Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase grabada (Intensivo en línea).
Resumen
En Éxodo Dios se presenta por nombre y revela su pacto como un pacto de amor, como un hombre que conquista a una mujer. Una nueva dinastía esclaviza a Israel; Moisés, criado como príncipe, huye a Madián. En la zarza ardiente el ángel del Señor se aparece, se presenta santo y le da propósito; revela su nombre, Yahvé, y capacita al que llama. En Éxodo 6 promete sacar, librar, redimir y tomar a su pueblo. Las plagas derrotan a los dioses de Egipto, y el cordero de la Pascua anuncia a Cristo.
Puntos clave
- Éxodo revela el pacto de Dios como una historia de amor; el matrimonio refleja a Dios, no al revés.
- La justicia propia produce miedo, vergüenza, condenación y aislamiento.
- En la vida cotidiana el ángel del Señor se aparece, se presenta santo y da propósito.
- Dios revela su nombre: «Yo soy el que soy».
- No somos suficientes, pero Él sí: Dios no llama a los capacitados, capacita a los llamados.
- Sacaré, libraré, redimiré y tomaré: las cuatro promesas de Éxodo 6.
- La sangre del cordero en la puerta anuncia a Cristo, el Cordero de la Pascua.
De Génesis a Éxodo
Seguimos con Orígenes, ahora en la parte del regreso a la tierra. En la primera parte de Génesis vimos a una misma humanidad caída, rebelde y separada de Dios, y a un mismo Dios con un plan para redimir a toda esa humanidad. Ese plan ya está en marcha: se prometió, se selló con un juramento, ya vimos que Él proveerá el cordero y que será a través de las doce tribus de Israel. Nos quedamos con José, que llegó a Egipto para proveer salvación a su familia ante la hambruna.
El pueblo estaba en la tierra de Gosén, súper feliz: cultivaban, comían, eran parte del pueblo. No eran esclavos aún. Pero si conoces Éxodo, sabes que llegan a serlo.
Éxodo es mucho más que la esclavitud en Egipto y que el desierto. Para mí es fundamental porque es Dios presentándose por nombre. Hasta aquí se había presentado como el Dios Todopoderoso, el Dios que ve, el Dios que oye, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, pero no por su nombre. En Éxodo lo hace por primera vez, y está por revelar la intensidad de su pacto. Es una historia real, pero al mismo tiempo este Dios diseñador usa una imagen que tú y yo podemos entender: va a revelar su pacto como un pacto de amor eterno. Es el corazón de un Dios relacional y apasionado por el pueblo que escogió. Va a mostrar su nombre, su soberanía, su poder y su gloria para conquistar a Israel como un hombre conquista a una mujer para hacerla su novia y casarse con ella.
El modelo es Dios, no el matrimonio
Quiero ser bien claro. No es que Dios tome el matrimonio y diga: «Voy a hacer esto». Es al revés: nosotros tomamos de la gloria de Dios, de su carácter y atributos, y lo reflejamos en el matrimonio. Es un diseño de Dios. No se está casando literalmente con Israel, pero vas a ver esos atributos. Los hombres pueden ver a Dios como el modelo del hombre perfecto que conquista a una mujer para protegerla, proveerle, mostrarse capaz, cuidarla y amarla sin importar nada; y a una mujer que se va enamorando de tal manera que se entrega hasta la muerte.
Eso es el Éxodo. Es mucho más que «hay unas plagas y se abre el mar». Sí, es increíble. Pero si lo piensas como una historia de amor con tu esposa, con tu novia, o con alguien a quien estás tratando de conquistar, empiezas a ver lo que Dios estaba haciendo con su pueblo. Ya les había prometido, pero ahora estaba a punto de cortejarlos. Aquí vemos el amor implacable de Dios, fiel a sus promesas, que no se detiene por nada y está dispuesto a cumplir un pacto hasta la muerte.
Un rey que no conocía a José
Ellos sabían que había un proceso: Dios le había dicho a Abraham que su descendencia sería esclava en tierra ajena cuatrocientos años. Muere José, mueren sus hermanos y toda esa generación, pero tienen tantos hijos que se multiplican, se engrandecen, les va muy bien. Y además eran amigos del faraón. Llegaron a ser poderosos.
Pero hay un problema con las dinastías de Egipto, y este punto es clave, porque si no, no tiene tanto sentido: ¿quién se iba a olvidar de José, el que los salvó de siete años de hambre? La gente sabía quiénes eran los hebreos. Pero en un tiempo de división entre el norte y el sur de Egipto, de desintegración política, una dinastía llamada de los hicsos, reyes extranjeros venidos del Medio Oriente, toma el trono e inicia una nueva dinastía. No es que hagan otra nación, pero cambia el liderazgo. Estos reyes no conocían a José; solo veían un pueblo que crecía sobremanera y que, en vez de aliado, podía convertirse en un problema. Y ahí empieza la esclavitud.
¿Por qué lo menciono? Porque es un paralelo del inicio de Génesis; a Dios le encantan los patrones. Dios llevó a su pueblo a un lugar en orden, con un río, donde todo proliferaba; se multiplicaron y fructificaron, el diseño de Dios estaba intacto. Pero la rebeldía del corazón humano, estos reyes, quisieron ir contra el plan de Dios. Y ahí Dios mostrará su amor por su pueblo. Es como la primera vez que podemos ver lo profetizado en Génesis 3:15: la descendencia de la serpiente contra la descendencia de la mujer; la humanidad que rechaza el gobierno de Dios frente a la que lo honra.
Las parteras y un bebé en el Nilo
Los esclavizan, y como siguen multiplicándose pase lo que pase, el faraón les dice a las parteras: «Maten a todos los varones cuando nazcan». No había ecografías. Pero algo bonito pasa en medio de lo horrible: las parteras temían a Dios, y se hacían las desentendidas: «Es que las hebreas no son como las egipcias; son robustas, y cuando llegamos, ya dieron a luz» (Éx 1:15-19). Entonces el faraón ordena que echen al río a todo niño que nazca (Éx 1:22).
Nace Moisés, y su mamá lo esconde tres meses. El bebé crece, como el mío, que ya está grandote: grita, llora, come, hace popó; ya no lo puedes esconder. Lo pone en una cesta en el Nilo, sobrevive, y la hija del faraón lo toma y lo cría como suyo: «Y vino a ser hijo suyo, y le puso por nombre Moisés» (Éx 2:10).
Ahora hay un nuevo príncipe en Egipto, criado en el privilegio. Le enseñaron a leer, a escribir, idiomas; eso prepararía el camino para que un día Moisés pudiera escribir lo que hoy leemos, cosa que probablemente otros hebreos no habrían podido.
Crece y se da cuenta de que es parte de los hebreos. Le crece un sentido de injusticia al ver cómo golpean y maltratan a los hebreos, y dice: «Voy a tomar la justicia en mis propias manos», y mata a un egipcio. Llega con su pueblo como el gran salvador, y su pueblo lo rechaza: «¿Quién te ha puesto de príncipe y juez sobre nosotros?» (Éx 2:14). Rechazado por los egipcios y por los hebreos, huye. Son los sentimientos de miedo, vergüenza, condenación y aislamiento que siguen a un acto de justicia propia. Cuando ponemos la justicia en nuestras manos y no en las de Dios, deshonramos su gobierno, y viene el mismo patrón de siempre.
Madián y Jetro
Huye a Madián. Madián era uno de los hijos de Abraham (Gn 25:2), y ahí, donde poblaron los descendientes de Madián y de Ismael, Moisés conoce a Jetro. Tiene dos nombres en la Biblia (también se le llama Reuel); acuérdense de que los nombres tienen significado. Primero Moisés defiende a sus hijas, que querían dar de beber al rebaño y unos pastores no las dejaban. Ellas lo llevan con su padre, y «Moisés accedió a morar con aquel hombre, y él dio su hija Séfora a Moisés. Ella dio a luz un hijo, y él le puso por nombre Gersón, porque dijo: "He sido peregrino en tierra extranjera"» (Éx 2:21-22). Este evento es importante porque es el lugar al que Moisés regresará y donde Dios hará el pacto con Israel.
La Biblia lo llama «el sacerdote de Madián» (Éx 2:16), y tenemos que entender que era descendiente de Abraham. Para entonces no existían los musulmanes; no creas que los ismaelitas eran musulmanes. Podemos asumir que este suegro conocía al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y que tal vez era su sacerdote, un adorador de ese Dios. Cuando llega Moisés no le cambia sus dioses; lo recibe con agrado, y hasta lo casa con su hija. Es importante porque el mismo Jetro, cuando salen de Egipto, los recibe y los abraza, y es el que le dice a Moisés: «Deberías poner jueces» (Éx 18), por lo que yo lo veo como el principal causante de que exista el libro de Jueces. Conocía a Dios, honraba su voluntad y acompañó a Moisés en su proceso. Lo dejamos por ahí; va a volver a salir.
«Dios se acordó»
Moisés vive con Jetro, tiene hijos, tiene su familia, es feliz. Y después de mucho tiempo muere el rey de Egipto, pero los israelitas siguen en servidumbre. «Los israelitas gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y su clamor a causa de la servidumbre subió a Dios. Dios oyó su gemido y se acordó de Su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Dios miró a los israelitas, y Dios los tuvo en cuenta» (Éx 2:23-25). Habían llegado los cuatrocientos años. No es que a Dios se le hubiera olvidado y luego se acordara; la Biblia lo menciona así porque está a punto de obrar.
La zarza que no se consumía
En medio de una vida común, Moisés apacienta el rebaño de su suegro, lo lleva al otro lado del desierto, llega a Horeb, el monte de Dios, y se le aparece el ángel del Señor en una llama de fuego en medio de una zarza que ardía, pero no se consumía. Moisés se acerca a ver. «Cuando el Señor vio que él se acercaba para mirar, Dios lo llamó de en medio de la zarza: "¡Moisés, Moisés!". "Aquí estoy", respondió él. Entonces Dios le dijo: "No te acerques aquí; quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás es tierra santa". Y añadió: "Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tenía temor de mirar a Dios» (Éx 3:4-6).
Esta es la parte más padre: «el ángel del Señor» se le aparece, y el siguiente versículo dice «cuando el Señor vio». El ángel del Señor es el Señor. Toma el nombre y se presenta como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Nadie ha visto a Dios, pero esta no es la última vez que Moisés lo ve. Cuando a Jesús le piden «muéstranos al Padre», dice: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Es el Hijo preencarnado; todavía no se llamaba Jesús, pero es el Verbo que existía antes de la fundación del mundo, que se hizo carne y habitó entre nosotros. Es el que está en la zarza que no se consume, anunciando que un día estaría en una cruz y la muerte no lo consumiría; que ese no era el final, sino apenas el inicio del regreso a casa.
Se aparece, se presenta santo, da propósito
Hay varias cosas que hace el ángel del Señor. Lo primero es que se aparece. Parece obvio, pero me podría quedar toda la clase solo en eso. Es en medio de la fidelidad cotidiana, cuando trabajas en lo ajeno, en lo que se te ha dado, como José, representando el carácter de Jesús y honrando su gobierno. No tiene que pasar nada especial: estás criando a tus hijos, en tu trabajo, y Él se aparece y te llama por nombre: «Moisés, Moisés». «Aquí estoy».
Lo segundo: se presenta santo. La santidad es el primer atributo que le muestra a Moisés, y provoca un temor reverente: «Quítate las sandalias; es tierra santa». La única manera de desarrollar un verdadero temor de Dios es conocer su carácter y entender su santidad. Cuando canto «Santo, santo, santo», para mí es un clamor: «No entiendo; hazme entender. Que caiga la santidad de tu presencia». No caminamos en un cuento de hadas; caminamos los caminos de un Señor santo, separado de todo, completamente diferente a toda la creación, que se ha acercado a nosotros. El que fue, el que es y el que será. Y cuando Él se aparece, lo único que podemos decir es: «Aquí estoy. Por favor, no me mates».
Lo tercero: le da propósito. «He visto la aflicción de Mi pueblo que está en Egipto, y he escuchado su clamor… He descendido para librarlos de mano de los egipcios, y para sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel… Ahora pues, ven y te enviaré a Faraón, para que saques a Mi pueblo, a los israelitas, de Egipto» (Éx 3:7-10). Un encuentro con el Señor y un reconocimiento de su santidad tienen que ser seguidos por un propósito dentro de sus planes. Te encuentras con el Jesús crucificado, pero también con el resucitado, que te da poder y te dice: «He traído libertad a los cautivos; ve y libéralos».
Y algo quiero decir: Dios nos escucha. Cuando clamas, cuando gimes, cuando lloras y no entiendes, Dios sí está escuchando. Nos libera de la esclavitud, nos saca de la muerte, nos redime y nos da plenitud de vida en Cristo Jesús.
No eres suficiente; Él sí
Imagínate: Dios es santo, sientes un temor reverente, y te dice: «Tengo un plan y tú lo vas a ejecutar». Hay de dos. O dices: «Sí, soy el mero mero, me escogió a mí», o piensas como Moisés: «Maté a un egipcio y me corrieron; mi mamá me corrió de la casa; soy un pastorcito de ovejas; ¿por qué me escogiste?». O te crees lo mejor o entiendes que no eres suficiente. La respuesta correcta: no somos suficientes, pero Él sí es suficiente.
Así que Dios va a capacitar e instruir a Moisés: le da instrucciones claras y la capacidad para llevarlas a cabo. Pero nunca vamos a encontrar a un Dios que nos envíe a una misión sin antes conquistarnos de tal manera que digamos: «Soy tuyo. Te conozco, me conoces, me amas, te amo. No importa si no soy suficiente; voy a ir con Faraón, porque tú estás conmigo». Moisés no lo conocía como lo conocieron Abraham, Isaac y Jacob. Y cuando dice «¿quién soy yo?», Dios responde: «Ciertamente Yo estaré contigo, y la señal para ti de que soy Yo el que te ha enviado será esta: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, adorarán a Dios en este monte» (Éx 3:12).
«Yo soy el que soy»
Y entonces este Dios en la zarza ardiente se presenta por nombre, por primera vez. Volviendo a la imagen del hombre que conquista a una mujer, es el momento en que el hombre se acerca y le dice: «Este soy yo, este es mi nombre». Es una señal completamente vulnerable de Dios: «No lo dije cuando hice el pacto con Abraham, ni cuando proveí por Isaac, ni cuando peleé con Jacob; pero ahora revelo mi nombre porque quiero que me conozcas de verdad, porque voy a conquistarte y a invitarte a una misión mucho más grande».
«Y dijo Dios a Moisés: "Yo soy el que soy". Y añadió: "Así dirás a los israelitas: 'Yo soy me ha enviado a ustedes'"» (Éx 3:14). En hebreo, Yahvé. Es la primera vez que el nombre de Dios es pronunciado por los labios de Dios mismo. Cada vez que lees «Señor» en tu Biblia, en mayúsculas, es lo que dice, pero hay un temor tan reverente que no se atreven a pronunciarlo. «El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a ustedes. Este es Mi nombre para siempre, y con él se hará memoria de Mí de generación en generación» (Éx 3:15).
No hay mucho más que explicar: el Señor es el que es. Todo lo demás es creación, pero Él es el Yo soy. De ahí puedes agregar cualquier atributo: soy el Todopoderoso, soy el Dios de gracia, soy el Dios de misericordia. Dios lo es todo.
Las primeras señales y un ayudante
Moisés sigue: «Está bien, pero soy insuficiente; ¿cómo me van a creer? ¿Cómo me va a escuchar Faraón?». Y Dios le dice: «Ni te va a escuchar». Antes de las plagas, que vemos como si Dios fuera gacho y los atacara, hubo señales con las que Dios quería mostrarse. Moisés echa su vara al suelo y se convierte en serpiente; se asusta, y Dios le dice: «Agárrala por la cola», y vuelve a ser vara. «Mete tu mano en tu pecho»; la saca leprosa, la vuelve a meter y sale sana. «Y si no te creen, toma agua del Nilo y derrámala en tierra, y se convertirá en sangre» (Éx 4:2-9). «Pero yo conozco a Faraón; no te va a creer». Así que haré diez señales más, que tú y yo llamamos plagas, pero son señales milagrosas.
Las instrucciones de Dios no las podemos cumplir a menos que Él nos capacite. No hay hombres dignos ni superpoderosos. Solo hay un Ungido, y se llama Cristo; la palabra Mesías significa ungido. Sí, el Espíritu Santo está en todos los creyentes, pero el Mesías es uno.
Moisés dice: «Yo ni sé hablar». Yo creo que ahí sí se enojó un poquito Dios: «¿Quién ha hecho la boca del hombre? ¿O quién lo hace mudo o sordo, con vista o ciego? ¿No soy Yo, el Señor? Ahora pues, ve, y Yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que has de hablar» (Éx 4:11-12). Y le da a Aarón, su hermano, para que hable por él. Dios te diseñó; si Dios dice que puedes, puedes, y si no, Él te da las herramientas. Sabe tus defectos y tus virtudes. Dios no llama a los capacitados; capacita a los llamados.
Cuando se aparece, se presenta y te llama, solo podemos hacer dos cosas: honrar su gobierno y unirnos a su misión, o ir en su contra. No hay nada en medio. «Voy a ejecutar mis planes; o me acompañas o me estorbas». Se vale debatir con Dios y decirle «no puedo»; Moisés lo hizo. Pero al final Él te va a capacitar.
En Efesios, Pablo ora para que sepamos «cuál es la esperanza de Su llamamiento» (Ef 1:18). Si estás leyendo esto hoy, has sido llamado. Ve, pelea con Dios para que te capacite, pero has sido llamado. Y nos capacita a través de otros: Dios dio dones a la iglesia «a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos… a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Ef 4:11-13). Moisés solito no hubiera podido; Moisés y Aarón tampoco. Moisés, Aarón y Dios. Es más, Dios solo hubiera podido; nomás nos incluye en su plan.
No sé si Aarón es como un tipo del Espíritu Santo, porque Jesús dice: «No se preocupen por lo que han de decir, porque se les dará lo que han de hablar». Está raro; algún día lo estudiaremos. Pero Moisés decide honrar el gobierno de Dios: «No quiero, me da miedo, me voy a quejar todo el camino, pero está bien».
Una vara ante Faraón
Imagínate que eres Moisés y llegas ante un faraón que no es el de antes, con una vara en la mano. «¿Qué no habías huido tú? ¿Qué haces aquí?». «Traigo una vara y un mensaje de Dios: deja ir a mi pueblo». Yo creo que estaba muerto de miedo; es más, creo que le decía: «Aarón, dile tú». Y Faraón: «No te voy a hacer caso».
Aarón echa la vara al piso y se convierte en serpiente. Imagínense que agarro un palo y lo tiro y sale una serpiente; yo salgo corriendo. Y Faraón dice: «Ese truco ya me lo sé», y llama a todos sus profetas, y cada uno echa su vara y se convierten en serpientes. Eso me huele a la serpiente antigua: replicaron las señales de Dios, pero no venían de Dios; eran para engañar. La Biblia no dice que hicieron serpientes de madera; dice que se convirtieron en serpientes. Yo creo que Moisés volteaba a Dios: «Esto no me lo dijiste; ya valí». Y «la vara de Aarón devoró las varas de ellos» (Éx 7:12).
Toda señal ficticia y manipulada, sea un truco o lo que sea, eventualmente va a salir a la luz, porque Dios la va a traer a la luz. A veces en el momento no podemos juzgar cuál venía de Dios y cuál no. Pero la verdadera se comió a las demás. Y no confundamos esta serpiente con la serpiente antigua, que es Satanás; aquí hablamos de otra cosa.
Cuatro promesas: «te tomaré»
¿Cuál es el mensaje que Dios le manda decir al pueblo? Este es el fundamento de todo lo que sigue, resumido así: «Te conquistaré y te tomaré como mi pueblo. Voy a cortejarte, a mostrarme a ti de tal manera que quedes profundamente enamorado y te sujetes a mí por siempre, y yo seré tu Dios».
«Yo soy el Señor. Yo me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Todopoderoso, pero por Mi nombre, Señor, no me di a conocer a ellos. También establecí Mi pacto con ellos, de darles la tierra de Canaán… y he oído el gemido de los israelitas, porque los egipcios los tienen esclavizados, y me he acordado de Mi pacto. Por tanto, di a los israelitas: "Yo soy el Señor, y los sacaré de debajo de las cargas de los egipcios. Los libraré de su esclavitud y los redimiré con brazo extendido y con grandes juicios. Y los tomaré a ustedes por pueblo Mío, y Yo seré su Dios… Yo soy el Señor"» (Éx 6:2-8).
Es la carta de amor más romántica, encapsulada entre dos frases, porque a Dios le gustan los patrones: «Yo soy el Señor». Y en medio, cuatro promesas: los sacaré, los libraré, los redimiré, los tomaré. Estos versículos son fundamentales para la Pascua y para la última cena de Jesús, y explican por qué los judíos hacen lo que hacen.
Dios se presenta por nombre. Imagínate que llego con la que hoy es mi esposa: «Hola, mi nombre es Daniel Lira. Eres la mujer más hermosa que existe. Te voy a enamorar, te voy a cuidar, te voy a proteger, me voy a casar contigo y vamos a ser felices para siempre». Si es el primer momento en que la conozco, ya se volvió raro. Pero es lo que hace Dios: se presenta por nombre y dice: «Te sacaré, te liberaré, te redimiré y te tomaré como mi pueblo». La palabra «te tomaré», laqaj, es la clave: en toda la Biblia se utiliza en un contexto marital. No es que Dios use una palabra que ya era marital; es que, de ahí en adelante, la Biblia la usa apuntando a esto: así como Dios hizo un pacto con Israel.
Pero como toda buena mujer, si alguien llega y te dice «Dios me dijo que me voy a casar contigo», probablemente tienes que salir corriendo. Y el pueblo dice: «No te creo nada. Aquí en Egipto hay muchos dioses; ¿por qué tú serías el único? ¿Cómo sé que eres ese hombre que va a hacer todo lo que acabas de decir?». Dios no les pedía casarse en ese momento. Solo fue claro y transparente, dio sus intenciones desde el inicio, y ahora se va a demostrar como el único Dios, el Todopoderoso, para que el pueblo diga: «Sí, acepto». Esto prefigura el pacto del monte Sinaí, que a veces hemos menospreciado por la idea del legalismo. Pero al final de esta clase ese pacto va a ser redimido en nuestras cabezas y corazones, y vamos a entender la profundidad de la ley, y por qué Jesús se enojaba cuando seguían la ley por seguirla y olvidaban el corazón.
Para ser bien claros: el pacto matrimonial apunta a la relación de Dios con su pueblo, no al revés; son términos que nos ayudan a entender. Por eso el matrimonio es tan santo y refleja la gloria de Dios, y por eso dice: «Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia». A través del pacto matrimonial podemos entender la relación que Dios estaba por establecer con Israel, su novia, a la que tú y yo hemos sido injertados: la relación más íntima, en la que ambos, completamente vulnerables, se entregan para ser uno solo. Eso lo distingue de todos los dioses.
Las plagas: guerra contra los dioses de Egipto
Como un buen hombre que quiere cortejar a una mujer, y que ya le dijo directo «te amo, eres hermosa, me voy a casar contigo», ya no hay plan B. Ahora tiene que demostrarlo: «Sí soy el Shaddai, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Soy santo, diferente y sobre todos los demás dioses». Y decide ir contra toda la competencia. Son señales milagrosas: la primera fue la vara; de ahí en adelante las conocemos como plagas, y cada una demuestra la superioridad de Dios sobre uno de los dioses de Egipto. Dios llega al lugar más fuerte, con los dioses más importantes de la tierra en ese momento, y hace guerra contra cada uno de ellos. No es «vamos a pelearnos y el que gane se queda con la chica»; ese no es Dios. Estoy tratando de hacerlo entendible.
Primera plaga: el Nilo se convierte en sangre, y no solo el río, sino todo recipiente con agua. Pero ojo: el pueblo de Israel era guardado. Israel traía su vasito de agua, así como yo: «¡Qué rico! ¿Quieres probarlo?». Y el egipcio: «Sangre». Había un dios llamado Hapi, que traía las inundaciones del Nilo y hacía fértil la tierra; ahora ese mismo río la haría infértil. Y Dios le dice a Faraón y a Egipto, pero sobre todo a su novia: «Mira cómo soy mejor que el Nilo y que Hapi».
Segunda: ranas por todos lados. Imagínate que estás tratando de adorar y te brincan ranas. Había una diosa, Heket, con cabeza de rana; no puede ser más obvio. Las ranas representaban fertilidad, concepción y nacimiento. Dios iba contra Egipto, que había matado a los hijos de Israel, y decía: «Yo soy el Dios que multiplica y fructifica». Los egipcios fueron atormentados por lo que creían que traía vida.
Tercera: piojos, y es humillado Geb, el dios de la tierra, porque la misma tierra producía piojos. Y no es que al llegar una plaga se quitara la anterior; se iba poniendo cada vez peor: no podían tomar agua, no podían caminar sin aplastar una rana, estaban llenos de piojos, y luego moscas. Había una diosa, Uatchit, con forma de mosca. Y no eran como las mosquitas que matas; picaban y mordían.
Luego se enferma el ganado. Estaba Apis, en forma de toro, y luego Israel hará un becerro de oro; eso lo veremos. El ganado representaba la economía y la riqueza de Egipto, y se estaba muriendo. Luego el granizo, y Dios derrota a Set y a Nut, dioses de las tormentas y del cielo: «¿No que tenías un dios de las tormentas? Dile que lo controle». Imagínate detrás de escena: el faraón se metía a su cuarto, ofrecía sacrificios a su dios del Nilo y de las ranas, «deténlo», y nadie le contestaba. La gente decía: «Cuando graniza hago el sacrificio A, B y C y se detiene», y no se detenía. Empieza la duda y el miedo. Y los de Israel decían: «Mira cómo sus dioses no contestan, pero el nuestro cumple todo lo que Moisés anuncia».
Vienen las langostas, que arruinan los sembradíos, y luego las tinieblas. Ra, el dios del sol, era el más poderoso de Egipto: «Ya sé que hay algo sobrenatural, pero contra Ra no va a poder». Y viene con tinieblas; la luz del supuesto dios Ra es apagada por el único y soberano Dios de Israel y de todo el mundo.
Uno por uno, le mostró a Israel: «Soy mejor que este, y que este». No tenía que hacerlo, pero lo hizo. «¿Te gusta el dinero? Soy mejor que el dios del dinero. ¿Tu trabajo se volvió tu dios? Soy mejor que el dios del trabajo». Y lo hace de manera misericordiosa, porque se está mostrando a su pueblo. Estos juicios muestran el poder y la soberanía de Dios sobre todo lo creado.
Y el pueblo empieza a decir: «Es cierto, sí es el Shaddai. ¿Será que sí me va a sacar, me va a liberar, me va a redimir? ¿Será el hombre de mi vida?». Como la mujer que empieza a pensar: «Como que sí me está cayendo bien, como que sí es verdad lo que dijo». Y el hombre le dice: «Te invito a salir». «Está bien, vamos por un café».
El cordero y la sangre en la puerta
La última plaga ya no es Dios demostrándose contra un dios; es la que muestra el carácter único de Dios, invitando a su novia a salir de Egipto. Israel ya estaba convencido de que era real, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; ahora era momento de experimentar sus promesas en carne propia.
Dios le dice a Moisés: viene una plaga terrible. Morirán los primogénitos. Y el pueblo se acuerda de Isaac, el hijo de la promesa: «Los primogénitos son de Dios». Pero «yo proveeré un cordero». Tomarán un cordero sin defecto, lo sacrificarán y con su sangre pintarán el dintel y los dos postes de la puerta con un manojo de hisopo (Éx 12:5-7, 22). Si estuvieras dibujando en el aire, el poste y luego el dintel, podrías ver una señal: una cruz. Dios estaba diciendo: «Es mi sangre; yo soy el Cordero». Nosotros lo vemos así; ellos se acordaban de Isaac: «Como Isaac, un cordero en su lugar». Y si la familia es muy pequeña para comérselo, que lo comparta con el vecino (Éx 12:4); que sea algo comunitario, y que no quede nada para la mañana (Éx 12:10). Cuando pase el ángel de la muerte, saldrán.
Cada familia dice: «Sí, acepto. Eres el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; te has mostrado con tu poder y ahora con esta señal. Tomaremos este cordero sin mancha y lo compartiremos en familia». Es un evento que demuestra al mundo que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es el único Dios verdadero. Él prometió a Abraham: «Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo; te daré una tierra que mana leche y miel; en ti serán benditas todas las familias de la tierra». Y sobre ese fundamento, la última plaga recordaría que Él proveería el cordero que satisface el sacrificio necesario.
Por eso la Pascua no es algo de los últimos dos mil años. Viene desde que Israel fue llamado de Egipto, y desde que Isaac fue reemplazado por un cordero, y el pueblo de Israel la sigue celebrando hasta el día de hoy. Y Jesús se sienta en la última cena, antes de ir a la cruz, cuando ya se sabía que Él era el Cordero que quita el pecado del mundo, porque Juan el Bautista lo señaló: «Es Él, el Cordero». Por su sangre nos iba a redimir. Es la misma conquista, la misma invitación a la novia para salir con el novio. Es la misma carta de amor que Cristo anuncia en la última cena, cuando toma la copa y dice «esta es mi sangre», y toma el pan y dice «este es mi cuerpo». Y va como cordero al matadero, porque Él era lo que esa señal anunciaba.
Israel hace lo que Dios le dijo: toma el cordero, ve pasar al ángel, y Dios lo saca. La primera cita perfecta con Dios. Salen de Egipto y pasan un montón de cosas; como en toda relación, la invitas a salir, la primera cita va muy bien, y para la tercera ya se quejó. Pero ante las quejas, el novio se muestra amoroso, misericordioso, redentor. Ya sacó a Israel de Egipto; ahora tenía que sacar a Egipto de Israel. Eso lo veremos la siguiente sesión.
Las citas bíblicas siguen la lectura de la clase; donde se cita textualmente se usa la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.