son los evangelios.

Las citas bíblicas siguen la lectura de la clase; donde se cita textualmente se usa la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.

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