Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase grabada (Intensivo en línea).
Resumen
Moisés, antes de morir, les recuerda que vieron señales y maravillas, pero Dios todavía no les había dado corazón para entender. Les deja la ley como un tutor y les advierte del corazón que dice «tendré paz» mientras anda en terquedad. Por primera vez anuncia el exilio, como advertencia y como disciplina con propósito, y promete que, cuando vuelvan, Dios circuncidará su corazón: la base de lo que Jeremías y Ezequiel llamarán el nuevo pacto. Hay dos caminos, la vida y la muerte, y ese hilo atraviesa Josué, Jueces, Reyes y Profetas.
Puntos clave
- Las señales y los milagros no bastan: hace falta un corazón para entender, ver y oír (Dt 29:4).
- La ley funcionó como un tutor mientras Dios prometía un corazón nuevo.
- «Tendré paz aunque ande en la terquedad de mi corazón» es oír la palabra y decir «no es para mí».
- Deuteronomio anuncia el exilio como advertencia y como disciplina con propósito.
- «El Señor tu Dios circuncidará tu corazón… a fin de que vivas» (Dt 30:6): la base del nuevo pacto.
- La palabra está cerca, en tu boca y en tu corazón; delante hay dos caminos: la vida o la muerte.
El «protonuevo pacto»
Yo le llamo el protonuevo pacto. No existe ese término; si lo buscas en internet no te va a salir nada. Es un invento para tratar de explicar algo: la base del nuevo pacto ya está en Moisés. Es el lenguaje que Isaías, Jeremías y Ezequiel usan cuando dicen: «Haré un nuevo pacto, mayor que el antiguo; pondré mi ley en su corazón». Es lo mismo que dice Romanos 2: la verdadera circuncisión es la del corazón, no la externa, porque la circuncisión externa solo apuntaba a algo. Un día Dios circuncidará tu corazón. Y todo esto lo vemos desde los primeros cinco libros de la Biblia.
En las primeras clases veíamos un patrón: ante la caída del ser humano y la rebelión de un pueblo que constantemente decide seguir un gobierno distinto al de Dios, Dios provee límites amorosos para redirigirlo al gobierno legítimo, donde hay una promesa esperando. A Adán le dio un límite y una promesa; a Noé, un límite y una promesa; a Moisés, igual. Ahora los límites se explican como bendiciones y maldiciones.
Dos maneras de cumplirse
Las palabras proféticas de Moisés sobre las bendiciones y las maldiciones, en Deuteronomio 29 y 30, se van a cumplir de dos maneras. Históricamente, de manera literal: el pueblo de Israel escoge lo malo, es exiliado y luego vemos la fidelidad de Dios cuando regresa. Y al mismo tiempo, se añade la promesa de un corazón diferente, porque el corazón perverso tiene que cambiarse por un corazón de carne, lleno de Dios.
El punto no era seguir o no seguir la ley, ni poseer o no poseer la tierra. Dios está diciendo: «Con tu corazón perverso no vas a lograr nada; una y otra vez te va a alejar de mí». Por más señales y cosas hermosas que veas, si Dios no transforma tu corazón y te da uno dispuesto a escucharlo, verlo, entenderlo, conocerlo y amarlo, nada será suficiente.
Las señales no bastan
Deuteronomio 29 empieza recordándoles la historia: «Ustedes han visto todo lo que el Señor hizo delante de sus ojos en la tierra de Egipto… las grandes pruebas, las señales y las maravillas. Pero hasta el día de hoy el Señor no les ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír» (Dt 29:2-4). Ya vieron el fuego, el mar abriéndose, el maná caer del cielo. Pero no podemos vivir de señales y milagros.
Es un paralelo con Adán y Eva: veían a Dios, caminaban con Él, vivían en el Edén, y aun así su corazón los alejó de Dios. Ver señales no nos asegura haber entendido el amor inagotable de Dios. Por eso Moisés les dice: «Guarden las palabras de este pacto y pónganlas en práctica, para que prosperen». Todavía no tienen el corazón para entender; por lo tanto, Dios les deja la ley como un tutor que los va dirigiendo.
Es como las anteojeras de los caballos (no somos caballos, no los estoy ofendiendo): «Todavía no puedes entender la magnitud del amor de Dios; te pongo algo para que no te distraigas y sigas adelante. Guarda los mandamientos, mantente en el camino de la vida. Tranquilo: un día yo circuncidaré tu corazón».
Los milagros son a veces lo que nos distrae. Mira al pueblo en Números: vivieron de milagro en milagro, y el día que llegó el momento de conquistar la tierra dijeron: «Ahí sí tengo que trabajar. ¿Y si no hay maná? ¿Y si no hay leche y miel? ¿Y si no hay azúcar para mi café? Mejor me quedo aquí, donde cae maná del cielo». No se trata del maná, sino de un corazón que ha entendido las promesas de Dios. No se trata del milagro, sino del Dios que hizo el milagro; no de si me fue bien o mal, sino de quién está detrás de la bendición. La fe viene por el oír.
Un pacto con los que no están aquí
Moisés, justo antes de morir, tiene a todos reunidos: «Hoy están todos ustedes en presencia del Señor su Dios… para que entres en el pacto con el Señor tu Dios y en su juramento… a fin de establecerte hoy como su pueblo y que Él sea tu Dios» (Dt 29:10-13). Les recuerda dos cosas: el pacto con Abraham, que contiene un juramento (Dios juró por sí mismo), y el pacto del éxodo: «Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios». Y añade: «No hago este pacto solo con ustedes, sino también con los que no están aquí hoy» (Dt 29:14-15): contigo, con tus hijos y con los hijos de tus hijos. Es un solo pueblo, con un solo Dios, en una relación con ese Dios.
Pero dentro del pacto hay una advertencia. Seguir a Dios como Rey los mantendrá en bendición; seguir la ley de su corazón perverso los llevará a la maldición. Lo repito tanto porque es el enfoque que nos va a ayudar a transitar por Jueces y Reyes, a entender por qué hay profetas, por qué existe el exilio y por qué regresan del exilio. Todo tiene que ver con escoger el camino de Dios o el camino del hombre.
«Tendré paz»: la terquedad del corazón
Moisés advierte: «No sea que haya entre ustedes… alguien que, al oír las palabras de esta maldición, se envanezca diciendo: “Tendré paz aunque ande en la terquedad de mi corazón”» (Dt 29:18-19). Es lo que hacemos cada vez que oímos la palabra y decimos: «Sí, estuvo increíble, pero no es para mí». Ahí dice «perdona», pero yo no voy a perdonar a mi mamá. Ahí dice «pon la otra mejilla», «toma tu cruz», «lee tu Biblia»: «No, ya vengo el domingo, ahí me la dan». Y nos decimos: «Tendré paz».
Y Moisés advierte que toda maldición escrita en ese libro vendrá. Dios es fiel a sus bendiciones y también a sus maldiciones. Pero las maldiciones eran una advertencia. Todos los que tienen hijos lo saben: estás haciendo carne asada y le dices al niño: «No toques el carbón; te vas a quemar. Si no te acercas, en unos minutos te doy una carnita bien rica». No le dices: «Ándale, ve, agárralo para que aprendas». Le dices, con el corazón lleno: «Por favor, no lo hagas; me va a doler mucho». Ese es el corazón de Dios en las maldiciones. Y cuando vas y te quemas, primero Dios atiende tus heridas y luego te dice: «Te dije que no lo hicieras». Y si somos niños tercos, como todos, lo volvemos a hacer, y Dios vuelve a ser fiel.
La primera mención del exilio
Esa advertencia se vuelve profética, porque el pueblo eventualmente hace lo malo. Aquí se habla por primera vez del exilio: «Van a poseer la tierra, pero los van a exiliar». Israel no se lo tomó en serio, hasta que sucedió. «Todas las naciones dirán: “¿Por qué ha hecho así el Señor a esta tierra?”. Y dirán: “Porque abandonaron el pacto del Señor… y fueron y sirvieron a otros dioses”… y el Señor los desarraigó de su tierra con ira, con furor y con gran enojo, y los arrojó a otra tierra, como sucede hoy» (Dt 29:24-28).
Ese «hasta el día de hoy» está bien interesante, porque todavía no ha sucedido, pero ya como que ya lo vio. Cada vez que el pueblo de Dios escoge lo malo, va a la maldición, pero Dios provee disciplina, y toda disciplina tiene un propósito. El exilio será, primero, un testimonio para las naciones: voltearán a ver a Israel y dirán que abandonaron a su Dios, y temerán a ese Dios, porque si puede hacer eso, es real y poderoso. Y será un recordatorio para Israel, para que regrese al gobierno de Dios.
«Él te hará volver»
Moisés está profetizando literalmente la historia de Israel: «Vas a conquistar la tierra; cuando hagas lo malo, Dios te va a expulsar; cuando recuerdes sus palabras, te va a regresar y vas a restaurar el orden de Levítico». En la disciplina tal vez tu fe será probada, pero Dios jamás nos va a abandonar. No estoy hablando de una enfermedad o de que te vaya mal en la vida; está hablando al pueblo de Israel. Pero esto revela el carácter de Dios: Él va al lugar más oscuro a sacarte. Por eso mucha gente llega a la fe en el momento más bajo, cuando entiende que su corazón de piedra jamás será suficiente. Pero no necesitas estar en el lugar más bajo: voltea a la palabra de Dios, escucha, entiende su amor inagotable y enfócate en su majestad.
«Cuando todas estas cosas vengan sobre ti… y las recuerdes en todas las naciones adonde el Señor tu Dios te haya desterrado, y vuelvas al Señor tu Dios… entonces el Señor tu Dios te hará volver de tu cautividad» (Dt 30:1-3). Cuando recuerdes, escuches, entiendas y te vuelvas a Dios. De ahí nace el llamado al arrepentimiento que predica Jesús: «Arrepiéntanse»; han escogido el camino de la muerte, vuélvanse al camino de la vida. «Además, el Señor tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas» (Dt 30:6). «Y tú volverás a escuchar la voz del Señor y guardarás todos sus mandamientos» (Dt 30:8).
Gálatas dice que la ley era un tutor para encauzarte. Pero cuando el Espíritu circuncida tu corazón, la ley ya no es necesaria como las anteojeras del caballo, porque la tienes escrita en el corazón. La pesadez de la obediencia ha sido rota y suplantada por el Espíritu Santo, que te recuerda lo bueno y amoroso que es el Señor. Y el objetivo de circuncidar el corazón es la vida: «a fin de que vivas».
Estos versículos son la base del nuevo pacto: «Pondré mi ley dentro de ellos… y ya no tendrá nadie que enseñar a su prójimo» (Jer 31:33-34). Es lo que Moisés había dicho minutos antes: «Todavía no les ha dado corazón para entender», pero se lo va a dar. Hoy tenemos la gran bendición de tener la palabra escrita: la abres, luchas con ella, y el Espíritu Santo te ayuda a entender. Y empiezas a ver que lo que leíste lo predicó el pastor el domingo, salió en tu grupo y alguien te pidió consejo justo sobre esos versículos: la vida sobrenatural de Dios de una manera muy natural. Esa es la ley puesta en tu corazón.
No es religiosidad. En mi casa oramos por los alimentos sobre todo porque mi hija está ahí y le estamos enseñando a orar. Ella dice: «Abba, gracias, comida, jugar, en el nombre de Jesús, amén», y ya. Algo así de simple. La fe en Dios quita la pesadez de la obediencia humana y la convierte en un mandato fácil y alcanzable.
El Señor se deleita en ti
«El Señor tu Dios te hará prosperar abundantemente en toda la obra de tu mano… pues el Señor de nuevo se deleitará en ti para bien» (Dt 30:9). ¡Wow! El que creó los cielos y la tierra, el que sostiene el mar y las estaciones: cuando tú estás en la palabra, cuando obedeces, cuando lo buscas, eres su deleite. Si entendemos eso, venimos a adorar de otra manera. ¿No te gustó la alabanza? No importa: Él se deleita en ti. Son las palabras que un hijo siempre quiere oír de su padre: «Bien hecho, estoy orgulloso de ti».
«Este mandamiento que yo te ordeno hoy no es muy difícil para ti, ni está fuera de tu alcance. No está en el cielo… Pues la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la guardes» (Dt 30:11-14). Traducido a hoy: la tienes en tu Biblia, en tu celular, en versículos en tu pared. No necesitas a alguien que suba al cielo y te traiga una nueva revelación. Ya está escrita. Ábrela, léela, deléitate en ella, y Él se deleitará en ti.
Dos caminos
«Mira, yo he puesto hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal» (Dt 30:15). Moisés es repetitivo. Vamos mucho con la abuelita de mi esposa y ya me contó sus historias como diez veces; ella se las ha contado a todos mil veces, pero me encanta porque está emocionada. Es repetitivo porque es importante.
El camino de la vida es amar al Señor tu Dios, escuchar su voz y allegarte a Él, porque Él es tu vida (Dt 30:20). Hoy su voz está escrita: léela, presta atención y acércate a Él; que sea cotidiano, como Moisés caminaba con Dios. El camino de la muerte es un corazón desviado por no escuchar a Dios: «Si tu corazón se desvía y no escuchas, sino que te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y los sirves… ciertamente perecerán» (Dt 30:17-18). Es obedecer tu propio gobierno: el de tu carne, el del mundo o el del diablo.
Dios había hecho un pacto con Abraham para restaurarlo todo, y luego un pacto bilateral, matrimonial, con Moisés, en el que les da a escoger: el camino de la vida o el de la muerte. Pero aun cuando escojas el camino de la muerte, Dios es fiel: circuncidará tu corazón. Este es el hilo conductor de todas las sesiones.
Ese camino existe hasta la fecha, y no tiene que ver con ser o no ser Israel: tiene que ver con el gobierno de Dios o el gobierno de las tinieblas. O sigues el gobierno del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, o sigues el de tu carne, del mundo o del diablo. La idea de que somos libres para gobernarnos a nosotros mismos es falsa, y lo vamos a descubrir en los jueces, los reyes y los profetas: o eres esclavo de Dios o eres esclavo de las tinieblas. Se acabó. «No, pero es que Heidegger dice que existo y luego no…». No, esas filosofías no. «Nietzsche dice que Dios no existe porque está muerto». No. Algo va a ser tu dios. Si no es el Dios creador de los cielos y la tierra, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el que se despojó a sí mismo, tomó carne y murió en una cruz para redimirnos, justificarnos, resucitarnos y darnos vida eterna con Él, entonces es otro dios que te llevará a la muerte.
Josué: Dios entrega la tierra
Moisés se lo dice a Josué y al pueblo, y Josué y los ancianos de su época escogen el camino del bien una y otra vez. Josué ve las maravillas del Señor, pero no se guio por las maravillas: creyendo en la promesa, vio las maravillas. Todo el libro de Josué no se trata de Josué, se trata de Dios. Dios los hace cruzar el Jordán; les da la victoria en la primera campaña, en el centro de la tierra; luego vence a una coalición del sur y después a una del norte. Dios mismo, por medio de Josué, les entregó la tierra y la repartió.
La transición a Jueces es que, aunque la tierra ya había sido dada, todavía tenían que expulsar a los pueblos. Josué y los ancianos conocían al Señor y siguieron la vida. Pero cuando mueren, el pueblo empieza a decir: «¿Y qué tal si no los expulsamos? ¿Qué tal si me quedo de este lado?». Empiezan a hacer sus propios planes. Y Dios, aun en su maldad, les da jueces: son seis ciclos de figuras heroicas que milagrosamente liberan al pueblo; pum, dos, tres, seis veces. Pero cada vez el pueblo se pervierte más, hasta que abandona a Dios, cumpliendo las palabras de Moisés.
Volver a la palabra
Lo que quería dejar claro en esta primera parte es la base de todo lo que viene: el camino de la vida y el camino de la muerte. Y dentro de estos caminos, el enfoque siempre será: necesito un corazón circuncidado; necesito que el Espíritu Santo atraviese mi corazón. Eso sucede cuando te sientas con la palabra. La espada del Espíritu es la palabra de Dios (Ef 6:17), más cortante que cualquier espada de dos filos (Heb 4:12), que penetra hasta el alma y te transforma.
¿Con qué se circuncida? Con una navajita, ¿no? La palabra de Dios es más cortante que cualquier cosa. Hay un momento en que eso sucede de una vez, pero de ahí en adelante, cada vez que vas a la palabra es como una renovación del pacto, como cuando en las bodas de plata o de oro se renuevan los votos. Eso haces cada vez que participas en la cena del Señor y cada vez que te congregas, lees la palabra y dejas que Dios te transforme. Escojo el camino del bien, y ahora lo escojo porque el Espíritu Santo mismo lo pone en mi corazón.
Las citas bíblicas siguen la lectura de la clase; donde se cita textualmente se usa la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.