Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase grabada (Intensivo en línea).
Resumen
La Biblia contrasta a Saúl, rey como las naciones, con David, que cuida las ovejas de su padre, adora y pelea las batallas de Dios. En 2 Samuel 7 Dios le promete un descendiente cuyo reino será eterno, una promesa que apunta desde Génesis 3:15 hasta Jesús, hijo de David. Pero David se confía, peca con Betsabé y, aunque se arrepiente y es perdonado, vive graves consecuencias que también apuntan a Cristo.
Puntos clave
- Leer la Biblia buscando patrones y contrastes es una llave para entenderla.
- David cuida las ovejas de su padre; Saúl pierde las asnas de su padre.
- La batalla contra Goliat es de Dios y apunta a Génesis 3:15.
- Un paso a la vez: Dios guía mientras haces lo que tienes enfrente.
- 2 Samuel 7: Dios edificará una casa a David y su descendiente reinará para siempre.
- La profecía mesiánica tiene un cumplimiento inmediato y otro total en Jesús.
- David asume su pecado; es perdonado, pero las consecuencias llegan.
Leer buscando patrones
La semana pasada vimos esa escena atroz de Jueces: el principio y el final del libro hacen el mismo punto sobre la degradación del pueblo. Hoy nos vamos a centrar en el rey David. (Si quieres aprender más del libro de Reyes, hay toda una serie de predicaciones; búscala en YouTube, en la app o en la página.)
Recordemos el contraste que hace la Biblia entre quienes escogen el camino del bien y quienes escogen el del mal, desde Deuteronomio, con sus bendiciones y maldiciones. Josué escogió lo bueno y Dios luchó por él; Jueces arruinó todo; en Samuel, Dios levanta a un profeta y, aunque les advierte que no es buena idea, les da el rey que piden: Saúl. Y Saúl arruina todo.
Cuando lees la Biblia como literatura, buscando patrones y contrastes, entiendes mucho más. Es como una llave que abre las Escrituras.
Saúl y David: un contraste deliberado
Saúl representa al rey que pidió el pueblo: un rey como el de las demás naciones, con un corazón como el de ellas. Le importaba más su fama que gobernar. Cuando David empezó a vencer, el pueblo cantaba: «Saúl mató a sus miles, y David a sus diez miles» (1 S 18:7), y desde ahí empezó la guerra entre ellos, porque a Saúl le importaba su reputación y no la de Dios.
Responsabilidad. La historia de Saúl empieza con él buscando las asnas perdidas de su padre; por eso se topa con Samuel. La de David empieza con él apacentando las ovejas de su padre. Lo usamos para decir que era trabajador y fiel, y sí, pero es un contraste directo: David tenía un corazón para cuidar lo de su padre; Saúl, para cuidarse a sí mismo. Es el mismo patrón de José: fiel en lo poco, puesto sobre lo mucho, sabe cuidar lo que no es suyo.
¿Por qué el énfasis en que son las ovejas de su padre? Porque de David en adelante todo tiene que ver con el hijo. Cuando un autor escribe ficción, deja pistas, como una fragancia que de repente vuelves a oler en el momento más importante y dices: «Esto ya lo leí». La Biblia no es ficción, pero tiene esas fragancias, y eso nos indica que detrás de la historia hay un ser divino que la ha diseñado.
Cuando estaba en prepa me cambié de salón por alguna razón, no me acuerdo; era medio rebelde, así que probablemente me cambiaron por algo. Cuando llegué, ellos iban más avanzados en el libro que teníamos que leer, y yo no lo había leído. Me acuerdo mucho porque el maestro me dice: «Oye, ¿será que este olor a cigarro que describe la escena es algo que más adelante nos va a revelar algo?». Y yo le dije: «No, no creo». No lo había leído. Y sí era. La regué gacho y quedé mal con ese maestro, pero ese es el punto: él tenía la mente entrenada para preguntar si un detalle apunta a algo más. ¿Cuidar las ovejas de su padre apunta al Hijo que vendría a cuidar las ovejas de su Padre, a dejar las noventa y nueve por la perdida? Ahí empezamos a ver el corazón de Dios, que es el corazón de Cristo.
Adoración. Saúl fue negligente en su adoración: ni siquiera se acordó del arca. David, antes de ser rey, era conocido por tocar el arpa y componer canciones de adoración. Probablemente estaba aburrido cuidando ovejas, pero en su ocio se ocupó en adorar. Puedes perder el tiempo o aprovecharlo con intención: en tres horas de carretera a Torreón yo ponía audiolibros o iba adorando (ahora con mis hijas ponemos la Gallina Pintadita). Saúl perdía su tiempo; David lo aplicaba en adoración. Y eso se vio cuando llegó al trono: conquistó Jerusalén, trajo el arca y contrató diez mil personas que día y noche tocaban, cantaban y adoraban al Señor alrededor del tabernáculo. Imagínate un lugar en el centro de la ciudad con música día y noche: todos sabían que ahí estaba pasando algo importante, el centro de la vida de David.
Gobierno. Saúl gobernaba de manera egoísta: le importaba estar a gusto en su trono y lo que dijeran de él. A David le importaba su pueblo.
Goliat: la batalla es del Señor
¿Quién tenía que salir contra Goliat? Saúl, no David. Todo el pueblo estaba atemorizado: «¿Quién nos salvará?». No existía el Chapulín Colorado, así que no fue el Chapulín Colorado (muy mal chiste). El gigante desafiaba: «Tu mejor guerrero contra el mío», e idealmente ese era el rey; eso había pedido el pueblo, un rey que peleara sus batallas. Pero el rey preguntaba quién se apuntaba, y nadie iba. Hasta que David llega a llevarles queso a sus hermanos, que lo regañan: «Regrésate a tus ovejas; nomás vienes al chisme». Y David dice: «¿Quién es este filisteo incircunciso para desafiar a los escuadrones del Dios viviente?» (1 S 17:26). Qué diferente: David ni siquiera era rey y entendía que lo que se le había dado era de Dios.
Saúl lo viste con su armadura, casi como menospreciando lo que Dios le había dado a él como rey ungido. Pero no era el tiempo de David. La armadura no le quedaba, y las armas medievales pesan muchísimo; había que estar entrenado. David dice: «El Señor que me libró de las garras del león y del oso me librará de la mano de este filisteo» (1 S 17:37). La batalla no era de David ni de Saúl, ni siquiera de Israel: era de Dios.
Toma piedras y una honda; no una resortera, como yo pensaba, sino una honda grande. La piedra le hunde el cráneo al gigante, David corre, toma su espada y le corta la cabeza. Los filisteos huyen e Israel los persigue. Saúl tenía miedo; David confiaba en su Dios.
Sí sirve usar esta historia para decir «vence a tus gigantes»: Dios está contigo y es más grande que tus problemas. Pero el punto más profundo es que David funcionó como un tipo de Cristo, que vino a vencer al único que había que vencer, y las puertas del infierno no prevalecerán contra su iglesia. Nos ata a Génesis 3:15: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; Él te herirá en la cabeza». ¿Aplastar cabezas? No es la primera vez que lo veo.
Y David, de forma extraña, lleva la cabeza a Jerusalén (1 S 17:54), que todavía no era suya. Imagínate tocar el timbre en casa de alguien, dejarle una cabeza en el sillón y decirle: «Sigues tú». De alguna manera decía: «Dios nos ha entregado esta tierra». Otra vez es la fragancia del que vendría a aplastar la cabeza de la serpiente y diría: «Esta tierra es mía; esta persona es mía; voy por ti».
Dios en el centro
David conquista Jebús y nota que falta algo: la presencia de Dios. Trae el arca, danza, y todo el pueblo sabe que David es rey por Dios y que tienen la tierra porque la presencia de Dios está con ellos. Y las demás naciones vuelven a temblar, como en la conquista con Josué, cuando se juntaron las ciudades del sur y luego las del norte y Dios le dio la victoria a Israel. David le regresó la gloria a Israel, y la gloria de Israel es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.
Antes de seguir, una reflexión. La responsabilidad en lo poco, la prioridad de la adoración, vivir para alguien más y no para ti mismo: ¿qué tanto se parece mi corazón al de Dios? El pastor enseñó la semana pasada que Dios puso un poco de su corazón en David. Es lo que Moisés anunció en Deuteronomio: la circuncisión del corazón, que Dios pondrá su corazón en el nuestro. ¿Realmente habita en mí? Y si sí, ¿por qué me quejo, por qué lo rechazo? (No es prédica, es clase.)
Una casa para Dios
David ya vivía en su casa y Dios le había dado descanso de sus enemigos (2 S 7:1), el mismo patrón que en Jueces. Y voltea a ver la casa de Dios: una tienda. Como cuando vas a acampar a un lugar que te encanta: sigue siendo casa de campaña. Le dice al profeta Natán: «Yo habito en una casa de cedro, pero el arca de Dios mora en medio de cortinas». Quería construirle una casa permanente, porque la promesa era poseer la tierra para siempre: «Ya la hicimos; es momento». Natán le dice: «Haz todo lo que está en tu corazón». Pero esa noche Dios le habla a Natán y lo detiene.
«Así dice el Señor de los ejércitos: “Yo te tomé del pastizal, de seguir las ovejas, para que fueras príncipe sobre mi pueblo Israel”» (2 S 7:8). Cuando Dios se presenta así es como «pasa a mi oficina». Primero: «David, recuerda de dónde vienes». A veces se nos olvida y dejamos de agradecer. Yo te tomé de tu angustia, de tu depresión, de tu soledad, de donde te haya tomado. Y fíjate en «mi pueblo»: el pueblo es de Dios. Así como Dios pone, puede quitar.
«He estado contigo por dondequiera que has ido y he exterminado a todos tus enemigos delante de ti» (2 S 7:9). Quien ha peleado las batallas es Dios. Los únicos méritos que cuentan son los de Dios.
Obras de paja, obras de oro
Muy rápido, sin meternos en escatología: hay un juicio para salvación, en el que tienes que estar cubierto por la sangre del Hijo, habiendo depositado tu fe, tu alianza y tu vida en Él. Y hay otro para los creyentes, donde nuestras obras serán probadas por fuego (1 Co 3:12-15). Las obras de paja desaparecen; las de oro permanecen. Las que se queman son las obras humanas; las que quedan son las de Dios. Nosotros vamos caminando y disfrutamos en primera fila lo que Dios hace; cuando intervenimos de más es cuando nos equivocamos.
¿Cómo funciona? Un paso a la vez. «¿Cuál es mi llamado?». Tu llamado es igual al de todos: adorar al Rey y llevar a otros a adorarlo. Mientras haces lo que tienes enfrente, Dios da el siguiente paso. El llamado de David fue cuidar las ovejas, adorar con su arpa, matar a un gigante y esperar a que Saúl muriera para tomar el trono.
¿Cómo evitas un paso en falso? Le preguntas a Dios. David preguntaba al profeta, porque el profeta hablaba la palabra de Dios. Hoy tú puedes tomar la Biblia, leerla en su contexto, y será lámpara a tus pies. ¿Qué carrera escojo? Explora las posibilidades; si Dios no te aclara una, probablemente la respuesta es tuya. Dios no es una nube gris y confusa; es claro y directo. El problema es que hace clic y luego le preguntamos al amigo: «¿Será que sirvo el domingo?». «Mejor vámonos por unos tacos de barbacoa».
Dios no nos pide cosas grandiosas; nos pide un paso a la vez. Quien hace cosas grandiosas ya dio mil pasos. Si quieres correr un maratón, primero corre cinco kilómetros, luego seis, luego quince. Sí hay milagros y Dios interviene, pero cuando Él quiere, mientras tú estás en el pastizal cuidando las ovejas de tu padre.
La promesa: un hijo y un reino eterno
«Haré de ti un gran nombre, como el nombre de los grandes que hay en la tierra. Asignaré también un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré allí… y los malvados no lo afligirán más como antes, desde el día en que ordené que hubiera jueces sobre mi pueblo» (2 S 7:9-11). Pero ¿cómo? David ya estaba en la tierra; su época se llama el reino unido. Si yo fuera David: «Señor, ya me la diste; por eso te quiero hacer una casa». Y Dios: «No, mijo, todavía no estás ahí». Es la fragancia otra vez: hay un mejor rey y un mejor reino por venir, en la misma tierra.
«El Señor también te hace saber que el Señor te edificará una casa» (2 S 7:11). No será David quien haga la casa, sino Dios. Es un reino divino, y solo un rey divino puede cumplir esa descripción: «Cuando tus días se cumplan y reposes con tus padres, levantaré a tu descendiente después de ti, el cual saldrá de tus entrañas, y estableceré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y Yo estableceré el trono de su reino para siempre. Yo seré padre para él y él será hijo para mí» (2 S 7:12-14).
Ya habíamos escuchado esas palabras. Descendiente viene desde Génesis 3:15. A Abraham, que preguntó si su heredero sería su siervo, Dios le dijo: «Uno que saldrá de tus entrañas será tu heredero» (Gn 15:4). Yo creo que a David le hizo clic: el que aplastará la cabeza de la serpiente, el prometido a Abraham, vendrá de mis entrañas.
Y que sería un rey tampoco era nuevo. En Génesis 49, Jacob bendice a Judá, la tribu de David; le habla bien bonito, como a su hijo favorito: «El cetro no se apartará de Judá… hasta que venga Siloh» (Gn 49:10). Yo tampoco sabía qué era eso y lo investigué: Siloh significa «aquel a quien realmente pertenece». Desde Génesis Dios dejó la semilla: vendrá un rey. Y ahora le dice a David: ese rey es tu hijo.
Si te sabes la historia, ya sabes que su hijo no fue (spoiler). La mayoría de la profecía mesiánica tiene un cumplimiento inmediato y parcial, que apunta a un cumplimiento total y eterno. El hijo de David sí llega al trono y sí construye el templo, pero esto apuntaba a otro hijo del linaje de David, que aplastaría la cabeza de la serpiente, aunque ella le hiriera el talón, y reinaría por siempre. Esa es la narrativa de Reyes en adelante: ¿quién será el hijo de David? Hasta que Mateo empieza: «Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mt 1:1).
¿Cómo sé que la Biblia es verdad? Ni Star Wars, ni Harry Potter, ni Narnia tienen tanto sentido. La Biblia se escribió a lo largo de muchos siglos, por 60 diferentes autores, en distintos contextos, y tiene más sentido que lo que desayuné en la mañana. Da testimonio de sí misma. Incluso en las genealogías que nos saltamos: ahí sale Rut. Y el mensaje principal es que la simiente prometida en Génesis 3:15, que vendría de una mujer, de Abraham, Isaac, Jacob y David, se llama Jesús.
Alguien comentó en clase que Mateo divide la genealogía en tres grupos de catorce generaciones: de Abraham a David, de David al exilio en Babilonia y del exilio a Cristo (Mt 1:17). Mateo escribe para judíos, y un judío de esa época, al leer «hijo de David», decía «blasfemia» o decía «es mi Mesías». No había de otra. Sabía oler la fragancia que Dios había dejado.
De aquí en adelante ya no hay promesas mesiánicas nuevas; está el nuevo pacto, que ya anunció Moisés. Lo que se busca es quién es ese hijo que reinará por siempre. David es un tipo de ese hijo. A veces pensamos que Dios escogió a Moisés, a Abraham o a David para ser tipos de Cristo como si no tuvieran opción. Sí la tenían: justo después de esto, David lo arruina. Por eso la invitación es a que tú seas un tipo de Cristo: que la gente vea tu vida y vea a Dios detrás. Es imposible por ti mismo, pero el Espíritu Santo habita en ti y cambió tu corazón de piedra por uno de carne. No le estorbes. Un paso a la vez: «Si es posible, que pase de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
David toma el camino de la muerte
Dios le acaba de prometer el hijo. Tú dirías que lo va a hacer bien. Pero yo creo que se confió. En el tiempo en que los reyes salían a la guerra, David se quedó en Jerusalén (2 S 11:1): «Hoy no tengo ganas; vayan ustedes». Hoy no quiero asumir mi responsabilidad. ¿No te ha pasado? Te quedas en la casa planeando ser productivo, pones todas las series que no debes, pides comida, rompes la dieta, y llega tu esposa: «¿Qué hiciste?». «Nada». En el ocio el corazón humano jala mucho más; también cuando tienes demasiado que hacer, porque no le dejas espacio al Espíritu Santo.
David sube a la azotea, ve a una mujer bañándose, y en lugar de voltear dice: «Tráiganmela». Seguramente alguien le preguntó: «¿Estás seguro, rey?». Me imagino su mente: «No lo hagas. Soy el rey, sí puedo». Se acuesta con Betsabé, ella queda embarazada, y David hace lo mismo que Adán y Eva: trata de cubrirlo. No le sale, y termina mandando matar al esposo, Urías. Trata de cubrirse con cosas que no alcanzan.
Entonces Natán lo confronta: «¿Por qué has despreciado la palabra del Señor haciendo lo malo ante sus ojos? Has matado a espada a Urías el hitita, has tomado su mujer para que sea tu mujer… Ahora pues, la espada nunca se apartará de tu casa… Así dice el Señor: “He aquí, de tu misma casa levantaré el mal contra ti; y aun tomaré tus mujeres delante de tus ojos y las daré a tu compañero… Ciertamente tú lo hiciste en secreto, pero Yo haré esto delante de todo Israel”» (2 S 12:9-12). Y David dice: «He pecado contra el Señor». No dice «fue Betsabé». Corrige lo que hicieron Adán y Eva: «La mujer que me diste», «la serpiente me engañó». David dice: «Fui yo». Y Natán le responde: «El Señor ha quitado tu pecado; no morirás» (2 S 12:13). Es la escena de Génesis 3, cuando Dios los cubre con pieles mediante un sacrificio.
Las consecuencias y la fragancia de la cruz
Pero hubo consecuencias graves. El niño, el hijo que nació después de la promesa, murió (2 S 12:14-18). Huele la fragancia: la promesa era «tu hijo reinará por siempre», y luego, «tu hijo morirá». En la misma promesa de 2 Samuel 7 Dios había dicho que corregiría al hijo «con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres» (2 S 7:14). Ese bebé murió, pero no recibió azotes. Quien recibió azotes y murió fue Cristo Jesús, el hijo de David. Murió con un letrero que decía «el Rey de los judíos». Y al tercer día resucitó, declarándole al mundo que Él es el Rey, y un día regresará para reinar por siempre.
Ese es el punto de la vida de David: todo apunta a Dios. Hubo más consecuencias: Absalón se levanta contra él, sus hijos lo desprecian y toman a sus mujeres, y en la siguiente generación el reino se divide. Cuando decimos «si David pudo, yo qué», no: el pecado no es justificable porque David lo hizo, y las consecuencias van a venir sí o sí. David tenía delante el camino de la vida y el de la muerte; iba muy bien, y un día decidió tomar el de la muerte.
Dios es suficiente para regresarte, cubrirte, redimirte y restaurarte. Pero el tiempo que transitas en el camino de la muerte trae muerte, desilusión, consecuencias. Por eso el mundo está como está. Pero un día Él regresará, y la promesa para David, para ti y para mí es que ya no habrá lágrimas ni dolor, y todo pecado será borrado.
Si estás en esa condición, es el momento perfecto para regresar a Cristo y decirle: «Cúbreme y quita mi pecado». Y como Zaqueo: «Si en algo he defraudado a alguien, se lo restituiré cuadruplicado». A eso se dedicó David de ahí en adelante. Cuando Absalón tomó el trono, no fue a atacarlo: «Es mi hijo». Se puso ropa de luto y subió llorando el monte de los Olivos, como el pastor contó la vez pasada. Después viene Salomón, y luego se divide el reino entre Jeroboam y Roboam; hay un exilio y luego otro. Lo que sigue en Reyes es lo mismo que en Jueces: una secuencia de reyes malos que lo arruinan todo, y por eso viene el exilio.
Las citas bíblicas siguen la lectura de la clase; donde se cita textualmente se usa la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.