# Entre reyes y profetas: la imagen del corazón del Rey

> La voz profética debe mantenerse lejos del poder. Jueces muestra una generación que tenía información pero no experiencia con Dios, y termina en un crimen sin precedentes. Ana entiende el momento histórico y entrega a Samuel; Dios desecha a Elí y a Saúl por no honrarlo; David toma Jerusalén, aprende a tratar la presencia de Dios y muestra un corazón en el que Dios puso el suyo.

*Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase grabada.*

- Maestro: Luis Ortiz (maestro invitado)
- Serie: Entre reyes y profetas · Sesión 4 (parte 4 de 10)
- URL: https://daniellira.com/clases/entre-reyes-y-profetas-la-imagen-del-corazon-del-rey/
- Video: https://www.youtube.com/watch?v=UiuyCdLzi4w

## Puntos clave

- La tensión entre reyes y profetas está diseñada por Dios; la voz profética no debe ser amiga del poder.
- Una generación con información pero sin experiencia no conoce al Señor (Jue 2:10).
- Ciclos de gracia sin transformación llevan a la depravación de Jueces 19.
- Ana comprende el momento histórico: un hijo para Dios, un profeta para Israel.
- «Yo honraré a los que me honran» (1 S 2:30): Dios no cambia; el que tiene que cambiar es el hombre.
- Obedecer es mejor que los sacrificios (1 S 15:22).
- David: honra a Dios, es fiel en lo poco, asume su pecado y responde a la traición con humildad.

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## Una tensión diseñada por Dios

La tensión entre reyes y profetas es propia del Antiguo Testamento, y cada uno refleja una parte del carácter de Dios. Está diseñada por Dios para que reyes y profetas no sean amigos, así como la iglesia, en su postura profética, no está diseñada para ser amiga del gobierno. Debemos orar por el gobierno, pero la voz profética debe mantenerse aislada del poder, porque el poder corrompe, y los que integramos la iglesia seguimos siendo seres humanos.

He tenido amigos pastores que incursionaron en la política con un corazón muy genuino, y les fue muy mal, con consecuencias lamentables para ellos, su familia y su iglesia. Que un creyente quiera entrar en la política es válido. Pero se va a enfrentar a instituciones gobernadas por el príncipe de este mundo, y como embajador del reino puede hacer la diferencia para llevar salvación a sus iguales; nada más. Lo demás, la Biblia dice que el mundo está destinado a la destrucción y a la corrupción. Eso debe quedarnos muy claro, porque hace tiempo surgió esta idea de que vamos a poseer los montes, los siete montes, y pues no sé: la Biblia nos enseña que este mundo está gobernado por el príncipe de este mundo, que es el diablo. Cuando el diablo le ofreció a Jesús los reinos del mundo, Jesús dijo que no: no venía por las glorias de la tierra, sino a conquistar corazones.

En la historia, la iglesia se corrompió mucho cuando fue amiga del gobierno. Con Constantino se detuvo la persecución, y podríamos celebrarlo, pero ahí empezó la corrupción: la iglesia se volvió un lugar de moda. Cuando no se dejó seducir por el poder y el dinero, floreció en la persecución.

## Información sin experiencia

«Murió también toda aquella generación… y se levantó otra generación después de ella que no conocía al Señor, ni la obra que Él había hecho por Israel» (Jue 2:10).

¿Habrá fallado la generación anterior en la enseñanza? No lo creo. Los papás y los abuelos seguro contaban una y otra vez lo de Jericó y el desierto. No creo que haya sido falta de instrucción, sino exceso de comodidad. Me imagino que decían: «Ya no quiero que mi hijito sufra lo que yo sufrí». Tenían información, pero no los expusieron a experiencias en las que tuvieran que creer en ese Dios, que era el Dios de sus padres, hasta que se volviera su Dios.

Cuando la Biblia dice conocer al Señor, habla de experiencia, no de información. «Sé lo que hizo con mis padres y con mis abuelos; ya me tienen hasta acá con las diez plagas. Pero no recuerdo que haya hecho algo conmigo». Y los relatos se vuelven mito. Por eso los papás creyentes no podemos conformarnos con que en la escuela dominical les cuenten a nuestros hijos que David venció a Goliat; lo pueden repetir como perico. ¿Qué experiencias están teniendo, acompañados de nosotros, en las que ellos derriben a sus propios Goliat? Ese acompañamiento generacional permite que Dios siga obrando.

## Ciclos de gracia sin transformación

Jueces enseña un ciclo. Dios está con Israel; por tanta comodidad y bendición se olvidan de Él; caen en inmoralidad y maldad; Dios los entrega a otros pueblos que los oprimen, porque la paga del pecado es muerte; en medio de la tormenta regresan a Dios; Dios levanta un juez que los libra; y una vez libres, vuelven a olvidarse. Ciclo tras ciclo. Esto también puede pasar en la vida de un creyente: ciclos interminables en los que experimenta la gracia, pero no la transformación.

## Un crimen sin precedentes

¿A dónde llevaron esos ciclos? A una historia terrible, registrada en Jueces 19. «En aquellos días no había rey en Israel». No había gobierno, y cada quien hacía lo que quería. Un levita que vivía en la zona montañosa de Efraín tomó una concubina de Belén de Judá. Todo está mal ahí: ¿qué hace un levita fuera de las ciudades que Dios le asignó? Y toma una mujer, no como esposa, sino como concubina. Tenían la presencia de Dios, pero no tenían gobierno.

Los creyentes podemos hacernos adictos a la presencia de Dios si no permitimos que su gobierno nos transforme. Venimos a la iglesia, el Espíritu Santo nos llena, y salimos a vivir la semana como Israel, para regresar el domingo diciendo: «¡Qué bueno que es domingo!». Eso expresa una adicción, porque entre semana no hay relación con Dios. Y los domingos no venimos a recibir: venimos a dar adoración, servicio, nuestro dinero. Ese es el diseño. Y como Dios es tan bueno, nunca te va a dejar ir con las manos vacías.

La concubina se va, el levita va por ella, y de regreso les agarra la noche en Guibeá, territorio de Benjamín. Se sientan en la plaza, como se usaba, esperando que alguien les ofrezca hospedaje, y nadie lo hace, hasta que un anciano los recibe en su casa. A medianoche llegan hombres de la ciudad exigiendo que saque al levita para abusar de él. El anciano dice: «No hagan eso; mejor les saco a la concubina». Es la misma depravación. Cuando la depravación no te deja ver la realidad a la luz de la verdad de Dios, empezamos a medir: «Esto no está tan mal». Está igual de podrido.

La mujer es abusada toda la noche y en la mañana se desploma a la puerta. El levita la encuentra muerta, la lleva a su casa, la corta en doce pedazos y manda uno a cada tribu. Es penoso predicar esto, pero es Biblia. Estas historias crudas nos muestran la gravedad del pecado: esta es su paga.

«Y todos los que lo veían, decían: “Nada como esto jamás ha sucedido ni se ha visto desde el día en que los israelitas subieron de la tierra de Egipto hasta el día de hoy. Considérenlo, tomen consejo y hablen”» (Jue 19:30). ¿No te suenan las mismas frases que usamos hoy cuando sube de nivel la maldad? Ivonne y yo teníamos muy poquito aquí en la ciudad cuando se dio el tema de este joven Santoy. Me acuerdo: estábamos en el Instituto Bíblico trabajando en Cristo para las Naciones y fue algo terrible; ese día ni pudimos dar clases, se conmovieron tanto nuestros corazones. Y luego fue el asesinato de una jovencita, hija de una mujer que tomaba clases en el Instituto Bíblico. En esos años era como una escalada. Nosotros venimos de Ciudad Juárez, Chihuahua; no podemos decir «allá pasa eso peor». Pero la sociedad estaba conmovida. Y la gente decía lo mismo: «Nunca se había visto esto; ¿qué vamos a hacer? ¿Quién lo denunciará?».

¿Qué le falta a esa declaración? Nunca dijeron: «Vamos a consultar a Dios y a arrepentirnos de nuestra maldad». Lo trataron a nivel humano. Hay que denunciar ante las autoridades, lo he dicho incansablemente. Pero el problema es que el corazón está podrido, fuera de gobierno. Los sacerdotes estaban perdidos. Y la respuesta fue levantar a las otras tribus para exterminar a Benjamín (Jue 20), lo cual no lograron por la gracia de Dios.

## Ana: un hijo y un profeta

En esa condición empieza 1 Samuel (Rut es una historia paralela). Jueces termina con el asesinato brutal de una mujer; Samuel inicia con la elección de una mujer. Ana es estéril, y su esposo Elcana tiene otra esposa, porque Dios era paciente con eso, no tolerante. La otra mujer la provocaba, y Elcana le decía: «¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?» (1 S 1:8). Y yo creo que ella pensaba: «Sí, pero no».

Ana derrama su corazón, como a veces nosotros, que lloramos y reímos en la presencia de Dios como si estuviéramos borrachos. Y el sacerdocio estaba tan desconectado que Elí le dice: «¿Hasta cuándo estarás embriagada?» (1 S 1:14). Ana pide un hijo, y es como si en su corazón escuchara: «Yo necesito un profeta». Ana comprende la conexión histórica, el deseo de Dios de romper los ciclos de depravación, y le dice: «Si me das un hijo, yo te lo doy a ti». Y Dios le da a Samuel. Debemos estar atentos a esas conexiones: no solo «Dios me bendijo», sino ¿para qué? ¿Qué momento histórico vivimos como familia, como país y como iglesia?

## Yo honraré a los que me honran

Nace Samuel y Ana cumple: llegando la edad correspondiente, ya jovencito, adolescente, pasando la pubertad, se lo lleva a Elí: «Aquí te traigo a mi hijo». Y Dios le manda a Elí un mensaje muy claro por medio de un hombre de Dios: «¿No me revelé ciertamente a la casa de tu padre cuando ellos estaban en Egipto…? ¿No los escogí de entre todas las tribus de Israel para ser mis sacerdotes…? ¿Por qué pisotean mi sacrificio y mi ofrenda…, y honras a tus hijos más que a mí, engordándose con lo mejor de cada ofrenda de mi pueblo Israel? Por tanto, el Señor, Dios de Israel, declara: “Ciertamente Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí para siempre”; pero ahora el Señor declara: “Lejos esté esto de mí, porque Yo honraré a los que me honran, y los que me menosprecian serán tenidos en poco”» (1 S 2:27-30).

¿Cómo resolvemos la tensión de que Dios no cambia, y aquí parece cambiar? Dios no cambia en sus atributos, en su santidad ni en su justicia. Si el ser humano escogido para una tarea quiere cambiar las reglas y que Dios se haga de la vista gorda ante su pecado, Dios dice: «Yo no cambio; tú eres el que tiene que cambiar, y te di tiempo suficiente». Elí fue negligente: permitió que sus hijos se acostaran con las mujeres que servían a la entrada de la tienda y se comieran lo que le pertenecía a Dios.

Antes de que Elí muera, Dios le habla a Samuel, que de niño no entiende quién lo llama. Le da el mensaje a Elí, y con el tiempo Samuel es reconocido como profeta y como juez; tenía esa doble función.

## Dales un rey

Entonces el pueblo dice: «Queremos un rey como las demás naciones». Samuel les advierte que no les conviene: el rey les quitará sus tierras, su dinero y a sus hijos para su ejército (1 S 8). Mejor que Dios los siga gobernando, con una voz profética y un juez. Pero insisten, hasta que Dios le dice a Samuel: «Dales un rey». Y viene un rey escogido para que Israel se dé cuenta de la imperfección de ese reinado.

Saúl andaba buscando unas burras perdidas cuando se topa con Samuel. «Samuel tomó la redoma de aceite, la derramó sobre la cabeza de Saúl, lo besó y le dijo: “¿No te ha ungido el Señor por príncipe sobre su heredad?”» (1 S 10:1). Y le dice que cuando venga sobre él el Espíritu de Dios, haga lo que le venga a la mano, porque Dios está con él (1 S 10:7). No le está diciendo que Dios le concederá los deseos de su corazón, sino que, en la función que Dios le asigna y en los límites de su reinado, Dios lo respaldará.

El problema con Saúl es que no hizo nada. Era un irresponsable, buscaba siempre el reconocimiento y nunca se puso a chambear. ¿Qué recuerdas que haya hecho Saúl?

## Obedecer es mejor que los sacrificios

Como última oportunidad, Dios le manda por medio de Samuel: «Ve y ataca a Amalec», el pueblo que fue cruel con Israel cuando subía de Egipto, y destrúyelo todo, personas y ganado (1 S 15:2-3). Saúl va, y al regresar Dios le dice a Samuel: «Me pesa haber hecho rey a Saúl, porque ha dejado de seguirme y no ha cumplido mis mandamientos». Y Samuel, que quería mucho a Saúl, clamó al Señor toda la noche (1 S 15:11).

Samuel lo encuentra y le pregunta: «¿Qué es este balido de ovejas en mis oídos?». Y Saúl responde: «El pueblo perdonó lo mejor de las ovejas y de las vacas para sacrificar al Señor tu Dios» (1 S 15:14-15). Espérenme: Dios no le dio la orden al pueblo, se la dio a Saúl. Dios escoge personas de manera individual, y cada uno es responsable de su propia vida. Dios no escogió primero a una nación: escogió a Abraham, y de él salió una nación que bendijo a todas.

Y Samuel le responde algo tremendo: «¿Se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la voz del Señor? Mira, el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar atención, que la grasa de los carneros. Porque la rebelión es como el pecado de adivinación, y la desobediencia, como la iniquidad e idolatría. Por cuanto has desechado la palabra del Señor, Él también te ha desechado para que no seas rey» (1 S 15:22-23). A Saúl le preocupaba qué iban a pensar de él. Cuando Samuel se da la vuelta, Saúl le agarra el manto y se lo rasga, y Samuel le dice: «Hoy el Señor ha arrancado de ti el reino de Israel» (1 S 15:28).

## Cuarenta años

Pablo resume esta historia en Hechos 13: Dios escogió a sus padres, los sacó de Egipto, los soportó cuarenta años en el desierto, destruyó siete naciones en Canaán y les dio la tierra, «todo esto en unos cuatrocientos cincuenta años». Después les dio jueces hasta Samuel. «Luego pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años» (Hch 13:17-21). El tiempo no cura todo ni es sinónimo de sabiduría. Cuarenta años, y Saúl no comprendió para qué lo puso Dios ahí.

Eso me lleva a una pregunta personal: «Yo tengo cuarenta años en el Señor». Te aplaudo. Pero generalmente después de tanto tiempo bajamos la guardia: «Eso ya lo hice; que lo hagan los jóvenes». Dios no te va a quitar la salvación, pero te puede hacer a un lado, porque tiene una agenda sellada con la sangre de su Hijo, y se va a cumplir. Muchos son llamados y pocos escogidos. Saúl fue llamado, pero no escogido, no por capricho de Dios, sino por flojo, indolente y arrogante. Yo conocí al Señor en 1987, y tiemblo: no quiero ser desechado; quiero seguir hasta mis últimos días.

## He encontrado a David

«Después de quitar a Saúl, les levantó por rey a David, del cual Dios también testificó y dijo: “He hallado a David, hijo de Isaí, un hombre conforme a mi corazón, que hará toda mi voluntad”» (Hch 13:22). ¿Ves que dice «toda»? El otro no lo hizo. En su error, David hizo lo que Dios quería: arrepentirse. Dios no quiso el error, pero ya estando en él, ¿qué vas a hacer? ¿Arrepentirte, o decir como Saúl: «Es que el pueblo…»?

David tenía treinta años cuando comenzó a reinar, y reinó cuarenta (2 S 5:4). Su primer acto de gobierno muestra su corazón. Dios quería establecer un lugar de adoración, lo que hoy conocemos como Jerusalén, que entonces se llamaba Jebús. David, como Ana, comprende el momento histórico y se compromete con el deseo del corazón de Dios. Nos tenemos que brincar un paso porque no hay tiempo, pero va a la montaña de los jebuseos con la cabeza de Goliat: «¡Ey, jebuseos! Así van a terminar ustedes. Esa montaña no les pertenece; es territorio de nuestro padre Abraham y ustedes lo han usurpado. Yo vengo por lo que me pertenece, para establecer un lugar de adoración al Dios verdadero». Los jebuseos se burlan. Pasa el tiempo y David regresa, y le dicen: «No entrarás aquí; aun los ciegos y los cojos te rechazarán» (2 S 5:6). «Pero David tomó la fortaleza de Sion, es decir, la ciudad de David» (2 S 5:7). No por soberbia, sino porque comprendía que él era la imagen del gobierno de Dios en su pueblo.

«David dijo aquel día: “Todo el que quiera herir a los jebuseos, que suba por el canal de agua”» (2 S 5:8). Este túnel de agua, no creas que eran aguas cristalinas: era el canal de los desechos humanos, las aguas negras. No había cómo subir esa fortaleza, y la única manera era: «Vámonos por el drenaje». Te puedes imaginar a qué olía eso, y a qué sabía, porque de seguro alguien abrió la boca y algo se le metió. Pero David estaba motivado y comprometido con los deseos de Dios: si tengo que subir por el canal, subo.

## La presencia no se trata de cualquier manera

Tomada la fortaleza, David va por el arca. Pero no sabía los protocolos: venían de un sacerdocio corrompido e ignorante de lo que Dios estableció desde Aarón sobre cómo y quién debía cargarla. La pusieron en un carro nuevo tirado por bueyes; los bueyes tropezaron, Uza extendió la mano para sostener el arca, y cayó muerto (2 S 6:6-7). Dios no cambia: ya les había dicho cómo. David se enoja y deja el arca en casa de Obed-edom, un hombre extraordinario del que habría mucho que hablar. Y David empieza a indagar cómo se trata la presencia de Dios.

Por la gracia de Dios no vivimos en ese tiempo. Pero mi preocupación como pastor es que haya desprecio ante su presencia: que en el momento de la adoración la gente entre como si estuviera en el parque, taconeando como en un desfile. Y que yo, como pastor, fuera tan torpe de permitirlo como Elí era permisivo con sus hijos.

David comprende que su sentimiento de adoración debe anclarse a los atributos del Dios que adora. La segunda vez los levitas cargan el arca sobre sus hombros, como Moisés había mandado (1 Cr 15:15), «y cuando los portadores del arca del Señor habían andado seis pasos, él sacrificó un buey y un carnero cebado» (2 S 6:13). Lo vemos muy romántico, pero un sacrificio era sangre y olor. Era para Dios.

Llegan a la ciudad, y en una escena única David danza con toda su fuerza (2 S 6:14); se rompió la ropa, enseñando su torso. No era un estirado ni un religioso; sabía distinguir cuando Dios había llegado a un lugar. A Dios sí le gustó como lo hicieron. Después de tanto tiempo, sucedió con nosotros, y la vida de David encontró su propósito, como dice Pablo: mi vida no vale nada si no la gasto para los fines para los que Dios me salvó.

Y ahí está Mical, la hija de Saúl: «¡Cómo se ha distinguido hoy el rey de Israel! Se descubrió hoy ante los ojos de las criadas de sus siervos» (2 S 6:20). Y David, bien sarcástico: «Fue delante del Señor, que me escogió en preferencia a tu padre… Y aún seré menos estimado que esto» (2 S 6:21-22). Y Mical no tuvo hijos hasta el día de su muerte (2 S 6:23). Siempre va a haber micales. Cuidado, porque hay una esterilidad por juicio.

## Cuatro rasgos del corazón de David

1. **Honraba la persona de Dios.** No por ser músico o compositor de salmos. Disfrutaba la presencia y sabía cómo comportarse en ella; no era un estirado ni un religioso. Sabía distinguir cuándo Dios había llegado a un lugar.
2. **Era fiel en lo poco.** Cuando Samuel lo escoge, estaba cuidando unas pocas ovejas.
3. **Tomaba responsabilidad personal.** Cuando Natán lo confronta por Betsabé, dice: «He pecado contra el Señor» (2 S 12:13). No culpa a Betsabé: «Yo soy el responsable; tomé a la mujer que no era mía y asesiné a su marido». Ahí están los salmos: «Contra ti, contra ti solo he pecado» (Sal 51:4). A diferencia de Saúl, que dijo «el pueblo».
4. **Respondió a la traición con humildad.** Su hijo Absalón le da un golpe de estado, y en lugar de ponerlo en su lugar, David sube la cuesta del monte de los Olivos llorando, con la cabeza cubierta y descalzo (2 S 15:30). Esta es la escena de Cristo subiendo a la crucifixión: David se pone ropa de duelo, se descalza y sube el monte, el mismo monte que subió Jesús para ser crucificado, en un acto profético de Jesús, que en lugar de destruirnos, fue a la cruz por nosotros.

Debe haber muchas más, pero estas bastaron para decir que este hombre imperfecto tenía el corazón de Dios. No es que el corazón de David fuera bueno por sí mismo: el corazón es engañoso, y Romanos dice que no hay quien busque a Dios. Es que Dios puso su corazón en él, y él respondió. Así recorremos, en breve, la historia desde Jueces hasta la elección de David.
