# Reyes: David, un corazón manso y humilde

> Los reyes de Judá se miden con su antepasado David, a quien Dios llamó «un hombre conforme a mi corazón». ¿Cómo, si cometió adulterio, traiciones y asesinatos? Porque, aun en su humanidad imperfecta, cuando hizo la voluntad de Dios apuntó a Cristo. El único lugar donde Jesús describe su corazón dice: «soy manso y humilde» (Mat. 11:29). Ese corazón se ve en David: fiel con las pocas ovejas de su padre, valiente ante Goliat porque conocía a Dios, y misericordioso al subir llorando el monte de los Olivos cuando Absalón lo traicionó. Cada escena apunta a Jesús, que aplastó la cabeza de la serpiente en el Calvario y nos dejó su Espíritu como garantía para que nuestra vida también apunte a Él.

*Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación.*

- Autor: Daniel Lira
- Tipo: Predicación
- Fecha: 26 de mayo de 2024, Convivencia Familiar Monterrey
- Video: https://www.youtube.com/watch?v=Pd7gUJCwI8Y
- URL: https://daniellira.com/predicaciones/reyes-david-un-corazon-manso-y-humilde/
- Idioma: es-MX

## Puntos clave

- David es conforme al corazón de Dios porque, cuando hizo su voluntad, apuntó a Cristo.
- Manso no es menso: es tener todo el poder y ser lento para la ira; humilde es ser accesible.
- Un corazón manso y humilde es fiel con lo poco, porque son las ovejas del Padre.
- La victoria sobre Goliat anuncia al que aplastaría la cabeza de la serpiente (Gén. 3:15).
- Ante la traición, el corazón manso no ataca a los suyos: perdona, como Jesús en la cruz.

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## ¿Quién es ese tal David?

En esta serie de Reyes ya vimos a Acaz, que hizo lo malo y no siguió a su antepasado David; a Ezequías, que hizo lo bueno como David; y a Josafat, que nos ayuda a vencer la ansiedad y actuó según los primeros años de David. Hoy vamos a ver quién es ese tal David, por qué es tan importante y por qué todos los reyes se miden con él. Pablo lo resume predicando el evangelio en Antioquía: cuando Dios quitó a Saúl, «levantó a David como rey, del cual Dios dio testimonio: “He hallado a David, hijo de Isaí, un hombre conforme a mi corazón, que hará toda mi voluntad”» (Hech. 13:22).

Cuando pienso en David, lo primero que pienso son *Las mañanitas*. Luego en David y Goliat, el rey que unificó a Israel, el poeta de los salmos. Pero también en sus traiciones, su adulterio y los asesinatos que cometió. ¿Cómo puede un hombre así ser conforme al corazón de Dios? Sí hay una respuesta: no lo es por lo malo que hizo, ni siquiera por lo bueno que llegó a ser, sino porque apunta proféticamente a Cristo. Aun en su humanidad imperfecta, cuando siguió la voluntad de Dios, apuntó a Cristo. Por más que se equivocó, David terminaba corrigiendo su camino: «Está bien, ¿qué quieres que haga? Ya entendí: no se trata de mí, se trata de ti».

Recordemos por qué hubo reyes: porque el pueblo fue necio. Dios les dio un gobierno increíble por medio de jueces, y ellos dijeron: «Las demás naciones tienen rey; ponnos un rey». Y Dios se los dio. Eso logró dos cosas. Primero, recordarle al pueblo que ningún hombre sería el rey que necesitaban, porque Dios sería su rey; por eso hubo tantos reyes malos: Saúl lo arruinó, David arruinó varias cosas, y así la mayoría. Segundo, todos, buenos o malos, apuntaban al verdadero Rey. Así que en David hay rasgos que apuntan a Jesús y rasgos de su propia humanidad. No exaltamos a David ni seguimos sus pasos: exaltamos y seguimos a Cristo, a quien David apuntaba.

## Manso no es menso

Si David era conforme al corazón de Dios, ¿cómo es el corazón de Dios? Eso nos da un marco para leer la Biblia y para leer nuestra propia vida: ¿soy yo una persona conforme al corazón de Dios?

En los 33 años de la vida de Jesús hay un solo momento en que Él abre su corazón y dice cómo es. Viendo a la gente cansada y cargada, dice: «Vengan a mí todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón» (Mat. 11:28–29). El Rey de reyes, el Santo, el que dijo «sea la luz», cuando tuvo la oportunidad de describir su corazón, dijo: «Soy manso y humilde».

Manso no significa menso, aplastado ni humillado. Se parece más a un león que puede gobernar la selva y devorar a su presa de un bocado, pero es lento para la ira. Es el guerrero hábil con la espada que prefiere tenerla guardada para escuchar, atender y mostrar misericordia. Y este Dios santo es humilde porque es accesible: puedes entrar confiadamente a su presencia. Jesús no hacía acepción de personas. Es completamente capaz de destruirnos en nuestro pecado, pero no lo hace; es completamente santo y apartado, pero accesible.

## Fiel con las pocas ovejas

Cuando Dios quita a Saúl, envía a Samuel a ungir a uno de los hijos de Isaí. Isaí, como buen papá orgulloso, los alinea a todos: «Este es un guerrero; este ha logrado más que ninguno». Y Samuel: «No es este». Ni el segundo, ni el tercero. Se acaban los hijos. «¿Son todos tus hijos?». «Aún queda el menor, pero está cuidando las ovejas» (ver 1 Sam. 16:11). Qué gacho. Isaí sí tenía hijo favorito, y no era David.

Apacentar las ovejas le tocaba al menor, al que ya no le tocaba herencia: «No eres guerrero; cuida las tres o cuatro ovejas, tócales el arpa, y no nos molestes». Y Samuel dice: «Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga». Imagínense que les digo que no se van a ir a comer hasta que yo termine en tres horas: se paran y se van. Así que salen corriendo por David.

El primer rasgo del corazón manso y humilde de David es que cuidaba las ovejas: era fiel y digno de confianza. Ahí aprendió la adoración verdadera en acción: tocaba el arpa, le cantaba a Dios, y no importaba si eran pocas ovejas, eran las ovejas de su padre. Como en la parábola: «Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré» (Mat. 25:21). Para David nunca se trató de pocas ovejas, sino de las ovejas de su padre. Cuando tratamos nuestro trabajo, nuestra escuela o a nuestros hijos como si fueran del Padre, Dios dice: «Bien hecho». Un corazón manso no busca más de lo que tiene, sino que atiende lo que se le dio como Dios lo haría.

La Biblia no nos pide cambiar de posición. No les dice a los esclavos: «Salgan corriendo y emprendan su propio negocio», sino: «Esclavos, obedezcan a sus amos». ¿Entonces era pro esclavitud? No: era pro evangelio. No necesitas cambiar tu posición, sino tu actitud, y considerar las pocas ovejas como el mandato de Dios.

Jesús también fue fiel en lo poco. Durante treinta años aprendió obediencia bajo sus padres. Una vez se quedó en el templo enseñando, y su mamá prácticamente lo jaló de la oreja: «Véngase, mijito». Pudo haberle dicho: «Mamá, yo soy la Palabra», y tendría razón. Pero se sometió. Luego se le dieron doce discípulos, y siendo Dios en la tierra no fue por toda la tierra, sino que oró: «No ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos» (Jn. 17:9). Le predicó a todos, pero cuidó a sus doce, sabiendo que un día volvería por todos: «No ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos» (Jn. 17:20).

Así como Cristo, «existiendo en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo» (Fil. 2:6–7), David, ya ungido como rey, no fue con Saúl a decirle: «Quítese, ya me echaron el aceitito». Regresó a cuidar sus ovejas y a tocar el arpa. Pero estaba listo para la batalla.

## Valiente ante el gigante

Llega Goliat y oprime a Israel, y los hijos de Isaí y todos los guerreros se acobardan. David pregunta: «¿Quién es este filisteo incircunciso para desafiar a los escuadrones del Dios viviente?» (1 Sam. 17:26). Conocía a su Dios. Lo llevan con Saúl: «¿Tú cómo vas a vencerlo?». «Tu siervo apacentaba las ovejas de su padre, y cuando venía un león o un oso y se llevaba un cordero, yo salía tras él y se lo arrebataba; y si se levantaba contra mí, lo tomaba de la quijada y lo hería» (ver 1 Sam. 17:34–35). No hay manera de que un pastorcillo le rompa la quijada a un león, pero había visto a Dios obrar: «El SEÑOR, que me libró de las garras del león y del oso, me librará de la mano de este filisteo» (1 Sam. 17:37).

¿Han visto un gigante? Yo tampoco, pero he visto gente que lo parece, y yo estoy chaparrito. Goliat era el campeón de los filisteos, armado hasta los dientes. Y sale David sin espada ni armadura, con una honda, que no era una resortera, sino algo que disparaba la piedra como bala. El filisteo se burla, y David responde: «Tú vienes a mí con espada, lanza y jabalina, pero yo vengo a ti en el nombre del SEÑOR de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has desafiado […] para que sepa toda esta asamblea que el SEÑOR no libra ni con espada ni con lanza; porque la batalla es del SEÑOR» (1 Sam. 17:45–47).

Se pone entre el gigante y el pueblo, arriesgando su vida. Corre, saca una piedra, la lanza, la piedra se hunde en la frente de Goliat y el gigante cae. Como no tenía espada, toma la de Goliat y le corta la cabeza. No sé por qué vemos Netflix y no leemos la Biblia. El pueblo ve que Dios está con el pastorcillo y persigue a los filisteos. Y algo que casi no se cuenta en la escuela dominical: David lleva la cabeza de Goliat a Jerusalén (1 Sam. 17:54), como señal del siguiente lugar que conquistaría.

Un corazón manso y humilde tiene una valentía que viene de Dios. Conoce sus promesas y actúa conforme a ellas, no se queda sentado repitiéndolas frente al espejo. Con las pocas ovejas o en el campo de batalla, tiene una fe que obra por amor. David no buscaba ser rey ni los beneficios: vio a un pueblo oprimido y a un gigante que debía caer, y actuó.

## El verdadero aplastador de cabezas

Antes de ser creyente yo ya me sabía la historia de David y Goliat; la conoce todo el mundo. Pero no se trata de David. Apunta a uno que vendría a aplastar la cabeza de la serpiente. La primera promesa de Dios después de la caída fue: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza» (Gén. 3:15). La batalla contra Goliat es mucho más que vencer tu gigante o tu preocupación: anuncia a aquel que vencerá una vez y para siempre la maldad, las tinieblas, el pecado, el dolor y la enfermedad, y secará toda lágrima.

La Biblia solo dice que David llevó la cabeza a Jerusalén. Lo que sigue es mi imaginación, con asterisco: no viene en la Biblia. Me gusta imaginar que ese cráneo quedó en un monte, se descompuso y quedó solo la calavera, y que por eso a ese lugar le empezaron a llamar el monte de la Calavera, el Calvario. Y así como David apuntaba al día en que la cabeza de la serpiente sería aplastada, Jesús, crucificado en el Calvario, se unía a esa profecía como el Rey que la aplastaría.

En el Calvario Jesús no venció al diablo como en una batalla; el diablo no es nada comparado con Él. Lo venció quitando el acta de los decretos que había contra nosotros, las acusaciones de todo pecado, y clavándola en la cruz (ver Col. 2:14–15). Nos lavó con su sangre y nos vistió de justicia. No hay gigante, pecado ni oscuridad que pueda acusarte. Exhibió públicamente a los poderes y triunfó sobre ellos sin dar un solo golpe. Pero también anunció que un día regresará, no en sandalias ni a una cruz, sino en un caballo, vestido de gloria, con ojos de fuego y con espada, para aplastar para siempre la cabeza de la serpiente. Así como David venció a Goliat, hoy Cristo ya es vencedor, y pronto volverá.

David conquistó Jerusalén, unificó el reino y puso en el centro el arca de Dios. Construyó el reino no sobre sí mismo, sino sobre el verdadero Rey. Tú puedes vencer gigantes e ir de victoria en victoria, pero si construyes tu vida sobre tu propio reino, se va a derrumbar como se derrumbó para Salomón. Si la construyes sobre el reino de Cristo, con Él en el centro, apuntarás a Él con las pocas ovejas y en las muchas batallas. El reino unido también es una visión profética de la vida eterna, cuando Jesús reinará desde Jerusalén sobre Israel para bendecir a todas las naciones.

## Absalón y el monte de los Olivos

Hay una historia más que muestra la hermosura de un corazón manso y humilde. Ya siendo rey, su hijo Absalón lo traiciona, se proclama rey en Hebrón y quiere usurpar el trono. David tenía un ejército y pudo haber ido a detenerlo. Pero, aunque era rey, actuó con el amor de un padre. Jesús hoy es Rey, sentado a la diestra del Padre, y actúa con corazón de padre porque nos ha hecho hijos; y un padre no va contra sus hijos.

«David subía la cuesta del monte de los Olivos, y lloraba mientras subía; tenía la cabeza cubierta y caminaba descalzo. Y todo el pueblo que estaba con él cubrió cada uno su cabeza, y subían llorando mientras iban» (2 Sam. 15:30). Así como un día subió a Jerusalén a declarar victoria, ahora subía un monte para proveer la justicia de Dios, que es el perdón. Un corazón manso y humilde, teniéndolo todo para vencer, nunca va contra los suyos: contra sus hijos, sus hermanos, otra iglesia o su esposa. Sube al monte descalzo, como Cristo subió cargando su cruz, y pide perdón. Cuando nuestros hijos hacen berrinche, son nuestros hijos, y somos nosotros quienes cargamos la cruz, para que un día les digamos: «Así como yo tomé mi cruz, toma tú la tuya y sígueme».

Jesús «fue oprimido y afligido, pero no abrió su boca; como cordero que es llevado al matadero» (Isa. 53:7). «Cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores […] Y Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”» (Luc. 23:33–34). Cuando te topas con alguien que no actúa conforme al corazón de Dios, no sacamos la espada ni lo juzgamos: clamamos al Padre por su misericordia. Con tus hijos, tus padres o tus amigos que aún no conocen al Rey: «Padre, perdónalos». Una y otra vez, porque Cristo nos ha perdonado mil veces. Y por la angustia de su alma, Él verá el fruto y quedará satisfecho (Isa. 53:11); hoy lo está viendo en nosotros.

## La garantía del Espíritu

Antes de morir, David le dejó a Salomón un reino que no era pobre: no aprovechó la bendición para sí mismo, sino que dijo: «Con todas mis fuerzas he provisto para la casa de mi Dios» (1 Crón. 29:2). Le dejó una garantía, un pago por adelantado (no como la garantía del celular), para cumplir su comisión: construir un templo y bendecir a las naciones. Jesús nos dejó su Espíritu Santo como pago por adelantado de su reino venidero, para que construyamos una casa de piedras vivas y bendigamos a las naciones. Nos lo dejó a cada uno, no a alguien más ni solo a los pastores, y nos hizo coherederos.

Por su Espíritu podemos hoy ser conforme al corazón de Dios. Cuando leemos la Biblia decimos: «Este personaje es un tipo de Cristo, porque apuntaba a Cristo». Te tengo una noticia: esa es tu vida. Que cuando lean tu biografía digan: «Dios lo escogió y lo ungió para mostrar a Cristo». El Espíritu Santo nos capacita para ser mansos y humildes: para cuidar las pocas ovejas, salir a la batalla, vencer el pecado, establecer la adoración en nuestra casa, trabajo y ciudad, darlo todo por la siguiente generación y, aun en medio de las pedradas, decir: «Padre, perdónalos». Vivimos como coherederos esperando a nuestro Rey, el único, que aplastará la cabeza de la serpiente y acabará con todo mal, toda enfermedad y toda lágrima, y reinará por los siglos de los siglos.

## Oración

Señor, úngenos hoy como ungiste a David, como coherederos de tu reino. Danos un corazón manso y humilde, una identidad firme, pero sin considerarnos superiores a nadie, sino siervos de quienes aún no te conocen. Espíritu Santo, sella tus palabras en nuestros corazones. Que no se queden entre estas cuatro paredes: ayúdanos a cuidar las pocas o muchas ovejas que nos has dado, a salir a la batalla cuando alguien oprima a la iglesia, y a tomar nuestra cruz y seguirte hasta el día de tu regreso. En el nombre de Jesús. Amén.
