Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase grabada (Intensivo en línea).
Resumen
Abraham cree en la simiente prometida y le es contado por justicia, pero luego quiere ayudarle a Dios y nace Ismael, fuera del diseño. Dios no abandona a Ismael, pero el hijo de la promesa es Isaac, nacido a su tiempo. Una vida que honra a Dios persevera, camina un paso a la vez y obedece porque lo conoce. En el monte, Dios prueba a Abraham y provee un carnero en lugar de Isaac, anticipo del Cordero que quita el pecado del mundo. El pacto pasa a Isaac, y los gentiles somos injertados en él.
Puntos clave
- Abraham creyó en la simiente prometida y le fue contado por justicia (Gn 15:6).
- Querer «ayudarle a Dios» fuera de su diseño es rebeldía: así nace Ismael.
- Dios no abandonó a Ismael: su familia es la primera bendecida tras el pacto (Gn 17:20).
- Honrar a Dios es perseverar, caminar un paso a la vez y obedecer porque lo conoces.
- La prueba de fe es entrenamiento, no examen: refina la fe como oro.
- Dios provee el sacrificio: el carnero apunta al Cordero que quita el pecado del mundo.
- El pacto pasa a Isaac, y los gentiles somos injertados para bendecir a las naciones.
Dónde vamos
Hasta ahora hemos visto un patrón en el que Dios nos muestra su carácter ante la rebeldía humana a través de un plan, por medio de su descendiente. El hombre es rebelde una, dos, tres veces, y cada vez Dios responde con pactos de restauración, con promesas: a través de una simiente, de un arca, de una familia. Hoy empezamos a ver los orígenes de esa familia. Terminamos la clase pasada con la promesa que Dios le hizo a Abraham, pero todavía no tiene el hijo. Hoy vamos a ver cómo viene a la vida ese hijo y cómo, a través de él, eventualmente viene el pueblo de Israel.
Un pequeño resumen. La primera caída, Adán y Eva y Caín y Abel, la resumimos en una sola porque sucede en la misma generación. Se corrompe la relación vertical, de Dios con el hombre, y la horizontal, del hermano con su hermano, con el primer asesinato. Pero Dios promete una simiente que aplastará la cabeza de la serpiente para regresarnos a su gobierno legítimo, y con Set reitera esa promesa, que implica restaurar también la relación entre humanos.
Luego el hombre vive muchos años, cientos de años, y todo su pensamiento es solo el mal, hasta que se corrompe toda la tierra. Dios hace un pacto con la tierra a través de Noé: nunca más la destruirá con un diluvio, y la va a restaurar. Uno diría que ya aprendieron la lección; Noé era un buen tipo. Pero la humanidad crece, con un solo idioma, y en vez de dispersarse por la tierra, como Dios les mandó, deciden unirse y hacer una torre bien alta. No tiene nada de malo una torre alta, pero hacerla con el objetivo de no honrar a Dios ya está raro. Dios los dispersa y crea los idiomas, y promete: «Los reuniré de nuevo; revertiré Babel a través de una gran nación. Haré famoso el nombre de Abraham, porque Abraham me representa a mí, y así las demás naciones podrán regresar».
Así vamos, hasta Génesis 12. Les súper recomiendo que lean la Biblia en su casa. Por más increíbles que sean los autores de cualquier libro, nada puede suplir tu lectura de la Biblia. Abre tu Biblia.
¿Será Eliezer?
Dios le promete a Abraham: «Vas a tener un hijo, y de él vendrá la simiente que lo va a restaurar todo». Y Abraham se queja: «Dios, ya estoy viejito, mi esposa es estéril; no hay manera. ¿Acaso será Eliezer de Damasco, uno de los siervos de mi casa?» (Gn 15:2-3). En ese tiempo un siervo nacido en casa no era como el esclavo en que luego pensamos; era como un hijo: lo crió, nació en su casa. No era hijo del matrimonio legítimo, pero Abraham pregunta: «¿A él te referías?».
Y Dios le dice: «Tu heredero no será este, sino uno que saldrá de tus entrañas» (Gn 15:4). En ese momento, «Abram creyó en el Señor, y Él se lo reconoció por justicia» (Gn 15:6). Es lo que en nuestra época llamaríamos: en ese momento Abraham fue salvo. ¿Cuál es la diferencia, si ya había recibido la promesa y ya había salido de su tierra? Que ahora creyó específicamente en esa simiente, la que hoy tú y yo sabemos que es Jesús. Es lo que nosotros decimos: creemos y ponemos nuestra lealtad en las promesas de Dios a través de Jesús.
Dos maneras de responder a una promesa
Ante la rebeldía humana, Dios responde siempre con promesas. Pero ante las promesas, el hombre puede hacer una de dos cosas: honrar el gobierno de Dios o deshonrarlo. Hasta ahora casi todos han respondido honrando a Dios: Adán le pone a su esposa Eva, dadora de vida, porque cree en la simiente; cuando nace Set, ven en él la promesa; Noé se sube al arca; Abram deja su tierra.
Pero después de creerle a Dios, Abram responde de las dos maneras: primero deshonrándolo en rebeldía, y después honrando su gobierno. Respondemos en honra cuando esperamos que la promesa se cumpla conforme al gobierno legítimo de Dios. Respondemos en rebeldía cuando queremos ayudarle a Dios: tomar nuestras propias decisiones y alcanzar de manera humana lo que Dios prometió, porque parece que no se puede. «¿Quién soy yo? Soy estéril, no puedo; déjame buscar la manera de hacerle trampa». De la primera respuesta nace Ismael; de la segunda, Isaac.
Agar e Ismael
¿Por qué Ismael es la respuesta de Abraham en rebeldía? Porque se sale del pacto matrimonial legítimo, del diseño que Dios hizo; al ser un hijo fuera de la intimidad con su esposa, no es el hijo de la promesa. Abraham piensa: «Sí te creo que va a salir de mí, pero no hay manera de que sea con mi esposa; déjame te ayudo un poquito».
Parece que la idea fue de Sarai, pero en realidad fue de los dos. «Sarai, mujer de Abram, no le había dado a luz ningún hijo. Tenía ella una sierva egipcia que se llamaba Agar, y Sarai dijo a Abram: "Mira, el Señor me ha impedido tener hijos. Llégate, te ruego, a mi sierva; quizá por medio de ella yo tenga hijos". Y Abram escuchó la voz de Sarai. Al cabo de diez años de habitar Abram en la tierra de Canaán, Sarai… tomó a Agar la egipcia, su sierva, y se la dio a su marido Abram por mujer» (Gn 16:1-3). Como los hijos que nacían en casa eran de la familia, ella lo dice así.
La responsabilidad de Abraham era decir: «Claro que no. Dios me lo ha prometido una y otra vez, se me apareció, lo conozco; no voy a hacer eso». Pero dijo: «Igual y sí». «Él se llegó a Agar, y ella concibió; y cuando ella vio que había concebido, miraba con desprecio a su señora» (Gn 16:4).
Los actos de rebeldía se reconocen porque siempre producen condenación y aislamiento. Ya se van a hartar de que lo diga, pero es el patrón. Agar desprecia a Sarai, Sarai la maltrata, y Agar huye. En el desierto, junto a una fuente, el ángel del Señor la encuentra, le dice que regrese y le promete que su descendencia será multiplicada (Gn 16:6-12). Aun cuando Dios le había hablado y confirmado su promesa, Abraham salió del pacto matrimonial y del gobierno de Dios. Agar dio a luz a Ismael cuando Abram tenía 86 años (Gn 16:16).
¿Cuál es el problema, si tuvo un hijo de sus entrañas? Que buscaron alcanzar las promesas de Dios por mérito propio, saliéndose del gobierno de Dios. Dios es bueno y da promesas, y no hay nada que tengas que hacer más que esperar en Él, un paso a la vez.
«Ojalá que Ismael viva delante de ti»
Años después, Dios vuelve a aparecerse a Abraham y le confirma la promesa, y Abraham le dice: «¡Ojalá que Ismael viva delante de Ti!» (Gn 17:18). Lo que está diciendo es: «Ojalá sea Ismael. Ya te hice un hijo, ya te ayudé; bendice mi proyecto. Sí son mis planes y mis sueños, pero tú me lo prometiste; ahora bendícelos». Es como cuando entramos a proyectos y decimos: «Ahora, Dios, bendícelo», y Dios dice: «Yo ni te pedí que lo hicieras». «Dios me prometió que me iba a proveer, que no me iba a faltar nada; déjame le ayudo». Y empiezas a hacer cosas raras. No tiene nada de malo hacer cosas si te mantienes dentro del marco legítimo que Dios ha puesto.
Dios responde: «No, sino que Sara tu mujer te dará un hijo, y le pondrás por nombre Isaac. Estableceré Mi pacto con él, pacto perpetuo para su descendencia después de él» (Gn 17:19). Es como decir: «Ya no te vas a equivocar; te doy las instrucciones bien específicas».
Y cuando más adelante el Señor anuncia el tiempo del nacimiento, Sara se ríe: «¿Tendré placer siendo ya vieja?» (Gn 18:12). Y Dios responde: «¿Hay algo demasiado difícil para el Señor?».
Dios no abandonó a Ismael
¿Entonces Dios abandonó a Ismael y a Agar? Nunca los abandonó. En ese mismo capítulo, la primera familia en ser bendecida después de este pacto, a causa de la descendencia de Abraham, es la de Ismael: «En cuanto a Ismael, te he oído. Lo bendeciré y lo haré fecundo y lo multiplicaré en gran manera. Será padre de doce príncipes y haré de él una gran nación» (Gn 17:20).
Pero las repercusiones de la rebeldía de Abraham siguen persiguiendo a su pueblo hasta la fecha. Hay un patrón medio escondido en la Biblia, y como yo era musulmán, pues yo busco cosas de Ismael: la descendencia de Ismael y los demás pueblos que salieron de Abraham fuera del hijo de la promesa responden de dos maneras. A veces ayudan al pueblo de Abraham, y a veces lo atacan, casi en cada generación. ¿A dónde huye Moisés cuando mata a un egipcio? A Madián, un pueblo que también desciende de Abraham (Gn 25:2), y ahí lo recibe Jetro. Pero también son ismaelitas y madianitas los que compran a José y lo llevan como esclavo a Egipto (Gn 37:28). Y luego, ¿sabes quién los esclaviza? Todos dicen: «Pues fueron los egipcios». Sí, pero lo que sucede es que José había encontrado mucho favor a los ojos del faraón, y en medio de un problema de autoridad en Egipto, unos descendientes ismaelitas se aprovechan, toman el cargo, y hay una dinastía de ismaelitas que toma la autoridad en Egipto. Ellos son los que esclavizan al pueblo hebreo. No son en sí los egipcios; es el reino de Egipto tomado por la descendencia de unos ismaelitas. Y vas a ver ese patrón hasta el día de hoy: esta rebeldía causó esto.
No es que Dios lo causara; es el corazón del hombre, que tiene dos opciones. O me someto y digo: «Yo no soy el hijo de la promesa; me voy a unir al hijo de la promesa, voy a honrar el gobierno de Dios y le voy a ayudar». O como Caín: «Como no soy el hijo de la promesa, lo voy a envidiar, me voy a condenar y lo quiero matar». Es el mismo patrón que Dios anunció en Génesis 3:15: «Pondré enemistad entre tu simiente y su simiente».
Las promesas que Dios hace a Abraham, a Isaac y a Jacob son para ellos desde ese momento hasta toda la eternidad. La Biblia dice muy claro que va a llegar un día en que, cuando reconozcan a Cristo, Israel será salvo, regresará a la tierra y bendecirá a las demás naciones. Mientras tanto, muchos tienen un velo, y muchos están llegando a reconocer que Cristo es el Mesías. Y así como hay enemistad, esto también se va a cumplir en la restauración de todas las cosas: cuando Cristo regrese va a reunir a los dos hermanos, a la descendencia de Isaac y a la de Ismael. No como religiones aparte: va a tomar a judíos y musulmanes y los va a reunir para que reconozcan que solo Cristo es el Salvador, el Señor, el Mesías prometido. Y tan fiel es esto, que tú y yo también llegaremos, o ya llegamos, a reconocer que Cristo es el Mesías.
Isaac, a su tiempo
«Entonces el Señor visitó a Sara como había dicho, e hizo el Señor por Sara como había prometido. Y Sara concibió y dio a luz un hijo a Abraham en su vejez, en el tiempo señalado que Dios le había dicho» (Gn 21:1-2). Dios tenía un tiempo señalado. Abraham le puso por nombre Isaac, y lo circuncidó a los ocho días, como Dios le había mandado. Abraham tenía cien años. Yo tengo dos hijas y me canso; no sé cómo le hizo. A los cien años tuvo que criarlo, cambiarle el pañal, despertarse tres, cuatro, cinco veces en la noche.
A los 86 años, Abraham deshonra a Dios saliéndose de su plan. A los cien, regresa a Dios, espera en Él, y le nace el hijo.
Cómo es una vida que honra a Dios
Hay características bien sencillas de un hombre que responde en honra a Dios.
La primera es la perseverancia. Abraham se equivocó muchas veces, pero perseveró en creerle a Dios: «Está bien, sí es cierto, vamos otra vez. Tengo cien años; no importa». El error no te descalifica para perseverar; el error nos debe impulsar a perseverar. Me equivoqué: regresa a Dios y deja que Él te vuelva a guiar.
La segunda es caminar un paso a la vez. El hijo de la promesa no vino en un instante. Pasaron veinticinco años. Abraham dos que tres veces se quiso acelerar, pero cada vez que Dios le decía «no es por ahí», regresó al camino. Esos pequeños pasos nos llevan a procesos sanos de la mano de Dios.
La tercera es la obediencia, pero una obediencia que proviene de la honra, de haberlo conocido, aunque no sea perfecta. Eso nunca lo ha pedido Dios; Abraham se equivocó una y otra vez. Pero ante cada corrección no dijo: «Yo ya te di un hijo, se llama Ismael, ¿por qué no lo bendices?». Dijo: «Está bien, no es el bueno; pero no te olvides de él, por favor».
Es en medio de la obediencia que Dios va cumpliendo sus promesas. El lugar más seguro en el que podemos estar es obedecer a Dios; no por ley, A, B, C y D, sino conociéndolo de tal manera que quieres agradarlo. Y generalmente Dios habla un paso a la vez. No nos da los quince pasos, como nos gusta: «Mi plan a cinco años es uno, dos, tres, cuatro». Está muy bien planear para tu empresa, pero en las cosas de Dios Él nos da un paso a la vez.
«¿Y dónde encuentro ese paso?». Agarras tu Biblia, la lees y preguntas: «¿Qué aprendí hoy? Basado en eso, ¿qué puedo hacer hoy, esta semana?». Y das un paso, y otro, y otro. En la dificultad perseveras. «Me equivoqué»: perseveras. «Me siento sucio»: dejas que Cristo te lave los pies, vas a la palabra, dejas que Él te renueve y vuelves, un paso a la vez.
La prueba de fe
Isaac crece y ya es un joven cuando Dios vuelve a hablarle a Abraham: «¿Te acuerdas de la promesa que esperaste veinticinco años y que has disfrutado todos estos años? Entrégamela otra vez». Dios prometió vida, y ahora le pedía esa vida.
La prueba de fe no es como un examen de la escuela: «A ver si pusiste atención; si no, te repruebo, te expulso de mis caminos y te quito la promesa». Nada que ver. Nos hace pensar así que nos ponen exámenes desde chiquitos, y yo reprobé algunos, y no está chido; y cuando tu hermano no reprueba y tú sí, está peor.
La prueba de fe es un entrenamiento para hacernos crecer en la fe por medio de actos de obediencia. Esos pequeños pasos aumentan nuestra confianza en Él. Mientras más caminas con Dios, más lo conoces, como con un amigo: más lo conoces, más confías en él y él en ti, hasta que dices: «Somos hermanos; yo contigo hasta la muerte». Ese es el objetivo de Dios: que demos pasos de obediencia hasta decir: «Señor, yo contigo hasta la muerte». En estas pruebas la fe es refinada como el oro en el fuego, para quitarle las impurezas y que salga a relucir lo que realmente era. Llega un momento en que lo conoces tanto que dejas de escuchar al enemigo, a tu carne, al mundo y sus tendencias, y dices: «Yo conozco a mi Señor». Así caminaban Noé y Abraham.
«Toma ahora a tu hijo, tu único, a quien amas, a Isaac» (Gn 22:2). Cada vez que yo leía esto, honestamente, como era musulmán, decía: «¿Cuál único hijo, si tenía dos? Estaba Ismael, ya grandecito». Es de las principales cosas que te va a decir un musulmán: el hijo del sacrificio era Ismael, porque Dios dijo «tu único hijo» y ya tenía dos, así que tuvo que ser antes del nacimiento de Isaac, y los judíos cambiaron la Biblia. Eso te dicen literalmente, y no es cierto. Lo que está diciendo es: el único hijo que tienes bajo el gobierno legítimo, el hijo de la promesa. Y también es una pequeña proyección hacia el futuro, apuntando al Hijo único: al Cristo.
Yo me imagino que este entrenamiento no era tanto para Abraham. Sí tenía que ver con él, pero Abraham ya lo conocía y ya confiaba en Él; a sus cien años había tenido un hijo con su esposa estéril, ya la había regado y ya había aprendido. «Dame a tu hijo». Y Abraham, que yo creo que no quería, porque imagínate que te pidan a tu hijo, es horrible, dice: «Yo confío en Dios. Sé quién es. Me prometió que a través de Isaac vendría la descendencia. No sé qué va a hacer, pero confío en Él».
¿Por qué ahora sí obedeció? Porque entendió que lo más importante no son las promesas, sino honrar el gobierno de Dios. «Busquen primero el reino de Dios, y todas estas cosas les serán añadidas». «Pero si la añadidura es lo que me está pidiendo que entregue». Busca el gobierno de Dios. «Pero me prometió que me iba a casar, que tendría una familia». Busca el reino de Dios. Abraham dice: «Tú me diste un hijo y ahora me lo pides. No te entiendo, pero te conozco. Voy a honrar tu gobierno». Cuando entendemos que lo mejor que podemos hacer es obedecer el gobierno de Dios, aun la orden más difícil será llevada a cabo, porque su voluntad es buena, agradable y perfecta.
«Dios proveerá el cordero»
Van caminando por la montaña con los siervos; Isaac carga la leña. Abraham les dice a los siervos que esperen: «Mi hijo y yo iremos solos». Y en el camino: «Padre mío». «Aquí estoy, hijo mío», como si no pasara nada, como si fueran de campo. «Aquí están el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?». Y Abraham, muy inteligente, no le dice «eres tú, hijo». Le dice: «Dios proveerá para sí el cordero para el holocausto, hijo mío». «Y los dos iban juntos» (Gn 22:7-8).
Isaac, un jovencito de 25 años, voltea a ver al papá al que había aprendido a honrar, al que había visto hacer sacrificios y adorar a Dios. Y en medio de esta conversación, camino al sacrificio, vemos un vistazo del hermoso y perfecto plan de Dios.
Caín y Abel fueron a ofrecer un sacrificio, y solo el que agradaba a Dios fue aceptado; Caín no llevó lo primero ni lo mejor, no buscó lo que agradaba a Dios. Pero de aquí en adelante, el único sacrificio que satisface a Dios es uno que Él provee para sí mismo. Ningún sacrificio que tú y yo podamos hacer es suficiente. «Voy a ayunar como sacrificio a Dios». No es para Él; es para que tú te acuerdes de Él y te alinees con Él. Él no lo necesita, porque Él proveerá un cordero y estará satisfecho.
Llegan, construyen el altar, atan a Isaac, y Isaac se deja atar. Era un hombre joven y su papá estaba viejito; pudo haberle dicho «no, hombre» y salir corriendo. Pero conociendo y honrando a su papá, dice: «Está bien, confío en ti. Yo no conozco a ese Dios; te veo a ti hablando con Él, pero confío en ti, papá, porque siempre has sido bueno». Y se acuesta en el altar. Abraham toma el cuchillo, y yo creo que su cabeza daba vueltas: «Dios, ¿dónde estás?».
Y de repente: «No extiendas tu mano contra el muchacho, ni le hagas nada; porque ahora sé que temes a Dios, ya que no me has rehusado tu hijo, tu único» (Gn 22:12). Quien habla es el ángel del Señor. ¿Se acuerdan de que a lo largo del Antiguo Testamento nos damos cuenta de que el ángel del Señor no es cualquier ángel, que tiene cualidades divinas? Lo que podemos entender es que ese ángel era Jesús. Y lo detiene: «Abraham, te lo pediría, pero nunca lo llevaría a cabo. Es mío y lo merezco, pero un día yo daré mi vida en rescate por él».
Abraham ve un carnero, y lo sacrifica en lugar de Isaac, apuntando al día en que Cristo iría a la cruz por ti y por mí. Es la honra de Isaac a su padre, al creerle sus palabras acerca de Dios, que se traduce en honra a Dios. Dios nos deja ver por un instante lo mismo que les dejó ver a Adán y Eva en Génesis 3:15, cuando prometió una simiente y sacrificó al primer animal: es la misma promesa, la simiente que sería herida en el talón y aplastaría a la serpiente, provista por Dios mismo.
Isaac ve la mano de Dios obrar, lo que Abraham había visto toda su vida. A punto de morir por la causa de Dios, ve su voluntad buena, agradable y perfecta. Y desde ese momento Dios ya no es solo el Dios de Abraham; es el Dios de Abraham y de Isaac.
Sigan sembrando
Sé que muchos tienen hijos y les hablan de Dios, y a veces parece que son rebeldes, que no escuchan. A mí me toca recibir a muchos jóvenes en el intensivo, y pasa algo increíble y hermoso. Los hijos de los papás que han sembrado en ellos toda su vida, aunque parezca que no da fruto, llegan, y el primer día, todavía ni les damos clase, apenas les dices «Dios creó los cielos y la tierra», y en el primer devocional dicen: «Ahora sé que Él es Dios. Había oído de Él, pero ahora lo he experimentado». Es literal; me ha pasado cada generación.
Lo único que necesitan a veces es dar un pasito y decir: «Tengo que experimentarlo yo». Así que sigan sembrando, sigan trayéndolos a la iglesia, sigan leyendo la palabra aunque parezca que no escuchan. Va a llegar el día en que Dios se les aparezca y les diga: «Ahora no solo soy el Dios de tu padre; ahora seré tu Dios». Y terminan diciendo: «Antes era el Dios de mi papá; ahora es mi Dios».
Un carnero, y un día el Cordero
Dios no proveyó en ese momento un cordero, sino un carnero. Hay un juego de palabras: es el mismo tipo de animal, pero más grande. Dios no se equivoca con las palabras que inspira, y está diciendo: este sacrificio cubrió la vida de Isaac por un ratito, pero un día Dios proveería al Cordero. Por eso Juan, el que bautizaba, ve un día venir a Jesús y dice: «Ahí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1:29). Y los judíos de ese momento podían voltear al día en que Isaac fue sustituido y entender que un día su vida sería sustituida por la de Cristo.
Por eso Pablo entiende que, si Cristo murió para que yo viva, ahora yo muero para que Cristo viva en mí. La vida que le tocaba a Cristo, nosotros la debemos vivir; somos sus embajadores, porque Él nos sustituyó. Es como si dijera: «A ti te toca la cruz y a mí hacer milagros, predicar el evangelio, sanar enfermos, liberar personas, cuidar al pobre, ir por el marginado, hablar esperanza. Vamos a hacer un trueque: yo muero por ti para que estés eternamente conmigo, pero ahora tú vive por mí». «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí» (Gá 2:20). Y desde la cárcel dice: «quiero conocerlo a Él» (Fil 3:10).
El pacto confirmado con Isaac
El Señor se le aparece ahora a Isaac: «No desciendas a Egipto. Quédate en la tierra que Yo te diré. Reside en esta tierra y Yo estaré contigo y te bendeciré, porque a ti y a tu descendencia daré todas estas tierras, y confirmaré contigo el juramento que juré a tu padre Abraham. Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo… y en tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra, porque Abraham me obedeció, y guardó Mi ordenanza, Mis mandamientos, Mis estatutos y Mis leyes» (Gn 26:2-5). Es el juramento que Dios hizo por sí mismo en el monte (Gn 22:16), y ahora lo confirma a través de Isaac.
«Mis ordenanzas, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes». «Oye, eso se vuelve legalismo». No, porque es una fe que obra por amor. Para entonces no había ley escrita; todavía no decía «no matarás, no robarás» en piedra. Pero Abraham las cumplió. ¿Cómo? Porque caminaba con Dios, lo conocía y lo obedecía en cualquier cosa que le decía. Y ahora le tocaba a Isaac tomar esa promesa y vivirla. A través de su descendencia, que se convertiría en Israel, vendría la bendición para todas las naciones. Es el mismo pacto con Abraham, ratificado con Isaac, y luego lo verás con Jacob.
Injertados en la promesa
«¿Y dónde me deja a mí, que soy mexicano y no soy judío? De hecho, yo vengo de la otra descendencia; somos enemigos. ¿Qué onda con eso?». Dios prometió que a través de ellos te iba a bendecir a ti. Dios nunca te ha abandonado, pero tiene un plan y una manera de hacer las cosas. Le puedes preguntar «¿por qué a él?», pero no importa: Él quiere bendecirte, y el pacto con esa familia continúa hasta la eternidad. Tú y yo fuimos injertados en esa promesa, en ese pueblo.
Pablo lo dice en Efesios: Dios hizo de judíos y gentiles un solo y nuevo hombre (Ef 2:15). El judío no deja de ser judío y el gentil no deja de ser gentil. Es como en el matrimonio: dejarás a padre y madre y serán uno, pero el hombre no deja de ser hombre ni la mujer deja de ser mujer. Dios tiene planes perpetuos y no los borra.
Lo hermoso es que Dios te quiere bendecir sin quitarte tu personalidad, tu diversidad, lo que tú puedes aportar al cuerpo de Cristo: tu trabajo, tu escuela, tu familia. Nadie más tiene lo que tú tienes, y solo tú puedes ir a los lugares donde ya estás, con un objetivo: tomar las promesas que Dios le dio a Abraham y decir: «He sido injertado en ellas, y por lo tanto en su propósito y su misión: bendecir a todas las naciones». La gran comisión inició con Abraham: «Te he bendecido con mi palabra y con mi presencia para que vayas a todas las naciones».
Para la restauración de todas las cosas
Dios creó los cielos y la tierra, y todo era bueno. Adán y Eva caen; cae la generación de Noé y viene el diluvio; se levanta la torre de Babel. Pero Dios le promete a Abraham, un viejito de cien años, una simiente para atraer y bendecir a las naciones. Y a través de Isaac nos dejó ver que un día esa simiente moriría en sustitución de cada uno de nosotros, como el gran Cordero que quita el pecado del mundo.
¿Para qué? Para la restauración de todas las cosas. No para que vivamos como fantasmitas, sino para que un día, en cuerpos glorificados, vuelvas a ver a esa persona amada que perdiste hace poco, y puedan correr y abrazarse. Para que tengas el consuelo de decir: «Un día lo tendré en mis brazos; un día volveré a ver a mi mamá». Y estaremos juntos con Dios, a la mesa, cenando con Cristo, que vivirá entre nosotros.
Las citas bíblicas siguen la lectura de la clase; donde se cita textualmente se usa la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.