Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase grabada (Intensivo en línea).
Resumen
En el principio Dios creó los cielos y la tierra, y todo era bueno. La idea de que lo material es malo viene del dualismo griego, no de la Biblia: Dios hizo al hombre de barro y aliento, para gobernar la tierra bajo su gobierno. La caída es rebeldía: querer gobernarnos sin Dios, y siempre engendra corrupción, condenación y aislamiento. Pero Dios responde con gracia, disciplina y la promesa de una simiente que aplastará la cabeza de la serpiente. Desde Set hasta hoy clamamos: «Ven, Señor».
Puntos clave
- El Antiguo Testamento (Tanaj) es la base y el fundamento del Nuevo.
- Todo lo que Dios creó era bueno; el dualismo que desprecia lo material no es bíblico.
- No viene el fin del mundo, sino el fin del mundo corrupto y la restauración de todo.
- El hombre es barro y aliento, carne y espíritu; Cristo es el modelo del varón perfecto.
- La caída es rebeldía: querer gobernarnos sin Dios, y engendra corrupción.
- El hombre responde con condenación y aislamiento; Dios, con gracia, disciplina y promesa.
- Desde Set, el clamor es «Ven, Señor», y Jesús responde: «Vengo pronto».
Somos parte de una gran historia
Me emociona mucho esta clase porque vamos al Antiguo Testamento, a los orígenes de todo: de la humanidad, de la creación, del pueblo de Dios, del mundo y de la vida. Nos hace ver que somos parte de una gran historia; que no somos pequeños individuos hechos por la casualidad de una explosión extraña, sino que hay un Dios que nos pensó, nos diseñó y tiene un gran plan en el que nos está invitando a participar.
Estudiar el Antiguo Testamento es fundamental. Por alguna razón le pusimos Antiguo y Nuevo Testamento, y a mí me duele porque ha creado en nuestras mentes algo extraño: «Ese es el antiguo, no hay que leerlo; este es el nuevo». Como si cambiaras de iPhone: sale el nuevo, lo compras y el viejo queda en el cajón, lo regalas o ya no sirve. No es así. El Antiguo Testamento es la base y el fundamento del Nuevo.
Por eso le podemos llamar Tanaj, porque incluye sus tres secciones: la Torá, que son los primeros cinco libros; los Profetas, y los Escritos. Así lo dividen hasta hoy los judíos, incluso los judíos creyentes.
¿Qué buscamos al estudiarlo? Conocer la identidad de Dios: quién es Él y cómo se fue revelando. Él no cambia, pero nosotros lo fuimos conociendo como conoces a una persona, poco a poco, y así se fue revelando su identidad y su carácter, para que tengamos un fundamento sólido de lo que creemos y no estemos parados sobre la arena. El Antiguo Testamento es la Palabra de Dios, y la Palabra de Dios es Cristo mismo, el Verbo que se revela a nosotros: el carácter de un novio enamorado que quiere revelarse a la novia y conquistarla.
Siempre preguntan: «¿Por qué el Dios del Antiguo Testamento siempre está enojado y es diferente al del Nuevo?». No es cierto, y lo vamos a ir descubriendo. Es la gracia y la misericordia que Dios demostró una y otra vez. El Antiguo Testamento es un poema de amor para nuestras vidas, un canto de libertad para los oprimidos, una esperanza viva aun cuando parece que todo se ha perdido.
En el principio, todo era bueno
«En el principio Dios creó los cielos y la tierra» (Gn 1:1). Es la parte más esencial de toda la Biblia. Si nos detenemos aquí y entendemos lo que está sucediendo, vemos que Él es el único origen de absolutamente todo, y que todo lo creado fue creado por Él. Los cielos y la tierra son la totalidad de la creación, nuestro marco de existencia. Siendo un Dios atemporal, que no fue creado, soberano, decidió crear los cielos y la tierra para su gloria y su alabanza.
«Y Dios vio todo lo que había hecho; y era bueno en gran manera. Y fue la tarde y fue la mañana: el sexto día» (Gn 1:31). Esto lo dice el sexto día, pero cada día, cada día dice: «Dios vio que era bueno». ¿Por qué me quiero detener aquí? Primero, porque Él es el único origen. Pero también porque se han filtrado diferentes cosmovisiones y filosofías a nuestras creencias cristianas.
Imagina un círculo: arriba los cielos, abajo la tierra, y a los lados una palabra: bueno. Todo era bueno. «Está sencillo, ahí lo dice». Pero en nuestra vida moderna no es lo que viene a nuestra mente. Se nos ha infiltrado la cosmovisión griega, que es dualista: no todo es bueno; solo lo espiritual es bueno y todo lo material es malo. Te va a sonar: todo lo de la carne es malo, tus emociones son malas, este mundo es malo; entonces tengo que orar más, ayunar todo el tiempo, escapar de este mundo maligno para irme al mundo espiritual. El objetivo del ser humano sería morir e irse al cielo.
Esta no es una verdad bíblica. El mundo espiritual y el mundo material no son dos cosas separadas: ambos fueron creados por Dios, sin una frontera donde cruzas y «ahora soy fantasma, ahora soy humano». ¿Vieron Gasparín de chiquitos? Vivía en el mundo terrenal, pero no era parte de él. Así lo imaginamos.
¿De dónde nace esta idea? De un intento de explicar la naturaleza corrupta del mundo. «¿Cómo es que todo lo que Dios hizo es bueno, si veo tanta maldad, tantas enfermedades? Entonces el lugar donde estoy es malo y el lugar a donde voy es bueno». Esta idea se ha permeado en la iglesia, y por eso es importante entender desde el primer capítulo: todo lo diseñado por Dios es bueno.
Por lo tanto, no es necesario que el mundo sea destruido. La idea apocalíptica de las películas, de un fin del mundo, no es bíblica. Lo bíblico es el fin de esta era maligna y corrupta: el fin del dolor, de las lágrimas, de las enfermedades, de lo que el hombre corrompió cuando decidió alejarse de Dios. El diseño original de Dios es bueno. Intrínsecamente, el ser humano es bueno. Pero se corrompió, y de ahí en adelante todo lo que piensa es malo. Lo que Dios quiere decirnos desde el versículo 1 es que algún día todo será restaurado a su estado original.
No nos vamos a quedar eternamente en un estado caído y corrupto, pero tampoco vamos a vivir como fantasmitas, como espíritus extraños que no saben sentir. Vamos a comer, a trabajar, a caminar; vamos a tener una vida como Dios la diseñó en el jardín del Edén, terrenal y espiritual al mismo tiempo.
Barro y aliento
El ejemplo perfecto es la creación del hombre. Dios toma de la tierra y empieza a formarlo, como cuando juegas con plastilina y haces un monito, y lo crea a su imagen y semejanza. Pero al final era tierra; algo le faltaba. Entonces Dios se acerca a este hombre hecho de barro y sopla aliento de vida (Gn 2:7). Su corazón empieza a palpitar, la sangre corre por todos lados y el hombre respira por primera vez. La palabra que usa ahí, aliento de vida, el soplo de Dios, es la misma palabra que utiliza después para el Espíritu Santo: es exactamente la misma palabra, ruaj. Dios no crea al hombre solo de materia, sino de carne y espíritu.
¿Cuál es la imagen de este varón perfecto, de la restauración a la que un día llegaremos? Es Cristo mismo: verdaderamente Dios, verdaderamente hombre. Se nos dificulta entenderlo porque tenemos una cosmovisión dualista, pero Dios nunca lo creó separado. Su carne era pura, sin mancha, y el Espíritu de Dios moraba en Él a la perfección. Cristo es la imagen visible de la restauración de todas las cosas, nuestra esperanza viva: hacia allá vamos, hacia este Cristo ya no crucificado, sino resucitado, en su trono y en toda su gloria.
Creados para gobernar
¿Para qué creó Dios al hombre? No para jugar con él como plastilina. Lo creó para gobernar la tierra: «Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra… Dios los bendijo y les dijo: "Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla"» (Gn 1:26-28).
En esencia, Dios les dice: «He hecho los cielos y la tierra y ahora he puesto un administrador. Adán y Eva, administren la tierra». ¿Cómo? Bajo el mismo gobierno de Dios. No pueden decir: «Qué padre que creaste así los animales; yo los quiero usar para algo diferente».
Pero algo sucede, y se llama la caída. La línea derecha de lo bueno se corrompe, y entra esta era, este siglo malo, la era de la corrupción. Por eso necesita haber una restauración de todas las cosas. No existe el fin del mundo; existe el fin del mundo corrupto, cuando algo tiene que suceder para que la línea vuelva a estar derecha y todo sea bueno. Creación, caída y restauración: es la Biblia resumida en una imagen. Le faltan muchos huecos, pero es la gran historia, nuestra gran esperanza, el plan en el que hemos sido insertados. Cuando lo entendemos, entendemos nuestro rol en la tierra, nuestro propósito, por qué la vida es así, por qué hay guerras y enfermedades: vivimos en un mundo que Dios diseñó bueno, pero que se ha corrompido.
La caída: deshonrar el gobierno de Dios
Entra el malo de la historia: «La serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: "¿Conque Dios les ha dicho: 'No comerán de ningún árbol del huerto'?"» (Gn 3:1). Tienen toda una plática, y eventualmente: «Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, que era agradable a los ojos y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió. También dio a su marido que estaba con ella, y él comió» (Gn 3:6).
Ojo: el marido siempre estuvo ahí. No es que Eva comiera y luego saliera corriendo: «Adán, hay algo muy padre, vente». Estuvo en toda la conversación con la serpiente.
«Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales» (Gn 3:7). ¿Qué es lo que llamamos caída? La falta de honra al gobierno de Dios. Dios les había dado un diseño, una identidad, un propósito: «Vayan y gobiernen la tierra». Y ellos, sí, bajo la influencia de Satanás, toman la decisión de gobernar de manera independiente de Dios y separarse de su gobierno legítimo.
Fíjate en lo que dice: «deseable para alcanzar sabiduría». Nunca se trató de conocer el bien y el mal en el sentido de entender. Se trataba de obtener sabiduría para que yo juzgue entre el bien y el mal; para gobernar sin tener que ir a Dios, sin vivir bajo el diseño y la función que Él me dio, con la soberbia de creer que yo puedo decidir mejor que Él.
Piensa en una empresa grande. Generalmente hay un fundador o director general que pone la visión, le da la identidad y el diseño. Luego contrata a un director operativo, porque la operación es grande y alguien tiene que ejecutarla en el día a día, dentro del marco que el director general diseñó. ¿Qué pasa si el director operativo se vuelve loco? Hiciste una empresa de manzanas, tu logo es una manzanita (no ese tipo de manzana), y el director operativo dice: «A mí me gustan las naranjas; podríamos ser más exitosos». La soberbia de creer que el director general no hizo su estudio de mercado, no conoce a su cliente, no sabe que aquí solo crecen manzanas. Y bajo el mismo nombre, manzanas.com ahora vende naranjas. ¿Sigue siendo empresa? Sí. ¿Tiene ventas? Tal vez. Pero el diseño se corrompió: las instalaciones no estaban listas, los refrigeradores no eran los adecuados. Aunque tenía un gobierno y una función, decidió hacer lo que quería con ello.
Eso hicieron Adán y Eva. «¿Por qué Dios no quería que supieran?». No se trata de no saber; se trata de querer autogobernarnos, hacerlo sin la ayuda de Dios: «Muy padre, pero quiero ser independiente de ti». Y solo hay un gobierno legítimo: el de Dios. Toman la única cosa que Dios les dijo que no hicieran y dicen: «Yo sé lo que hago». ¿Alguna vez se lo dijeron a sus papás? «Es mi vida, no te metas, ya estoy grande». Mis hijas no me van a decir eso; me van a decir: «Claro que sí, papá, tú sabes lo que es mejor para mí».
A esto le podemos llamar rebeldía. La caída es un término cristiano para decir que el hombre y la mujer fueron rebeldes, y creo que «rebeldía» es más fácil de entender. Cuando te sales y abandonas el gobierno legítimo, sea el de Dios, el de tus papás o el de tu jefe, estás siendo rebelde. Adán y Eva abandonan el diseño y el gobierno de Dios y le dan entrada a una era maligna, a un diseño corrupto.
De Génesis 3 en adelante vamos a ver la historia del hombre intentando una y otra vez gobernarse a sí mismo y produciendo algo malo: maldad, falta de identidad, falta de propósito, vacío; se matan unos a otros. La caída, en esta y en todas las veces que estudiemos, nace y se reproduce a través de la rebeldía, y lo que engendra siempre es corrupción. Cuando decimos «yo sé más que Dios y quiero autogobernarme», eso es rebeldía.
«Bueno, eso fue Adán y Eva»; se fueron a Danieva. Meh, yo creo que casi diario abandonas el gobierno de Dios un ratito. Se te olvida, andas en tu vida, y luego te acuerdas y regresas. Por eso oramos y ayunamos: no por el mundo espiritual, sino para recordar que lo espiritual y lo terrenal están unidos y diseñados para ser buenos bajo el gobierno de Dios.
Dos respuestas: condenación y gracia
Ante cada rebeldía hay dos respuestas: la del hombre y la de Dios. ¿Cuál es la del hombre? ¿Fiesta, porque ahora nadie me gobierna? No: condenación y aislamiento. Lo vas a ver una y otra vez en la Biblia: el hombre abandona el gobierno, se aleja de Dios e instantáneamente siente condenación y busca aislarse. Adán y Eva comen, conocen que están desnudos, se cosen hojas, se esconden, y cuando Dios pregunta «¿Dónde estás?», responden: «Te oí en el huerto, tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí» (Gn 3:10).
¡Qué vergüenza! Es su esposa, la que Dios creó para él, y ahora se da cuenta de que está desnudo. Buscan cubrirse por sus propios medios con unas plantitas que, si has visto las pinturas de los artistas, no cubrían nada; cualquier vientito frío los iba a congelar. Vergüenza, miedo, esconderse, huir: así se expresa la condenación.
Pero Dios siempre responde con gracia y misericordia, y siempre ofrece una oportunidad de arrepentimiento. Él es quien los busca; el hombre no tiene la capacidad de buscar a Dios porque tiene miedo y está escondido. «¿Qué hiciste?». «La mujer que tú me diste…». ¡Hombre, ahí estabas, no te hagas!
Y una vez que tomas la oportunidad, Dios ofrece su disciplina: unos límites amorosos, del cuidado de Dios. Si tu hijo está en un lugar alto y quiere salir corriendo a saltar, le dices: «Aquí hay un límite; si sigues, te vas a caer, te vas a golpear y te va a doler». Del lado del hombre: condenación y aislamiento. Del lado de Dios: disciplina y promesas de restauración.
¿Qué significa arrepentirse? Volver a honrar el gobierno de Dios: «Fuiste rebelde, abandonaste mi gobierno, mi cuidado y mi diseño. Regresa a mí, recupera tu identidad. Estos son los límites, pero esta es mi promesa».
A Adán le dice: tu trabajo ahora te va a costar. Ya no puedes vivir en el jardín, donde agarrabas cualquier fruto y comías; ahora tienes que cultivar, vas a sudar y te vas a cansar. Paréntesis muy grande: Cristo después dice «Vengan a mí, todos los que están cansados». Cualquier diseño corrompido va a producir cansancio, pero cuando regresamos al diseño bueno de Dios y descansamos en Cristo, Él nos da descanso.
A Eva le dice: tus dolores de parto van a aumentar. Puede ser que antes no doliera nada. Pero creo que también está diciendo: cada hijo que traigas va a venir a un mundo corrupto. Ninguna mamá me va a dejar mentir: el dolor más grande de una madre no es el día del parto, es ver a sus hijos sufrir. Y también era una visión de lo que había de venir: el hijo que iba a nacer de una mujer y que iba a sufrir en la cruz.
La promesa escondida
Luego Dios voltea a la serpiente, y ahí está escondida la promesa de restauración: «Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; Él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el talón» (Gn 3:15). Ojo: Él, con mayúscula.
Lo que dice entre líneas, y lo vas comprendiendo mientras avanza Génesis, es: «Creías que te ibas a autogobernar alcanzando la sabiduría, pero lo único que hiciste fue transferir tu gobierno a la serpiente». Satanás es ahora el príncipe de este siglo malo, de estas tinieblas; ahora obedeces al diablo y no a Dios. «Pero, mujer, tendrás un hijo, y ese hijo aplastará la cabeza de la serpiente, y van a regresar a mi gobierno, y todo será hecho nuevo».
Dios creó los cielos y la tierra y todo era bueno; Adán y Eva caen y entran en un ciclo de condenación y aislamiento; pero Dios aparece con una promesa: vendrá un día en que tu simiente pondrá fin a la era de la corrupción y regresaremos al diseño original. ¿Ven cómo se va construyendo una historia que mientras lees la Biblia sigue haciendo sentido? Desde el inicio ya está el plan; solo se van llenando los huecos y vamos entendiendo cómo se va a ejecutar.
Fe y el primer sacrificio
¿Qué hace el hombre? Responde con fe. Dios le acaba de decir algo bien feo: vas a trabajar, te va a doler, tus hijos van a sufrir. Y la respuesta principal de Adán es: «Gracias, Dios». Adán le cree a Dios, y le pone un nuevo nombre a su esposa: «El hombre le puso por nombre Eva a su mujer, porque ella era la madre de todos los vivientes» (Gn 3:20). Dadora de vida: «De ti vendrá aquel que pondrá fin a la corrupción y a la muerte».
Y Dios los cubre con el primer sacrificio: «El Señor Dios hizo vestiduras de piel para Adán y su mujer, y los vistió» (Gn 3:21). Ellos intentaron cubrirse con unas hojitas; Dios toma un animal. Nunca antes se había sacrificado un animal. Mi mente a veces alegoriza y romantiza estas cosas, y me imagino que el animal fue un pequeño corderito sin mancha, y que Dios les dijo: «No tienen que encubrir su pecado, ni aislarse, ni vivir en vergüenza. Yo los cubriré con el cordero perfecto». Y de ahí en adelante Adán y Eva viven buscando quién será ese hijo.
Esta temática se repite en toda la Biblia; es la temática principal: la rebeldía que condena y aísla, respondida por la fidelidad de Dios que promete restauración. Si entiendes esta realidad, puedes entender cualquier capítulo de la Biblia.
Caín, Abel y Set
Lo vemos en Caín y Abel. Por fin, después de la promesa, nace un varón, y Eva dice: «He adquirido varón con la ayuda del Señor» (Gn 4:1). «Tú eres ese hijo». Caín labra la tierra. Nace también Abel, pastor de ovejas. Un día van a presentarle a Dios una ofrenda. Abel ofrece de los primogénitos de sus ovejas, y Dios se agrada: «Wow, hijo mío, me encanta el cabrito; o sea, el cordero es mi favorito». Caín le lleva del fruto de la tierra, como una ensalada, y Dios no la acepta: «Tráeme otra cosa».
Caín se enoja, y otra vez: condenación y aislamiento. Pero Dios lo busca para darle una oportunidad de arrepentimiento: «¿Por qué estás enojado, y por qué se ha demudado tu semblante? Si haces bien, ¿no serás aceptado? Pero si no haces bien, el pecado yace a la puerta y te codicia, pero tú debes dominarlo» (Gn 4:6-7). Si tan solo hubiera ido con su hermano: «Yo no tengo ovejas, tú no tienes verduras; te hago un trueque». No lo hizo.
«Caín dijo a su hermano Abel: "Vayamos al campo". Y aconteció que cuando estaban en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató» (Gn 4:8). Dios le dio una oportunidad, pero Caín deshonró su gobierno: «Está bien lo que dices, pero odio a mi hermano y lo voy a matar. Quiero vivir gobernado por mis emociones. Sé que me aceptarías, pero no quiero ser aceptado». Entonces Dios pone un límite y lo aleja de su presencia.
Yo me imagino que si Caín hubiera dicho: «Perdóname, sí estoy enojado, pero te voy a traer un mejor sacrificio», Dios le habría dicho: «Adelante, tú serás el hijo de la promesa». Pero dejó a Adán y a Eva sin el varón de la promesa. Me imagino que lloraron: «Dios nos prometió algo y lo arruinamos otra vez. Teníamos dos hijos y ya no nos queda ninguno». Y Dios les da a Set, en quien vuelven a ver la promesa: «Dios me ha dado otro hijo en lugar de Abel» (Gn 4:25). Otra simiente, otro descendiente; puede ser que este sea el que nos regrese.
Otra vez: el diseño y el gobierno de Dios son buenos; su voluntad es buena, agradable y perfecta. Cuando no vamos a Dios, el corazón del hombre se inclina hacia lo malo. Pero Dios siempre busca al hombre, le da una oportunidad de arrepentimiento, y cuando responde con fe, lo cubre y le da promesas de restauración selladas con un pacto.
«Ven, Señor»
En ese momento la gente se da cuenta de que algo se había roto. Adán y Eva se paseaban en el jardín con Dios, caminaban y platicaban con Él; después de la caída, Dios pone querubines y una espada encendida resguardando el camino al árbol de la vida (Gn 3:24). Límites amorosos: no vaya a ser que tomen del árbol de la vida y vivan eternamente fuera de mi gobierno. Hagamos un plan para que vuelvan a mí.
Luego Caín y Abel rompen por primera vez la relación entre hermanos. Ya se había roto la relación con Dios, y ahora se rompe la relación entre personas: el primer asesinato, la primera venganza. Y se dan cuenta de que fuera del gobierno de Dios, el gobierno del hombre no sirve. Así que, terminando Génesis 4, por primera vez «comenzaron los hombres a invocar el nombre del Señor» (Gn 4:26).
En esencia dicen: «Ven, Dios, te necesitamos, sé nuestro Señor. Sin tu gobierno la vida es corrupta, nuestra identidad no funciona, nos matamos unos a otros». Esta primera oración es también nuestra esperanza viva. Desde ese momento hasta la venida de Jesús, ese fue el clamor del pueblo. Con cada hijo que nacía: «¿Será este?». Nace Noé, y su nombre significa «este nos dará descanso» (Gn 5:29); y no fue. Luego nace David, conquista, y dicen: «Este va a ser». Dios le promete que su hijo construirá el templo, y luego su hijo se vuelve codicioso y se hace un templo para sí mismo. Otra vez y otra vez.
Hasta el día en que Dios contesta la oración y viene. Pero no viene para gobernar, sino para darnos una oportunidad de arrepentimiento, para que dejemos el mundo corrupto y volvamos a Él. Se para en un madero con los brazos abiertos: «Vengan a mí, todos los que están cansados y cargados. Todos los que dejaron su diseño original y todo lo que era bueno, regresen a mí, y yo les daré descanso».
Hoy, que Jesús no está físicamente con nosotros, hacemos el mismo clamor que en los días de Set: «Ven, Señor. Regresa, pero no para pararte en un madero, sino para gobernar. Regresa como rey y pon fin a esta era de corrupción». Ya sabemos quién es la simiente que había de venir de una mujer: esa mujer fue María y esa simiente es Jesús, verdaderamente hombre y verdaderamente Dios. Ya fue herido en el talón en aquella cruz, y va a regresar para aplastar la cabeza de la serpiente y darnos la bienvenida una vez más a su gobierno perfecto.
Es la misma oración que nos sostiene hoy y la que encontramos al final de la Biblia: «El Espíritu y la esposa dicen: "Ven"». Y esta simiente, este Señor que ya vino una vez, contesta: «Sí, vengo pronto» (Ap 22:17, 20).
Los orígenes de todo lo que es también nos hablan del destino de todo lo que es. Si alguna vez te encuentras sin esperanza, sin propósito, sin entender de qué se trata, lee Génesis 1 al 3. Recuerda cómo Dios creó los cielos y la tierra, los animales, las aves y las aguas, y todo era bueno, y lo creó para dárselo al hombre, para gobernar. Y recuerda que algún día esa misma escritura de la tierra le será dada de nuevo al hombre, pero ese hombre se llama Jesús. Él va a romper los sellos, va a abrir el acta y va a recuperar lo que es suyo. Ese día tendremos un nuevo y mejor Adán administrando los cielos y la tierra, y nosotros gobernando juntamente con Él.
Por eso esta oración, «Ven, Señor», para mí es la declaración de fe más grande: cuando en medio de la dificultad y del dolor recordamos los orígenes y decimos: «Te necesito, Señor. Ven».
Las citas bíblicas siguen la lectura de la clase; donde se cita textualmente se usa la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.