# Entre reyes y profetas: Josué, Jueces y el camino incorrecto

> Josué aprendió a honrar a Moisés y conquistó la tierra porque Dios peleaba por él; no faltó ni una palabra de sus promesas. Jueces es el contraste: una generación que no conoció al Señor, se mezcló con las naciones y repitió el ciclo de pecado, opresión, clamor y liberación. Rut muestra a una extranjera redimida; Samuel es levantado como profeta antes de que Israel pierda el arca y pida un rey como las demás naciones.

*Adaptado con ayuda de IA a partir de una clase grabada.*

- Autor: Daniel Lira Serhan (https://daniellira.com/)
- Serie: Entre reyes y profetas · Sesión 3 (parte 3 de 10)
- URL: https://daniellira.com/clases/entre-reyes-y-profetas-jueces-el-camino-incorrecto/
- Video: https://www.youtube.com/watch?v=uqD-nZu1BWA

## Puntos clave

- Josué aprendió a honrar a Moisés y, al honrarlo, a honrar a Dios.
- Dios interpretó Él mismo sus actos; hoy esa interpretación ya está escrita.
- La conquista fue juicio después de cuatrocientos años de paciencia (Gn 15:16).
- Jueces muestra el ciclo: pecado, opresión, clamor, liberación, y cada vez menos descanso.
- Rut, una extranjera que honra, es redimida e incluida en el linaje de Jesús.
- El arca usada como talismán: Dios abandona a Israel, pero sigue siendo Dios ante Dagón.
- Profetizar es proclamar la palabra de Dios: arrepentimiento, salvación y el reino.

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## Dos caminos, tres gobiernos

Retomemos la clase pasada. El punto principal era escoger el camino de la vida o el camino de la muerte. El camino de la vida es seguir el gobierno de Dios, que es Dios y su palabra. El camino de la muerte es seguir el gobierno de las tinieblas, que se obedece de tres maneras: la carne, es decir, tus propios deseos; el mundo, cuando me voy por las tendencias, porque alguien me lo dijo o porque todos lo hacen; y el diablo.

Un paréntesis sobre el diablo. Cada año viene gente a decirme: «Estoy teniendo guerra espiritual». Y el 99% de las veces no es guerra espiritual: te comiste unos malos tacos, o leíste la Biblia antes de dormir y tu cerebro lo procesó en sueños. Meterte en esos temas suele ser porque intencionalmente los estás buscando: «No quiero seguir el gobierno de Dios; quiero otro tipo de sabiduría espiritual». Casi no lo menciono, pero hay que mencionarlo, porque la Biblia sí llama al diablo «el príncipe de este mundo»: es el que mete la mano para intentar gobernar de manera falsa.

## Josué aprendió a honrar

Moisés le pasa la batuta a Josué, y hay algo importante: Josué caminaba con Moisés. Estaba con él la mayor parte del tiempo; cuando Dios le hablaba a Moisés, Josué esperaba afuera de la tienda (Éx 33:11). Hubo un paso de una generación a otra, y no fue solo «ahí estabas y Dios te escogió». Al final Dios lo escoge, pero hubo un proceso en el que Josué aprendió a honrar a Moisés, y al honrar a Moisés aprendió a honrar a Dios. Fue fiel en lo poco, y en lo mucho Dios lo puso. Es el mismo principio que vimos en José: no importaba lo que tuviera que hacer, fue un siervo fiel.

Dios le dice a Josué: «Ahora tú vas a llevar al pueblo a la tierra que les prometí». No es una tarea chiquita. Pero Josué había aprendido que Dios es quien pelea sus batallas, y ese principio rige todo el libro. El libro de Josué dice «Josué» cien veces, pero no se trata de Josué: se trata de Dios. Cuando lo lees, el énfasis es «y Dios los libró», «y Dios les dio la victoria». Es Dios entrando en los eventos humanos.

## Un Dios que interpreta sus propios actos

En la época de Josué había muchos dioses, y cada cultura creía que los eventos de la naturaleza los causaban los dioses. El problema era que no sabían interpretarlos. Hacían una especie de adivinanza: «Hubo una tormenta; ¿qué hicimos bien, qué hicimos mal?». Lo anotaban, y años después, ante otra tormenta, decían: «El dios tal se enojó porque se me olvidó el sacrificio». Vivían en una incertidumbre muy extraña.

El principio detrás era real: los eventos son una revelación de Dios. La diferencia es que el Dios de Israel les daba Él mismo la interpretación. No tenían que adivinar. En Deuteronomio les dijo: «Si permaneces en mis caminos, te bendeciré; si no, vendrá la maldición». Por eso cuando ganaban escribían «Dios les dio la victoria», y cuando perdían, «Dios los entregó a sus enemigos».

Ahora, no salgan de aquí diciendo que si llueve en Monterrey es porque se acabó la maldición de la sequía. Así no funciona. La diferencia es que ellos no tenían la palabra escrita. Hoy todo eso ya está escrito, y los eventos que Dios va a provocar Él mismo ya los interpretó en la profecía bíblica, en Daniel o en Apocalipsis. No es para que andemos como las otras culturas: «Hubo una estrella fugaz; Dios me va a bendecir». Lo mismo con los horóscopos. Dios ya reveló lo que tenía que revelar, muy explícitamente, para que lo leas, lo creas y lo apliques. ¿Quieres saber tu identidad? No necesitas un horóscopo genérico: lee Efesios. Él te adoptó, te redimió, te selló; eres su hijo amado, su obra maestra, parte de su familia.

## La conquista: juicio, no saqueo

La conquista es un tema polémico: ¿por qué Dios les decía «destrúyanlo todo»? Vimos dos opciones: puede ser una hipérbole, y además era un ejemplo del juicio de Dios. Habían pasado cuatrocientos años en los que Dios extendió su gracia y su paciencia a esos pueblos (Gn 15:16). Dios es paciente, pero no es tolerante. Siguieron haciendo lo malo, igual que Sodoma y Gomorra, donde el juicio vino con fuego y azufre. Aquí el juicio vino por medio de la conquista.

La señal de que era un movimiento divino y no Israel volviéndose loco es la ley del *jérem*, lo consagrado a destrucción: «No tomen nada de ese pueblo; destrúyanlo todo». Así los pueblos sabían que Israel no era un pueblo saqueador que venía a robar y a matar como los demás: era un juicio divino.

Entran por el Jordán, y la primera batalla es Jericó. Si hoy hiciéramos eso nos verían como loquitos, dando vueltas a las murallas; pero se caen las murallas y hacen lo que Dios les dijo. La segunda batalla es en Hai, y uno de ellos, Acán, toma del botín y lo esconde. Pierden la batalla. Josué se da cuenta, se arrepienten, se purifica todo y vuelven a pelear. De ahí en adelante es la temática del libro: una y otra vez, Dios les da la victoria, y Josué honra a Dios y hace lo que Dios dice.

La conquista revela que Dios es soberano en los eventos del mundo: nada sucede sin que Él lo sostenga. Es activo a favor de su pueblo; no está sentado viendo cómo pierden diciendo «híjole, Josué, hubieras hecho mejor estrategia». Derriba murallas, hace señales, y es fiel a las promesas del pacto. ¿Por qué perdieron en Hai? Porque Dios es fiel tanto a sus promesas de bendición como a las de maldición. No es a medias. Este sistema es lo que Gálatas llama el tutor: la ley les decía «este es el camino bueno y este el malo». Cuando viene Cristo, ya no necesitamos un tutor: lo tenemos a Él.

## No faltó ni una palabra

Josué conquista lo que tenía que conquistar y, por mandato de Dios, reparte la tierra entre las tribus. (Les recomiendo mucho traer una Biblia física para anotar en ella lo que vamos viendo; si algo no dice lo que digo, díganme y lo corrijo.)

«Así dio el Señor a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres, y la poseyeron y habitaron en ella. Y el Señor les dio reposo en derredor… Ninguno de todos sus enemigos pudo hacerles frente… No faltó ni una palabra de las buenas promesas que el Señor había hecho a la casa de Israel; todas se cumplieron» (Jos 21:43-45). ¿Quién es el que mueve los eventos? El Señor.

Josué termina como Deuteronomio. Como Moisés, les dice: «Esfuércense… Tengan sumo cuidado, por su vida, de amar al Señor su Dios. Porque si se vuelven y se unen al resto de estas naciones… y contraen matrimonios con ellas… sepan con certeza que el Señor su Dios no continuará expulsando a estas naciones» (Jos 23:11-13). Josué ya está viejo, y es momento de pasar la batuta. El gobierno de Israel queda en las tribus.

## Jueces: el contraste

A lo mejor pensabas que el juez era el que reinaba. No es tanto así: quienes gobernaban eran los jefes de cada tribu, y no había un gobierno central. El juez podía juzgar, pero esa no era su función principal.

El libro de Jueces es el contraste de Josué. En Josué ves el camino de la vida; en Jueces, uno tras otro escogen lo malo. Jueces 1 es la transición: muere Josué, mueren los ancianos que sí seguían a Dios, y el pueblo ya no conocía la palabra. Por alguna razón no se transmitió a la siguiente generación, y este es un patrón que vamos a ver: cuando una generación no le transmite a la otra cómo seguir a Dios, el pueblo hace lo malo.

En resumen, intentaron tomar las ciudades pero dejaron que otros vivieran ahí; los hombres vieron a unas mujeres, se les hicieron guapas y se casaron con ellas. Justo lo que acababa de decir Josué: no se casen con ellos, porque los van a seducir a seguir a sus dioses. Y así sucede. Jueces 1 y 2 no son cronológicos: explican lo que pasó y por qué. Luego, del capítulo 3 en adelante, viene la historia en orden.

«Entonces los israelitas hicieron lo malo ante los ojos del Señor y sirvieron a los baales; abandonaron al Señor, el Dios de sus padres» (Jue 2:11-12). *Baal* era un dios, pero la palabra también significa «señor»: otro señor que no es nuestro Señor. Se empezaron a mezclar poco a poco: «¿Qué tiene? Nomás es poquito». Y luego otro poquito, y cuando volteas ya estás bien lejos de la orilla. «Por dondequiera que salían, la mano del Señor estaba contra ellos para mal, tal como el Señor había dicho… y se angustiaron en gran manera» (Jue 2:15).

## La gracia no niega la justicia

La gracia de Dios no niega su justicia. Dios es justo con sus promesas de bendición y de maldición, pero da gracia porque es lento para ejercer las maldiciones. Ya les había dado la tierra, habían visto milagros, y le dicen: «Sí te creo, pero no tanto; voy a ver qué dicen otros dioses». Si yo fuera Dios, qué bueno que no lo soy, caería fuego sobre todos: «Años de milagros, de decirles que son mi especial tesoro; me casé con ellos y hasta les perdoné el becerro de oro».

Pero aun así, Dios levantó jueces: figuras heroicas puestas por Dios para liberar al pueblo de la opresión. El pueblo es entregado, se angustia, clama, y Dios manda a alguien que lo salva. Una y otra vez. «Cuando el Señor les levantaba jueces, el Señor estaba con el juez y los libraba de mano de sus enemigos todos los días del juez… Pero cuando el juez moría, ellos volvían atrás y se corrompían más que sus padres» (Jue 2:18-19). Por eso Dios dice: «Tampoco yo volveré a expulsar delante de ellos a ninguna de las naciones que Josué dejó cuando murió, para probar por medio de ellas a Israel» (Jue 2:20-22).

Leído aislado, dices: «¡Qué gacho es Dios, les metió el pie!». No. Llevaba años advirtiéndoles: «Si haces lo malo, te va a ir mal». Josué fue más explícito: «Si se mezclan, no los expulsaré». Y antes de eso, todo Jueces muestra muchos años en que Dios sí intervino. El ciclo es: deshonran a Dios, viene la opresión de otro pueblo, el pueblo clama y Dios trae libertad por medio de un juez.

## Los ciclos de los jueces

Te animo a subrayar en tu Biblia los ciclos. En Jueces 3 ves a Otoniel, el primer juez: los libera y la tierra descansa cuarenta años. Luego Aod (3:12-30), y la tierra descansa ochenta años; no sé qué hizo en especial, pero les dio el doble. Luego Débora (sí, una mujer; ahí se los dejo para que lo estudien), y hay descanso cuarenta años. El descanso era que no los conquistaban. Luego Gedeón: Dios le va quitando soldados hasta quedarse con un ejército chiquito, y vencen. Dios les está recordando la época de Josué: no son ustedes ni sus habilidades, es Dios quien da la victoria. Y la tierra descansa cuarenta años.

En Jueces 9 hay una historia que no es de un juez: Abimelec. Es un vistazo a la perversión de Israel. Luego vienen Jefté y Sansón, y ves que el juez mismo ya está corrompido. El Espíritu de Dios venía sobre Sansón y vencía, pero él ya estaba pervertido; Jefté también. Hacen cosas que te hacen decir: «¿A poco ese era un hombre de Dios?». Sí, pero eso que hizo no era de Dios.

La Biblia es honesta. Los jueces no son ejemplos de vida. No vas a ir a tu empresa a correr a todos y a ver quién toma agua como perro porque Gedeón lo hizo. Son ejemplos de que Dios hace su voluntad y de que todo apunta a su plan. Lo que hicieron mal, no lo hagas.

Desde Jueces 17 ya habían abandonado a Dios por completo. Hay historias horribles, como la del levita cuya concubina es violada y asesinada, y él la corta en doce pedazos y los manda a las tribus (Jue 19). Esa historia no está ahí para que te preguntes qué mensaje quiere darte Dios sobre la venganza: muestra la perversión de Israel cuando abandonó a Dios. Y se repite: «En esos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien ante sus propios ojos» (Jue 21:25).

Cada juez, aunque fue puesto por Dios, tenía que escoger: obedecer a Dios y escoger la vida, u obedecer a la carne, al mundo o al diablo. Los primeros escogen la vida; los últimos, la carne y otros dioses. Sansón va con una prostituta: tomó el camino de la muerte porque obedeció a sus deseos.

Llevado al mundo real: si no ponemos a Jesús como rey, como el que vamos a seguir y obedecer, y cada quien hace lo que quiere, lee Jueces; ese es el resultado. Poco a poco viene la perversión, y a lo mejor no te toca a ti, pero a tu siguiente generación sí. Y aun así, Dios es tan bueno que con todos los jueces trajo libertad, incluso con Jefté y Sansón. La diferencia es que al final ya no hay descanso.

## Rut: el contraste dentro del contraste

En medio de todo eso hay una historia bien bonita: el libro de Rut, que sucede en la época de los jueces. Mientras Israel deshonraba a Dios, una mujer moabita, de otro pueblo, honra a su suegra Noemí. Así como Josué honró a Moisés, Rut honra a Noemí, y al honrarla honra a Dios. Es redimida, adoptada en el pueblo, y llega a ser parte del linaje de Jesús. A Dios le encantan los contrastes: Rut muestra que Dios es fiel y que quien lo honra, venga de donde venga, será incluido. Es un vistazo de lo que sucede en Cristo: los gentiles somos incluidos, redimidos, comprados por Dios.

## Samuel: el profeta antes de perder el arca

Jueces termina diciendo que no había rey en Israel, y ese es el contexto de Samuel. Hago tanto énfasis porque la Biblia es un mensaje, no muchos mensajitos sueltos. Cuando ves la historia completa entiendes por qué los profetas hablan de circuncidar el corazón y del camino de la vida: están citando a Moisés.

Dios siempre quiso que hubiera un rey, a su momento y a su manera. Su manera era reinar desde el arca del pacto: ahí se comunicaba con Moisés. Pero lo abandonaron como rey; ya no lo querían escuchar ni que los llevara a la batalla. Y como a veces nos pasa, en lugar de arrepentirse buscaron otra explicación: «Perdemos porque no tenemos un gobierno central; no tenemos rey».

Dios siempre tiene un remanente. Ana es estéril, clama a Dios y le promete: «Si me das un hijo, te lo dedico». Da a luz a Samuel, «porque se lo he pedido al Señor» (1 S 1:20), y lo lleva al templo con Elí (no sé a qué edad, creo que a los siete años, por ahí): «Por este niño oraba, y el Señor me ha concedido lo que le pedí; por eso yo también lo he dedicado al Señor» (1 S 1:27-28). Samuel no era de la familia sacerdotal, pero crece en el templo.

En 1 Samuel 3, ya con las luces apagadas (como en el Intensivo, que les apagamos la luz y siguen platicando), Samuel oye una voz y corre con Elí: «¿Me llamaste?». «No, vuelve a acostarte». La tercera vez Elí entiende y le dice: «Si te llama, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”». Y «todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, supo que Samuel había sido confirmado como profeta del Señor… porque el Señor se revelaba a Samuel en Silo por la palabra del Señor» (1 S 3:20-21). (La «palabra del Señor» es todo un concepto; lee Juan 1:1 e investiga quién es la Palabra.)

Samuel no se levantó un día diciendo «yo soy el profeta y tengo una nueva revelación»; eso provoca sectas. Dios lo confirmó ante el sacerdote y ante todo el pueblo. Es el último juez bueno —luego intenta poner a sus hijos, que son malos, y por eso piden rey— y el primero de los profetas. Y Dios no lo levantó porque sí: el pueblo estaba a punto de perder el arca, y para eso fue levantado. El arca representaba la voz, la dirección y la presencia de Dios; era el centro de todo. Por eso, cuando David llega al trono, lo primero que hace después de conquistar Jerusalén es ir por el arca.

## El arca como talismán

Israel pierde una y otra vez ante los filisteos, y los ancianos preguntan: «¿Por qué nos ha derrotado hoy el Señor?». Y a alguien se le ocurre: «Llevemos el arca» (1 S 4:3). Como un talismán, como la monedita de la suerte para pasar el examen. Usaron como amuleto el objeto más sagrado, donde Dios manifestaba su presencia.

Cuando el arca llega al campamento, el pueblo grita tan fuerte que la tierra retumba; creen que ahora sí van a ganar. Y pierden horriblemente: «Israel fue derrotado… y cayeron de Israel treinta mil soldados de a pie. El arca de Dios fue tomada, y murieron los dos hijos de Elí, Ofni y Finees» (1 S 4:10-11), que eran malos sacerdotes. Ahí se acabó la paciencia.

En esa época, cuando un pueblo vencía a otro, se creía que su dios había vencido al otro dios. Los filisteos llevan el arca al templo de Dagón, como trofeo. Y en 1 Samuel 5, la estatua de Dagón amanece postrada ante el arca, una y otra vez, hasta que amanece con la cabeza y las manos cortadas. El mensaje de Dios: «Tu dios no me venció. Yo abandoné a Israel, pero sigo siendo Dios». Los filisteos acaban devolviendo el arca: no se quieren meter con ese Dios.

Imagínate ser el guardia de ese templo: encuentras la estatua tirada, la levantas, cierras con llave, pones guardias, y al otro día está destruida. Ahora imagina la tumba de Jesús: una piedra gigante, guardias custodiando, y en la mañana la piedra está movida y no hay cuerpo. Así de real como fue aquel evento es que la tumba está vacía. Esto no son cuentos de hadas; es historia.

## El protagonista es Dios

El personaje principal de toda la historia es Dios. Tampoco en tu vida eres tú el protagonista: es Cristo. Por eso nos llamamos cristianos. «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí». El objetivo de mi vida no es vivir mi máximo esplendor, sino apuntar a Dios. Lo vamos a ver con David: por qué un rey funcionó y otro no, y por qué David es un hombre conforme al corazón de Dios aun cuando hizo cosas muy malas. Lo malo no era de Dios; lo que apuntaba a Dios y lo obedecía, eso sí.

La fe, en el concepto que ellos tenían, es más como una alianza, un juramento de lealtad a un rey: «Creo tanto que voy a dar mi vida por ti, porque sé que tú la darías por mí». No es «yo digo que creo». El diablo también cree que Dios existe. Si no dices «ese es mi rey, y lo que él diga lo hago», entonces no sé si es tu Dios o tu talismán de la buena suerte, como el cajero automático de las bendiciones.

## Un rey como las demás naciones

En 1 Samuel 7, Samuel le dice al pueblo: «Si se vuelven al Señor con todo su corazón, quiten de en medio de ustedes los dioses extranjeros y las Astarot, dirijan su corazón al Señor y sírvanle solo a Él; y Él los librará de la mano de los filisteos» (1 S 7:3). Dios no tenía por qué hacerlo, y aun así lo hace.

El encargo de los profetas, de aquí en adelante, es muy específico: son los portadores de la palabra de Dios. Proclaman arrepentimiento («si se vuelven al Señor»), salvación («Él los librará») y el reino que había de venir. Es el mismo mensaje que predica Jesús: si lees Marcos, luego luego en el capítulo 1 comenzó a predicar: «Arrepiéntanse, porque la hora ha llegado; el reino está cerca» (Mr 1:15). Hoy, con la palabra ya revelada por completo, profetizar sigue siendo proclamar la palabra del Señor con fidelidad, sin importar la consecuencia. Nunca se ha tratado de adivinar si Dios te va a dar una casa o un hijo. Hay otros dones, como la palabra de ciencia, pero profetizar es proclamar. Ya revelaste las fotos de tu cámara: ahora las muestras, las explicas, las enmarcas, pero no hay fotos nuevas.

Entonces los ancianos le dicen a Samuel: «Danos un rey que nos juzgue, como todas las naciones» (1 S 8:5). Dios había escogido a Israel para ser una nación santa, distinta de las demás, para reunir a las naciones, y ahora piden ser como ellas. Samuel se enoja, pero Dios le dice: «No te han desechado a ti, sino que me han desechado a mí para que no sea rey sobre ellos» (1 S 8:7). Dales lo que piden.

Y Samuel unge a Saúl, la respuesta de Dios a las exigencias del pueblo: un rey como las naciones, que los lleve a la batalla. Saúl no conquista ni reforma nada; se envanece por ser rey. David, en cambio, es la respuesta de Dios: un rey conforme a su corazón. Por eso David se vuelve la nueva vara de medir, como lo fue Moisés: de ahí en adelante, los reyes «hicieron lo bueno como David» o «hicieron lo malo». El punto no es justificar nuestras cosas raras porque David también las hizo; tuvo consecuencias. El punto es que reinó conforme al corazón de Dios: le entregó a Dios las batallas y la conquista, y lo primero que hizo fue poner el arca en el centro. Eso lo veremos en la siguiente sesión.
