Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase grabada (Intensivo en línea).
Resumen
Dios quiere habitar con su pueblo, como un esposo con su esposa. El lugar santísimo es la alcoba, con el arca del pacto; el lugar santo es la casa, con la mesa, los doce panes de la presencia y el candelabro, que apunta a la iglesia de judíos y gentiles. Los altares y la fuente muestran el sacrificio, la oración y el lavamiento, un paralelo de la Pascua, el mar y el bautismo. Israel es infiel el día de la boda, pero Moisés intercede poniendo su vida, y entiende que lo único que importa es la presencia de Dios. Al final, la gloria llena la casa.
Puntos clave
- El anhelo de Dios es tan simple como estar contigo.
- El lugar santísimo es la alcoba; el lugar santo es la casa.
- No puedes entrar a la alcoba sin pasar por la mesa: la fe es personal y corporal.
- El candelabro anuncia la iglesia de judíos y gentiles como luz a las naciones.
- Primero el sacrificio y luego el lavamiento: el bautismo no salva, pero es obediencia.
- La verdadera intercesión es poner tu vida por el otro.
- Si tu presencia no va con nosotros, no nos hagas salir de aquí.
Ahora vamos a hacer la casa
Después de terminar el pacto (y del becerro de oro, del que hablaremos), Dios les dice: «Constrúyanme una habitación». El tabernáculo, el santuario, todo eso que en nuestra mente suena súper religioso, es en realidad la casa de Dios con su novia. Una vez que te casas, lo que sigue es: «Ahora vamos a hacer la casa. ¿Cómo la quieres? ¿Qué cuadro ponemos?». Es Dios dándole las instrucciones a Moisés: «Que me hagan un santuario, para que Yo habite entre ellos» (Éx 25:8).
Ese es el corazón de Dios desde la creación. Cuando Dios hizo todo y dijo «es bueno», era bueno para habitar: bueno para que Él habitara con ellos. Dios crea los cielos y la tierra como una casa para morar con su creación, contigo y conmigo. Y después de que eso se rompe, todos sus mensajes dicen: «Quiero habitar contigo, quiero estar contigo». Por eso se le apareció a Abraham y comió con él, por eso comió con Moisés y los ancianos, por eso luchó con Jacob. Uno de los anhelos más grandes del corazón de Dios es tan simple como estar contigo. «¿Qué tengo que hacer?». Nada.
Uno de los anhelos más grandes de un esposo es simplemente estar con su esposa. Lo demás es irrelevante. Muchas veces no vas al cine por la película: «¿Qué vemos?». «Lo que sea». Haces lo que sea por estar con la persona que amas. En el corazón de Dios siempre ha estado el deseo de tener una relación con la humanidad. Así que les pide una ofrenda y les dice: «Háganme un santuario, exactamente como yo les voy a decir». Cada elemento de su casa tiene un significado mucho más profundo de lo que alcanzaré a decir hoy.
Los invito a dejar de ver esta historia como algo religioso, extraño, lejano, como una asignatura que hay que memorizar, y a entender lo que significa, para llevarlo a nuestra vida y decir: «Por eso el pacto matrimonial es tan santo: porque refleja a Dios».
La alcoba: el lugar santísimo
Lo primero que menciona es la habitación, la alcoba: el lugar más íntimo, donde un hombre y una mujer que han hecho un pacto pasan su tiempo, donde nadie más entra. Es un lugar santificado; es tuyo y suyo. Eso es el lugar santísimo.
El sumo sacerdote entraba solo una vez al año, y entraba con unos cascabeles (Éx 28:33-35), porque si no venía purificado y listo, se moría, y era para que lo sacaran. Imagínate tener que entrar a tu cuarto con cascabeles. Es un lugar tan santo y tan especial que no es para cualquiera; es solo para quienes han sido lavados y purificados, para quienes han hecho el sacrificio que satisface a Dios. Todo eso se va construyendo y llega a Cristo.
Dentro del lugar santísimo estaba el arca del pacto, la misma que David lleva a Jerusalén y baila, y se quita la ropa, todo feliz como rey (2 S 6:14). Dentro del arca había tres cosas (He 9:4):
- Una urna de oro con maná. ¿Se acuerdan de que el maná se pudría si lo guardaban? Pues Dios milagrosamente hace que se preserve un recipiente de maná (Éx 16:33-34), que les recuerda: «Yo soy tu proveedor; yo soy el que te da el pan del cielo; yo soy el pan de vida».
- Las dos tablas, las tablas de la ley o del testimonio. Les decimos de la ley porque nos gusta decir ley, pero son el testimonio: el acta de matrimonio, firmada por Dios: «Tú y yo estamos en un pacto».
- La vara de Aarón, que, puesta delante del Señor, reverdece y da fruto (Nm 17:8): una vara que no está arraigada en nada, y simplemente da fruto.
¿Qué representa el arca? «Allí me encontraré contigo, y de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio, te hablaré acerca de todo lo que Yo te daré por mandamiento para los israelitas» (Éx 25:22). El arca es donde desciende la nube, donde reposa Dios, el lugar de encuentro entre Dios y su pueblo. Representa su presencia y habla de la intimidad de un pueblo con su Dios: que Él está ahí, que de ahí les habla, que de ahí provienen las instrucciones.
En el Día de la Expiación, el sumo sacerdote entraba con la sangre del sacrificio y la rociaba sobre el propiciatorio (Lv 16:14-15). La sangre hablaba de la expiación de los pecados, porque el único pago del pecado era la muerte. Son muchos elementos, pero véanlo así: es la habitación, el lugar más separado, de entrega completa, de total vulnerabilidad, porque al entrar podías morir. Eso representa la relación de esposos cada vez que entramos a la habitación; habla de esta santidad. Por eso Pablo se atreve a decir: «Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia». De esto está hablando. Se acaban de casar, y lo primero que decoran es el cuarto.
La casa: el lugar santo
Lo segundo es el lugar santo, que para mí es como el resto de la casa. El lugar santísimo estaba cubierto por un velo, el famoso velo que se rasga de arriba abajo cuando Cristo muere en la cruz. Afuera de él está el lugar santo. Dentro de la casa tienes la alcoba, y luego tienes el comedor.
La mesa
Literalmente hay un comedor: Dios les dice que pongan una mesa. Hay muchísimos simbolismos en la mesa. Si algún día dices: «De verdad quiero hacer discípulos, llevar a alguien a los pies de Cristo», la manera más fácil es llevarlos a una mesa, no a la iglesia. Eventualmente van a venir a la iglesia, pero lo más fácil es compartir el pan, invitarlos a tu casa, sentarlos y platicar.
Es un lugar íntimo; no tanto como la alcoba, reservada para tu esposa, pero íntimo: donde platicas, donde se caen tus barreras, donde hablas del día. ¿Alguien ha comido alitas? Es un caos. En la primera cita pides boneless con tenedorcito, pero en casa, alitas con servilletas: es donde te permites el caos. La mesa es donde la familia se sienta y platica; habla de la relación corporal, entre personas. Y Jesús lo toma y dice: «Hagan esto en memoria de mí». ¿Cómo? En una cena. Es el lugar de encuentro familiar, donde vamos conversando, caminando y conociendo a Dios.
El pan de la presencia
Sobre la mesa estaba el pan de la presencia: doce panes que se cambiaban cada día de reposo; no se tiraban, se los comían los sacerdotes (Lv 24:5-9). Eran señal de la provisión de Dios y de que Dios estaba con ellos. Jesús toma el pan y dice: «Este es mi cuerpo; este soy yo». En Juan dice: «No es Moisés el que les ha dado el pan del cielo, sino que es Mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo… Yo soy el pan de la vida» (Jn 6:32, 35). El pan de vida es Jesús.
Pero lo representa con doce panes, porque eran las doce tribus de Israel. Te vas dando cuenta de que Dios es un Dios relacional, no individual. Sí está la alcoba, ese lugar íntimo entre tú y Dios que nadie te puede quitar, y que solo tú y Él conocen. Puede que vengas a la parte corporal y no estés conectado, o que sí; nadie sabe más que tú y Él. Pero si esa relación con Dios no te lleva a la mesa, muy probablemente no la tienes.
No puedes amar a Dios y no amar a su iglesia. Y me atrevería casi a decir: no puedes amar a Dios y no amar a Israel. Ayer le aventaron como 300 misiles a Israel, y gracias a Dios se han protegido muy bien y no pasó nada. Pero no se trata de geopolítica; se trata de que Dios les dio una promesa a Abraham, Isaac y Jacob: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra». Una mala relación con Israel eventualmente afecta la manera en que lees la Biblia, y termina en cosas raras.
Lo mismo con la iglesia. Perdónenme los de en línea, pero no podemos decir «es que mi iglesia es en línea». Si estás viendo esto en línea y no vas a una iglesia, ve. Esto sí sirve: puedes tomar clases, ver predicaciones. Pero eventualmente tienes que toparte con la gente. Alguien te tiene que caer mal para que puedas reconciliar esa relación. La mesa es sucia: tiene que ver con relaciones humanas; la vas a regar, vas a lastimar a alguien, te arrepientes y te reconcilias. Pero sentados en el sillón viéndolo, eso no es iglesia. No puedes entrar a la alcoba sin pasar por la mesa; la alcoba está dentro de la casa. No puedes tener una relación individual con Dios si no tienes una relación corporal.
Así que los doce panes representan a las doce tribus de Israel, la presencia de Dios con ellas, y también lo que hace Jesús: partir el pan y bendecir a todas las naciones.
El candelabro
Otro elemento es el candelabro. Yo me imaginaba una lámpara antigua con una vela, pero era lo que hoy conocemos como menorá. Y sí, en cierto sentido es el símbolo judío. Pero cuando lees Apocalipsis (todos vienen del eclipse y se pusieron a leer Apocalipsis: «¿será esta la luna roja?». No, no se está acabando el mundo, tranquilos; un día va a regresar Jesús y va a restaurarlo todo, pero no es hoy), en Apocalipsis 1 te das cuenta de que los candelabros son las iglesias (Ap 1:20). ¿Y qué es la iglesia? La comunidad de judíos y gentiles reunidos en Cristo. Desde el inicio, en la habitación de Dios están los doce panes, las doce tribus, pero también la menorá, que representa a la iglesia y su misión de ser luz a las naciones, y la comunión de judíos y gentiles como «un nuevo hombre», como dice Efesios (Ef 2:15). La menorá se vuelve un símbolo del objetivo de Israel: reconciliar a todas las naciones.
En el día de descanso, por ejemplo, prenden una vela y con esa encienden las demás. Cuando usas el fuego que Dios te dio para encender otra vela, no pierdes tu fuego; avivas otro, y hay más luz. Por eso proclamamos el evangelio: usamos la bendición que Dios nos dio para llevarla a otros, y cada vez que alguien la acepta, la luz aumenta. Somos luz para las naciones. Es como trampa, porque estamos en Éxodo y no entendemos que el candelabro habla de los gentiles hasta Apocalipsis, pero ya se los dije.
La mesa, el pan, el candelabro: la casa representa la comunión diaria con Dios, una comunión sucia, de todo el tiempo. No es nada religioso especial. Aquí no te mueres si no vienes listo; en la alcoba sí. Aquí los sacerdotes no entraban con cascabelitos, y hasta se comían el pan.
Dos altares y el lavamiento
Hay dos altares: el del incienso, adentro, y el del holocausto, afuera.
El incienso tenía que ser muy específico, no cualquier cosa (Éx 30:34-38). Representa las oraciones de los santos (Ap 5:8). Cuando cantamos «suba incienso día y noche delante de ti», es que suban las oraciones de los santos como aroma agradable. El incienso prepara el ambiente, como cuando llegas a casa y huele a que tu esposa acaba de cocinar algo bien rico: hace la casa agradable para la presencia de Dios. Las oraciones de los santos causan algo en el corazón de Dios. No es una máquina expendedora, pero detenernos, orar, recordarlo y ponerlo primero es un aroma agradable para Él. Y es muy específico: dos de los hijos de Aarón ofrecen fuego extraño y mueren (Lv 10:1-2). Dios quiere ser adorado como Él quiere ser adorado; no podemos hacer cosas raras para adorarlo.
Afuera, con fuego, está el altar del holocausto, donde hacían los sacrificios diarios, muchísimos. Y una vez al año se ofrecía el sacrificio con cuya sangre el sumo sacerdote entraba a rociar. Cada sacrificio les recordaba a Isaac. Nosotros hemos perdido mucho de esa esencia porque perdimos la continuidad de la historia, pero ellos recordaban: «Este es el sacrificio que hago en sustitución de mi vida, como el que Dios proveyó en lugar del hijo de Abraham». Imagínate llevar siglos haciendo eso, y que llegue Jesús y diga: «Yo soy ese, y voy a quitar el pecado del mundo una vez y para siempre». Hay un significado muy profundo en sus palabras.
Juntos, los dos altares representan el sacrificio de Jesús y la alabanza de sus santos. El sacrificio, afuera, es para poder entrar; nos hace partícipes. La oración, adentro, es el fruto de que ya eres parte del pueblo.
Y en medio hay una fuente de agua donde se lavaban los sacerdotes antes de entrar (Éx 30:18-21). El tabernáculo incluía todo, hasta la barrera de afuera, como el patio. Es como el tapete donde te limpias los pies antes de entrar a una casa. El sacrificio perdonaba el pecado; luego se lavaban en señal de que estaban puros; y luego entraban a la casa.
Del cordero al bautismo
En la historia del Éxodo, eso es la Pascua: el sacrificio del cordero que nos saca de la esclavitud y por el cual la muerte no nos alcanza. Ese sacrificio los lleva al desierto, se abre el mar, y al cruzarlo pasan de muerte a vida. El Nuevo Testamento dice que Israel fue bautizado al cruzar el mar (1 Co 10:1-2). Eso representa la fuente. Tras el sacrificio de Jesús, ¿qué hacemos? Nos bautizamos en agua.
No se le ocurrió a la iglesia, ni a Juan el Bautista para llamar la atención: «Déjame bautizarlos en un río». Era algo que se hacía continuamente, y Juan lo saca y dice: «Ya viene Aquel. Arrepiéntanse, lávense para presentarse ante Dios».
Pero no es al revés; eso es lo importante. No te lavas para luego ir con Jesús. Cristo vino, murió por ti y nos lavó con su sangre. Él está satisfecho. No necesitas bañarte para luego bañarte; si estás sucio, te metes a la regadera, y eso lo hizo Cristo. El acta de los decretos ya no existe (Col 2:14); el pago por el pecado ya fue hecho. De ahí en adelante viene el lavamiento, como los sacerdotes que se lavaban para entrar.
Es lo que llamamos sacramentos, palabra que a veces causa problemas porque cada quien tiene su definición, pero que viene de «misterio»: algo espiritual revelado y mostrado en algo físico. Por eso nos bautizamos en agua. Decimos que es una representación externa de algo que ya sucedió en el interior, y es un poquito más que eso: estás representando en obediencia algo espiritual que está sucediendo. ¿Qué habría pasado si un sacerdote decía: «Ya hice el sacrificio, pero no me voy a lavar; voy directo a la habitación de Dios»? Se moría; por eso los cascabelitos.
¿Es el bautismo para salvación? Absolutamente no. Ya eres salvo, ya eres aceptado, Él ya está satisfecho. Pero en obediencia pasamos por el agua para representar que hemos sido lavados por Cristo y hemos pasado de muerte a vida; que nuestra antigua identidad se quedó en Egipto; que ya no soy un pecador, sino que en Él estoy vivo. Y luego entraban a la casa, y cuando tocaba, al lugar santísimo.
El velo rasgado
Que el velo se haya rasgado cuando Cristo murió tiene un poquito que ver con que ahora somos templo de Dios, pero tiene mucho más que ver con que ahora podemos entrar confiadamente a su presencia (He 4:16; 10:19-20). A veces decimos: «Me siento sucio; no quiero entrar a su presencia». No: antes se morían. Ahora puedes entrar confiadamente, ya no vas a morir. La ira de Dios ya no va a ejecutar su juicio sobre ti, porque ya fue ejecutado en Cristo. Esa barrera entre el lugar santo y el santísimo ya no existe. La presencia siempre estuvo ahí, el pan de la presencia estaba ahí, pero ahora habla de una comunión completa con judíos y gentiles, no solo con los levitas escogidos que entraban.
Esa es la casa de Dios. Un matrimonio se casa, regresa de la luna de miel, llega a una casa y la hace un hogar. Es lo mismo que Dios está representando, y todo esto apunta a la restauración de todas las cosas, cuando un día Él regrese a habitar entre nosotros.
Infiel el día de la boda
¿Se acuerdan de qué hacían los israelitas mientras Moisés hablaba con Dios? Un becerro de oro horripilante. En esencia, es la novia engañando al esposo el día de la boda. Es más, durante la ceremonia: «Ahorita vengo, sí te voy a decir que sí», y va y lo engaña. Es humillante, horrible. Cualquier novio, con todo derecho, agarraría el acta antes de llevarla al registro civil y la rompería: «Esto se cancela». Pero Dios no hace eso. Dios es fiel a sus promesas, como lo fue con Adán y Eva, con Noé y con Babel. Le dice a su pueblo: «El pacto no depende de ti, depende de mí».
Este pacto sí era bilateral, y por eso existe el nuevo pacto. El nuevo pacto dice: «Voy a poner en su corazón el deseo de no engañarme, de querer estar conmigo. Voy a poner mis votos en su corazón para que puedan amarme como yo los amo, y voy a poner en ustedes el Espíritu Santo, el mismo poder que me levantó de los muertos». Pero de Éxodo hasta Jesús, lo que mantiene vivo el pacto no es la ley ni los rituales; es que era un matrimonio.
La verdadera intercesión
Dios le dice a Moisés, que seguía arriba en la nube y no sabía lo que pasaba: «Los voy a destruir» (Éx 32:9-10). Y Moisés lo detiene con una oración de intercesión. ¿Qué significa realmente eso? No es decir: «Señor, los cubro con la sangre del Cordero». Eso parece intercesión, pero no lo es. La verdadera intercesión es cuando alguien pone su vida por el otro.
Imagínate ver a Dios con ira santa, entre fuego, relámpagos y truenos, diciendo: «Los voy a destruir». Y Moisés se pone entre el pueblo y Dios: «Acuérdate de quién eres». Si yo fuera Dios, que no lo soy, lo habría quitado de en medio. Si fueras ese novio furioso y alguien se te pone enfrente, lo empujas y sigues. Ese es el carácter humano, no el de Dios. Moisés pone su vida por su pueblo: «Acuérdate de tu pacto; dijiste que por esta nación bendecirías a todas» (Éx 32:11-13). Y por alguna razón que no termino de entender, Dios le hace caso.
Luego dice: «Pero ahora, si es Tu voluntad, perdona su pecado, y si no, bórrame del libro que has escrito» (Éx 32:32). Es decir: «Si quieres matar a alguien, que sea yo; tu pueblo tiene que seguir, porque tienes un pacto y un plan. Toma mi vida como pago por la suya». Por eso en Isaías, cuando se anuncia el nuevo pacto, Dios dice que vio que no había quien intercediera (Is 59:16, 21); no había nadie como Moisés que pusiera su vida para recibir el pago.
Ese clamor de Moisés debe estar en nuestros corazones por los que no conocen a Cristo y por el pueblo de Israel. Es un amor sacrificial: clamas por otros, dispuesto a morir. No por mi comodidad ni por lo increíble que es estar en la presencia de Dios, sino porque es más importante llevar esa presencia a otros. Si yo me muero hoy, sé a dónde voy; si alguien allá afuera se muere, no sé a dónde va. Siempre he pensado que, si alguna vez hubiera un atentado, que espero jamás suceda, y alguien entrara con una metralleta, mi trabajo como creyente sería que me mataran a mí y no a los demás. Está medio crudo, pero así de real es el evangelio, y a veces lo diluimos: «Voy a crucificar mi egoísmo». No: crucifica tu vida por el otro, tu comodidad, para que otros conozcan y crean. Si alguien tiene que morir, que sea yo. Eso es intercesión, y para eso existe la iglesia: vayan a todas las naciones.
Pablo dice que desearía ser separado de Cristo por amor a sus hermanos, los judíos (Ro 9:3), igual que Moisés. No sé si yo estoy ahí; me gustaría un día decirlo. Creo que estaba tan seguro de su salvación que sabía que Dios no se la iba a quitar. El punto es que consideramos a los demás como superiores, no por un valor humanista ni por posiciones, sino porque tenemos la certeza de la vida eterna: yo la tengo, por lo tanto mi vida en esta tierra no vale tanto como la tuya. Y eso va incluso para la iglesia, porque no sé realmente quiénes aquí han entregado su vida por completo a Cristo. Ese es el clamor que Dios buscó en tiempos de Isaías y no encontró.
Consecuencias y misericordia
Moisés baja, ve lo que están haciendo, se enoja igual que Dios y rompe las tablas. Yo creo que luego tuvo que ir con Dios: «¿Te acuerdas de las tablas que me diste? Pues las rompí; ¿me das otras?». Moisés se pone a la puerta del campamento: «¿Quién está por el Señor? Venga a mí». Los levitas se juntan con él, y ese día mueren unos tres mil hombres (Éx 32:26-28), los que quisieron seguir en rebeldía. Esto habla de la importancia del arrepentimiento: sí hay consecuencias, y sí hay muerte para quien no quiere honrar el gobierno de Dios ni entrar a la salvación, que era gratis.
¿Se acuerdan de las primeras clases? Ante la rebeldía humana, Dios siempre responde con sus pactos y sus límites amorosos. ¿Cuál fue el límite amoroso aquí? Murieron tres mil personas. Para ellos no fue amoroso, más o menos; decidieron su propio destino. Pero el resto del pueblo se dio cuenta: «Eso es lo que yo merecía, pero obtuve la misericordia de Dios».
Y justo después Dios reafirma su pacto. Primero, les da otra vez las tablas (Éx 34:1): «Aquí van otra vez los votos, el acta que se rompió en el enojo. Háblenle al juez otra vez. Sí, estamos casados; esto nunca se cayó». Segundo, dice: «Enviaré un ángel delante de ti, y echaré fuera al cananeo, al amorreo, al hitita, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Sube a una tierra que mana leche y miel; pues Yo no subiré en medio de ti» (Éx 33:2-3). Sí estaba enojado: «Igual van a tener la tierra, confirmo mi pacto, pero yo ya no voy con ustedes».
Cara a cara: «si Tu presencia no va»
Y otra vez Moisés intercede. Lo que me encanta es que Éxodo 33 dice: «Y el Señor acostumbraba hablar con Moisés cara a cara, como un hombre habla con su amigo» (Éx 33:11). Esto de que nadie ha visto a Dios… ya no me lo estoy creyendo mucho. No, sí es cierto: nadie ha visto a Dios Padre, pero quien ha visto a Jesús ha visto al Padre. La única manera de reconciliar las dos cosas es que era Jesús preencarnado quien hablaba con Moisés cara a cara. Y cada vez que Moisés regresaba al campamento, su ayudante Josué no se apartaba de la tienda; son pequeñas señales de que el líder que sigue es Josué.
Moisés entendió que no se trata de la obediencia, del pacto, de las tablas ni del tabernáculo, sino de la presencia de Dios. «No quiero tus beneficios si no te tengo a ti. Si tú no vas con nosotros, ¿para qué vamos?». Qué padre que fluya leche y miel, qué bueno la bendición, la prosperidad, la sanidad; todo eso vendrá, pero son añadiduras. Se trata de su presencia.
Dios no es transaccional; es relacional. En un matrimonio nadie quiere algo transaccional: «Te doy flores, pero nunca estoy». ¿Ese matrimonio va a sobrevivir? No. Lo mismo con papás e hijos: «Te doy todo». «Sí, pero no me das tu presencia, que es lo único que quiero». La añadidura es que el papá llega con un regalo y juega contigo con ese regalo, porque estás con él. Y la bendición no es para presumirla ni para quedártela, sino para amar y entregarla a otros. ¿Y cuál es la bendición? La presencia de Dios. Es lo único que importa, y Moisés lo entendió.
«Si Tu presencia no va con nosotros, no nos hagas salir de aquí. ¿Pues en qué se conocerá que he hallado gracia ante Tus ojos, yo y Tu pueblo? ¿No es acaso en que Tú vayas con nosotros, para que nosotros, yo y Tu pueblo, nos distingamos de todos los demás pueblos que están sobre la superficie de la tierra? Y el Señor dijo a Moisés: "También haré esto que has hablado, por cuanto has hallado gracia ante Mis ojos y te he conocido por tu nombre"» (Éx 33:15-17).
La relación se reconcilió, y Dios te conoce a ti por nombre. Moisés es una imagen en la que podemos vernos: «Camino cara a cara con Dios, porque lo he conocido y Él me ha conocido». A través de la sangre de Cristo también fuimos reconciliados con el Padre.
Bezalel y la gloria que llena la casa
Dios llenó del Espíritu de Dios a Bezalel (Éx 31:1-5; 35:30-31). Nadie se acuerda de él, pero es la primera persona de la que se dice que fue llena del Espíritu Santo. Está raro, porque Cristo no había muerto, pero así fue. Y Bezalel es el encargado de construir la habitación de Dios, el tabernáculo.
El Éxodo representa toda la historia de redención, y el tabernáculo también: el sacrificio del Cordero de Dios, por el cual el ángel de la muerte pasa de largo; somos redimidos y lavados en el bautismo de arrepentimiento; y luego Dios quiere construir una habitación, y para eso ha dejado a su Espíritu Santo. Sin el sacrificio del Cordero no habría Espíritu Santo. Hoy, por el Cordero, tenemos al Espíritu Santo, y juntos somos la morada de Dios, como garantía de lo que ha de venir: que un día los cielos y la tierra serán restaurados y el tabernáculo de Dios estará con los hombres (Ap 21:3).
Al final del Éxodo se termina el tabernáculo, y la nube gloriosa que estaba en el monte desciende y la gloria del Señor llena la casa (Éx 40:34-35). Así termina el Éxodo: como un espejo de la restauración de todas las cosas, cuando Jesús descienda en las nubes para hacer su habitación entre nosotros.
Las citas bíblicas siguen la lectura de la clase; donde se cita textualmente se usa la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.