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Clases · Entre reyes y profetas

Entre reyes y profetas: Jeremías, Ezequiel y el nuevo pacto

El propósito histórico y teológico de los profetas del exilio babilónico: el camino de la vida, los setenta años, el nuevo pacto y el Espíritu

Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase grabada (Intensivo en línea).

Resumen

Sin un rey que escuche, los profetas se vuelven comentaristas de la ley para el pueblo. Jeremías, el profeta poeta, retoma las palabras de Moisés: el camino de la muerte es quedarse; el de la vida, entregarse a Babilonia, por setenta años. Anuncia al renuevo de David y el nuevo pacto, la ley escrita en el corazón. Ezequiel lo une con el Espíritu: un corazón nuevo, huesos secos que reviven y una ciudad llamada «el Señor está allí». La cruz es la firma del pacto, y el Espíritu, su pago por adelantado.

Puntos clave

  • Sin rey que escuche, los profetas se vuelven comentaristas bíblicos para el pueblo.
  • Jeremías retoma a Moisés: el camino de la vida y el de la muerte (Jer 21:8).
  • El exilio sería por setenta años, y Daniel ora con esa promesa (Jer 25; Dn 9).
  • El renuevo justo de David es la esperanza que los sostiene en el exilio.
  • El nuevo pacto (Jer 31:31-34) renueva el del Sinaí: la ley escrita en el corazón; la cruz es su firma.
  • Ezequiel une el nuevo pacto con el Espíritu: corazón de carne y espíritu nuevo (Ez 36).
  • Vivimos como exiliados con el Espíritu como pago por adelantado, hasta que «el Señor está allí».

Dónde vamos

Antes de empezar, un breve resumen para unir lo que hemos visto. En la sesión 1 empezamos con Deuteronomio: este Moisés viejito contándole a Josué y al pueblo de Israel todo lo que sucedió, cómo Dios dio la ley para revelarse a sí mismo y cómo ponía frente a ellos un camino de vida y uno de muerte. Todo se trataba de escoger uno o el otro. Escogemos el camino de la vida cuando nos ponemos debajo del gobierno de Dios, ya fuera a través de Josué, de los jueces o de los reyes. ¿Y cómo le hacían los reyes? A través de los profetas.

En estas sesiones nos damos cuenta de que hay una transición en lo que hacen los profetas. El primero fue Moisés, que fue líder y profeta, fue el todo; nunca hubo otro profeta como él, así que ese lo ponemos de ladito. Después, los profetas aconsejaban a los jueces o a los reyes: los guiaban, los exhortaban, los instruían o declaraban un juicio sobre el rey para que pudiera arrepentirse. En Jueces solo vemos a Débora mencionada como tal, aunque se asume que hubo otros.

Pero en los profetas que estudiamos ahora ya no hay un rey que escuche la voz de Dios. Entonces los profetas se vuelven más como comentaristas bíblicos y sociales para el pueblo, y ahora está en el pueblo obedecer o no. Ya no es tanto si el rey nos lleva por el camino de la vida o de la muerte; ahora está depositado en ti.

El profeta proclama la voz de Dios, y su objetivo siempre es darnos la perspectiva de Dios sobre lo que está sucediendo y recordarnos su plan. A veces es un juicio, como dijo Moisés: «Escogieron lo malo, entonces viene el exilio». Otras veces, si se arrepentían, el exilio se postergaba. Cada profeta responde a una crisis histórica real, y Dios les recuerda: «No es simplemente que Asiria, Babilonia o Persia estén actuando; soy yo, orquestando con mi soberanía, gobernando sobre todo, para que ustedes puedan llegar al arrepentimiento».

Profetas mayores y menores

A lo mejor llegaste a tu casa, abriste la Biblia y dijiste: «No están en ese orden; me está enseñando algo raro». No está tan raro. En el canon, incluso el judío, hay dos tipos de profetas de los que estamos estudiando: los mayores y los menores. No son mayores y menores por importancia, sino por la cantidad de escritos que tenemos de ellos. Los menores son antologías cortitas; los mayores, como Isaías, tienen sesenta y tantos capítulos. Ya te marea Isaías, ya no sabes cuándo se va a acabar. Si quieres leerlo, divídelo por las audiencias que vimos la sesión pasada y va a tener más sentido.

Los profetas menores son doce, y los judíos originalmente los veían como un solo libro: no doce libritos, sino un libro que cuenta la historia de Israel y cómo respondió ante los juicios de Dios. Nosotros los hemos ido viendo en orden cronológico.

Hoy nos situamos en el exilio a Babilonia. La sesión pasada vimos a los profetas de la crisis de Asiria: Amós, Oseas, Isaías e incluso Jonás. Ahora nos centramos en los otros dos profetas mayores, aparte de Isaías, que hablan específicamente en el exilio de Babilonia, cuando cae Judá y se los llevan. Jeremías profetiza desde Judá: les dice lo que está por suceder y cuál es el mandato de Dios, y literalmente va a usar la frase «el camino de la vida y el camino de la muerte». Ezequiel es de los que se llevan al exilio, y desde ahí escribe hacia Judá: «Se los van a llevar; no se resistan». Luego profetiza el regreso y la restauración del templo.

Ezequiel inicia con una visión del trono, y más adelante ve cómo la gloria de Dios deja el templo: Dios está por abandonar a Judá, y el exilio va a venir y nada lo va a detener. Pero termina con la visión de un nuevo templo al que regresa la presencia de Dios. Profetiza tanto el exilio como el regreso. Hoy nos centramos en Jeremías y Ezequiel, y voy a hacer énfasis en algo que llamamos el nuevo pacto.

El nuevo pacto está en el Antiguo Testamento

Cuando piensas en el nuevo pacto no piensas en Jeremías ni en Ezequiel ni en Isaías. Dices: «Pues los evangelios, Cristo en la cruz». No. El nuevo pacto está en el Antiguo Testamento; no lo puedes entender sin las palabras de Moisés en Deuteronomio 30: «El Señor tu Dios circuncidará tu corazón». Isaías habla, sin usar la expresión, de este pacto que renovará el corazón, como vimos la clase pasada. Pero donde se anuncia por primera vez como nuevo pacto es en Jeremías.

Jeremías, el profeta poeta

A Jeremías le llaman el profeta llorón. A mí me gusta decir que es el profeta poeta. Si conoces a un poeta o a un artista, sabes que sienten todo como si fuera el fin del mundo; es como cuando gana tu equipo favorito, pero todo el tiempo. Van caminando, ven una mariposa y de repente están llorando. Así es Jeremías. Y le llaman llorón porque Dios le dice: «Vienen los babilonios y se los van a llevar, y no hay nada que puedas hacer». Y a él le toca decírselo al pueblo, y se lamenta.

Se dice que Lamentaciones lo escribió Jeremías: es el lamento por la destrucción de Judá. Es puro lamento, hasta que termina con una oración de restauración muy bonita, pero todo lo demás es: «Señor, ¿por qué me escogiste a mí para decir esto?».

Su propósito es: «Regresen a la dependencia fiel de Dios. Ustedes han abandonado a Dios; si no se arrepienten y regresan, Dios los va a abandonar a ustedes». No es que Dios fuera a abandonarlos como pueblo; la presencia de Dios iba a irse del templo, iba a abandonar la tierra, y por consecuencia a quienes estuvieran ahí.

A Jeremías le tocó vivir escenas muy importantes. Se levanta Josías, este rey que empezó a reinar a los ocho años, que hace reformas hermosas, regresa a la ley y al sacerdocio; cuando parece que todo va bien, muere en una guerra y el siguiente rey arruina todo. A Jeremías le tocó el antes de la reforma, la reforma, el después y el exilio. Tenía razones para llorar. No sé si a alguien le va al Cruz Azul: parece que van a ganar, llegan a la final y de repente tres goles, pum, pierden. Así funciona; o si le vas a los Jets en el futbol americano, así pasa.

Arrancar, derribar, edificar y plantar

Cuando Dios lo llama, dice: «Entonces el Señor extendió Su mano y tocó mi boca, y el Señor me dijo: "Yo he puesto Mis palabras en tu boca"» (Jer 1:9). ¿Se acuerdan de las pistas que Dios va dejando en toda la palabra, como un aroma en una novela que más adelante vuelve a aparecer y dices: «Yo conozco esto»? Esto debería sonarte conocido: es lo que decía Moisés, que estas palabras no se aparten de tu boca.

«Mira, hoy te he dado autoridad sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y para derribar, para destruir y para derrocar, para edificar y para plantar» (Jer 1:10). Realmente son tres cosas en pares; el hebreo, más cuando es poesía, hace estos paralelos para dar énfasis. Obviamente no era que él lo pronunciara y sucediera, pero Dios le daría palabra para arrancar y derribar, es decir, el exilio; para destruir y derrocar, es decir, la destrucción de Judá y la caída del sistema de reyes; y para edificar y plantar: también profetiza el regreso y que se vuelven a plantar en la tierra.

El camino de la vida y el camino de la muerte

En Jeremías 21 Dios ya dice: «Los voy a destruir. Ya me colmaron la paciencia; ya les dije una y otra y otra vez». Es momento de ejecutar las palabras de la ley. Moisés se los había dicho: si escogen el camino de la muerte, los voy a arrancar y a exiliar. «También dirás a este pueblo: "Así dice el Señor: 'Pongo delante de ustedes el camino de la vida y el camino de la muerte'"» (Jer 21:8).

Otra vez, los profetas son comentaristas bíblicos: toman las palabras de Moisés y las traen al contexto actual. ¿Cuál es el camino de la muerte? «El que se quede en esta ciudad morirá a espada, de hambre y de pestilencia». «Pero, Señor, tú me diste esta tierra, se la prometiste a Abraham». Sí, pero una y otra vez abandonaste a Dios, y si te quedas, vas a morir. ¿Y el de la vida? «El que salga y se entregue a los caldeos que los sitian, vivirá, y tendrá su propia vida como botín» (Jer 21:9).

¿Por qué dice caldeos y no babilonios? Porque la dinastía de Nabucodonosor era caldea; a los babilonios de ese tiempo se les llamaba así. Si se entregan, vivirán; tendrán su propia vida como botín. «¡Wow! ¿Oro? ¿Plata?». No: vivirás. Esa es la recompensa. No te van a matar, no te vas a morir de hambre ni de pestilencia.

Entiendan lo que está pasando en la historia y el propósito de estas palabras. No podemos tomar lo que dice Jeremías y decir: «Soy un hijo rebelde, me quiero ir de mi casa, y aquí dice que si no me voy me voy a morir». No funciona así; es algo muy específico que responde a las palabras de Moisés. Pero sí habla de algo muy especial: cuando seguimos el gobierno de Dios en nuestro tiempo, que es Cristo Jesús, Dios va a sostener lo que hagas. No se trata de seguirlo para que me dé bendiciones, me prospere, me dé una nueva casa o muchos hijos. Lo que sí dice es que cuando seguimos a Jesús, aunque parezca que hay muerte, hay vida.

Aquí parece: «Me están desarraigando; ahora voy a vivir exiliado, fuera de la tierra prometida». Está bien, es por un tiempo; luego vas a regresar. Tu vida y la mía, hoy, es como vivir exiliados. No estamos en la tierra restaurada que Dios prometió; no estamos aún en el reino de los cielos en su plenitud. Pero hay una promesa de que Él va a regresar y lo va a restaurar todo. Y es cuando entendemos: si entregas tu vida, la ganarás. Jesús realmente no dijo nada nuevo; reveló que Él era el Mesías tomando las palabras y las historias que ya se habían dicho. Cuando dice: «El que quiera salvar su vida, la perderá», el pueblo judío piensa: «Esta ya me la sé; se lo dijo Jeremías, y el pueblo que no hizo caso se murió». Literalmente sucedió.

Por eso podemos estudiar el exilio y preguntarnos qué principios aprenden los exiliados y cómo viven. En la carta que Jeremías envía a los exiliados, Dios les dice literalmente: edifiquen casas, cásense, tengan hijos, busquen el bienestar de la ciudad (Jer 29:4-7). «Pero ¿por qué, Señor, si estoy bajo un sistema opresor y soy esclavo?». Porque ahí vas a bendecir a tu alrededor, y un día vas a regresar. Vive con esa esperanza; mientras tanto, esa esperanza puede contagiarse. Esa es la historia de Daniel, que veremos la siguiente clase.

El renuevo justo de David

Justo después, en el capítulo 21 les dice: «Se van a morir todos, me los voy a llevar». Pero en el 23 empieza a hablar del regreso. ¿Cómo regresarán? Porque vendrá un Redentor. «Yo mismo reuniré el remanente de Mis ovejas de todas las tierras adonde las he echado, y las haré volver a sus pastos; y crecerán y se multiplicarán. Pondré sobre ellas pastores que las apacentarán» (Jer 23:3-4). «Pedro, si me amas, apacienta mis ovejas». ¿Ven cómo está todo conectado? Cuando Jesús le dice esto, probablemente Pedro piensa: «Esta ya me la sé».

«Vienen días… en que levantaré a David un Renuevo justo; y Él reinará como rey, actuará sabiamente, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días Judá será salvada, e Israel morará seguro; y este es Su nombre por el cual será llamado: "El Señor, justicia nuestra"» (Jer 23:5-6). Les recuerda: están siendo exiliados, pero viene el hijo de David. Esa es la esperanza que los lleva a través del exilio y los hace regresar. Es la esperanza con la que Mateo comienza su evangelio: «Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham». Los judíos lo leen y desde ahí es blasfemia o me entrego por completo. Desde el versículo 1, Mateo está conectando toda la Biblia.

Setenta años

En Jeremías 25, Jeremías ya lleva 23 años profetizando, diciéndole a la gente: «Arrepiéntanse». Toda la primera parte es eso. Les dice que son cisternas rotas (Jer 2:13), que confían en el hombre más que en Dios, y los llama a ser como el árbol plantado junto a las aguas que extiende sus raíces, que cuando viene la sequía no se seca y sigue dando fruto (Jer 17:5-8). De alguna manera les está diciendo: viene la sequía, asegúrense de echar raíces profundas.

Uno de los ejemplos de eso es Daniel, que en Babilonia sigue viviendo de acuerdo con los principios de su Dios, aun ante la amenaza de muerte. Es como un árbol plantado que siempre está verde.

Después de 23 años, como no hacen caso, viene esta otra profecía: «Mandaré a buscar a todas las familias del norte… y a Nabucodonosor, rey de Babilonia, Mi siervo» (Jer 25:9). Es interesante que Dios llame a Nabucodonosor su siervo. «¿Qué no fue el que los echó al horno de fuego, el rey malo?». Si lees la historia, al final entrega su vida a Dios. Pero lo que realmente está diciendo Dios es: «Yo gobierno; nada se escapa de mi gobierno, y esto que viene, Nabucodonosor, lo voy a usar para bien».

Sigue: «Los destruiré por completo, y los haré objeto de horror, de burla y de eterna desolación… y estas naciones servirán al rey de Babilonia setenta años» (Jer 25:9, 11). Y tú dices: «¿Dónde está la promesa aquí? Solo hay destrucción y horror». Dice setenta años: solamente estarán en el exilio setenta años.

Esta es la profecía que Daniel toma. Lee en el libro de Jeremías el número de los años y empieza a orar: «Señor, tú dijiste setenta años; aquí estamos, nos arrepentimos, perdona nuestras iniquidades, regrésanos a la tierra» (Dn 9). Y Dios le manda al ángel Gabriel. Más adelante, en otra visión, otro mensajero le dice: «Desde el primer día que te propusiste entender y humillarte, fueron oídas tus palabras». ¿Y por qué tardó? «El príncipe del reino de Persia se me opuso, hasta que Miguel, uno de los primeros príncipes, vino a ayudarme» (Dn 10:12-13). En el cielo están luchando, hasta que vino el arcángel Miguel a ayudarlo; y vengo a darte este mensaje, pero me tengo que regresar rápido porque no puedo dejar ahí a Miguel. Yo no sé por qué vemos series y no leemos la Biblia. Si no los dejé picados, mi trabajo no sirve: vayan y lean Daniel. Me emociona mucho ese libro; se llama como yo, y fue de los primeros que leí. Imagínate que llegas a Cristo, abres la Biblia, ahí dice tu nombre, lees Daniel y empiezas a ver cosas raras: «¿Por qué me hice cristiano? Es vegetariano; esto no funciona». Monterrey, carne asada, Daniel vegetariano: él y yo no somos tan amigos. No, sí somos amigos; luego lo estudié y está muy padre. Y si no tienes un nombre bíblico, tus papás te fallaron. No es cierto, no es cierto.

El regreso a la tierra

Jeremías profetiza que Dios los va a buscar, los va a restaurar y los va a reunir: «Vienen días, declara el Señor, en que restauraré el bienestar de Mi pueblo, Israel y Judá… Los haré volver a la tierra que di a sus padres, y la poseerán» (Jer 30:3).

Hay todo un debate increíble con Israel, que si Palestina, que si Israel, y si tú te metes a ese tema y profundizas, es horriblemente difícil: es geopolítica muy complicada, ambos bandos sufren horrible. Pero al final del día, ahora no estamos hablando de una nación política, estamos hablando de la descendencia de Abraham. Dios ama al pueblo de Israel, y el hecho de que hayan regresado a su tierra habla de este tipo de profecías, que se cumplieron una vez cuando regresaron del exilio, pero que se van a cumplir perfectamente cuando Cristo regrese.

Entonces, es una lucha que es espiritual, es religiosa, no es geopolítica, y hay varias capas. Está la religiosa espiritual: si tú hablas con el bando palestino, ellos dicen «voy a destruir; no me importa si me dieran mi estado completo, yo aún me dedicaría a matarlos». Esto dicen ellos; nosotros acá en las noticias leemos otra cosa, pero lo que realmente dicen es eso: su misión de vida, literalmente, es destruir a los judíos. Es real. Luego tienes el otro bando, y tampoco el otro bando es como que «ay, son perfectos solo porque son de Israel»; no, así no funciona. Hay algo espiritual, pero luego hay algo geopolítico. Y luego hay algo, y esa es la parte más difícil, que es la gente, el pueblo en sí, y esos son los que sufren. Al final del día, si hay niños muriéndose en ambos lados, si hay bombas cayendo y la gente está atrapada, es cuando oramos por Israel, oramos también por Palestina. Cuando oramos por Gaza, oramos también por el pueblo judío. Pero todo ese conflicto se va a resolver solo un día, cuando Cristo regrese y camine en la tierra, restaure el templo, restaure el reinado de David, y entonces todas las naciones, incluyendo Palestina, Gaza, los musulmanes, los hindúes, los Hamás, los que sean que entreguen su vida a Cristo, van a ser bendecidos. Hasta ese momento, eso es lo que clamamos: que Él regrese.

Me desvié otra vez, perdón. No sé si esto les pasa a los de Cumbres, creo que no tanto; yo sí me voy, soy como un árbol plantado con muchas ramas, entonces me voy por las ramas.

Jeremías 31: el nuevo pacto

Este es el punto al que realmente quería llegar. Jeremías anuncia el nuevo pacto.

El nuevo pacto no es la cruz. El nuevo pacto no es la muerte de Jesús. Esa es la firma del pacto: se firmó con la sangre del Hijo de Dios en la cruz. Eso logra la redención de nuestros pecados, nuestro perdón, nos limpia por completo, para que podamos recibir la promesa del nuevo pacto. Jesús es el Mesías profetizado desde Génesis 3:15 en adelante. Que Él no sea el pacto no le resta importancia; le da aún más, porque es quien firma un pacto mejor que el de sus antepasados cuando salieron de Egipto. ¿Con quién fue aquel? Con Moisés, que por más increíble que haya sido, era un hombre que se equivocaba. Hizo un pacto bilateral con Dios a nombre del pueblo; Israel lo acepta y lo arruina todo. Como tú y yo lo arruinamos; no le echen la culpa a Israel. Pero Dios ha hecho un nuevo pacto a través de su Hijo para redimir todo eso.

«En aquel tiempo, declara el Señor, Yo seré el Dios de todas las familias de Israel, y ellos serán Mi pueblo» (Jer 31:1). Si estás reconociendo los patrones: es lo que Dios dice en Éxodo, «Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo». Lo está renovando.

«Oigan, naciones, la palabra del Señor, y anuncien en las costas lejanas, y digan: "El que dispersó a Israel lo reunirá, y lo guardará como un pastor a su rebaño"» (Jer 31:10). Les habla a las naciones para que sepan que, si Israel existe hoy, es porque Dios los está reuniendo. Y luego a Israel: «¿Hasta cuándo andarás errante, hija infiel? Porque el Señor ha creado algo nuevo en la tierra: la mujer rodeará al hombre» (Jer 31:22). No es que vas caminando y te rodean muchas mujeres para golpearte. La única manera en que una mujer rodea completamente a un hombre es cuando está en su vientre.

«Y como velé sobre ellos para arrancar y para derribar, para derrocar, para destruir y para traer calamidad, así velaré sobre ellos para edificar y para plantar» (Jer 31:28). «Vienen días… en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto, no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, Mi pacto que ellos rompieron, aunque fui un esposo para ellos» (Jer 31:31-32). ¿Se acuerdan de que el pacto de Éxodo es un pacto matrimonial? No lo digo yo; lo dice Dios a través de Jeremías.

«Porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días: pondré Mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces Yo seré su Dios y ellos serán Mi pueblo. Y no tendrán que enseñar más cada uno a su prójimo y cada cual a su hermano, diciendo: "Conoce al Señor", porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande… pues perdonaré su maldad, y no recordaré más su pecado» (Jer 31:33-34).

¿Por qué Jeremías lo dice tan simple? Porque Moisés ya había dado los detalles en Deuteronomio 29 y 30: Dios circuncidará el corazón y dará ojos para ver, oídos para oír y un corazón para entender, para que lo ames con todo tu corazón y con toda tu alma. El nuevo pacto es el momento en que el Señor escribe en nuestro corazón su ley: su carácter, su amor, lo que hay detrás de la ley, que no es la simple obediencia a una lista de cosas, sino el amor y el carácter de Dios revelados en las palabras del libro de la ley. Nos circuncida el corazón para que podamos ver, escuchar, entender y amarlo.

¿Cuál pacto se renueva?

Solo el de Moisés. Tenemos el de Adán: vendría alguien que aplastaría la cabeza de la serpiente. El de Noé: Dios no solo restaurará a los seres humanos y los cielos, sino también la tierra. El de Abraham: de ti vendrá una nación que bendecirá a todo el mundo, y te daré una tierra. Luego el del éxodo, que es el que se renueva. Y el de David, que habla del rey que ha de venir; tampoco está mal. El único que no funciona es el del éxodo, y déjenme darles la mala noticia: la razón somos tú y yo. De la parte de Dios todo se cumplió; de la parte del ser humano, nada. Mientras más intentaban, más lo arruinaban.

A veces decimos: «Yo lo haría diferente; si yo hubiera estado en el jardín, no hubiera agarrado ese fruto». No es cierto. Examina tu vida: aunque tienes el Espíritu Santo, has pecado, y ellos no lo tenían. Aunque tienes un corazón para entender, ojos para ver y oídos para escuchar, a veces escogemos no escuchar, no ver y no entender. Nosotros la tenemos muy fácil. Ellos la tenían mucho más complicada; por eso les dieron la ley, como un tutor.

La ley es como lo que les ponen a los caballos para que no se distraigan: nomás síguele derecho. Y nomás no siguen. Pero los caballos, además, tienen a alguien que toma las riendas y, cuando se distraen, los regresa. La ley funcionaba como un tutor hasta que vino Cristo. Cuando le entregamos el gobierno de nuestras vidas y decimos: «Ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí», le damos las riendas, y Él nos va a jalar. Pero mejor coopera: así no te tiene que doler tanto obedecer.

Ezequiel: el trono de Dios

Ezequiel es contemporáneo de Jeremías desde el exilio; Jeremías llevaba años profetizando antes. Ezequiel es llamado como profeta en la primera ronda de exiliados; es el primer exiliado junto con todos, cuando la gente está como: «¿Qué está pasando?». Dios levanta un profeta para hablarles a ellos y a los de Judá.

Si lees Ezequiel 1, ves la escena del trono de Dios, y luego lees Apocalipsis y es increíble. Una vez mi esposa y yo estábamos platicando, ya tarde, ya para dormir, y me dice: «¿Cómo es el trono de Dios?». «¿Segura que quieres hablar de eso en este momento?». «Sí». Primero le intenté explicar: «Es un trono que tiene llantas, pero las llantas son como seres vivos que se mueven al unísono a donde Dios va». Me vio con una cara de «se me hace que estás leyendo cosas raras». Así que abrimos Ezequiel 1 y lo empezamos a leer, y es algo que no podemos imaginar. Trata de describir algo como un ser vivo, pero no sabes si lo es; se mueven cuando Dios se mueve. Lo único que quiero cuando me muera o cuando Cristo regrese es decir: «¿Cómo es el trono? Quiero verlo». A lo mejor me caigo y me muero otra vez.

Ezequiel advierte a Judá, con estas visiones, que Dios está por abandonarlos, y anuncia la destrucción inminente de Jerusalén y del templo. Pero el propósito teológico se ve en una frase que repite mucho: «Y sabrán que Yo soy el Señor».

Un corazón nuevo y un espíritu nuevo

Ezequiel proclama el nuevo pacto igual que Jeremías, pero lo une con el Espíritu Santo. ¿Cómo va a escribir Dios su ley en nuestros corazones? Va a poner su Espíritu en ti. «Oye, ¿pero eso no es en Hechos?». Vamos a leerlo.

«Así dice el Señor Dios: "Aunque Yo los había echado lejos entre las naciones, y aunque Yo los había dispersado por las tierras, sin embargo fui para ellos un santuario por poco tiempo en las tierras adonde habían ido"» (Ez 11:16). Aunque los dispersó, no los abandonó. «Yo los recogeré de entre los pueblos… y les daré la tierra de Israel… Y les daré un solo corazón, y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos… para que anden en Mis estatutos… Entonces serán Mi pueblo y Yo seré su Dios» (Ez 11:17-20).

Y en Ezequiel 36: «Porque los tomaré de las naciones, los recogeré de todas las tierras y los llevaré a su propia tierra. Entonces los rociaré con agua limpia y quedarán limpios; de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos los limpiaré. Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré dentro de ustedes Mi Espíritu y haré que anden en Mis estatutos… Habitarán en la tierra que di a sus padres; y ustedes serán Mi pueblo y Yo seré su Dios» (Ez 36:24-28).

El anuncio del Espíritu Santo en nuestros corazones no empieza en Hechos. Cuando leamos a Joel veremos lo mismo. No era algo nuevo; era algo que ellos conocían y esperaban, y cuando sucede es una confirmación. Decimos que la iglesia inició en Hechos 2, y es porque ese día inicia la iglesia, judíos y gentiles mezclados a través del Espíritu como un nuevo hombre. Pero la palabra iglesia significa comunidad, y la comunidad de Dios existía desde antes, igual que la promesa del Espíritu. La venida del Espíritu Santo, cuando los bautiza, los llena, circuncida su corazón y abre sus ojos, fue la confirmación de que Jesús era el Mesías y había firmado el nuevo pacto.

A ti y a mí se nos está dando un adelanto, una garantía, un pago por adelantado de lo que viviremos en la eternidad, y se llama Espíritu Santo. Cuando se cumpla completamente, nadie en las naciones tendrá que preguntarse quién es el Señor. Hoy la gente se pregunta; tú no, porque el Espíritu Santo te ha dado un corazón nuevo que puede ver, entender y declarar que Él es el Señor. Nadie puede decir que Jesús es el Señor sino por el Espíritu Santo (1 Co 12:3): lo puedes decir con tu boca, pero nadie puede creerlo verdaderamente sin el Espíritu. Ese es el regalo; ese es el nuevo pacto.

«Los rociaré». «¿Por qué rociar, si a nosotros nos bautizan completamente?». Hay denominaciones que solo rocían agua, pero el punto no tiene que ver con el bautismo físico, sino con el momento en que Moisés firma el pacto con el pueblo. ¿Se acuerdan? Levanta doce columnas, toma la sangre de los toros sacrificados y la rocía sobre el pueblo (Éx 24:4-8). «Los limpiaré y los rociaré» es una palabra que para ellos significa ser cubiertos de sangre. «¿Me vas a limpiar y luego me vas a rociar? ¿Cómo funciona?». Los voy a limpiar a través de la sangre de Cristo.

Vivir como exiliados

El punto, otra vez, es que te enamores del Antiguo Testamento; que puedas conocer al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo leyendo las escrituras que Jesús tenía en sus manos cuando caminó en la tierra. Lo demás son las historias que validan todo eso: qué pasa cuando esto se cumple, Hechos y las cartas. Y luego: «Ya inició, pero no se ha cumplido perfectamente. Israel no ha sido restaurado ni regresado completamente. El Mesías vino, se fue y dijo que va a regresar. ¿Ahora qué hago?». Para eso es el Nuevo Testamento, y la mayoría de las veces cita el Antiguo.

Así como Daniel, nuestro trabajo no es andar con espíritu de «yo soy ciudadano del reino, solo vivo para el reino y por eso no pago mis impuestos; acumulo tesoros en el cielo y ahí tengo mi mansión». No: cásate, ten hijos, construye, edifica, sirve a la nación en la que estás y testifica del Señor en medio de ellos, porque la bendición que se te ha dado es para repartirse. ¿Cómo la reparto? Siendo fiel al Señor. Daniel, Sadrac, Mesac, Abed-nego, Ezequiel, Jeremías, Nehemías, Esdras: todos son ejemplo de cómo se vive en el tiempo del exilio.

Y tú y yo vivimos como en un tiempo de exilio. ¿Exiliados de dónde? De una tierra que aún no conocemos. Esta no es tu casa; aunque aquí vivimos, somos como forasteros. Tenemos una ciudadanía del cielo, pero ese cielo aún no regresa. Cuando Cristo venga, el cielo y la tierra se van a restaurar, y vamos a disfrutar de las promesas completas de Dios. Mientras tanto, nos dejó a su Espíritu Santo. «Ay, pues nos dejó poquito». No: el Espíritu Santo es Dios. No es como que te dejó cien pesitos; te lo dejó todo. Es un pago por adelantado, porque no se le ha dado a todos, pero a ti ya te lo dio. Ya estás seguro, ya estás sellado, ya tienes ojos para ver, oídos para escuchar y un corazón para entender. Ese se llama Espíritu Santo. Si te quieres hacer como los tres changuitos, uno se tapa, otro se tapa… pues ya sabrás, pero Dios ya te los ha dado.

El valle de los huesos secos

Después de todo esto viene la visión del valle de los huesos secos (Ez 37). Ezequiel es llevado a un valle lleno de huesos secos que de repente empiezan a cobrar vida. Imagínate ver eso. ¿Para qué se inventan cosas raras en día de muertos y Halloween, si en la Biblia tenemos la verdad? Los muertos no vienen a visitarnos; van a resucitar literalmente el día en que Él regrese. La visión habla de dos cosas: la restauración de Israel y la resurrección de los muertos. Espero que llegues a tu casa y digas: «La voy a leer».

Yo me imagino que los huesos estaban esparcidos: tu dedito por allá y tu cabeza por acá. Y de repente una calavera, de esas que ves por ahí y mi niña me dice: «¿Qué es eso, papi?», y le tengo que explicar que son los huesos que tenemos adentro y que no da miedo. Pero luego empiezan los tendones, luego los músculos. Imagínate lo hermoso. Me imagino que así fue la experiencia de Dios al crear el universo: «Sea la luz», y la luz fue; que se separen los cielos, que se hagan los mares. Así los huesos secos cobran vida, Dios sopla el espíritu de vida en ellos y se levantan.

Es una visión increíble, porque eso solo sucede con la venida del Espíritu Santo. Y eso es lo que sucedió en tu vida: estábamos muertos, pero Cristo nos tomó del valle de los huesos secos, sopló, y cobraste vida, una vida eterna. «Y sabrán que Yo soy el Señor, cuando abra sus sepulcros y los haga subir de sus sepulcros, pueblo Mío. Pondré Mi Espíritu en ustedes, y vivirán, y los estableceré en su tierra» (Ez 37:13-14).

«Voy a tomar a los israelitas de entre las naciones adonde han ido; los recogeré de todas partes y los traeré a su propia tierra. Haré de ellos una nación en la tierra, en los montes de Israel, y un solo rey será rey de todos ellos. Nunca más serán dos naciones, y nunca más serán divididos en dos reinos» (Ez 37:21-22). Le habla al norte y al sur juntos.

El Señor está allí

Ezequiel está bien raro, pero está bien hermoso; lo tienes que ver con ojos poéticos. Después de todo esto, del corazón de piedra transformado en corazón de carne y de la venida del Espíritu, de Ezequiel 40 al 48 tiene una visión de un nuevo templo y da literalmente las especificaciones. Si eres arquitecto podrías construirlo; yo no.

Hay dos interpretaciones. La primera es que este templo literalmente va a existir, que se va a construir y la presencia de Dios va a estar ahí a través de Cristo Jesús. La otra es menos literal, alegórica: no habla de construir un templo, sino del regreso de la presencia de Dios al centro de Israel y de la restauración del orden santo que Dios puso en Levítico, como una restauración de Levítico en la eternidad. Ustedes pueden decidir qué creen.

Nos podemos perder en si sí o si no, en cuántos codos va a tener, en dónde va a estar la entrada. Pero el punto de todos esos versículos está al final: la ciudad tendrá dieciocho mil codos de perímetro, unos nueve kilómetros y medio, «y el nombre de la ciudad desde ese día será: "El Señor está allí"» (Ez 48:35). Ese es el punto de Ezequiel. Si regresas al Pentateuco y estudias, por ejemplo, la fiesta de los tabernáculos y el templo, todo indica que están esperando esa venida del Señor. Y si lees Apocalipsis y ves todo lo que pasa, dices: «¡Ay, qué miedo!». Pero llegas al final: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos» (Ap 21:3). Ese es el punto de la eternidad: que Dios va a estar entre nosotros como al inicio lo estuvo.

Imagínate la esperanza: estás exiliado y te llega un profeta que habla de la restauración, del regreso, de la presencia y de la eternidad. Eso los sostuvo. Y es lo que tú y yo anunciamos. Cuando Pablo dice que somos morada del Espíritu Santo, estamos anunciando un pago por adelantado: la presencia de Dios ya está aquí, a través de su iglesia. Un día será de manera perfecta. Él es la cabeza y nosotros somos el cuerpo, y lo representamos en la tierra hasta el día en que se cumpla perfectamente.

Las citas bíblicas siguen la lectura de la clase; donde se cita textualmente se usa la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.

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