# Ecos de la cruz: el Día de la Expiación, Isaac y la vergüenza cubierta

> Los festivales de *Levítico* son pistas, ecos de la cruz. En *Yom Kipur*, el Día de la Expiación, un macho cabrío era sacrificado y su sangre limpiaba el lugar santísimo, y sobre el otro se confesaban los pecados del pueblo y se enviaba lejos: así Cristo pagó nuestra deuda y la borró, y le quitó al diablo todo poder de acusación. En el monte Moriah, el carnero que tomó el lugar de Isaac anunció la sustitución, la doble imputación: Cristo tomó nuestra muerte para que tomemos su vida, y venció a la muerte. Y en Génesis 3 Dios cubrió con pieles la vergüenza y el miedo de Adán y Eva: en Cristo el pecado pierde sus efectos. Isaías 53 lo resume, y por eso podemos acercarnos con confianza al trono de la gracia.

*Adaptado con ayuda de IA a partir de la transcripción de una predicación.*

- Autor: Daniel Lira
- Tipo: Predicación
- Fecha: 6 de abril de 2025, Convivencia Familiar Monterrey · Campus San Agustín
- Video: https://www.youtube.com/watch?v=DQql-dkIhjQ
- URL: https://daniellira.com/predicaciones/ecos-de-la-cruz-yom-kipur-e-isaac/
- Idioma: es-MX

## Puntos clave

- En *Yom Kipur*, un macho cabrío limpiaba con su sangre y el otro se llevaba los pecados: la deuda fue pagada y borrada.
- Cristo venció al diablo: ya no hay deuda de la cual acusarnos.
- En el carnero que sustituyó a Isaac vemos la doble imputación: Él tomó nuestra muerte y nosotros tomamos su vida.
- Cristo venció al pecado cubriendo la vergüenza y el miedo, como Dios cubrió a Adán y Eva.
- Isaías 53 es el eco más claro de la cruz: Dios está satisfecho, y podemos entrar con confianza a su presencia.

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## *Yom Kipur*: una fiesta de duelo

En *Levítico* Dios instituye varios festivales para Israel, y cada uno es una pista, un eco de la cruz, de lo que Cristo haría al venir por primera y por segunda vez. En Levítico 16 encontramos el primero: *Yom Kipur*, el Día de la Expiación. La palabra dominguera de hoy es «expiación». Vamos a decirla todos juntos: expiación.

Era un día de angustia y de tristeza. El pueblo se reunía y pasaba el día en duelo, llorando y arrepintiéndose de sus pecados. ¿Una fiesta en la que el requisito es llorar? A menos que te den un pastelazo muy fuerte, nadie llora en su cumpleaños. Pero la angustia era profunda por dos razones. Dios había escogido al ser humano como su imagen y semejanza, y el ser humano, y todavía más Israel como su representante, había profanado esa imagen. Y además se arrepentían del peso del pecado, de lo que había causado en la comunidad y en la tierra. Dios decía: «Pausa. Siente el peso del pecado». Y entonces se hacía la ceremonia.

## Dos machos cabríos

Había dos animales. Sería más bonito decir que eran dos corderos, pero eran dos machos cabríos, y se echaban suertes sobre ellos: uno sería sacrificado al Señor y el otro quedaría libre. «Yo quiero ser el que queda libre». Ahorita vas a ver por qué no.

Aarón, el sumo sacerdote, sacrificaba el primero y con su sangre entraba al lugar santísimo, detrás de un velo grande y pesado, donde no se podía entrar así nada más: si no venías purificado, morías. Les ponían un cascabelito, y si dejaba de sonar, ya sabían. Es el lugar donde Zacarías, el papá de Juan el Bautista, escuchó que iba a tener un hijo, no lo creyó y se quedó mudo. Es el lugar de la presencia de Dios. Ahí rociaba la sangre sobre el propiciatorio haciendo expiación por las transgresiones de todo el pueblo.

«Expiación» tiene varios significados relacionados: limpiar, purificar, purgar, echar fuera. Esa sangre limpiaba el lugar santo, limpiaba la imagen de Dios.

Luego Aarón salía y ponía las manos sobre la cabeza del otro macho cabrío, y arrepintiéndose, las transgresiones y pecados de todo el pueblo eran transferidos a él. De ahí viene «chivo expiatorio»: como cuando alguien hizo algo malo, no tú, claro, y le echan la culpa a otro que no tenía nada que ver. Ese chivo era enviado lejos y se llevaba los pecados de la tierra. Ya no existían.

## La deuda del banco

Dicho de otra manera: sacaste una tarjeta de crédito que no debías, no te alcanzaba para ese viaje, no hiciste bien tu presupuesto y de repente tienes una deuda gigante con el banco. Si a alguien le queda el saco, Dios proveerá. El banco ya te está cobrando, pero te haces amigo del dueño y él dice: «Voy a borrar tu deuda». Eso es el chivo expiatorio: se la llevó, ya no existe; la próxima vez que alguien busque en el sistema, tu nombre no aparece.

Pero en los libros del banco sigue faltando dinero. Alguien tiene que pagar, o el banco se cae. Tu deuda era muy grande; no tomaste buenas decisiones en el Buen Fin. Esa es la segunda parte, el macho cabrío sacrificado: alguien pagó la deuda. Ante ti estás limpio y al banco no le falta nada. Y si alguien viene a acusarte frente al banco, no tiene con qué.

Así Cristo Jesús venció al diablo: le quitó todo poder de acusación. Lo que el diablo hace es acusarte y hacerte sentir condenado: «Eres un pecador». Pero tú puedes decir: «¿Dónde dice? ¿Dónde está mi deuda? Está borrada». Y cuando va con Dios a decirle «Hugo es un pecador» (perdón, Hugo, tenía que usar a alguien), Dios responde: «¿De dónde? No falta nada. La deuda ya fue pagada». «Es que tengo una guerra espiritual». Dile: «¿Cuál guerra? Ya no tengo deuda. Hazte para allá». Nadie puede venir a cobrarte una deuda que no tienes.

## Isaac y la doble imputación

La segunda historia tiene que ver con otra palabra dominguera rara: la doble imputación. Aquí Jesús vence a la muerte, y ya había dejado una pista de cómo lo haría en la vida de Isaac: la sustitución.

Abraham esperó tanto tiempo al hijo de la promesa, y por fin lo tiene, lo cría y crece. Me imagino que le decía: «Vas a tener muchos hijos, te van a dar una tierra y vas a bendecir a todas las naciones». Todos felices. Y luego Dios le dice: «Entrégame a tu hijo; ofrécelo en sacrificio». Si solo lees eso, dices: «Dios estaba raro». Pero en esa época los sacrificios humanos eran comunes; no era algo descabellado. Y Abraham también conocía a Dios: «Se me hace raro que me pida al hijo de la promesa; ya me dejó claro que es Isaac».

Isaac ya está grandecito, y mientras caminan le pregunta: «Papá, te he visto hacer sacrificios. ¿Dónde está el animal? ¿Traes una paloma escondida en la bolsa?». «Dios proveerá». Había un mensaje: nadie tendría que hacer un sacrificio humano; Dios no es como los dioses caprichosos que los piden. El único que daría a su hijo sería Él mismo. Isaac se acuesta, Abraham toma el cuchillo, y cuando está a punto de matarlo, Dios lo detiene: «Ahora sé que temes a Dios, porque no me has rehusado a tu único hijo». Abraham levanta la mirada, ve un carnero enredado en los matorrales y lo ofrece en lugar de su hijo.

¿Cómo paga la sangre la deuda? Porque Dios queda satisfecho con una muerte sustituta. La imagen es la de un padre entregando al hijo de la promesa, y en la cruz vemos a un Padre entregando al Hijo de la promesa en rescate de muchos. Así vence a la muerte. Imagínate una de esas películas raras en las que llega la muerte en una barca: «Hugo, es tu hora». Y ya no hay nada que hacer, porque alguien ya murió en tu lugar.

La imagen de Isaac no es solo de muerte, sino de resurrección. Isaac sube al altar como un hombre muerto y se levanta completamente vivo. Eso vemos en la cruz: Cristo toma nuestro lugar en la muerte para que nosotros tomemos su lugar en la resurrección. Dicen que en la Segunda Guerra Mundial (o en la Primera, no sé) los soldados japoneses salían a la guerra considerándose ya muertos, y eso los hacía muy difíciles de vencer. ¿Cómo vences a alguien que ya se sabe muerto? O como un equipo de futbol que va perdiendo tres a cero y sale con vida renovada a darle la vuelta.

## Génesis 3: vergüenza y miedo

La última imagen está en Génesis 3. Hay un eco desde el inicio de la creación. Dios hizo los cielos y la tierra, y todo era… bueno (lo dijeron mejor que mis alumnos del Intensivo). Puso al hombre y a la mujer en el Edén, donde comían de todo árbol, paseaban y platicaban con Dios y les ponían nombre a los animales. Génesis 2 termina diciendo que estaban desnudos y no se avergonzaban. Ese era el estado natural del ser humano.

El diablo les dijo que se les abrirían los ojos, y sí sucedió; ahí no mintió. Lo que no les dijo fueron los efectos. Conocieron el bien y el mal, su mente se pervirtió, vieron su desnudez de otra manera y les dio vergüenza. Se escondieron y se hicieron coberturas de hojas. Si te han regalado flores, sabes que se mueren; imagina hacerte ropa que a los cinco minutos ya se marchitó. Una vergüenza continua, una vida escondida.

Piénsalo en tu vida. Sabes que hay cosas que haces que ofenden a Dios, y lo primero es que nadie se entere. Imagina que el próximo domingo, en lugar de Santa Cena, les ponemos a todos un casquito de inteligencia artificial que proyecta en la pantalla todos sus pensamientos del último año. Yo sería el primero en salir corriendo. Eso causa el pecado: vergüenza y miedo. Adán y Eva huyeron de Dios, y Dios tuvo que buscarlos: «¿Dónde estás?». «Tuve miedo y me escondí». Se corrompió la razón por la que existimos. El hombre y la mujer, carne de su carne, ahora se separaban por vergüenza; y entre Dios y el ser humano, hechos para convivir en intimidad perfecta, había algo extraño.

Y Dios toma un animal, lo sacrifica y los cubre con sus pieles. A mí me gusta imaginar que era un cordero, por las pistas que Dios va dejando. Así les quitó los efectos al pecado.

Entonces, ¿qué hizo Jesús en la cruz? Venció al diablo, quitándole el poder de acusación. Venció a la muerte, quitándole el poder de reclamar nuestra vida, porque ya se dio una vida en rescate. Y venció al pecado, quitando la vergüenza y el miedo que produce. No hay condenación para el que está en Cristo Jesús. Pueden borrar tu deuda del banco, y aun así quedarte la vergüenza de que alguien se entere de que la tuviste. En Cristo eso también se borra, porque somos cubiertos por su cuerpo.

## Isaías 53: el eco más claro

Cuando celebramos la Santa Cena podemos recordar estas tres historias: Él es el chivo expiatorio sobre quien fueron transferidas nuestras transgresiones; es el sacrificado que se ofreció voluntariamente, y en su sangre se satisface la muerte que exigía el pecado, porque la vida está en la sangre (Lev. 17:11); y es quien sustituyó su vida por la nuestra, como en Isaac. Nadie estaba sin culpa más que Cristo, que siendo Rey y siendo Dios se despojó para caminar entre nosotros.

Isaías 53 es la profecía, el eco, la pista más grande de la cruz, cumplida a la perfección siglos después. Mientras lo lees, piensa en el chivo que cargó tus transgresiones y en el Cordero que entregó su vida:

«Pero Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por sus heridas hemos sido sanados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino; pero el SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros. Fue oprimido y afligido, pero no abrió su boca. Como cordero que es llevado al matadero, y como oveja que ante sus trasquiladores permanece muda, Él no abrió su boca […] Pero quiso el SEÑOR quebrantarlo, sometiéndolo a padecimiento. Cuando Él se entregue a sí mismo como ofrenda de expiación, verá a Su descendencia, prolongará Sus días, y la voluntad del SEÑOR en Su mano prosperará. Debido a la angustia de Su alma, Él lo verá y quedará satisfecho. Por Su conocimiento, el Justo, Mi Siervo, justificará a muchos, y cargará las iniquidades de ellos» (Isa. 53:5–7, 10–11).

No importa tu pecado: Dios está satisfecho. Si te has vestido de Cristo, hueles a Cristo, y tu vida es un aroma agradable para el Señor. Él te ve y dice: «Qué orgulloso estoy de ti, porque hueles a mi Hijo amado». Has participado de su muerte, y participarás de su resurrección.

Cristo apareció como sumo sacerdote de los bienes futuros y entró al lugar santísimo una vez y para siempre, no con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, obteniendo una redención eterna (ver Heb. 9:11–12). Él era a la vez el chivo expiatorio que lleva el pecado y el sacrificado que paga el precio de la culpa humana. Y cuando entregó su vida, dice Mateo 27, el velo del templo se rasgó de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron, los sepulcros se abrieron, y el centurión dijo: «En verdad este era Hijo de Dios».

## Acerquémonos con confianza

¿Cuál es el punto? «Acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia y hallemos gracia para la ayuda oportuna» (Heb. 4:16). El Señor fue a la cruz, borró tus pecados, pagó tu deuda, sustituyó su vida por la tuya y te cubrió de tu vergüenza y tu miedo. Nada te separa del Dios vivo, y Él ha puesto su Espíritu en nuestros corazones. Imagina entrar a ese lugar santísimo al que solo entraba el sumo sacerdote, y que ahora, como sacerdotes de Dios, podemos entrar confiados, y encontrar al Rey de reyes, que no se aferró a su condición de Dios, sino que se despojó, se humilló tomando forma de hombre y murió en una cruz, y a quien Dios exaltó. Ahí, ante el trono de la gracia, puedes llevar tu angustia, tu dolor, tu vergüenza, tu miedo y tu culpa. No sé por lo que estás pasando, pero Él sí sabe, y ha abierto la puerta.

Y cuando entres, no te va a dejar igual: te va a vestir de Cristo. «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál. 2:20). Eso es la doble imputación: nuestra culpa y nuestra muerte fueron imputadas a Cristo, y ahora su vida nos es dada a nosotros. «Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios» (Col. 3:3). Despojémonos de la vieja naturaleza, renovémonos en el espíritu de nuestra mente y vistámonos del nuevo hombre, creado a semejanza de Dios en la justicia y santidad de la verdad (ver Ef. 4:22–24). Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, también dará vida a sus cuerpos mortales (ver Rom. 8:11).

## Oración

Tomemos este *Yom Kipur*, este Día de la Expiación, para voltear a la cruz y arrepentirnos. Mientras oras, imagina de manera simbólica que tu mano está puesta sobre el Cordero, sobre Cristo antes de ir a la cruz, y que al ir a la cruz todas tus transgresiones han sido molidas: Él pagó el precio, eres libre, has sido rescatado. Y que al salir de aquí vivas una vida digna del llamado de Dios.

Señor, gracias por tu cruz y por lo que lograste en ella: venciste al diablo, a la muerte y al pecado, y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Entramos confiadamente al trono de tu gracia y clamamos por misericordia. Perdónanos, limpia nuestras conciencias del pecado, atráenos a ti y vístenos de ti; haznos a tu imagen y semejanza. Recuérdanos que el mismo Espíritu que te levantó de los muertos vive en nosotros, y ayúdanos a vivir una vida digna de ese llamado. En el nombre de Cristo Jesús. Amén.

La cruz no es algo que solo sucedió hace dos mil años: sucedió hace dos mil años e impacta nuestra vida. Así como el Antiguo Testamento hace eco de la cruz, cada uno de nosotros está llamado a ser un eco de Cristo, para que la gente nos vea y pregunte: «¿Qué es lo que tienes?», y podamos mostrarles al Hijo que dio su vida por ellos.
